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Una omega para siete alfas
Una omega para siete alfas

Una omega para siete alfas

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En Una omega para siete alfas, Elara huye de experimentos en Neo-Eden. Esta romance novel sigue a una omega con haptefobia que debe descubrir si su vínculo con siete alfas es real o artificial. Una adventure story única dentro de las mejores werewolf romance novels de acción.

Resumen de Una omega para siete alfas

Elara, una omega con fobia al contacto físico, huye de un pasado de experimentos en Neo-Eden. Su anonimato termina cuando siete alfas de distintos perfiles —desde un soldado hasta un mercenario— la reclaman como su compañera. Mientras surgen vínculos marcados en su piel, ella lucha contra su trauma y una duda letal: ¿su atracción es genuina o una programación genética? En la sombra, sus creadores vigilan, forzándola a decidir si el amor nacido en un laboratorio puede ser real.
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Capítulo 1 de Una omega para siete alfas

POV: Elara

Ochenta y cinco centímetros.

Esa es la distancia entre mi cordura y el desastre. La mido cada vez. Con cada uno. Es lo único que me mantiene entera.

Y hoy, Kai Torrance la está destruyendo.

-Más cerca -dice, y no es una petición.

Su silla se desliza. Ochenta y cuatro. Ochenta y tres.

-Los puedes ver bien desde ahí. -Mi voz suena más aguda de lo que pretendía.

-Puedo. -Ochenta y dos-. Pero quiero verte a ti cuando te das cuenta de que cometiste un error.

Se detiene. Ochenta centímetros. Puedo sentir el calor de su cuerpo alterando el aire entre nosotros. Mi piel eriza. Cada vello en mis brazos levantándose como antenas.

-No cometí ningún error.

-El ángulo de disuasión en el nivel cuarenta está tres grados fuera de especificación. Lo corregiste anoche a las dos de la mañana. ¿Cómo lo supe?

Mierda.

-Porque revisas obsesivamente todo.

-No. -Sonrisa pequeña. Peligrosa-. Porque tengo notificaciones cada vez que accedes al sistema. Y porque me pregunto constantemente qué tipo de mujer trabaja a las dos de la mañana en lugar de dormir.

Mi corazón martillando. Él puede ver mi pulso en mi cuello. Lo sé porque sus ojos se desvían ahí.

-Una profesional.

-Una mentirosa. -Se inclina. Setenta y ocho centímetros-. ¿Sabes cómo sé que mientes, Elara?

No puedo hablar. Si abro la boca, va a salir un jadeo.

-Tu respiración cambia. Se vuelve superficial. Justo aquí. -Levanta la mano, apuntando al espacio donde mi pecho sube y baja demasiado rápido-. Y tus pupilas se dilatan. Solo un poco. Pero lo noto.

-Eres un psicópata.

-Soy observador. Hay una diferencia. -Baja la mano. La deja sobre la mesa. A centímetros de la mía-. Algún día vas a dejar de esconderte de mí.

-No me estoy escondiendo.

-Sí lo haces. -Sus dedos moviéndose. Acercándose-. Y lo fascinante es que mientras más te escondes, más desesperado me vuelvo por encontrarte. Es como un acertijo que mi cerebro no puede dejar de resolver.

Dos centímetros.

Retiro mi mano. Me pongo de pie.

-La reunión terminó.

-¿Asustada?

-Ocupada.

-Mentirosa. -Pero se levanta, respetando mi espacio otra vez-. Nos vemos el lunes, Elara.

Cuando llega a la puerta, se gira.

-Por cierto. La próxima vez que trabajes a las dos de la mañana, deja las luces apagadas. El brillo de tu pantalla se ve desde la calle.

-¿Cómo sabes...?

-Porque pasé por tu edificio. Tres veces esta semana. Solo para asegurarme de que estuvieras bien.

Sale antes de que pueda responder.

Me desplomo en la silla. Manos temblando. Puños apretados.

Kai Torrance está vigilándome. Estudiándome. Cazándome.

Y lo peor es que una parte de mí - algo oscuro y hambriento que llevo tres años enterrando - quiere ser atrapada. Algo debajo del miedo. Debajo de la haptefobia. Una presencia dormida que se agita cuando un alfa se acerca demasiado y que llevo años silenciando porque escucharla significaría admitir lo que soy.

Conté treinta segundos hasta que el ascensor bajó. Después me acerqué a la mesa. Extendí la mano, deteniéndola a un centímetro del calor residual donde estuvo su taza.

Mi piel erizándose. Hormigueo eléctrico subiendo por el brazo hasta la columna.

Y la presencia dormida - mi omega, la que no nombro, la que fingo que no existe - ronroneó por primera vez en meses.

________________________________________

Tres horas después. Consultorio del Dr. Leo Croft.

-Quítate la blusa.

Tragué. -¿Perdón?

Leo ni siquiera levantó la vista de su tablet. -Dijiste que te dolía la espalda. Necesito examinar la zona. Blusa fuera.

Profesional. Clínico. Pero el sonido de sus guantes de látex hizo que algo en mi abdomen se contrajera.

-Puedes examinarme con la blusa puesta.

Ahora sí me miró. Esos ojos grises que ven demasiado.

-¿Tienes algo que ocultar?

Solo siete líneas en mi espalda que brillan cuando un alfa compatible me toca.

-Marcas de nacimiento. Feas. Me avergüenzan.

-Soy médico, Elara. He visto de todo. -Se acercó. Distancia medida. No como Kai, que invadía. Leo calculaba cuánto podía acercarse sin asustarme-. Y tú no eres alguien que se avergüence fácilmente.

Tenía razón. Maldito fuera.

