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Atada a ti por contrato
Atada a ti por contrato

Atada a ti por contrato

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En Atada a ti por contrato, Liz debe cumplir un testamento casándose con su tutor. Al estudiar Derecho, conoce al peligroso Henry McNight, un mafioso vinculado a su pasado. Esta mafia romance book llena de misterio y acción es la mejor opción para leer libros online gratis en español.

Resumen de Atada a ti por contrato

Tras la muerte de sus padres, Liz Navarro queda ligada a un testamento implacable: debe graduarse en Derecho y seguir casada hasta los 25 con su tutor, un desconocido. Atrapada en una rutina sin sueños, su mundo cambia al conocer a Henry McNight, su atractivo y peligroso profesor de Derecho Penal. Él ignora que Liz es la mujer con quien se casó por un pacto familiar. Entre secretos de la mafia y traiciones, Henry deberá salvarla antes de que el poder los destruya.
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Capítulo 1 de Atada a ti por contrato

Punto de vista de Liz Andrade Navarro

Hace tres años me casé, pero no conocí a mi marido. Claro, era extraño que una joven de 21 años se casara con un completo desconocido, pero la vida no siempre es justa.

Cuando mis padres murieron en un accidente aéreo, me quedé sola en el mundo, con apenas dieciséis años. Luego, descubrí que mi papá ya había dejado un testamento para asegurarse de que yo estuviera sana y salva si él y mi mamá llegaban a faltar algún día. Apenas cumplí dieciocho años, me casé con mi tutor legal.

Sin embargo, nada me preparó para las absurdas condiciones que estaban descritas en el testamento. Una de ellas era que debía permanecer casada con él hasta cumplir 25 años. La otra era que tenía que graduarme de la licenciatura en Derecho, para ejercer como abogada y finalmente heredar las empresas de mi familia, ya que todos mis parientes habían estudiado eso. Una vez que cumpliera las condiciones, podría tomar el control de mis bienes y de mi vida al optar por el divorcio, obvio.

Sin embargo, mi tutor legal falleció poco después de mis padres, a causa de un infarto, con apenas 32 años. Después de lo ocurrido, tuve que casarme con otra persona. Se trataba del tío de mi difunto tutor, un hombre de 27 años.

Gracioso, ¿no? Que el sobrino fuera mucho mayor que el tío. A mí me pareció bastante extraño.

El día de nuestra boda, no lo vi. Él solo envió sus documentos con Bruno, el abogado que mi padre dejó como apoderado para que me ayudara en todo el proceso. Firmé un documento que decía que era oficialmente esposa de Henry McNight y eso fue todo. No hubo fiesta, vestido ni invitados.

Después, recibí otro revés del destino: tuve que mudarme a la mansión de Henry. Al principio me inquietó la idea de vivir con un desconocido bajo el mismo techo, pero pronto me acostumbré a lo que la vida me había reservado. La casa no era ni remotamente modesta; de hecho, era enorme: de dos pisos y tenía un garaje en el que cabían tres autos.

Ya llevaba tres años viviendo ahí, y aunque no había perdido el miedo de vivir con un desconocido, la verdad era que eso nunca había sucedido.

El ama de llaves, una señora de 50 años llamada Sandra, era quien me hacía compañía. Era una mujer dedicada que me trataba como si fuera su propia hija, y yo sentía un cariño único por ella.

Un día, mientras desayunábamos, tomé una decisión.

"Sandra, ¿puedes pedirle a Bruno que venga aquí?".

"Claro, Liz. ¿Pero puedo saber por qué?", me preguntó, mirándome por encima de los lentes.

"Quiero el divorcio. No soporto seguir casada con un hombre que ni siquiera conozco", bufé.

"Calma, mi niña. En tres años estarás libre".

Yo solo había visto a mi marido en una foto, una que el ama de llaves me mostró en una ocasión. Solo por eso, sabía que era rubio, alto, de ojos verdes intensos y cabello castaño claro. En la imagen, él salía con una barba de varios días, pero aun así me pareció lindo. Sabía que nunca se fijaría en una chica que acababa de cumplir dieciocho años, la edad que tenía cuando nos casamos.

"No, Sandra. Quiero vivir mi vida, aprovechar mi tiempo", rebatí.

Ella dejó su taza de café y solo me observó.

"No puedo hacer nada de eso estando casada".

"Claro que puedes. Sal con tus amigos, ¡diviértete!".

"Señora Navarro", me llamó Peter, mi chófer.

"Ya voy. Adiós, Sandra", dije, agarrando mi bolsa, antes de darle un beso en la frente e irme rumbo a la facultad.

"Adiós, mi niña".

En los años que llevaba viviendo en la mansión, siempre había tratado a los empleados con cariño. Ellos eran como la familia que hacía tiempo no tenía, pues eran quienes me hacían compañía.

Peter y Sandra llevaban bastante tiempo saliendo. Ambos estuvieron casados y sufrieron demasiado en su matrimonio, así que optaron por el noviazgo cuando se conocieron.

