Capítulo 6

Evelyn salió de la sala con la mejilla todavía ardiéndole; se llevó la mano a la cara para cubrirse la piel inflamada. Casi se encontró de frente con tres personas que subían los escalones de la entrada.

Por puro instinto, se encogió para ocultarse en las sombras de la puerta y vio cómo Daniel y Zoe bajaban del auto. Noah estaba en medio de los dos, muy feliz, agarrado de la mano de cada uno. Los tres se veían como una familia.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Noah.

Zoe sonrió y le despeinó el cabello.

—Mucho mejor.

—¡Qué bueno! ¡Por fin vas a poder jugar conmigo otra vez! —Noah pateó una piedrita que le estorbaba, con una sonrisa de oreja a oreja—. Mi mamá es aburrida y molesta. Tú eres la única que me entiende. Qué bueno que no vino, porque lo hubiera arruinado todo.

La sonrisa de Zoe se hizo más obvia. Usó un tono suave, como si no pudiera hacer nada al respecto.

—No puedes hablar así de tu mamá.

—¿Por qué no? —El niño infló los cachetes—. ¡Es que es mala! ¡Siempre es molesta y se hace la víctima! ¡Ni te quiere ayudar con las copas! Si a alguien le debería dar cáncer, es a ella.

Esas palabras hicieron que a Evelyn se le detuviera el corazón y su cuerpo se quedó rígido. El resto de la conversación se convirtió en un ruido lejano que ya no pudo entender.

Se quedó ahí donde estaba, escondida en el rincón como si fuera una sombra. Esperó hasta que escuchó las risas de los tres perderse dentro de la casa. Solo entonces se dio la vuelta y se alejó.

Sintió que su vida se había vuelto patética y miserable, tanto que no había palabras para describirlo. Llevó a Noah en su vientre durante nueve meses y ahora él deseaba que se muriera sin dudarlo ni un segundo.

Las lágrimas rodaron por su cara mientras caminaba.

Tal como ellos querían, era la que tenía cáncer. En cuanto se fuera, Zoe ocuparía su lugar sin ningún problema. Noah tendría lo que quería.

***

Al llegar a casa, Evelyn recorrió cada habitación y sacó todo lo que le pertenecía. Luego, lo echó todo a un brasero y le prendió fuego en el patio trasero. Quemó la foto de su boda, la foto familiar y cada regalo que les había comprado a Daniel y a Noah a lo largo de los años.

Cuando Daniel llegó y vio el fuego, abrió los ojos con desesperación. No le importó el calor ni el dolor; metió la mano a las llamas para intentar salvar su foto. Logró sacar solo la mitad; lo demás ya se había hecho cenizas.

Con los ojos rojos, le gritó:

—¿Te volviste loca? Estos son los recuerdos de nuestra familia. ¿Por qué los quemaste?

Noah empezó a patalear por el coraje.

—¡Esos peluches eran mis favoritos! ¿Por qué los quemaste?

Evelyn respondió sin ninguna emoción:

—Pues, ¿qué no Zoe te compra juguetes nuevos? Tú mismo echaste esos peluches al cuarto de desperdicios. ¿Para qué más iban a servir?

Noah se puso rojo de la cara. Era cierto que amaba los juguetes que Zoe le compraba. ¿Quién iba a querer algo viejo pudiendo tener algo nuevo? Pero esos peluches los había hecho Evelyn a mano.

Noah apretó los puños. Su enojo creció tanto que no pudo controlarse y empujó a Evelyn con fuerza.

—¡Mala mamá! ¡Te odio!

Agarró el único peluche medio quemado que no se había caído al fuego, se limpió los ojos con el dorso de la mano y entró corriendo a la casa.

Evelyn cayó al suelo. El brasero se ladeó y las brasas y la madera ardiendo rodaron hacia ella. Un trozo de carbón encendido le pegó en el antebrazo. El ardor le sacó un grito de dolor mientras la piel se le llenaba de ampollas por la quemadura.

Daniel ni cuenta se dio. Seguía mirando por donde se había ido Noah.

Cuando por fin volvió a verla, Daniel sonaba cortante.

—Noah no debió empujarte, pero ahora sí te pasaste. No son formas de hacer un berrinche. Hoy mismo vas a mandar a que restauren esas fotos con los negativos. Si no lo haces, ¡ni te aparezcas en la boda!

Dicho esto, se fue furioso.

