Capítulo 1
Mi esposo, Joaquín Halabe, y yo éramos dos mentirosos.
Él me juró que olvidaría a Carmen Granillo, la mujer que nunca logró superar, pero tenía el celular lleno de fotos de ella.
Yo le prometí que jamás lo dejaría, mientras planeaba un futuro sin él.
Hace un mes, lo engañé para que firmara los papeles del divorcio.
Hoy era el día en que por fin desaparecería de su vida.
Faltaban tres horas: ya tenía todas las maletas listas y había comprado un boleto de avión para irme al extranjero.
Faltaban dos horas: recorté todas las fotos en las que aparecíamos juntos hasta dejar solo mi imagen en el álbum.
Faltaba una hora: coloqué cuidadosamente el acuerdo de divorcio sobre la mesa.
Después de diez años amándolo, aquel era el primer día que lo dejaba.
Cuando fui a entregarle a Joaquín el contrato de organización de la boda a la hora acordada, escuché que conversaba con unos amigos dentro de su oficina.
—Carmen vuelve hoy. ¿Y aun así vas a seguir adelante con la boda con Rocío?
Joaquín apenas murmuró, distraído:
—Ajá.
No dejaba de mirar el reloj.
—¿Por qué Rocío todavía no llega? —murmuró con impaciencia.
Pero yo sabía que no estaba esperando por mí. Tenía prisa por ir a buscar a Carmen.
Ese día Carmen regresaba al país. Era la mujer a la que Joaquín nunca había logrado olvidar.
Años atrás, cuando ella se comprometió, Joaquín, por despecho, decidió casarse conmigo.
Y apenas tres días antes, Carmen se había divorciado.
Él bebió hasta perder el conocimiento y, al despertar, me propuso celebrar por fin la boda que nunca tuvimos.
No era más que una forma de provocar a Carmen para recuperarla.
Mi matrimonio no había sido más que una ficha en el juego sentimental de los dos.
Cuando abrí la puerta, Joaquín me extendió la mano con evidente impaciencia.
—El contrato de la boda.
Le entregué el documento que ya tenía preparado. En la penúltima hoja, había intercalado discretamente uno de los documentos del trámite de divorcio.
—También añadieron un anexo. Cuando tengas tiempo, revísalo con calma.
Había elegido entregárselo justo a esa hora por una razón: Joaquín no tendría tiempo de leerlo.
Y, tal como esperaba, tomó los papeles y los hojeó apenas, sin prestarles demasiada atención.
—Ahora tengo que salir a buscar a alguien. No puedo leer todo esto en este momento.
Al decirlo, una fugaz ternura le suavizó la mirada.
La impaciencia era para mí. Esa suavidad, en cambio, solo existía para Carmen.
Con la mirada aún puesta en el reloj, firmó a toda prisa en los espacios que yo había señalado. Apenas unos segundos después, lo único que me dejó fue la imagen de su espalda alejándose.
Llevaba cinco años casada con él. No era que nunca hubiera sido amable conmigo; simplemente, sus muestras de ternura siempre habían sido escasas.
Lo quise con todas mis fuerzas, esperando que algún día se acostumbrara a tenerme a su lado.
Pero incluso en las noticias, cuando hablaban de él, seguían describiéndolo como "soltero".
Y, cada cierto tiempo, los rumores sobre su vida amorosa no hacían más que revivir aquella historia dolorosa y apasionada entre él y Carmen.
Yo, que en realidad era su esposa en secreto, ni siquiera tenía derecho a que mencionaran mi nombre.
Después de todo, había una mujer a la que nunca había olvidado, una mujer a la que había amado con desesperación.
El día en que Carmen se divorció, aquel hombre que en casa jamás mostraba una sonrisa bebió hasta quedar completamente ebrio.
Pero la sonrisa no abandonó su rostro ni un solo instante. Incluso al verme, seguía dibujada en sus labios. Era la sonrisa que yo había anhelado durante años sin conseguir jamás.
Lo cuidé hasta pasada la medianoche. Después, probé con la fecha de nacimiento de Carmen y desbloqueé su teléfono.
Abrí la galería: las fotos de Carmen ocupaban casi todo el almacenamiento.
Solo había fotos de Carmen. No había ni una sola mía.
La portada de uno de sus álbumes era una de las imágenes de nuestra sesión de fotos nupciales. Pero había editado mi rostro y lo había reemplazado por el de Carmen.
Todavía recordaba que, cuando nos casamos por lo civil, Joaquín se negó a celebrar una ceremonia. Sin embargo, insistió en tomarnos fotos de boda.
Así que era por eso.