Todos tenían el hábito de llamarme por el apellido de mis padres y la verdad, yo lo prefería, pues sentía que el apellido McNight no me pertenecía. En especial, porque cuando Henry venía a Nueva York, prefería hospedarse en un hotel a quedarse bajo el mismo techo que su esposa joven y no deseada.

Después de algún tiempo en la carretera, finalmente llegué a la fachada espejada de mi facultad, cargada de mucho lujo. Pasé por el torniquete y enseguida vi a Ana, mi mejor amiga, que estaba un poco loca.

"¡Liiiiiz, ven conmigo, ahora!", chilló eufórica, jalándome de la mano. "Tenemos un profesor nuevo".

"¡Vaya, qué emoción! Nunca te había visto tan ansiosa por entrar a un salón".

"No es por la clase, sino por el maestro. Es simplemente un bombón", declaró, con un evidente doble sentido en su tono.

Como respuesta, puse los ojos en blanco y me reí. Eso era típico de mi amiga, que se obsesionaba con los profesores que consideraba bombones.

Cuando entramos al salón, nada me preparó para ese momento. Me sudaron las manos y la boca se me secó por completo, mientras me daba cuenta de que él estaba allí, más seductor que nunca: mi marido al que nunca había visto en persona, en carne y hueso, y muchos músculos. ¡El nuevo maestro era Henry McNight!

Abrí los ojos de par en par, pero enseguida intenté disimular lo desconcertada que estaba por la situación.

"¡¿Qué mierda?!", solté, en un tono más alto del que habría querido.

"Te lo dije, amiga. Es un bombón", siguió Ana quien no tenía idea de que estaba casada.

Todo lo que ella sabía sobre mi vida se resumía a que tenía una herencia lo bastante buena como para mantenerme bien el resto de mi vida y que vivía en una mansión con Sandra y Peter. Sin duda, debía pensar que los dos trabajaban para mi familia.

Salí de mi ensoñación cuando una voz ronca y muy sexy dijo: "Buenos días, soy Henry McNight. Continuaré con las clases de Derecho Civil, que espero todos encuentren provechosas".

Acto seguido, mi esposo se giró para quedar frente al pizarrón y comenzó a escribir algo relacionado con la clase.

Yo maldije mentalmente, pues esa era mi peor materia.

Tan pronto como nos sentamos, la lección comenzó, pero yo no presté atención a nada de lo que dijo. Solo podía observar la belleza de mi cónyuge, lo tentadora que era su boca y el hecho de que todo aquello que tenía delante, ante la ley, me pertenecía.

Y, por la forma en que mis compañeras de clase susurraban y soltaban risas, no había sido solo yo quien notó lo atractivo que era mi esposo. Su postura seria y su media sonrisa discreta, me decían que él sabía bien la reacción que estaba causando, pero no se dejó llevar por eso. De hecho, continuó como si nada con la lección. Aunque yo no prestara atención, sabía que su clase era mejor que las otras.

Me sentí tranquila hasta que me miró. Al notar que me contemplaba con los ojos entrecerrados, me pregunté si sabía quién era yo. No, ¡era obvio que no lo sabía! ¡O al menos yo esperaba que no lo supiera!

"Vamos, Liz. La clase ya acabó", me instó Ana, sacudiéndome suavemente.

"¡Es verdad!", exclamé, intentando mantener mi autocontrol.

"Ahora límpiate la baba y vamos a la próxima clase", se burló mi amiga.

Ambas caminamos en dirección a la puerta, pero en algún punto tropecé con mis propios pies. Terminé en el suelo, con todos mis libros a mi alrededor.

'¡Qué mierda! Esto parece un maldito cliché. Solo falta que él venga a ayudarme a recoger mis cosas', pensé.

"¿Estás bien?", me preguntó Henry, acercándoseme.

Intenté decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta. Ante mi falta de respuesta, mi marido se agachó y recogió mis libros.

Nuestras miradas se encontraron por una fracción de segundo.

Él extendió su mano y yo la acepté, ¡naturalmente! No fue hasta ese momento que me di cuenta de que Ana estaba a mi lado, observando todo con una expresión bien rara.

"¡G-g-gracias!", tartamudeé.

"¡De nada! Solo intenta ser más cuidados la próxima vez", dijo mi maestro.

"¡Vámonos, Ana!", exclamé, sin contestarle directamente a mi esposo, y sin esperar la respuesta de mi amiga, a quien saqué a rastras del brazo.

"¡¿Es tu tipo o por qué te quedaste congelada?!", le preguntó a Ana, en cuanto salimos del salón.

"¡Sí, es mi tipo, Liz!", suspiró ella.

"Es mal educado".

"Claro que no. Te ayudó".

Yo agradecí que en ese momento sonara la campana, anunciando el inicio de la otra lección.

"¡Vamos!", exclamé, jalando a mi compañera para que dejara de mirar al maestro... que también era mi marido.

No puedo negar que no presté atención en ninguna de las otras clases. En mi mente, solo había espacio para esos ojos verdes. Él era mucho más bello que en la foto que había visto. Y, además de todo, era mi esposo. Estaba segura de que no sabía quién era yo y esperaba que las cosas siguieran así hasta que firmáramos el divorcio.

