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Juego de Reyes
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Juego de Reyes

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En la fantasy Juego de Reyes, un maestro orquesta la caída de sus rivales mediante la manipulación de sus deseos. Esta adventure de intriga y acción explora cómo agentes infiltrados ejecutan un plan maestro. Una mystery story ideal para quienes buscan leer fiction fantasy novels.

Resumen de Juego de Reyes

Un leal servidor presenta a su soberano los hallazgos de un exhaustivo estudio sobre sus adversarios. El informe preliminar revela que, aunque algunos objetivos presentan mayor resistencia, todos poseen vulnerabilidades explotables mediante la manipulación de sus deseos internos. Los agentes ya se han infiltrado en las filas enemigas para cumplir la misión encomendada. Bajo la premisa de que entender un anhelo permite dominar al rival, el plan de conquista avanza con éxito.
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Capítulo 1 de Juego de Reyes

Los tambores de la guerra anunciaron su llegada aquel atardecer de otoño. Eran estruendosos, como el rayo que anuncia tormenta. Aquella armada había avanzado sin descanso durante días y ahora, estaban a solo un kilómetro de su destino, la que ellos pensaban última batalla por aquellas tierras. Diez mil jinetes de rinoceronte liderados por un raptor. La caballería más poderosa de Azarath. La elite de la elite liderados por la mismísima Atzara en persona. Ellos lo sabían. Todos y cada uno en aquella fortaleza veían la muerte frente a ellos. Sin embargo, no se inmutaron, por qué deberían, habían pasado años esperando ese enfrentamiento. Diez mil rinocerontes, que importaba.

Aun así, no podían dejar de ser precavidos, una batalla de tal magnitud diezmaría sus tropas rápidamente. Además, la fortaleza no tenía defensas para resistir tanto: muros de granito y puertas de acero no pararían una embestida de tales bestias. Realmente estaban en desventaja, pero el saberlo solo les hizo arder aún más la sangre a aquellos hombres; se habían dignado en pisar sus tierras así que les darían un lindo regalo de bienvenida.

Para la señora de guerra aquella era una cacería más, y por qué no lo seria, había diezmado tantos ejércitos antes que ni siquiera se dignaba en llevar a sus arqueros, cosa que a sus ojos hacia más divertidas las batallas. Mientras otros se escondían en una lluvia de flechas, ella cargaba contra la vanguardia a lomos del raptor, y esta vez no sería diferente. Se había vestido de gala para aquel encuentro. Mientras que sus jinetes vestían armaduras completas de cuero o acero ella iba embutida en unas mallas traslucidas en tonos oscuros. En desafío ella bajo del raptor clavando en el suelo la bandera de Azarath, dirigiendo la mirada a la fortaleza. Aquello no pasó desapercibido para los Caballeros de Carthus. Una declaración de intenciones. No iban a ceder.

Carthus abrió sus puertas y de estas salieron novecientos hombres, armados con dagas torcidas y grandes espadas, sus yelmos en pico y chaquetas de cuero hablaron por sí solas, la elite de Carthus, los caballeros del lobo. Azarath no pudo evitar sonreír al ver semejante despliegue y sin más grito las palabras que anhelaban sus hombres:

—¡Aplastadlos!

El valle se volvió un caos. Una estampida de diez mil rinocerontes bajo de aquella colina tras la carrera de aquel raptor, pero el grito de cierto hombre, hizo palidecer y sudar a la intrépida guerrera.

—¡Fuego!

El cielo se tiño en negro mientras una descarga incesante de flechas cayó sobre la armada. Atzara logro evadirlas gracias a la agilidad de su montura, pero sus tropas no corrieron la misma suerte, la tercera parte de sus hombres destrozada en la lluvia y el resto habían roto la formación, dispersándose por la planicie.

—¡Add hijo de puta, voy a clavar tu cabeza en mi lanza! —, grito mientras soltaba las riendas del raptor, momento en el que dos rayos rojos serpentearon los cielos hasta caer en sus manos tornándose en dos lanzas envueltas en vendas ensangrentadas—. ¡Muere maldito bastardo!

Atzara sonrió, mientras tres de los caballeros volteaban hacia ella. Uno se lanzó en un gran salto mortal contra la lancera, pero no fue lo bastante rápido. Atzara salto velozmente del raptor hacia los otros caballeros. El crujir de los huesos se hizo evidente, los gritos agónicos y la sangre bañaron a la guerrera mientras hundía más sus lanzas en el corazón y pelvis de aquellos insensatos, a la vez que el retorcer del reptil decapitado acompañaban la sonrisa que dedicaba Atzara a su atacante.

—Quedamos solo tu y yo cielo —, dijo antes de sacar sus lanzas del cuerpo de los caídos.

Él no respondió solo reposo su espada a lo largo de su brazo izquierdo, dirigiendo la punta a la cabeza de la mujer, mientras se preparaba para el próximo asalto.

Mientras tanto, los jinetes habían logrado reorganizarse a medias debido a las constantes escaramuzas de los caballeros, que confundían enormemente a los rinocerontes. Pese a haber acabado con cuatrocientos infantes, estos últimos habían eliminado a tres mil jinetes más, usando como barricadas a los rinocerontes muertos y los cuerpos de sus jinetes como escudos humanos. Aun así, esa ventaja era pasajera, poco a poco los espadachines caían producto al cansancio, perdiendo miembros en sus filas con rapidez mientras eran forzados a retirarse a la fortaleza mientras una segunda lluvia de flechas contenía a Atzara y su ejecito que para entonces había sido reducido a poco más de dos mil.