Fue en ese instante cuando lo entendí: aquel matrimonio de cinco años había llegado a su fin.
Lo único que quedaba era contar los días hasta mi partida.
La cuenta regresiva había comenzado: un mes.
Y, casualmente, también faltaba solo un mes para la boda que Joaquín me había prometido celebrar conmigo.
Capítulo 2
Faltaban veinte días.
Joaquín empezó a salir de casa cada vez más temprano y a regresar cada vez más tarde.
La boda que un día me había prometido parecía no haber existido jamás.
A veces veía las publicaciones de uno de sus amigos de la infancia. En algún rincón de las fotos, Joaquín siempre aparecía acompañado de una mujer.
Ese rostro ya lo había visto antes en la galería de su celular.
Ese día, Karina Bermúdez, mi socia, me llamó.
—Llévate los bocetos. En un rato vamos a firmar el contrato con la clienta. Dicen que es la supuesta amante del señor Halabe.
Acepté, algo distraída.
Aunque era mi socia, ella no sabía que yo conocía a Joaquín. Mucho menos que él y yo estábamos casados en secreto.
La oficina de la clienta estaba justo en el piso de abajo de las oficinas de Joaquín, en el mismo edificio.
Yo sabía que aquella oficina pertenecía a la nueva empresa que Carmen había fundado tras regresar al país, con inversión del Grupo Halabe.
Últimamente, los medios financieros no dejaban de avivar los rumores sobre la historia que habían tenido.
Al entrar a la oficina de la presidenta, no me sorprendió encontrar allí a Joaquín. Sostenía una caja exquisitamente decorada y se la entregaba a Carmen, que estaba sentada detrás del escritorio principal.
La expresión de Joaquín se congeló en el instante en que me vio. Todos los presentes percibieron que algo no estaba bien.
Carmen me miró con una curiosidad aún más evidente.
—¿Y ella quién es?
Joaquín guardó silencio, como si todavía estuviera pensando en cómo explicarlo.
Yo sonreí y me presenté ante todos.
—Me llamo Rocío Cherem. Soy la diseñadora de este proyecto. El señor Halabe y yo…
Joaquín y yo completamos la frase al mismo tiempo:
—Fuimos compañeros en la universidad.
Apenas lo dijimos, se me tensó la mano que sujetaba los bocetos. Mis dedos dejaron una marca profunda en el papel.
No era la primera vez que encubría a Joaquín. Y tampoco era la primera vez que él se negaba a reconocer en público quién era yo para él.
Ese matrimonio en las sombras no solo había borrado nuestra relación frente a los demás; también parecía haber condenado cualquier futuro entre nosotros.
La reunión posterior fue cualquier cosa menos agradable.
Joaquín volvió a ponerse la máscara del empresario implacable y, hablando en nombre de Carmen, presionó sin contemplaciones durante la negociación.
—Bajen el precio un diez por ciento más.
Llevó nuestras ganancias y nuestro margen de negociación al límite.
Karina dudó un momento, pero al final apretó los dientes y aceptó.
—Está bien. El señor Halabe de verdad hace honor a su fama. Supo exactamente hasta dónde podíamos ceder.
Él bajó la mirada y no se atrevió a mirarme.
En efecto, aquel hombre era tan despiadado como decían. Solo que esta vez estaba usando esa crueldad contra su propia esposa.
Carmen no intervino en ningún momento. Se limitó a sonreír con una calma distante y elegante. En esa sonrisa había provocación, pero también una satisfacción difícil de ocultar. Después de ganar de forma tan aplastante, era natural que disfrutara aquella victoria.
Entonces extendió la mano hacia la caja sobre la mesa.
—Prueben un poco del pastel.
Pero Joaquín, que durante toda la negociación se había mantenido imperturbable, reaccionó de inmediato y apartó la caja con evidente nerviosismo.
—Carmen, espera. Eres alérgica a la mantequilla de maní. Déjame revisar primero qué lleva.
Aquella escena se me clavó en el pecho como un puñado de cuchillas y me dejó sangrando por dentro.
En nuestros cinco años de matrimonio, aquel hombre había olvidado nuestro aniversario, había confundido la fecha de mi cumpleaños y había pasado por alto todo lo que alguna vez le pedí que recordara.
Pero yo siempre había creído que, al menos, recordaba que era alérgica a la mantequilla de maní. Cada vez que había algo con maní cerca de mí, él solía apartarlo sin decir demasiado.
En secreto, eso me había hecho feliz. Tal vez todos los demás detalles demostraban que no me amaba, pero al menos ese detalle parecía decir que le importaba un poco.