Una sonrisa amarga y burlona asomó en Evelyn. Ese era el pretexto que Daniel estaba esperando. Si ella no iba a la boda, le resultaría mucho más fácil pararse en el altar con Zoe.

No importaba. De todos modos no tenía planeado ir.

Para cuando Daniel le estuviera poniendo el anillo a Zoe, Evelyn ya estaría en un barco camino a su propia isla privada.

***

Durante los siguientes días, Daniel y Noah la ignoraron a propósito. Ni siquiera la saludaban cuando la veían.

A Evelyn no le importó nada. Empacó la poca ropa que pensaba llevarse y se quedó lista para salir en cualquier momento.

Mañana, por fin, podría irse de este lugar.

En ese momento, su celular vibró. Zoe le había mandado una foto.

Evelyn la abrió y se quedó pasmada por la impresión. Era una foto del único recuerdo que le había dejado su abuela, la única persona que la había querido. Al lado del objeto, había un brasero.

Evelyn llamó a Zoe.

—¿Qué estás haciendo?

—Ven a buscarme. Quiero que hagamos un trato —dijo Zoe.

Evelyn agarró sus llaves y salió corriendo. Apenas había puesto un pie afuera cuando fue golpeada en la nuca. Se desplomó y todo se volvió oscuridad.

Antes de perder el conocimiento, escuchó la voz de Zoe.

—Átenla bien. Que no se escape.

Capítulo 7

Cuando Evelyn volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que estaba en una bodega vieja y abandonada. Las cuerdas se le enterraban en las muñecas y los tobillos, tan apretadas que le provocaban un dolor intenso.

Frente a ella, Zoe estaba sentada con las piernas cruzadas, arreglándose las uñas con tranquilidad. Al notar que Evelyn había despertado, Zoe le sonrió.

—Al fin despiertas, Evelyn.

Evelyn sintió angustia. El desconcierto y la incredulidad se apoderaron de ella.

—¿Qué estás haciendo?

No le quedaba mucho tiempo. Su vida ya se contaba por semanas. No representaba ninguna amenaza para Zoe.

Daniel y Noah le habían dado la espalda hacía mucho. Solo necesitaba resistir un día más. Mañana desaparecería a un lugar donde nadie pudiera encontrarla. ¿Por qué Zoe se molestaba en secuestrarla ahora?

La sonrisa de Zoe se volvió más brillante.

—¿No te da curiosidad? Si las dos estuviéramos en peligro, ¿a quién elegirían salvar Daniel y Noah?, ¿quieres apostar?

Antes de que Evelyn pudiera responder, uno de los hombres se acercó y marcó un número en su celular.

En cuanto entró la llamada, Zoe soltó un sollozo falso.

—¡Daniel, ayúdame! ¡Evelyn me pidió que nos viéramos, pero nos secuestraron en el camino! ¡Quieren dinero! ¡Si no se los dan, me van a hacer daño! ¡Tengo mucho miedo!

—¿Zoe? —Daniel se quedó mudo por un segundo y luego se le notó el pánico en la voz—. ¿Dónde estás?, ¿estás bien?

El hombre que sostenía el celular habló.

—Señor Hayes, tenemos a su esposa y a su amante. Solo quiero cinco millones en efectivo. Tráigalos ahora mismo y le mandaré la ubicación. El intercambio será en persona. Si no hay dinero, no hay trato.

—¡Está bien! ¡Llevaré el efectivo! —A Daniel le temblaba la voz—. ¡Les pagaré lo que me pidan! ¡Solo asegúrense de que Zoe esté a salvo!

El hombre se rio.

—Cálmese. Nosotros cumplimos nuestra palabra. Denos el dinero y nadie saldrá herido.

—Bien. —Daniel suspiró con alivio—. ¿Y Evelyn?, ¿ella está bien?

Evelyn casi se ríe. Hasta ahora se acordaba de que ella existía. Si ella hubiera sido la única secuestrada, lo más probable es que él ni siquiera hubiera creído que la llamada fuera real.

—Está bien. Solo tenga listo el dinero, señor Hayes.

Después de colgar, los dos secuestradores tomaron otra cuerda y amarraron también a Zoe.

Daniel no tardó mucho en devolver la llamada.

Los hombres las agarraron a cada una y las sacaron a rastras. Solo entonces Evelyn se dio cuenta de que estaban en la montaña. Caminaron por un sendero lleno de piedras hasta llegar a un punto a media ladera.