—¡Mantened la posición! —grito algo frustrada. No eran muchos los que podían jactarse de haber aguantado un asalto contra su caballería y mucho menos los que habían sobrevivido para contarlo.

La caballería se fortificó a unos escasos diez metros de la entrada, a esa distancia ni siquiera aquella lluvia de metal les podría alcanzar, y podrían dejar descansar al menos unos minutos a los rinocerontes, error que Atzara pagaría caro. De pronto, dos impactos de proyectil volaron en una explosión las barricadas de los establos y sus alrededores, haciendo huir a los rinocerontes y fulminando a algunos jinetes.

Atzara miro furiosa a la muralla, encontrándose a Add, comandante de los caballeros de Carthus, empuñando su característico arco de plata y a su lado las jabalinas que usaba como flechas. Add le devolvió una mirada sin expresión, casi de lastima mientras echaba un vistazo a los confundidos azarathianos que trataban de controlar sin lograrlo a los pocos rinocerontes que quedaban.

—¡Add, tú y tus hombres estáis acabados!

—Creo que la sangre te está afectando Atzara, mis hombres no son los que perdieron sus monturas.

—¡Baja de una vez cobarde, suelta ese arco y pelea aquí como un hombre!

—¿Por qué debería dejar mis cartas para beneficiar las tuyas?, anda sube tu y clávame esas lanzas… Si puedes.

—¡Grandísimo hijo de puta, abre esa! —… Una jabalina corto las palabras y mejilla izquierda de Atzara, antes de impactar con la parte trasera de la fortificación, destrozándola en el acto.

—Ábrela tu misma, te estoy esperando —dijo Add, justo antes de bajar de la muralla.

Furiosa, Atzara apretó sus lanzas, dirigiendo la vista a sus tropas, cuatro mil hombres restantes y apenas veinte rinocerontes. Sonrió.

—¡Jinetes! —Grito a todo pulmón tras montar un rinoceronte —, abramos esas puertas.

Un nuevo grito de guerra azoló aquella planicie bañada en cadáveres. Los soldados que aun mantenían sus monturas se formaron en V al lado de su comandante, el resto tomo posiciones detrás colocando sus lanzas y alabardas en ristre.

—¡Cargad!

Impacto directo. La estampida de bestias despidió una lluvia de escombros que llego hasta los soldados de a pie, habían derrumbado el frontal de la muralla; abriendo paso hacia el patio interior, los soldados de a pie marcharon en formación cerrada hacía el interior pensando que ya habría acabado la batalla, nada más lejos de la realidad. Tras los muros derruidos, Atzara y sus hombres se hallaban en una carnicería junto a los caballeros. Huesos crujiendo, cuerpos aplastados, decapitados y mutilados yacían en aquel campo de batalla.

Atzara estaba furiosa, llevaba poco más de quince disparos ya desviados de Add había perdido su montura en los tres primeros, mientras que en los otros se las arreglaba para empalar a algún que otro caballero. Para los solados la cosa tampoco pintaba bien, sin sus monturas la infantería de Carthus los establa aplastando, aun así, lograron mantenerlos a raya una vez quedaron contra los muros, poniendo sus lanzas y alabardas en ristre y formándose en falange. Add no se inmuto con la situación, de hecho, una sonrisa se dibujó de sus labios mientras tensaba otra flecha. Atzara por su parte apretó con fuerza sus lanzas mientras se disponía una vez más a desviar las flechas, con el sobre la muralla no había mucho más que pudiera hacer.

Sin embargo, una pregunta se formuló constantemente en su cabeza mientras danzaba aquel baile de la muerte, ¿Por qué si ya hubieran podido diezmar a su ejército, aun no lo hacen?, las respuestas vinieron adheridas a la ardiente explosión que la mando a las afueras de la muralla. No estaban luchando para defender nada, estaban luchando su última batalla.

El rojo de las llamas encendió los cielos en una violenta explosión. Atzara solo pudo mirar con temor como pedazos calcinados de sus hombres caían desperdigados por toda la región.

Tardo varios minutos en recomponerse. Su mente aun trataba de procesar tales hechos y como no hacerlo, ella era ajena a la magia, la nación de la que provenía eran intolerante con sus practicantes, por eso pese a saber de su existencia le resulto aterradora.

Cuando pudo, arrastro penosamente su cuerpo hasta sus lanzas, usándolas luego como batones para llegar al campo de batalla. Solo quedaban cenizas, los cuerpos habían sido carbonizados e incluso las espadas y armaduras se habían derretido, solo quedaba ella, de rodillas en aquel mar de cadáveres, mirando a la nada, mientras la sangre comenzaba a brota de sus labios. Somnolienta miró hacia abajo viendo como una larga hoja le atravesaba el estómago.

No sentía dolor, ni siquiera cuando aquel hombre, cubierto en metales plateados y capa azul retiraba bruscamente el espadón, abriendo aún más la herida. Sus ojos se cerraron con pesar, viendo por primera y única vez a aquel que le dio muerte salir de la fortaleza, con su sangre aun fresca sobre la hoja.

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