Capítulo 3
—No estás bien, lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe hasta el portero. Tienes la misma vida sexual de una ameba, incluso Jason me preguntó si somos lesbianas. Y no es que me desagrade la idea, pero ¡estás destrozando mi poca reputación!
Leire se apoyó en el marco de la puerta, sostuvo el pomo entre las manos y lo apretó hasta hacerse daño con las uñas. ¿Qué le importaba a ella lo que pensara el portero?
—Se llama Rodolfo, cerebro de nuez, ¡Rodolfo! Ya deja de ir cambiando el nombre a cada bicho viviente porque no sea de tu agrado, o porque te parezca feo. —Una vez que desfogó los nervios, mostró una pícara sonrisa y se acercó a su amiga con un contoneo de caderas seductor. La agarró de las muñecas y recorrió los brazos con una caricia hasta llegar a los hombros y detenerse allí—. Tú, yo, mi cama y unas tijeras; no sé, piénsalo. Podría haserte muy felis.
—Échate pa’ llaaaa, pervertida. —Elena se soltó del agarre con un par de manotazos y bufó como un toro—. Lo llamo Jason porque tiene toda la cara del loco de Viernes trece , cada vez que lo encuentro en el pasillo le miro el pantalón no vaya a ser que guarde una sierra eléctrica.
Leire se escuchó a sí misma reír, y se sorprendió al percatarse de lo mucho que hacía que no se carcajeaba con tantas ganas.
—Eso que guarda no es una sierra, es una erección de caballo. Hace tres días bajé a tirar la basura y me lo encontré en el ascensor, respiraba como asmático y tenía la porra como el asta de una bandera. Rodi es un peligro público, él sí que tiene poca vida sexual.
Elena se revolvió, fingió un escalofrío y acercó dos dedos a los labios para fingir provocarse una arcada.
—Ahora sí me acabas de estropear la mañana. —Su amiga le dio la espalda y se alejó hacia la sala; antes de desaparecer, la miró y dio el último grito—. ¡Te traje un periódico! ¡Tiene ofertas de empleo!
La observó caminar por el pasillo y se adentró a su habitación, cerró la puerta y se recostó contra ella a la vez que emitía un sonoro suspiro. Su amiga tenía razón, no se encontraba bien. Comenzaba a creer que estaba loca, que no era normal. Desde que era una niña visitó un sinfín de terapeutas. Cuando a una temprana edad comenzó a hablarle a su madre de un rostro masculino que veía en sueños, ella la acusó de tener demasiada imaginación. Le dijo que, si rezaba cada noche antes de ir a dormir, no tendría pesadillas. Después de tantos años tenía el recuerdo de su madre sentada a un lado del colchón, sosteniéndole las manos mientras la obligaba a repetir: «Cuatro angelitos tiene mi cama, dos a los pies, dos a la cabecera…». Aquel rezo de su niñez no sirvió, a sus treinta años continuaba sucediendo.
El rostro que se presentaba como una quimera fue acrecentando su presencia conforme maduraba. La adolescencia fue una etapa dura, aquella imagen difuminada en la memoria se hizo cada vez más certera, más real. Ya no era alguien sin nombre. Se llamaba Carlos y cada noche se adentraba en su mente para bombardearla con unos recuerdos que no comprendía. Aquel hombre le resultaba más suyo que su propia familia; era tan fuerte el sentimiento que prefería dormir a estar despierta, estar encerrada en la habitación era mejor que convivir con amigas y disfrutar de una etapa importante como era la adolescencia.
Apenas a los doce años ya podía decir que sabía lo que era sentirse enamorada y sufrir por un amor no correspondido. Porque por más que rozara ese dulce sentimiento en sueños, Carlos no se lo procesaba a ella, ese hombre adoraba a una mujer tan parecida a sí misma que a veces se confundía. Su cabello era más anaranjado que el de Ana, su tez no era cetrina y medio enfermiza, pero el extraño color de ojos sí era idéntico. Sin embargo, por unas horas Leire podía simular y creer que era ella, que esa sonrisa que él esbozaba y las promesas que le dirigía a esa mujer eran propias.
El nombre de Carlos se hizo tan presente en su vida, que sus padres terminaron por llevarla al psiquiatra. No hubo terapia que consiguiera arrebatarlo de su mente. Se convirtió en la rara de la escuela al confiar su mayor secreto a su mejor amiga de aquella época, Laura. A la niña le pareció muy gracioso contar con todo detalle sus fantasías y quedó relegada a ser invisible, eso en los mejores días. En los peores le hacían llegar notas firmadas con una C, le susurraban el nombre de su amor en la nuca conforme andaba por los pasillos, o los escuchaba murmurar y reírse a su espalda.
Cuando faltaba una semana para cumplir los catorce años, Leire tomó una decisión que cambiaría su vida. Los pocos momentos felices trascurrían en sus sueños, y ¿acaso la muerte no era un sueño eterno? La vida, incluso siendo tan joven, se le hacía una pesada carga. Incomprendida por todos, sin amigos, sin el apoyo de su familia, sin nadie a quien contarle sus miedos o anhelos… Era insoportable.
Cansada de existir aprovechó la ausencia de sus padres y buscó los medicamentos para la depresión de su madre. Esa enfermedad también era culpa de ella. Su madre no podía soportar ver a su hija volverse loca, fue demasiada presión y sucumbió a la tristeza. Su último recuerdo de ese día fue sentir su cuerpo recostarse en la cama, mientras una sonrisa cubría su rostro al imaginarse por fin junto a él.
No obstante, despertó en la habitación de un hospital sin conciencia del tiempo transcurrido. Después de una semana en coma descubrió que morir no era la solución. No tenía recuerdos de esa etapa, pero supo con certeza que él no estuvo junto a ella.
Tras el suceso, su familia decidió vender la casa y mudarse de Sevilla a Málaga, con exactitud a Marbella. Los doctores creían que un ambiente costero, con buen clima y nuevas amistades podría ayudarla a recuperarse. En parte tenían razón. Nueva escuela, nuevos amigos y nadie que supiera su secreto excepto ella. Hasta que conoció a Elena, la única persona que nunca la juzgó.
Leire negó con la cabeza y se frotó la frente. ¿Qué sería de ella sin la loca de su mejor amiga? O como le gustaba llamarla, Nena.
Tenía que buscar trabajo y afrontar que por más que quisiera volver a ejercer de enfermera, el hospital hizo recorte de personal y se encontraba en el paro desde hacía dos meses. El estómago no se llenaba de ilusiones y el alquiler tampoco se pagaba con sueños.