Capítulo 2
Faltaban veinte días.
Joaquín empezó a salir de casa cada vez más temprano y a regresar cada vez más tarde.
La boda que un día me había prometido parecía no haber existido jamás.
A veces veía las publicaciones de uno de sus amigos de la infancia. En algún rincón de las fotos, Joaquín siempre aparecía acompañado de una mujer.
Ese rostro ya lo había visto antes en la galería de su celular.
Ese día, Karina Bermúdez, mi socia, me llamó.
—Llévate los bocetos. En un rato vamos a firmar el contrato con la clienta. Dicen que es la supuesta amante del señor Halabe.
Acepté, algo distraída.
Aunque era mi socia, ella no sabía que yo conocía a Joaquín. Mucho menos que él y yo estábamos casados en secreto.
La oficina de la clienta estaba justo en el piso de abajo de las oficinas de Joaquín, en el mismo edificio.
Yo sabía que aquella oficina pertenecía a la nueva empresa que Carmen había fundado tras regresar al país, con inversión del Grupo Halabe.
Últimamente, los medios financieros no dejaban de avivar los rumores sobre la historia que habían tenido.
Al entrar a la oficina de la presidenta, no me sorprendió encontrar allí a Joaquín. Sostenía una caja exquisitamente decorada y se la entregaba a Carmen, que estaba sentada detrás del escritorio principal.
La expresión de Joaquín se congeló en el instante en que me vio. Todos los presentes percibieron que algo no estaba bien.
Carmen me miró con una curiosidad aún más evidente.
—¿Y ella quién es?
Joaquín guardó silencio, como si todavía estuviera pensando en cómo explicarlo.
Yo sonreí y me presenté ante todos.
—Me llamo Rocío Cherem. Soy la diseñadora de este proyecto. El señor Halabe y yo…
Joaquín y yo completamos la frase al mismo tiempo:
—Fuimos compañeros en la universidad.
Apenas lo dijimos, se me tensó la mano que sujetaba los bocetos. Mis dedos dejaron una marca profunda en el papel.
No era la primera vez que encubría a Joaquín. Y tampoco era la primera vez que él se negaba a reconocer en público quién era yo para él.
Ese matrimonio en las sombras no solo había borrado nuestra relación frente a los demás; también parecía haber condenado cualquier futuro entre nosotros.
La reunión posterior fue cualquier cosa menos agradable.
Joaquín volvió a ponerse la máscara del empresario implacable y, hablando en nombre de Carmen, presionó sin contemplaciones durante la negociación.
—Bajen el precio un diez por ciento más.
Llevó nuestras ganancias y nuestro margen de negociación al límite.
Karina dudó un momento, pero al final apretó los dientes y aceptó.
—Está bien. El señor Halabe de verdad hace honor a su fama. Supo exactamente hasta dónde podíamos ceder.
Él bajó la mirada y no se atrevió a mirarme.
En efecto, aquel hombre era tan despiadado como decían. Solo que esta vez estaba usando esa crueldad contra su propia esposa.
Carmen no intervino en ningún momento. Se limitó a sonreír con una calma distante y elegante. En esa sonrisa había provocación, pero también una satisfacción difícil de ocultar. Después de ganar de forma tan aplastante, era natural que disfrutara aquella victoria.
Entonces extendió la mano hacia la caja sobre la mesa.
—Prueben un poco del pastel.
Pero Joaquín, que durante toda la negociación se había mantenido imperturbable, reaccionó de inmediato y apartó la caja con evidente nerviosismo.
—Carmen, espera. Eres alérgica a la mantequilla de maní. Déjame revisar primero qué lleva.
Aquella escena se me clavó en el pecho como un puñado de cuchillas y me dejó sangrando por dentro.
En nuestros cinco años de matrimonio, aquel hombre había olvidado nuestro aniversario, había confundido la fecha de mi cumpleaños y había pasado por alto todo lo que alguna vez le pedí que recordara.
Pero yo siempre había creído que, al menos, recordaba que era alérgica a la mantequilla de maní. Cada vez que había algo con maní cerca de mí, él solía apartarlo sin decir demasiado.
En secreto, eso me había hecho feliz. Tal vez todos los demás detalles demostraban que no me amaba, pero al menos ese detalle parecía decir que le importaba un poco.
Resultó que…
Hasta esa mínima señal de cuidado había sido una ilusión.
