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De Incubadora a Emperatriz
De Incubadora a Emperatriz

De Incubadora a Emperatriz

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Completadas
Tras ser humillada y usada como incubadora, Colleen busca venganza en De Incubadora a Emperatriz. Esta historia de romance y mystery revela su ascenso al poder junto al magnate Augusto Ibáñez. Descubre esta mafia novel y lee libros online gratis sobre su fría determinación.
Capítulo 1 de De Incubadora a Emperatriz

, soy Colleen Hoover, y estoy lista para sumergirme en esta historia. No hay tiempo para preámbulos, vamos directo al grano, al corazón de la emoción cruda y sin filtros. Aquí comienza.

En nuestro segundo aniversario, mi esposo me llamó "incubadora".

Dijo que nuestro matrimonio era una farsa para salvar a su familia de la quiebra y que, para darle un heredero, no necesitaba tocarme.

Al día siguiente, me arrastró a una clínica para una fertilización in vitro forzada.

Esa misma semana, le salvé la vida de un ataque de lobos en el bosque, quedando gravemente herida. Mientras me desangraba, él le dio todo el crédito a su amante, Frida.

Pero lo que me rompió fue escucharlo decir que deseaba que yo hubiera muerto para ahorrarse el divorcio.

En ese instante, el amor y la esperanza que sentía se convirtieron en un frío deseo de venganza.

Tomé el teléfono y llamé a mi abuelo, el magnate Augusto Ibáñez.

Gerardo Bermúdez me había usado, humillado y deseado mi muerte.

Ahora, yo lo destruiría.

Capítulo 1

MARTINA PIÑEIRO POV:

"Feliz aniversario", susurré, mi voz apenas un soplo en la oscuridad.

No hubo respuesta.

Llevaba tres horas despierta, mirando el techo, esperando.

Dos años de matrimonio, y seguía esperando.

Me giré con cuidado, intentando no despertarlo, pero sabía que era inútil.

Él ya estaba despierto. Siempre lo estaba.

Su cuerpo estaba rígido, de espaldas a mí, formando una barrera invisible que se sentía más sólida que una pared de concreto.

La almohada entre nosotros era un símbolo, una frontera que él trazó desde la primera noche.

Me estremecía al pensar en tocarlo. No por asco, sino por miedo.

Miedo a su rechazo, miedo a la frialdad que siempre me devolvía.

Pero hoy era diferente. Hoy era nuestro segundo aniversario.

Había puesto toda mi esperanza en este día.

Me levanté en silencio, buscando el pequeño paquete que había dejado en su mesita de noche.

Era un reloj, grabado con nuestras iniciales y la fecha de nuestra boda.

Un gesto de amor, de una esperanza que se aferraba a la vida con uñas y dientes.

Volví a la cama, mi corazón latiendo con fuerza contra mis costillas.

Me acerqué a él, mi mano tembló al extenderla hacia su hombro.

"Gerardo", dije, su nombre un ruego suave en la penumbra.

Su cuerpo se tensó aún más. No se movió.

Tragué saliva, el sabor amargo de la cobardía llenando mi boca.

"Es nuestro aniversario", insistí, mi voz ahora con un hilo de desesperación.

Finalmente, se movió. No para abrazarme, ni siquiera para mirarme.

Se dio la vuelta, y la expresión en su rostro fue un golpe en el estómago.

Sus ojos, oscuros y vacíos, me miraron sin verme.

Había una crueldad helada en su mirada, la misma que me había acompañado los últimos dos años.

"¿Y?", su voz fue un susurro áspero, más cortante que un grito.

Me encogí, sintiendo cómo mi esperanza se desmoronaba en mil pedazos.

"Yo... pensé que quizás podríamos... acercarnos", tartamudeé, mis palabras sonando ridículas incluso para mí.

Una risa sin alegría brotó de sus labios. Era un sonido hueco, lleno de desprecio.

"¿Acercarnos, Martina? ¿Para qué? ¿Para que finjas que te gusto, o para que yo finja que no me das asco?"

Mi rostro ardió. La vergüenza me invadió, un tsunami que me ahogaba.

"No te doy asco", logré decir, mi voz apenas audible.

"Claro que sí. Cada vez que me miras con esos ojos de perrito abandonado, pidiendo migajas de afecto, me dan ganas de vomitar".

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a dejarlas caer.

No frente a él. No le daría esa satisfacción.

"Gerardo, por favor", rogué, mi dignidad desintegrándose a cada palabra.

"¿Qué, quieres un heredero? ¿Es eso lo que te preocupa en nuestro 'aniversario'?"