"¿Estás bien, Liz?", me preguntó Ana, sacándome de mis pensamientos.

"Sí", mentí.

"Entonces, vámonos".

Nuestra última clase había terminado. Recorrí el aula con la mirada y me di cuenta de que estaba vacía.

"¡Ya voy!".

"Hoy habrá una fiesta en la casa de Samantha. ¿Me acompañas?".

"No me siento bien", respondí, con el ceño fruncido y una expresión lastimera.

"¿El profesor sabroso te dejó así?", se burló ella, entre risas.

"Claro que no", mentí. "Tengo cólicos. O tal vez fue algo que comí y no me cayó muy bien".

Segundos después, salimos al pasillo.

"Amiga, me encantaría quedarme a hacerte compañía, pero iré a darme unos besos con Igor", soltó Ana.

Yo no me sorprendí, pues ella siempre había sido más atrevida que recatada.

"Buena suerte con él", le dije, pues yo sabía que el susodicho era su tipo ideal, pero este no le prestaba ni un poquito de atención. Desafortunadamente, todos veían eso, menos ella.

"Muchas gracias. Nos vemos el lunes", respondió Ana, abrazándome, antes de avanzar con dirección al portón.

Yo me quedé allí parada, solo observando cómo se alejaba.

"Señorita, ¿se encuentra bien?", me preguntó una voz ronca y sexy a mis espaldas.

Aunque sabía que él no tenía ni idea de que estaba casado conmigo, mi cuerpo se erizó.

"¡Navarro! Liz Navarro", dije al darme la vuelta, con un aire de ironía.

Si él creía que me había olvidado de lo grosero que había sido conmigo, estaba muy equivocado.

"Disculpa. Me llevará un tiempo aprenderme los nombres de todos los alumnos".

No podía creer que ese hombre tuviera una voz tan maravillosa... y me tratara como una simple alumna. No respondí nada, solo me di la vuelta y seguí en dirección al portón, sin mirar atrás ni una sola vez.

"¿Señorita Navarro? ¿Señorita?".

Me alejé mientras lo oía llamarme, pero no me detuve ni le dediqué un vistazo.

Al cruzar el portón, sentí un alivio descomunal cuando vi el carro de Peter parado enfrente y agradecí en silencio que mi empleado fuera tan puntual. Sin dudarlo, me metí de golpe.

"¿Pasó algo, Liz?".

"Nada, Peter", respondí, intentando disimular, pero él siguió mirándome por el espejo retrovisor. "Creo que comí algo que no me cayó bien".

"¿Quiere que la lleve al doctor?".

"No hace falta. Un té de Sandra será suficiente".

"De acuerdo", respondió el chófer, arrancando el auto.

Me pasé todo el camino de regreso pensando en mi esposo. Apenas llegué a casa, me di cuenta de que Bruno me estaba esperado. Él siempre tenía el ceño fruncido, como si siempre estuviera de mal humor.

"¡¿Bruno?!", exclamé.

"Hola, mi niña", me saludó Sandra, saliendo a mi encuentro. "Estás pálida. ¿Pasó algo?".

"Comí algo que no me cayó bien", respondí, haciendo una mueca para que me creyera.

"Te prepararé un té", ofreció ella, desapareciendo en la cocina.

"Gracias", respondí, dejando mi bolsa en el suelo, antes de sentarme en el sillón opuesto al que estaba el abogado.

"¿Todo bien, Liz?".

"Todo bien, Bruno. ¿A qué debo el honor?".

"El señor Henry desea hablar contigo sobre el divorcio".

"No hace falta. Él nunca tuvo ningún interés en saber quién era yo y ahora, de repente, solo para firmar el divorcio, ¿se aparece? Ni siquiera vino a nuestra boda. No veo la necesidad de seguir con esta payasada que ya duró más de lo que debería. Solo tiene que enviar los papeles y yo los firmaré. ¿No es así como le gusta hacer las cosas?", solté, molesta.

"Vendrá a la ciudad para hacerlo", explicó el abogado.

"¡Ya está en la ciudad!", estallé. A veces no podía controlar la lengua.

"¿Cómo lo sabes?".

"Vi en un periódico que ya llegó", mentí.

"Ah, sí", respondió mi interlocutor, quien pareció creerme.

"Dile que solo firme los documentos. Quiero vivir mi vida, solo eso. Dile lo que sea necesario para que acepte".

"Mira, Liz, lo intentaré, pero no garantizo nada. El señor McNight tiene un carácter muy fuerte".

"Eso es porque nunca me ha visto enfadada".

"Veré qué consigo, ¿de acuerdo?", respondió el abogado, cuya expresión sugería que no estaba seguro de que su intento fuera a llegar a buen puerto. "Te llamaré para actualizarte".

"¡Muchas gracias!".

Bruno se levantó y se dirigió hacia la puerta. ¿Sería posible que mi marido fuera un "demonio"? Todos los que hablaban de él parecían temerle.

Sandra volvió con mi té que, dicho sea de paso, era de asqueroso boldo, pero tuve que tomármelo todo porque no quería contarle lo que había pasado.

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