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La Conexión Culinaria.
La Conexión Culinaria.

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En La Conexión Culinaria, Stella Stone abandona su vida monótona para ser chef bajo el mando de Thomas Maverick. Esta novela de romance y billionaire explora su transformación de aprendiz torpe a rival ruda. Lee historias de ficción y romance stories sobre superación y éxito empresarial.

Resumen de La Conexión Culinaria.

Stella Stone, una joven rica aburrida de su vida monótona, decide dar un giro radical al quedar fascinada por Thomas Maverick, un talentoso repostero. Pese a su torpeza y nula experiencia culinaria, Stella se propone superarlo. Tras enfrentar fracasos y una decepción personal, ella se transforma en una mujer ruda y capaz. Años después, Thomas es un magnate de la restauración, y Stella deberá demostrar su valía para vencerlo en su propio terreno.
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Capítulo 1 de La Conexión Culinaria.

Stella Stone.

Llevo veinte años existiendo. Algunos me podrían considerar una acosadora, incluso yo me considero una.

Todo empezó una tarde de noviembre en el festival de comida. Estaba sentada con mi amiga Clara y conversábamos de cosas triviales, nada fuera de lo normal. Ella tenía la misma edad que yo, nos conocimos en el instituto y hasta el día de hoy somos amigas.

Aquel día de noviembre mi mirada se posó en el puesto de un joven, era atractivo y sus brazos fornidos me llamaban desde lejos. Pude notar que vendía pasteles y cosas dulces, miré a Clara y le sonreí de forma nerviosa.

—Seré repostera

—Pero ¿qué dices? —preguntó riéndose—Si, no sabes cocinar ni un pan.

—Da igual—volví a mirarlo—Aprenderé.

Clara miró en dirección al puesto de repostería y me señaló con el pitillo que estaba entre sus dedos.

—¿Es por el?

Asentí.

—Es un bonito pelirrojo, pero ni siquiera lo conoces Stella.

—Déjame decirte que llegaré a conocerlo, pienso pedirle trabajo.

—¿Trabajo? —se alteró—Pienso que vas muy lejos por algo insignificante. Vives bien, tus padres son millonarios ¿Qué más quieres?

—Nada—negué—De igual forma mis padres ya no están aquí.

Clara negó repetidamente y se cruzó de brazos. Ella no lo entendía, pero sentía que quería conocer a aquel chico. Sus brazos fornidos, su espalda ancha, sus ojos grises y aquel cabello rojo me habían cautivado.

Era imposible no querer hablarle, me levanté decidida a comprar cualquier cosa y cuando estuve ahí todo se vino abajo.

—¿Desea algo? —sonrió.

—Un pastel de chocolate—murmuré

—Los pasteles de chocolate son mis favoritos, siempre me han gustado. ¿También son los tuyos?

Asentí—Mi nana siempre los preparaba, aunque en ocasiones mi madre se molestaba por eso.

—¿Por qué?

—No es sano comer tantos dulces—me entregó el pastel y me sonrió. Creo que estaba esperando que me fuera, que reaccionará o que al menos dijera algo. Pero en mi torpeza y ganas de correr, solté las palabras que menos quería.

—¿Me darías trabajo?

—¿Qué? —preguntó desconcertado.

—Necesito un trabajo ¿Te molestaría contratarme?

Negó—Tengo un local cerca de aquí, Nos podemos ver ahí

—¡Genial! —Antes de girarme, lo miré con duda y pregunté indecisa—¿Debo saber algo en particular?

—Debes saber hacer como mínimo pasteles.

Asentí. Estaba muerta, nunca aprendí a cocinar, cuando vivía con mis padres, los chefs se encargaban de eso. Y ahora que vivo sola, tengo a alguien que va a cocinarme y luego se va.

No tengo esperanza.

Me lancé en la silla junto a Clara y ella empezó a reírse.

—¿Te rechazó?

—Mañana tengo una entrevista.

—¿Y porque estás así?

—Debo hacer un pastel Clara, ¡Un pastel! —tapé mis manos, al darme cuenta de lo mucho que había gritado y las retire con cansancio—Moriré

Suspiro—Vayamos con Alexander.

—No quiero ir con él—mascullé

—Vamos Stella, pensé que querías conquistar al buenorro de la repostería.

—Vamos con él —me rendí.

Alexander era el novio de Clara, un chico obsesionado con la limpieza, los números y la ciencia. Nunca sabías que se lo podía ocurrir. Era curioso, Clara suele ser bastante superficial en ocasiones y el pobre de Alexander jamás es así.

Son polos opuestos, pero se aman como si fueran idénticos. No quería ir con él, no porque fuera malo, sino por la sencilla razón de su actitud. Me daba pánico a veces y odiaba cuando hablaba tanto tiempo sobre cosas que no comprendía.