Se incorporó, su torso desnudo una silueta imponente en la oscuridad.

"No te preocupes por eso. Mis padres ya lo arreglaron todo".

Mi mente se quedó en blanco. "¿Arreglaron qué?"

Me miró con una sonrisa torcida, llena de burla.

"Fertilización in vitro. No tendré que tocarte para darles un nieto. Eres una incubadora, Martina. Nada más".

La palabra "incubadora" rebotó en mi cabeza, una y otra vez.

Me sentí vacía, despojada de todo valor, de toda humanidad.

Las lágrimas finalmente cayeron, ardientes, incontrolables.

No era dolor. Era una aniquilación.

Me levanté de la cama, mi cuerpo temblaba incontrolablemente.

Quería gritar, quería golpearlo, pero no podía. Estaba paralizada.

Corrí al baño, cerrando la puerta con un golpe que resonó en el silencio de la noche.

Me miré en el espejo, mi reflejo desfigurado por el llanto.

¿Quién era yo? ¿Qué me había convertido?

Una incubadora. Eso era.

El resto de la noche lo pasé en el baño, acurrucada en el suelo, sollozando en silencio.

No sabía qué hacer. No sabía a dónde ir.

Cuando el sol comenzó a asomarse por la ventana, decidí buscar respuestas.

Tomé mi teléfono, mis dedos temblaban al buscar en Google.

"Mi esposo me odia", escribí.

Los resultados fueron abrumadores. Historias de traición, de desamor, de matrimonios rotos.

Ninguna era como la mía. Ninguna era tan cruelmente específica. Ninguna me llamaba "incubadora".

Mi cabeza comenzó a doler. Sentí náuseas.

No había patrones, no había soluciones mágicas. Solo dolor, en todas sus formas.

Volví a la habitación, el lado de la cama de Gerardo estaba vacío.

Una punzada de algo que ya no era sorpresa, sino resignación, me atravesó.

Escuché un ruido, un murmullo de voces bajas, provenientes de su estudio.

Mi corazón se apretó. ¿Con quién hablaba a estas horas?

Me acerqué en silencio, mis pasos amortiguados por la alfombra gruesa.

La puerta del estudio estaba entreabierta.

Pude escuchar su voz, suave, cariñosa. Una voz que nunca me dirigía a mí.

"Frida, mi amor, no te preocupes", dijo.

Mi respiración se detuvo. Frida.

El nombre de su novia de toda la vida. La mujer a la que siempre amó.

Me asomé por la rendija, mi vista nublada por las lágrimas que amenazaban con volver a brotar.

Lo vi, sentado en su escritorio, el teléfono pegado a la oreja.

Su rostro, antes tan frío, ahora estaba relajado, incluso sonriente.

Una sonrisa que nunca me dedicó.

"Claro que sí, mi amor", continuó, su voz llena de ternura.

"Pronto estaremos juntos, para siempre. Solo hay que ser pacientes".

Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. ¿Juntos para siempre?

Entonces, escuché algo que me rompió por completo.

"Esta farsa terminará pronto. Lo prometo".

Farsa. Eso era nuestro matrimonio. Una farsa.

Mi mente comenzó a unir las piezas, dolorosamente.

El matrimonio arreglado. La empresa de su familia. La quiebra.

Yo era el salvavidas. El precio que tuvo que pagar.

Sentí un vacío en el estómago. La traición me golpeó con una fuerza abrumadora.

Me alejé de la puerta, retrocediendo en silencio, mi corazón hecho pedazos.

Todo era una mentira.

Mi amor, mi esperanza, mi dignidad. Todo fue pisoteado.

No podía respirar. Necesitaba salir de allí.

De repente, mi pie chocó con algo.

Una tablet. Su tablet.

Estaba encendida, abierta en una conversación de chat.

Dudé. Me detuve. ¿Debería mirar?

La moralidad, la poca que me quedaba, luchó contra la desesperación.

La desesperación ganó.

Me agaché, mis ojos fijos en la pantalla brillante.

Era una conversación con sus amigos.

Desplacé hacia arriba, mis ojos escaneando las palabras que se convirtieron en dagas.

"Martina es una ingenua", escribió uno de ellos.

"Sí, creyó que nuestro amor era real", respondió Gerardo, seguido de un emoji de risa.

"¿Y el bebé? ¿De verdad vas a tener un hijo con ella?", preguntó otro.

"No, idiotas. Es un plan para contentar a mis padres y estabilizar la empresa. Un heredero, pero sin la molestia de ella".