Me quité la blusa. Dejé el sostén puesto. Boca abajo en la camilla. El papel crujiendo.

Cerré los ojos. Esperé.

Sus dedos encontraron el nudo en mi trapecio.

-Aquí -murmuró-. Dios, Elara, es como concreto.

Presionó. Profundo. Sus pulgares cavando en músculo que llevaba tres años sin relajarse.

Y algo en mí se rompió.

No dolor. Liberación. Como si cada lágrima que no lloré, cada grito que tragué, cada momento de terror se hubiera almacenado en ese punto.

Un sonido salió de mi garganta. Mitad gemido, mitad sollozo.

Las manos de Leo se detuvieron.

-¿Te lastimé?

-No. -Estrangulada-. No pares.

-Elara...

-Por favor.

Sus manos reanudaron. Diferentes. Más lentas. Más deliberadas. Como si cada movimiento fuera pregunta y mi cuerpo respondiera sí, ahí, más.

Círculos. Presión firme. Calor atravesando la tela.

Cerré los ojos. Error. Porque sin visión, cada sensación se amplificó. Sus dedos. Su respiración acelerada. El olor de jabón antiséptico mezclándose con algo más cálido.

Su pulgar rozó el borde de mi sostén.

Nos congelamos.

-Perdón -dijo, sin sonar arrepentido. Sonaba tenso-. Necesito ir más abajo para el músculo completo. ¿Puedo?

Debería decir que no.

-Sí.

Sus dedos se deslizaron bajo la tira. Centímetros. Solo lo necesario.

Pero su piel estaba caliente. Y la mía hipersensible.

Presionó justo debajo del omóplato.

Y yo gemí. No un suspiro. No un jadeo. Un gemido que llenó el consultorio estéril.

Las manos de Leo se convirtieron en puños contra mi espalda.

-Para -susurró.

-¿Qué?

-Necesito que pares de hacer ese sonido.

-No estoy-

-Sí estás. -Voz cruda-. Y si sigues, voy a olvidar que soy tu médico.

Silencio espeso. Su control resquebrajándose. Sus manos temblando cuando las retiró.

Me giré para mirarlo.

Ojos oscuros. Pupilas dilatadas. Respiración irregular como la mía.

-Esto no es profesional -dijo.

-Lo sé.

-Deberías irte.

-Lo sé.

Pero ninguno se movió.

-Elara. -Mi nombre en su boca como súplica-. ¿Qué me estás haciendo?

-No lo sé. ¿Qué me estás haciendo tú?

Se pasó la mano por el cabello. Paso atrás. Dos. Distancia a la fuerza.

-Regresa la próxima semana. Y por favor... usa una camisa más gruesa.

Salí. En el pasillo, apoyada contra la pared. Porque por primera vez en tres años, no quise que el contacto terminara.

Quise más.

Y la presencia dormida - mi omega - se agitó debajo de mis costillas con algo que no era miedo. Era hambre. Hambrienta como yo. Despierta como yo no me atrevía a estar.

________________________________________

Esa noche. Restaurante "Eminencia."

Rhys Kane cortaba su filete con la precisión de un cirujano. O un asesino.

-Necesito que los archivos de votación sean accesibles, pero no obvios -dijo, deslizando el documento donde mi mano iba a caer. Todo con Rhys era coreografía.

-¿Quieres que la gente piense que tiene acceso cuando en realidad no tiene nada?

-Quiero que la gente vea lo que quiero que vean. -Sonrisa más amenazante que tranquilizadora-. ¿No es así como funciona todo?

-Supongo.

-No supongas. Sabes. -Sorbo de vino-. Eres mejor mentirosa de lo que finges ser.

Mi tenedor a medio camino. -¿Disculpa?

-Finges ser Beta. Finges ser solo una diseñadora de seguridad. Finges que esto -gesticuló entre nosotros- es solo profesional.

El aire espesándose.

-Es profesional.

-Por supuesto. -Su rodilla encontrando la mía bajo la mesa. Presión firme. Deliberada-. ¿Te molesta?

Me congelé. Mi cerebro gritando muévete. Mi cuerpo paralizado. Mi omega - la dormida, la silenciada - despertando otro grado bajo la presión de su rodilla.

-No.

-Mentirosa. -Retiró la rodilla-. Pero aprecio la cortesía. La mayoría huye de mí. Tú te quedas quieta. Como una presa que decide cooperar.

-No soy una presa.

-No. -Inclinándose. Ojos recorriéndome como evidencia-. Eres algo más interesante. Un acertijo.

-No hay nada que resolver, Rhys.

-Hay todo que resolver. -Voz baja-. ¿Por qué una mujer con tu talento trabaja desde un loft barato? ¿Por qué pagas en efectivo? ¿Por qué no existes en ningún sistema antes de 2023?

Mierda.

-Eres paranoico.

-Soy abogado. Es lo mismo. -Sonrió-. No te preocupes. Tus secretos están a salvo. Por ahora. Me gustan los acertijos sin resolver.

-¿Y cuando lo resuelvas?

-Entonces tendré que decidir qué hacer contigo. Espero que valga la pena la espera.

La amenaza colgando en el aire envuelta en seda.

Pagué la cuenta. Salí.

Tres encuentros. Tres alfas. Tres formas diferentes de derribar las paredes que llevo tres años construyendo.

Kai con distancia que se acorta. Leo con manos que sanan y destruyen. Rhys con preguntas que desenterraban lo que había enterrado.

Y debajo de todo - debajo del miedo, de la haptefobia, de la identidad falsa y los tres años de esconderme - mi omega. Despertando. Después de tanto silencio que había olvidado su voz.

Tres hombres. Y ella dentro de mí diciendo más.

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