Me enderecé en la silla y observé al chico de lejos. Vi que estaba ordenando sus cosas para irse, no le pedí su número, ni tampoco se su nombre. Lo miré por un rato, hasta que me levanté con rapidez y me postré frente a él.

Oh, Stella cada vez eres más torpe.

—¿Sí? —preguntó sin mirarme, estaba de espaldas y su camisa se ajustaba aún más a sus brazos, negué con la cabeza espantando mis pensamientos pecadores y sonreí.

—No me has dado tu número.

—Hola—murmuró—No pensé que enserio quisieras trabajar.

—¿Por qué?

—Te vez tan—silencio. Eso oí por unos segundos. Hasta que completo su oración con una estúpida frase que odiaba—Poco trabajadora.

—No se cómo te llames—empecé cordialmente—Pero pienso trabajar contigo.

—Ten—me entregó su número—Me llamo Thomas Maverick.

—Soy Stella Stone—Aquel choqué de manos, fue lo que nos llevó a sonreír. Me fui con una enorme sonrisa y Clara soltó una carcajada.

Había sido uno de los mejores días de mi vida, pero ahora debía resolver varios problemas.

1- No sabía cocinar.

Y número dos, no había número dos porque todo se reducía a eso. Llegué a mi casa y tiré mi bolso en la cama. Amarré mi melena negra y me hice un moño en lo alto. A veces me gustaba verme en el espejo, mi cintura era pequeña, tenía algunos lunares en la cara y mis ojos negros eran de mi agrado. Clara decía que estaba de infartó, aunque nunca creí eso. Siempre me consideré alguien sumamente normal.

Me eché en la cama y miré mi móvil, Thomas vino a mi mente. Mi capricho por él podría traerme problemas, no pensaba decirle que era millonaria por herencia, me negaba a decirle eso.

A veces cuando las personas se enteraban, me buscaban con más frecuencia, odiaba los amigos falsos. Y de esos había tenido muchos. Actualmente, mi grupo se basa en dos chicas y dos chicos. Todos nos llevábamos bien, aunque estoy consciente de que uno de ellos me ama. O al menos le gustó.

Me quedé dormida a medida que transcurría la música de Rauw. A la mañana siguiente, me levanté corriendo. Eran las nueve y debía ir a ver a Alexander.

Le envié un mensaje a Thomas, diciéndole que iría por la tarde y el accedió. Bien, aprendería a hacer un pastel en menos de seis horas, moriría en el intento. O al menos esperaba no hacerlo.

Llegué al edificio y subí con rapidez. Clara estaba besando a Alexander y arrugue mi cara.

—Llegaste—anunció Walter.

—Había estado ocupada con algunas cosas

—¿Durmiendo? —río Amelia—Tienes baba en la comisura de tus labios.

Pasé mis manos con rapidez por mi cara y noté que era una broma. Mis mejillas se sonrojaron y reí un poco. Solía ser bastante torpe, aunque creo que eso se podría notar desde lejos

Amelia y Walter era los dos integrantes de mi grupo. O al menos los que faltaba por mencionar.

Walter era un chico rubio, con ojos grises y Amelia tenía los ojos miel, con pecas y cabello rizado negro. Era preciosa, aunque siempre tenía complejos por su esponjoso cabello negro.

Alexander subió sus gafas y me sonrió.

—¿Estás lista?

Negué—No creo poder aprender.

—No seas tonta, hasta mis Pokémon podrían aprender con rapidez.

Y ese era Alexander, incluyendo siempre temas que no entendía. Lo miré extrañada y el solo negó. Los chicos se fueron a la habitación. Clara alzó su pulgar y desapareció por el pasillo.

Perfecto, estaba sola con Alexander y sin un plan de repuesto en mente.

—Los pasteles son como las matemáticas—comenzó—¿Has visto anime Stella?

—No se que es eso—admití avergonzada.

Bufó—Eres inútil. ¿Qué te gusta? —preguntó frustrado.

—Elite—murmuré—¿La has visto?

Asintió—Los pasteles son como Élite, jamás Stella puedes saltarte un capítulo ¿Cierto? —asentí—Entonces, jamás puedes saltarte un paso en la repostería.

—¿Son muchos pasos?

—Los necesarios, puedes hacer un pastel simple usando aceite en vez de mantequilla. Pero siempre será mejor los pasteles originales.

—Lo sé—me encogí de hombros—Creo que eso es lo más lógico.

—Te enseñaré a hacer ambos, podemos practicar hasta que tengas que irte.

—Debo irme en menos de cuatro horas—sonreí nerviosa.

