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Mientras te recuerde
Mientras te recuerde

Mientras te recuerde

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En Mientras te recuerde, Leire busca descifrar sus sueños con un hombre de ojos ámbar. Esta fantasy novel sobre reencarnación y misterio la enfrenta a una profecía gitana al hallar al sujeto real. Lee esta fiction fantasy romance y descubre si su destino es real o un espejismo.

Resumen de Mientras te recuerde

Leire vive atormentada por Carlos, un hombre de ojos ambarinos que solo aparece en sus sueños y memorias de una vida ajena. Esta obsesión, que ningún terapeuta logra sanar, la hace cuestionar su cordura mientras ama a un fantasma. Su realidad da un vuelco tras el vaticinio de una gitana y el encuentro con un desconocido de mirada idéntica a su visión. Es un relato sobre almas gemelas y reencarnación donde el amor desafía al tiempo y la muerte.
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Capítulo 1 de Mientras te recuerde

Los últimos sonidos nocturnos silbaron a través de la ventana entornada. El reloj marcó las doce de la noche y, a pesar de la confusión, Ana sabía con total claridad la fecha en la que estaba viviendo. Era tres de junio de 1963 y acababa de finalizar su quinto aniversario de matrimonio. No hubo una cena romántica en algún restaurante de categoría, tampoco regalos costosos como prueba de que su romance estaba más vivo que nunca. Carlos y ella poseían lo justo para sobrevivir a diario; sin embargo, en su humilde hogar, se respiraba el aroma de la felicidad.

Se casó a los dieciocho años y, en cada día vivido junto él, jamás se arrepintió de elegirlo. No podría haber sido más feliz en una casa más lujosa, ni con ropas más ostentosas ni caprichos. Su padre siempre le dijo que se arrepentiría, que no le daría la bendición a ese matrimonio y que ella debía aspirar a algo más. No, su padre se equivocaba. Nunca cambiaría la decisión de escapar de su boda con Jorge y entregarse a los brazos de los que en ese instante era su esposo.

Esa noche en su dormitorio, Ana paseó las manos por el contorno de la espalda de Carlos, gimió en protesta al sentirlo separarse de sus piernas entreabiertas y negarle el placer de tenerlo enterrado en ella. Lo escuchó reír ante su reacción y gruñir junto a su oído a la vez que volvía a embestir en su interior. Encerró la cadera de su esposo entre las piernas, a la vez que se alzó para otorgarle más profundidad.

El calor comenzó a emerger a través de su cuerpo provocando que se arqueara y se moviera debajo de él, mientras buscaba un segundo más de la deliciosa fricción. Ana rogó por llegar a la cúspide del éxtasis y, a la vez, pedía unos momentos más, una vida para retenerlo así, sobre ella.

Como si Carlos lograra leerle el pensamiento, ralentizó sus acometidas en largos movimientos que le hicieron gritar su nombre como una letanía. Entre tanto enlazaba los brazos alrededor de su cuello, y lo atraía hacía ella en un intento por evitar cualquier distancia entre sus cuerpos, aplastando los inhiestos pechos sobre la fina mata de vello que decoraba el torso de su marido. Él le murmuró palabras de amor que consiguieron aplacarla y derretirla en sus brazos, para después arremeter con fuerzas y llevarla al límite de la locura.

Un grito resonó en la estancia, y se sorprendió al percatarse de que era su garganta la que vibraba; clavó las uñas sobre sus hombros y sintió el cuerpo laxo tras sentirme bien amada. No pasó mucho tiempo hasta que él la siguió, y la llenó hasta hacerle creer que no existía nada en el mundo comparable a ese momento.

Por unos instantes permanecieron quietos, unidos y respirando con dificultad. Estaban sudorosos, saciados, pero era como si ambos pudieran leer en la mirada las necesidades del otro. Podía quedarse en esa postura hasta que las piernas lucharan por querer acomodarse en otra posición, aunque el peso de su cuerpo la aplastara y respirara con dificultad. No había nada comparable a acariciar el cabello humedecido del hombre que amaba, e intentar acomodarle el flequillo que se empeñaba en caer sobre la frente. Tampoco existía nada comparable a sentir sus poderosos brazos rodeándola, y sus grandes manos ásperas tocándola como si ella fuera su posesión más preciada.

Ana podría perderse en el contraste de su cabello oscuro, y en aquellos ojos ambarinos que le daban a su mirada un aire depredador. «Los ojos de un lobo». No se avergonzaba al pensar, que el ansia que sentía hacía él, le provocaba desear ser devorada como una oveja dispuesta.

Todo en su matrimonio era perfecto, hasta que comenzó a sentirse cada vez más agotada, más débil y enfermiza. Un simple resfriado la dejaba en cama dos semanas. Él era su contrario, poseía una fuerza vital tan extrema que la hacía sobreponerse e intentar alcanzar su nivel. Sabía que Carlos temía dejarla embarazada y, por más que le decía que todo estaría bien, él siempre se encontraba reticente. Parecía alegrarse cuando cada mes su periodo le indicaba que seguiría sin ser madre.