***
El proyecto avanzó a toda velocidad.
Aun así, Joaquín seguía pensando que todo iba demasiado lento. Más de una vez se lo recalcó a Karina.
Capítulo 3
—Es el primer proyecto de Carmen desde que volvió al país. No quiero que nada salga mal.
Observé aquella escena con una frialdad que hasta a mí me sorprendió.
Esa noche, al volver a casa después de aquella negociación, Joaquín se quedó largo rato sentado en el sofá, como si no supiera por dónde empezar.
Al final, me explicó:
—Después de todo, seguimos casados en secreto. Todavía no he encontrado el momento adecuado para hacerlo público. Más adelante se lo explicaré a todos. Por ahora, lo más urgente es sacar adelante este proyecto.
Asentí sin discutir. Tampoco le recordé que lo verdaderamente urgente debería haber sido nuestra boda, que ya estaba a la vuelta de la esquina. Una boda que, desde que aceptó celebrarla, nunca se había molestado en organizar.
Mucho menos iba a recordarle que, para cuando llegara ese día, yo ya no estaría a su lado.
Después de todo, a sus ojos, Carmen siempre sería lo más importante.
Durante el proyecto, Joaquín intentó evitar que Carmen y yo coincidiéramos demasiado, pero Karina terminó dándose cuenta de que algo pasaba.
Con una curiosidad mal disimulada, me preguntó:
—¿Hubo algo entre tú y el señor Halabe?
Sonreí.
—¿Cómo se te ocurre?
Karina frunció los labios.
—Varias veces te ha mirado a escondidas, con una culpa tremenda. Es la mirada de un hombre que sabe que se portó como un desgraciado contigo y al que todavía le queda un poco de conciencia.
Me quedé en silencio un instante y repasé mentalmente lo ocurrido.
No era que no hubiera notado esas miradas. Solo que, después de todo lo vivido, ya no sabía cómo interpretarlas.
***
Faltaban diez días.
Ese día teníamos la reunión periódica del proyecto.
Carmen charló conmigo durante bastante tiempo, como si todo fuera pura casualidad. Yo sabía que probablemente ya había adivinado qué relación había entre Joaquín y yo.
Aun así, le respondí con cortesía.
Cuando terminó la reunión, Joaquín se ofreció a llevarme a casa.
Era la primera vez que lo hacía.
—Tu trabajo superó con creces mis expectativas.
Después de cinco años de matrimonio, era la primera vez que aquel hombre me elogiaba.
La mano con la que ordenaba los documentos se me quedó quieta. Lo miré con cierta confusión.
Joaquín vaciló durante largo rato antes de preguntar al fin:
—¿A estas alturas todavía tiene sentido celebrar la boda?
Bajé la mirada. Supuse que quería cancelarla, seguramente otra vez por Carmen.
—Entonces mejor cancelémosla. Ya faltan muy pocos días.
Levanté los ojos para verlo. No quise ponerlo en evidencia ni hacer más incómodo el momento.
Joaquín se quedó atónito, como si hubiera escuchado una respuesta que nunca habría esperado. De pronto preguntó:
—¿No te importa?
Era lógico que lo preguntara. Antes, seguramente habría perdido el control al instante y le habría exigido una explicación. Muchas de las escenas más vergonzosas de nuestro matrimonio habían nacido de mis estallidos. Aunque todos esos estallidos los había provocado él.
Negué con la cabeza.
—¿Por qué habría de importarme? Al final, solo es una ceremonia.
Tras un largo silencio, fue él quien volvió a hablar.
—Entonces… en unos días podríamos irnos a descansar fuera de la ciudad.
Miré la cuenta regresiva en mi celular. Solo quedaban diez días, así que me negué.
Las manos de Joaquín se tensaron sobre el volante. Casi se pasó un semáforo en rojo.
—¿Y si vamos a la playa? ¿O a ese restaurante al que siempre quisiste ir?
Siguió proponiendo distintos planes para distraernos, pero los rechacé uno por uno.
Cuando bajé del auto, la incomodidad y la culpa que antes se le notaban en el rostro ya se habían transformado en confusión y disgusto.
Al ver su rostro, fui yo quien habló primero.
—Podríamos ir a ver nuestro antiguo departamento.
Era el lugar donde Joaquín y yo habíamos vivido al inicio de nuestro matrimonio.