Daniel y Noah estaban allí, ambos tensos y muy nerviosos.

En el momento en que Zoe los vio, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Ayúdenme!

Daniel y Noah perdieron la calma.

—¡Tía Zoe! —gritó Noah.

—¡No tengas miedo! ¡Vine a salvarte! —dijo Daniel de prisa.

Evelyn estaba de pie al lado de Zoe, amarrada con la misma fuerza. Estaba en peores condiciones que Zoe; tenía la cara pálida como un papel y las piernas apenas la mantenían derecha. Pero ninguno de los dos se molestó en mirarla.

Evelyn cerró los ojos lentamente. No era que llorar sirviera de algo, es que ellos ya habían decidido quién les importaba.

Daniel lanzó un maletín a los pies de los secuestradores.

—¡Son cinco millones! ¡Ni un centavo menos! ¡Dejen ir a Zoe y a Evelyn!

Uno de los hombres se agachó, abrió el maletín y se rio al ver las filas de billetes acomodados.

—¿Cinco millones? ¡Cinco millones solo alcanzan para una persona, señor Hayes!

A Daniel le cambió el semblante.

—¡Me dijiste que cinco millones! ¿Ahora me sales con que cambiaste las condiciones?

—Usted entendió mal. Nunca dije que cinco millones cubrirían a las dos. ¡Son cinco millones por cada una! Claro que, si trae otros cinco millones mañana, se puede llevar a ambas. Pero por ahora, tiene que elegir a una.

Se hizo un silencio. Daniel apretó la mandíbula y miró a Evelyn por instinto.

Noah se agarró de la manga de Daniel, igual de sorprendido.

Entonces, Zoe gritó y se dejó caer de rodillas.

—¡Me duele! —Jadeó para intentar respirar mientras se le escapaban las lágrimas. Se agarraba la panza como si la hubieran herido.

Un momento después, sacudió la cabeza mientras sollozaba.

—¡Llévense a Evelyn! ¡Solo llévensela a ella! ¡Yo ya tengo cáncer! ¡Soy una carga! ¡Podría morir en cualquier momento! ¡Solo déjenme morir!

—¡De ninguna manera! —estalló Daniel.

—¡No digas eso, tía Zoe! ¡Tú no eres ninguna carga! ¡La carga es... ella! —gritó Noah.

En cuanto esas últimas palabras salieron de su boca, Evelyn sintió que el corazón se le partía en dos.

Capítulo 8

Daniel dejó de fijarse en Evelyn.

—Así es. Si Evelyn no te hubiera invitado a salir, nunca te habrían secuestrado. ¡Si lo piensas bien, todo esto es su culpa! Como es su culpa, ¡ella es quien debe pagar! Ella está sana. No le va a pasar nada por quedarse aquí una noche.

Aunque Evelyn ya se esperaba algo así, sus palabras le provocaron una punzada tan fuerte que apenas podía respirar.

No había tomado analgésicos en todo el día. Sus labios no dejaban de temblar y ni siquiera pudo protestar.

¿Así era como se veía un cuerpo sano ante sus ojos?

Evelyn casi se rio, pero su estómago se revolvió con tanta violencia que sintió que se le daba la vuelta. Dolor agudo la atravesó y luego un borbotón de sangre le subió por la garganta. Se dobló sobre sí misma y vomitó una mancha espesa de color rojo oscuro sobre el suelo.

Daniel y Noah se quedaron paralizados, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¡Evelyn!

—¡Mamá!

Zoe se puso pálida y, un segundo después, estalló en llanto.

—¡Nunca pensé que serías capaz de llegar tan lejos solo para que Daniel y Noah sientan lástima por ti! ¿Prefieres morderte los labios hasta sangrar? Si te quieres ir, solo dilo. ¿Por qué tienes que hacerte daño?

La cara de Daniel se endureció y sus facciones se deformaron en un gesto de asco.

—¿Cuántas veces vas a salir con el mismo truco?

Noah soltó una carcajada burlona.

—¡Mamá, en serio no tienes vergüenza!

Era capaz de fingir que escupía sangre con tal de que la rescataran primero. Si eso no era ser una sinvergüenza, ¿entonces qué era?

Cualquier rastro de piedad que habían sentido por ella se esfumó en ese momento.