—Stella te detesto

—También detesto mi falta de conocimiento—lloriquié.

Pasamos la mayor parte del tiempo haciendo pasteles una y otra vez, me anotó algunas cosas en mi libreta, me hizo preparar yo sola algunas y entonces me di cuenta de que podía hacerlo. Solo debía seguir los pasos a la perfección, esperaba que no se me olvidará alguno en el proceso.

Recogimos todos y el chico junto a mí se lanzó en sillón. Una pequeña sonrisa se asomó por sus labios, lo había disfrutado, podía verlos en sus ojos.

Alexander no me desagrada, pero cuando decía tantas cosas juntas que no entendía, me estresaba y solía enfadarme con facilidad.

Lo abracé de improviso y puso una mueca de asco, acompañada de una sonrisa. Me separé de el y salí corriendo al local de Thomas.

La dirección estaba en mi móvil. Y suponía que si pasaba la prueba el sería mi jefe.

Thomas Maverick era un chico atractivo que deseaba tener entre mi lista de amigos.

***

—Has pasado la prueba—Thomas bajo la cucharilla y me miró con una sonrisa.

No podía creer que lo había logrado, agarré un utensilio y pobre la tarta de chocolate que había hecho. No sabía mal, tampoco sentía que moriría, había quedado bastante mejor de lo que creí.

—No puedo creerlo—murmuré—¡Lo hice!

—Bienvenida a la tienda Maverick—coloco ambas manos en su cintura e hizo una seña para que lo acompañará—Somos tres personas en este local, tu, Alfred y yo.

—¿Alfred? ¿Es tu hermano? —indagué

—Es mi mejor amigo, puedes empezar mañana.

—Gracias jefe—La última palabra la saqué con un poco de burla, pude observar como sus ojos soltaban chispas de diversión y lo oí reír. Amaba su risa.

—¿Stella?

—¿Sí? —salí de mis pensamientos y señaló mi mano. Había metido mi mano en la tarta.

Genial.

—Disculpa, suelo ser despistada.

—Espero que puedas manejar bien este trabajo, estarás ayudándome en la cocina. Alfred se encarga de la caja.

—Esta bien—susurré—Aunque no se mucho sobre cocinar.

—Lo noté—sonrió y colocó su muñeca en su boca, un rojizo se extendió por sus mejillas y reí por lo bajo.

—Thomas ¿Cuentos años tienes?

—Tengo 21, mientras trabajemos no me llames Thomas—señaló—Es poco profesional, en el trabajo soy Sr. Maverick para ti.

Asentí —Esta bien así. Nos vemos mañana

—Hasta luego Stella.

Me fui sintiéndome bien conmigo misma, había conseguido lo que quería. El local era grande, tenía mesas de madera adornadas, un mostrador de cristal y unas estanterías en la parte superior. La cocina era elegante y se notaba lo mucho que Thomas llegaba a cuidarla.

Era un puesto increíble, no entendía como aún no se hacía lo suficientemente conocido como para tener más clientes.

Haría lo posible para ayudarlo, me encargaría de realizar eventos, buscarlos y promocionar los pasteles que se hagan en el local. Quería hacer algo por mí misma, y que persona mejor que yo, que me gradué de Marketing digital. El camino a casa no fue tan largo, fue llevadero, tranquilo y fugaz.

Mi estancia, era grande, las paredes de cristal con adornos negros, las plantas verdes y artificiales y los dos carros que tenía. Todas mis cosas gritaban “dinero”. Pero nadie se daba cuenta cuando salía a la calle, y me gustaba que fuera así.

Quizás, si Thomas se enteraba me terminaría echando por haberle mentido en su cara. En mi defensa, no fue por mala intención, el me atrajo y cometí una tontería tras otra. Mi boca no sabía callarse cuando estaba nerviosa, mi cuerpo se erizaba y empezaba a soltar cosas que no debía, pero aun así decía.

Entre a mi habitación y dejé nuevamente las cosas en la cama. Si Alexander viera esto, se alteraría y empezaría a recoger todo lo que está desordenado. El era así y me sorprendía a sobremanera que Clara estuviera con el.

—¡Stella! —sus gritos. Era ella, la había invocado de manera mental.

Reprimí una sonrisa y salí hasta la sala. Mi mejor amiga, tenía llave de todas mis casas. Ella era mi segunda yo, tenía el permiso de usar mis cosas cuando quisiera. Hasta el día que yo tuviera una pareja formar y empezaría a tener más respeto conmigo.

—Hola—sonreí

—¿Cómo te fue? Nunca me llamaste, tampoco dijiste algo. ¡Pensé que estabas triste! —alzó una bolsa llena de dulces, refrescos, gomitas y reí. Clara hacía esto cuando alguna se sentía mal, compraba dulces, comida chatarra y veíamos alguna serie que ayudará a pasar nuestro enfermizo dolor.