"Fertilización in vitro. Una incubadora, como dije".

La palabra. De nuevo.

Mis manos comenzaron a temblar incontrolablemente.

Seguí leyendo. Cada palabra, un puñal.

"¿Y luego qué? ¿La vas a dejar?", preguntó un amigo.

"Claro. Cuando todo esté resuelto, me divorciaré de ella y me casaré con Frida. Siempre ha sido Frida".

El aire se me fue de los pulmones.

Un plan. Todo era un plan.

Mi matrimonio, mi vida, mi futuro. Todo fue manipulado.

Sentí un dolor agudo en el pecho, un dolor que iba más allá de lo físico.

Me dolía el alma.

Recordé el día en que me dijeron que debía casarme con Gerardo.

Yo, Martina Piñeiro, la tranquila y reservada, la que soñaba con un amor verdadero.

Mis padres, ansiosos por el estatus social, me dijeron que era mi deber.

Que Gerardo era un buen partido, a pesar de los rumores de su romance con Frida.

Él, al principio, fue amable. Me cortejó, me envió flores, me hizo creer que quizás, solo quizás, había una posibilidad.

Que su amor por Frida era cosa del pasado.

Yo, ingenua, lo creí.

Me enamoré de la idea de él, de la promesa de un futuro juntos.

De la forma en que me miraba, aunque ahora sabía que era una farsa. Una actuación.

Después de la boda, todo cambió. La frialdad. El rechazo. Las palabras crueles.

Me aferré a la esperanza, al recuerdo de sus palabras dulces antes del "sí, acepto".

Pero ahora, todo estaba claro.

Él nunca me quiso. Nunca.

Solo quería usarme.

Mi cuerpo. Mi apellido. Mi dinero, indirectamente, a través de la salvación de su empresa.

Era una transacción. Un negocio.

Y yo, la mercancía.

Sentí náuseas, una sensación de mareo me invadió.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez, no eran de tristeza.

Eran de rabia. De una rabia fría y cortante.

¿Por qué? ¿Por qué yo?

¿Por qué tuve que soportar todo esto?

Mi visión se volvió borrosa, las lágrimas empañaban mi vista.

Justo en ese momento, mi teléfono vibró.

Era mi madre adoptiva, Augusta. Una voz dulce y tranquilizadora.

"Mi amor, ¿cómo estás?", dijo, su voz llena de preocupación.

"Te extrañamos tanto. ¿Por qué no vienes a casa por unos días?"

Mi garganta se cerró. No pude responder.

Solo un sollozo ahogado escapó de mis labios.

"Martina, ¿qué pasa, mi niña? ¿Estás llorando?"

Su voz se volvió urgente, llena de alarma.

"Quiero ir a casa", sollocé, mi voz rota en mil pedazos. "Quiero estar con ustedes".

"¡Claro que sí, mi amor! ¡Ahora mismo mando el jet privado! ¡No te preocupes por nada!"

Siempre fueron mis padres adoptivos, la familia Piñeiro.

Ellos me dieron amor, estabilidad, un hogar.

Mi abuelo materno, Augusto Ibáñez, un magnate legendario y solitario de Monterrey, siempre me había protegido en secreto, a través de ellos.

Era un hombre de pocas palabras, pero su influencia era inmensa.

Mis padres biológicos me abandonaron cuando era una niña.

La familia Bermúdez, los "amigos" de mis padres biológicos, me recogieron.

Durante años, pensé que los Bermúdez eran mi familia.

Hasta que la empresa de su familia se fue a la quiebra.

Y me casaron con Gerardo. Un matrimonio arreglado.

Conocía a Gerardo desde que era una niña. Fue mi primer amor.

O eso creí.

Ahora, todo era un engaño. Una cruel mentira.

"No te preocupes por nada, mi vida", continuó mi madre adoptiva. "Eres nuestra hija. Y nadie te lastimará".

Aunque no sabía cómo, sabía que lo decía en serio.

Siempre me habían cuidado, protegido.

Pero yo, tonta de mí, me había dejado llevar por el brillo de un amor falso.

Por la promesa de una vida que nunca sería mía.

Por un hombre que solo me veía como una "incubadora".

Sentí un escalofrío de rabia fría.

Ya no había lágrimas. Solo un vacío helado y una determinación creciente.

Gerardo Bermúdez, te arrepentirás de haberme llamado incubadora.

Te arrepentirás de haberme usado.

Te arrepentirás de haberme roto.

Este no era el fin de mi historia.

Era el comienzo de la tuya.

El comienzo de tu infierno.

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