Capítulo 5
De hecho, Zoe no tenía de qué preocuparse. Evelyn no tenía la menor intención de decir la verdad; esperaría a que ella ya no estuviera para que Daniel y Noah finalmente se enteraran de lo que había pasado en realidad.
Ese tipo de dolor y arrepentimiento, que llega cuando ya no hay forma de arreglar las cosas, los perseguiría por el resto de sus vidas.
—Escuché que estabas aquí, así que vine a verte —dijo Evelyn con calma. Su expresión era tan tranquila que tanto Daniel como Noah se relajaron.
—¿Entonces vienes de otro piso? —preguntó Daniel.
—Sí —respondió Evelyn.
Daniel suspiró, pero arrugó la frente.
—¿Qué te pasa? Traes puesta la bata del hospital.
Los labios de Evelyn se curvaron en una sonrisa.
—Problemas del estómago.
En cuanto lo dijo, Daniel y Noah intercambiaron una mirada de inquietud. Daniel sabía que ella había tenido molestias en el estómago durante años, no pensó que fueran tan graves como para que terminara internada.
Antes de que él pudiera decir otra palabra, Zoe se acercó con los ojos llorosos y la voz temblorosa.
—En serio lo siento. Todo es mi culpa. Si no te hubiera obligado a tomar esa copa, no estarías en el hospital.
En el momento en que ella empezó a llorar, la actitud de Daniel y Noah se suavizó.
Daniel se apresuró a sostener a Zoe para darle apoyo.
—¡Claro que no es tu culpa! ¡No hay forma de que una sola copa la dejara así! ¡Eso ya es puro drama!
—¡Sí, tía Zoe! No estés triste —intervino Noah—. ¡Todo es culpa de mamá! ¡De seguro dejó de comer y se enfermó para que mi papá y yo le hiciéramos caso!
Con tal de hacer sentir mejor a Zoe, Noah era capaz de decir cosas muy crueles. Evelyn no pudo evitar preguntarse en qué momento se había vuelto así; recordaba haberlo educado para que fuera una mejor persona.
La expresión de Zoe por fin cambió. Se llevó una mano al pecho y susurró que se sentía un poco mal. Daniel y Noah se desvivieron por atenderla y la ayudaron a entrar de nuevo a la habitación. Para cuando volvieron a salir, Evelyn ya se había ido.
Daniel no le dio mucha importancia. Si le pasara algo grave, ella lo diría. Evelyn era de las que lloraban por un simple rasguño; no había forma de que enfrentara una enfermedad seria sin decir una sola palabra. Si no decía nada, era porque estaba bien.
Además, a Zoe no le quedaba mucho tiempo. Él necesitaba estar a su lado mientras todavía pudiera. Cuando ella se fuera, ya vería cómo compensar a Evelyn.
***
Evelyn recogió sus analgésicos recetados y se fue a casa. Eran lo único que podía calmarle el dolor.
Faltaban ocho días para irse a la isla y no quería que nada saliera mal antes de eso.
Para evitar que su salud decayera, se permitió descansar por primera vez en años. Dormía todos los días hasta el mediodía.
Ya no tenía que preparar la comida de Noah, ni preocuparse por sus horarios de la escuela, ni quedarse despierta en la noche preguntándose si Daniel llegaría borracho de alguna otra cena de negocios.
Resultó que vivir sola podía ser muy cómodo.
Unos días después, sus padres llamaron.
—Si estás libre hoy, ven a casa. Deberíamos estar todos juntos —dijo su madre, Tiana Dunn.
Por primera vez desde el supuesto diagnóstico de cáncer de Zoe, buscaban a Evelyn. Desde que decidieron que ella estaba mintiendo, incluso la habían bloqueado.
Evelyn miró el calendario en la pared. Era día 21, su cumpleaños. Aceptó ir, solo por pasar un último cumpleaños con sus padres. Después de eso, todos podrían dar las cosas por terminadas.
Cuando entró a la residencia Wynn, no había pastel ni regalos; solo las caras extrañas de sus padres y un silencio incómodo y sofocante. Al verla en la puerta, ellos intercambiaron una mirada.
—Ya que estás aquí, siéntate —dijo su padre, Owen Wynn.