La verdad, me daba cierta nostalgia.
Joaquín se quedó inmóvil unos segundos, como si intentara adivinar lo que yo pensaba.
Incluso después de que bajé del auto, siguió sentado allí, aturdido durante largo rato.
Capítulo 4
Faltaba un día.
Quizá, sin darnos cuenta, Joaquín y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo tácito. Ya casi nunca coincidíamos en las reuniones del proyecto.
Solo a veces, cuando Carmen no estaba, Joaquín aparecía de pronto. No decía nada durante la reunión; apenas me lanzaba una que otra mirada.
No entendía qué pasaba últimamente por la cabeza de aquel hombre. Y tampoco quería entenderlo.
Empecé a sacar mis cosas de la casa poco a poco, procurando que no lo notara.
Pero, al final, se dio cuenta.
Ese día, después de la reunión, Joaquín me invitó a sentarme un momento en su oficina. Apenas tomé asiento, preguntó:
—Últimamente has sacado bastantes cosas de la casa. Tampoco te he visto volver a dormir en casa.
Asentí y le di la excusa que ya tenía preparada.
—Sí. Voy a quedarme una temporada en el departamento de antes.
La expresión de Joaquín se volvió algo vacilante.
—Sobre la boda… lo he pensado mucho. Todavía podríamos celebrarla…
Lo interrumpí:
—Ya queda muy poco tiempo. No hace falta.
Él me miró con sorpresa.
—¿Qué quieres decir con que queda muy poco tiempo?
Dudé un instante, preguntándome si debía mostrarle el acuerdo de divorcio que ya había firmado.
Pero una llamada de Carmen llegó justo a tiempo y me ayudó a evitarlo.
Miré el nombre en la pantalla de su celular y sonreí.
—Ve a atender lo tuyo. Lo nuestro no urge.
Joaquín giró la manija de la puerta y, quizá para compensarme, volvió a prometerme:
—Mañana por la mañana iré sin falta a buscarte.
Al día siguiente, volvió a incumplir.
Yo estaba sentada en el sofá, mirando la pantalla del celular.
Faltaban doce horas.
Una alerta de noticias locales apareció en la aplicación. Carmen asistía a la presentación de un nuevo proyecto, y Joaquín estaba de pie detrás de ella.
Al recordar la promesa que me había hecho el día anterior, no pude evitar sonreír con ironía. Si supiera que estas eran sus últimas doce horas conmigo, ¿habría faltado a su palabra?
Tal vez no, tal vez sí.
Pero la respuesta ya no importaba.
Pasé varias horas ordenando un poco la casa.
En aquel departamento antiguo y vacío, en realidad no quedaban muchas cosas mías. Solo que nos habíamos casado mientras vivíamos allí, y todavía me provocaba cierta nostalgia.
Llamé a Karina. Aunque ya le había avisado con anticipación, quise despedirme de ella una vez más.
Después marqué al abogado.
—El trámite quedó cerrado hace un mes. Ya no hay nada pendiente, ¿verdad?
Su respuesta fue breve:
—No. Todo quedó asentado.
Tras una pequeña pausa, añadió:
—Felicidades, señora Cherem.
Sonreí y colgué.
Así, en silencio, esperé hasta que cayó la noche.
Faltaban tres horas: ya había dejado listas todas las maletas y había comprado un boleto de avión para irme al extranjero.
Faltaban dos horas: recorté todas las fotos en las que salíamos juntos y dejé en el álbum solo la parte en la que aparecía yo.
Faltaba una hora: coloqué el acuerdo de divorcio cuidadosamente sobre la mesa.
Al principio había pensado en dejarle unas palabras. Después lo reconsideré y decidí que no hacía falta.
Tomé mi maleta y, justo en el instante en que la cuenta regresiva llegó a su fin, apoyé la mano sobre la manija de la puerta.
Mi matrimonio había terminado.
Pero, para mi sorpresa, la puerta se abrió desde afuera.
Joaquín tenía sudor en la frente, como si hubiera llegado corriendo. Respiraba con dificultad y, en su sonrisa, aún quedaba un rastro de culpa.
—Perdón. Acabo de dejar a alguien en su casa. El auto se averió en el camino y vine lo más rápido que pude…
Su voz se detuvo de golpe. La mirada le cayó sobre mi maleta y sobre el boleto que tenía en la mano.
—¿A dónde vas?