—Dejen ir a Zoe —dijo Daniel con firmeza—. En cuanto a Evelyn... ¡hagan lo que quieran con ella!

Su mirada se volvió cortante y su expresión era dura como la piedra. Ya era hora de darle una lección a Evelyn para que aprendiera cuál era su lugar. Solo si dejaba de hacer esas estupideces podrían volver a ser una familia feliz.

Noah asintió, de acuerdo con él.

En cuanto los secuestradores empujaron a Zoe hacia ellos, Daniel y Noah corrieron a desatarla.

Evelyn temblaba de pie por el dolor en el estómago, pero ninguno de los dos le dedicó ni una sola mirada.

Después de revisar a Zoe, vieron que solo tenía unas marcas superficiales de las cuerdas y ni un solo moretón. Daniel y Noah suspiraron aliviados. Supusieron que Evelyn estaría igual que Zoe: ilesa. Creían que los secuestradores solo buscaban dinero y que los rehenes no sufrirían daño.

—Mañana es nuestra boda. Vendré por la mañana con otros cinco millones para salvarte —dijo Daniel. Y tras decir eso, se dio la vuelta para irse.

Evelyn se aferraba al último hilo de conciencia que le quedaba.

—¡Daniel!

Cuando el dolor llegó a su límite, su cuerpo se entumeció de forma extraña, como si algo en su interior hubiera apagado el sufrimiento. Se obligó a mantenerse firme. En ese último momento, solo había una pregunta que quería hacer.

Preguntó en voz baja, con la voz ronca:

—Si yo fuera la que tiene cáncer... Si fuera yo la que se está muriendo, ¿te arrepentirías?

Al ver su cara pálida y demacrada, Daniel sintió una punzada. Un escalofrío de miedo lo recorrió. Por primera vez, se sintió genuinamente inquieto. Sin embargo, se sacudió esa sensación.

¡No! ¡Imposible!

—¿Cuánto tiempo vas a seguir con este teatro? —estalló, molesto.

¿Por qué? ¿Por qué no dejaba de decir cosas que se sentían como si le estuvieran dando hachazos?

Evelyn viviría mucho tiempo. Los tres vivirían felices como una familia. Así era como debía ser.

Daniel dijo con dureza:

—¡Si tanto insistes en fingir que estás enferma, entonces espero que se te cumpla!

Todavía ardiendo de furia, tomó a Zoe y se fue sin mirar atrás.

Al segundo siguiente, los secuestradores empujaron a Evelyn sobre una cama y empezaron a romperle la ropa.

—Zoe sí que sabe cómo manejarlos. Ese par se lo creyó todo —se burló uno de ellos.

—Son unos idiotas —suspiró el otro—. Daniel en serio dejó a su esposa por esa mujer manipuladora. ¿No tiene idea de lo que puede pasar si ella pasa la noche con nosotros dos?

—¿A quién le importa? Haremos exactamente lo que Zoe nos pidió. ¡Llenen a Evelyn de chupetones y aviéntenla en el lugar de la boda mañana!

—¡Maldición, esto es genial! ¡Por fin nos vamos a acostar con la esposa de Daniel!

La garganta de Evelyn se cerró y sacudió la cabeza hacia un lado mientras otro chorro de sangre salía de su boca. Sentía el estómago como si se lo estuvieran partiendo a la mitad con una sierra. El dolor la desgarraba con tanta fuerza que todos sus músculos se tensaron. La sangre subió con fuerza e incluso empezó a salirle por la nariz.

Los dos hombres se pusieron blancos. Uno de ellos levantó un dedo tembloroso y lo puso bajo su nariz para ver si seguía respirando. Un segundo después, se fue de espaldas y cayó sentado, con pánico.

Evelyn se encogió sobre sí misma, mientras su visión parpadeaba entre luces y sombras y un zumbido le taladraba los oídos.

La misma frase se repetía una y otra vez en su cabeza.

“¡Si tanto insistes en fingir que estás enferma, entonces espero que se te cumpla!”

Las lágrimas resbalaron por las esquinas de sus ojos mientras se le escapaba una risa rota. ¿Él quería que se le cumpliera?

Entonces, les deseaba lo mismo. ¡Que a todos se les cumpliera lo que estaban pidiendo!

Daniel no tendría que volver a verla. Mañana, en la boda, podría estar ahí sonriendo y casarse con la mujer que realmente amaba.

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Solo La Muerte Es Libertad

Capítulo 6
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