Carlos se removió sobre la aspereza de las sábanas, y cayó de espaldas sobre el colchón arrastrándola consigo hasta dejarla sobre su pecho. Ella levantó el rostro y se deleitó con su imagen, necesitaba guardar en la memoria cada rasgo, cada pequeña arruga que se le formaba en la comisura de los labios al entornar su bella sonrisa. Debía ser pecado ser tan perfecto. Se sentía la mujer más afortunada por tenerlo, por pertenecerle en cuerpo y alma. Sin embargo, a veces, cuando comenzaba a sentirse indispuesta y lo veía dejar todo por postrarse a los pies de la cama junto a ella, pensaba en que había sido egoísta al aceptarlo. Carlos merecía una mujer que pudiera darle hijos, que no se sintiese agotada después de hacer el amor, que no hubiese perdido toda la vitalidad siendo apenas una jovencita.

Ana luchó contra el deseo de acurrucarse entre sus brazos y rendirse al agotamiento que sentía, parpadeó varias veces para intentar disipar el sueño, pero solo logró que las lágrimas comenzaran a resbalar por las mejillas. Apretó los labios e intentó evitar que los sollozos escaparan. No quería verse como una niña incapaz de hacerle frente a la vida. Era tan egoísta por retenerlo, moría de celos con la sola idea de pensarlo junto a otra que no fuese ella. No obstante, él no parecía compartir sus pensamientos. La conocía más de lo que se conocía a sí misma.

En el mismo instante en el que su marido notó los cambios en ella, le sostuvo el rostro con ambas manos y la observó. Le ardían los ojos, sabía que los tenía enrojecidos de sueño y de intentar contener las lágrimas sin éxito. Con los pulgares él recorrió sus mejillas llevándose la humedad a su paso. Lo llevaba a cabo sin dejar de mirarla, con una expresión tan cándida y amorosa que le hacía romperse en mil pedazos. No lo merecía. Aquel gesto se había convertido en un ritual. Cada noche sin importar la hora, el cansancio o si habían tenido alguna trifurca; al traspasar el umbral de la puerta que daba a la austera habitación, cualquier disputa desaparecía entre las cuatro paredes. Se miraban a los ojos y la ropa comenzaba a desaparecer de sus cuerpos ansiosos por sentirse. Al finalizar, él la miraba y le acariciaba en silencio hasta que ella lo rompía con su inseguridad.

—¿Me a-amas? —pronunciaba a la vez que intentaba ahogar un hipido.

Su pregunta siempre era recibida con una sonrisa burlona, que la hacía olvidar cualquier pesar que la afligiera.

—Más de lo que puedo expresar con palabras, mi Ana, ¿acaso no te hice sentir así? —El sonido de su voz era varonil, ronco y, a pesar de saber que su amor era correspondido, no podía evitar necesitar escucharlo.

—¿Para siempre? —ronroneaba, mientras le sujetaba las manos contra su rostro y ladeaba la cabeza para besarle la yema de los dedos.

—Te amaré cada minuto del resto de mi vida, porque solo necesito mirarte a los ojos para saber que moriría sin ti.

Ana se alzaba dejándose caer sobre un codo para poder mirarlo. Sabía que su esposo esperaría que continuara con el interrogatorio y nunca lo defraudaba.

—¿Y si un día ya no puedes verme? —La cama solía temblar con el movimiento de Carlos cuando comenzaba a reír.

—Mientras te recuerde, mi amor, no podré dejar de amarte. Incluso si un día mi memoria falla, mi corazón me gritará la verdad. —Enredaba el dedo índice en uno de sus mechones, y tiraba de él con delicadeza para obligarla a acercarse y darle un beso en los labios.

—¿Y si el corazón te falla? —murmuraba casi sin despegar su boca de la de él.

—Entonces tendremos un grave problema. Duerme, es tarde.

Casi podía recordar cómo si ocurriera en ese momento, la tibia caricia en su mejilla y el último beso sobre la punta de la nariz.

Ana obedecía y se recostaba sobre el torso desnudo que, como cada noche, le servía de almohada. Se quedaba callada durante varios minutos y relajaba su respiración hasta sentir el suave vibrar de los latidos del corazón junto a su oído. Traviesa, cesaba cualquier movimiento de su cuerpo y fingía quedarse dormida.

—Cada recuerdo junto a ti está grabado en mi alma, mi dulce Ana. Te amaré en cada una de mis vidas y, si la reencarnación no existe, mi espíritu vagará por el aire hasta encontrarte. Así, cuando sientas la brisa rozar tu cuerpo, sabrás que soy yo abrazándote.

Escucharlo le provocaba morderse el labio inferior y sofocar un suspiro. Le había hecho las mismas preguntas desde la primera noche de su matrimonio y, en cada una de ellas, él le respondía lo mismo.

—Yo también te amo. —Levantaba el rostro y lo miraba con gesto somnoliento—. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, cariño, lo sé. Duérmete, pequeña tramposa, deja que este hombre mantenga un poco de dignidad cuando se declara pensando que no lo escuchas.

Después de sus palabras siempre obedecía, y se fundía en un sueño que la transportaba como si se desplazara en un tornado que la abrazara a sus garras, llevándose con él todo, incluido su único amor.

Cuando abría los ojos en la mañana la cálida habitación que la envolvía en sueños no era más que un recuerdo, uno que pertenecía a otra época y a un pasado que no era el suyo. Estaba rodeada de otros muebles, de otras sábanas y de un ambiente muy distinto. La Ana de sus sueños, la mujer débil y enfermiza había desaparecido. Por más que la sintiera parte de ella, su nombre era Leire y lo único que tenían en común era que estaban enamoradas del mismo hombre. Uno que no existía, el mismo que la visitaba cuando perdía la consciencia y se dejaba amar siendo otra.

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