Resultó que…
Hasta esa mínima señal de cuidado había sido una ilusión.
***
El proyecto avanzó a toda velocidad.
Aun así, Joaquín seguía pensando que todo iba demasiado lento. Más de una vez se lo recalcó a Karina.
Capítulo 3
—Es el primer proyecto de Carmen desde que volvió al país. No quiero que nada salga mal.
Observé aquella escena con una frialdad que hasta a mí me sorprendió.
Esa noche, al volver a casa después de aquella negociación, Joaquín se quedó largo rato sentado en el sofá, como si no supiera por dónde empezar.
Al final, me explicó:
—Después de todo, seguimos casados en secreto. Todavía no he encontrado el momento adecuado para hacerlo público. Más adelante se lo explicaré a todos. Por ahora, lo más urgente es sacar adelante este proyecto.
Asentí sin discutir. Tampoco le recordé que lo verdaderamente urgente debería haber sido nuestra boda, que ya estaba a la vuelta de la esquina. Una boda que, desde que aceptó celebrarla, nunca se había molestado en organizar.
Mucho menos iba a recordarle que, para cuando llegara ese día, yo ya no estaría a su lado.
Después de todo, a sus ojos, Carmen siempre sería lo más importante.
Durante el proyecto, Joaquín intentó evitar que Carmen y yo coincidiéramos demasiado, pero Karina terminó dándose cuenta de que algo pasaba.
Con una curiosidad mal disimulada, me preguntó:
—¿Hubo algo entre tú y el señor Halabe?
Sonreí.
—¿Cómo se te ocurre?
Karina frunció los labios.
—Varias veces te ha mirado a escondidas, con una culpa tremenda. Es la mirada de un hombre que sabe que se portó como un desgraciado contigo y al que todavía le queda un poco de conciencia.
Me quedé en silencio un instante y repasé mentalmente lo ocurrido.
No era que no hubiera notado esas miradas. Solo que, después de todo lo vivido, ya no sabía cómo interpretarlas.
***
Faltaban diez días.
Ese día teníamos la reunión periódica del proyecto.
Carmen charló conmigo durante bastante tiempo, como si todo fuera pura casualidad. Yo sabía que probablemente ya había adivinado qué relación había entre Joaquín y yo.
Aun así, le respondí con cortesía.
Cuando terminó la reunión, Joaquín se ofreció a llevarme a casa.
Era la primera vez que lo hacía.
—Tu trabajo superó con creces mis expectativas.
Después de cinco años de matrimonio, era la primera vez que aquel hombre me elogiaba.
La mano con la que ordenaba los documentos se me quedó quieta. Lo miré con cierta confusión.
Joaquín vaciló durante largo rato antes de preguntar al fin:
—¿A estas alturas todavía tiene sentido celebrar la boda?
Bajé la mirada. Supuse que quería cancelarla, seguramente otra vez por Carmen.
—Entonces mejor cancelémosla. Ya faltan muy pocos días.
Levanté los ojos para verlo. No quise ponerlo en evidencia ni hacer más incómodo el momento.
Joaquín se quedó atónito, como si hubiera escuchado una respuesta que nunca habría esperado. De pronto preguntó:
—¿No te importa?
Era lógico que lo preguntara. Antes, seguramente habría perdido el control al instante y le habría exigido una explicación. Muchas de las escenas más vergonzosas de nuestro matrimonio habían nacido de mis estallidos. Aunque todos esos estallidos los había provocado él.
Negué con la cabeza.
—¿Por qué habría de importarme? Al final, solo es una ceremonia.
Tras un largo silencio, fue él quien volvió a hablar.
—Entonces… en unos días podríamos irnos a descansar fuera de la ciudad.
Miré la cuenta regresiva en mi celular. Solo quedaban diez días, así que me negué.
Las manos de Joaquín se tensaron sobre el volante. Casi se pasó un semáforo en rojo.
—¿Y si vamos a la playa? ¿O a ese restaurante al que siempre quisiste ir?
Siguió proponiendo distintos planes para distraernos, pero los rechacé uno por uno.
Cuando bajé del auto, la incomodidad y la culpa que antes se le notaban en el rostro ya se habían transformado en confusión y disgusto.
Al ver su rostro, fui yo quien habló primero.
—Podríamos ir a ver nuestro antiguo departamento.
Era el lugar donde Joaquín y yo habíamos vivido al inicio de nuestro matrimonio.
La verdad, me daba cierta nostalgia.
Joaquín se quedó inmóvil unos segundos, como si intentara adivinar lo que yo pensaba.
Incluso después de que bajé del auto, siguió sentado allí, aturdido durante largo rato.