Agarré las cosas y las puse en la mesa.

—He aprobado, resulta que Alexander es mejor profesor de lo que pensé.

—Mi osito estaba estresado, creyó que no lo lograrías.

—¿Osito?

—Si—rodó los ojos—Yo le digo así, no has notado que Alexander parece un lindo oso de felpa.

—No lo he notado—mencioné con sarcasmo—Sin comentar el hecho de que me maldice cada cinco segundos.

—Es que no lo entiendes—me recriminó.

—¡Vamos Clara! Aún no se cómo sigues con el.

—Lo amo y tú—me apuntó—Encontraras el amor un día. Cuando lo hagas me entenderás.

—Yo he tenido novios y lo sabes.

—Te han gustado, pero ninguno entro de lleno a tu corazón. Solo fueron pasatiempos Stella. Nadie ha sabido conquistarte.

—Thomas me atrae—solté

—Bien, es un gran comienzo. Pero espero que no andes rogándole, ni diciéndole nada fuera de lo común. No quiero que te vea cómo una cualquiera.

—Estas loca ¿Lo sabías? —solté una risa—No podría ser tan descarada con mi torpeza.

—No digo que lo seas—comentó—Digo que te cuides. Hay hombres que suelen ser buenos y después te das cuenta de que son malos.

—¿Aron Blake lo era?

—¿El empresario?

Asentí —No creo —susurró—. Creo que hay más historia de la que se pudo ver.

—Siempre lo ponen como el bueno—me encogí de hombros—Pero la chica salió en una foto con moretones. Nadie sabe quién tomo la foto, simplemente sucedió.

—Da igual Stella. No es de nuestra incumbencia ese tema, de igual forma ellos no acabaron juntos. O al menos oí que se caso con un pintor reconocido.

—Los famosos y sus cosas—sonreí—Nunca llegan a tener suficiente privacidad.

—Nunca tienen privacidad—Clara se apoyó de la mesa y me lanzó unos chocolates que estaban en la bolsa.

Generalmente ella vivía metida en estas paredes junto a mí, su casa era igual de grande. Nuestros padres eran mejores amigos, y por eso nos conocemos desde pequeñas.

He amado a esta chica con cada parte de mi ser, siempre me demuestra que ser uno mismo es esencial.

Me levanté un poco cansada y me dirigí al cierto. Clara se quedó acomodando algunas cosas y luego fue a su habitación. Una habitación con paredes rosas, un armario grande y mucha ropa solo para ella.

Mis padres le habían otorgado eso y yo no me opuse. Mi habitación era el doble de grande y tenía el doble de cosas. Éramos las niñas consentidas de papá, y la sociedad no podría tolerarlo.

—Clara—Le llamé

—¿Jmm?

—¿Qué piensas de mi actitud con Thomas?

—Fuiste por lo que querías ¿Qué tiene de malo?—preguntó. Me senté en la cama junto a ella y coloqué una almohada en mis piernas.

—No tiene nada de malo—sonreí—Solo… Me sentí un poco descarada

—Stella, pasas tú vida planificando cosas, siempre eres torpe y a veces eso te frena. Thomas es guapo, conseguiste un trabajo y ahora puedes decir que has vivido como cualquier otra persona.

—Tienes razón, pero cuando Thomas se entere puede enfadarse.

—Que se joda—rió—No es un delito tener dinero y querer trabajar.

—Que haría sin ti—La abracé y ambas caímos al colchón. Nos quedamos mirando el techo por algunos minutos. Era como observar nubes inexistentes.

¿Alguna vez lo han hecho? Quedarse mirando el techo por minutos que parecen horas, con una música de fondo que inunde tus oídos de tal manera que te llene por dentro.

Yo hacía eso de pequeña, me acostaba con mi padre y empezábamos a contar ovejas. Alexis Stone, nunca fue un hombre malo, era dedicado, íntegro y original.

Siempre aparecía en casa con nuevas ocurrencias, nos llevaba de viaje y a pesar de estar metido en su trabajo, nos incluía en cosas referente a el. Hasta que un día murió, mi madre no pudo soportarlo y debido a ello acabó falleciendo años después.

Lo lamenté, lloré por meses y acabé mudándome junto con Clara.

Ella compro una casa y yo compré la mía. Y dado a la situación se acostumbro a estar más conmigo que en su propio hogar.

Me levanté de la cama y despejé mi mente, era hora de hacer cosas responsables. Practicaría realizar postres y mañana iría con toda la confianza a trabar con Thomas.

Mi sexy jefe de repostería.

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