Evelyn se sentó en el sofá.
Tiana observó a Evelyn por un momento y luego dijo en un tono bajo y confundido:
—El día 26 se supone que Daniel te va a organizar una boda, ¿no?
Evelyn arrugó la frente, sin entender todavía a dónde iba esto. Antes de que pudiera responder, Tiana continuó:
—Deja que Zoe tenga la boda en tu lugar.
Evelyn se quedó inmóvil.
Tiana siguió hablando sin rodeos:
—Sabes que a Zoe le gusta Daniel. Él y Noah también la quieren a ella. ¡El lazo que tienen ya es más fuerte que el que tú tienes con ellos! Si fuera en cualquier otro momento, yo nunca me involucraría. Pero Zoe tiene cáncer. No le queda mucho tiempo. Quiero ayudarla a cumplir su deseo y dejar que se case con Daniel, aunque sea solo de nombre.
Por un segundo, Evelyn sintió que la sangre le hervía en las venas. ¿Ayudar a Zoe a cumplir su deseo? ¿Y ella qué? Se trataba de su esposo y de su boda, pero sus padres le pedían que se los entregara como si no fuera nada. Era ridículo.
—¿Han pensado en mí? —preguntó Evelyn en voz baja.
La expresión de Owen se endureció.
—¿Qué te pasa? ¿A poco tú eres la que se está muriendo?
Los labios de Evelyn se curvaron en una ligera sonrisa.
—Sí. De hecho, yo soy la que se está muriendo.
Al segundo siguiente, una fuerte cachetada resonó en la cara de Evelyn. Se llevó una mano a la mejilla y sintió sangre en la comisura de la boca.
—¡Eres una terca! —gritó Owen—. ¿Cómo terminé con una hija tan desalmada?
La cara de Tiana estaba llena de decepción y asco.
—¿Cómo puedes ser tan inhumana? Eres su hermana. Ni siquiera quieres aceptar el último deseo de Zoe. ¡Si hubiera sabido que ibas a ser así, nunca te habría tenido! Si no hubiéramos estado tan ocupados cuidándote, Zoe no se habría perdido en aquel entonces. ¡No eres más que una maldición en mi vida!
—¡Si te niegas, prefiero mudarme y vivir con Zoe! ¡Así no tendré que verte y sentirme enferma!
Evelyn pasó la lengua por la sangre de su labio.
—No tienes que irte con Zoe. Yo me voy —dijo ella.
Se iría a un lugar donde ninguno de ellos pudiera encontrarla jamás.
Si algún día todos terminaban en el cielo, ella con gusto preferiría irse al infierno.
Capítulo 6
Evelyn salió de la sala con la mejilla todavía ardiéndole; se llevó la mano a la cara para cubrirse la piel inflamada. Casi se encontró de frente con tres personas que subían los escalones de la entrada.
Por puro instinto, se encogió para ocultarse en las sombras de la puerta y vio cómo Daniel y Zoe bajaban del auto. Noah estaba en medio de los dos, muy feliz, agarrado de la mano de cada uno. Los tres se veían como una familia.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Noah.
Zoe sonrió y le despeinó el cabello.
—Mucho mejor.
—¡Qué bueno! ¡Por fin vas a poder jugar conmigo otra vez! —Noah pateó una piedrita que le estorbaba, con una sonrisa de oreja a oreja—. Mi mamá es aburrida y molesta. Tú eres la única que me entiende. Qué bueno que no vino, porque lo hubiera arruinado todo.
La sonrisa de Zoe se hizo más obvia. Usó un tono suave, como si no pudiera hacer nada al respecto.
—No puedes hablar así de tu mamá.
—¿Por qué no? —El niño infló los cachetes—. ¡Es que es mala! ¡Siempre es molesta y se hace la víctima! ¡Ni te quiere ayudar con las copas! Si a alguien le debería dar cáncer, es a ella.
Esas palabras hicieron que a Evelyn se le detuviera el corazón y su cuerpo se quedó rígido. El resto de la conversación se convirtió en un ruido lejano que ya no pudo entender.
Se quedó ahí donde estaba, escondida en el rincón como si fuera una sombra. Esperó hasta que escuchó las risas de los tres perderse dentro de la casa. Solo entonces se dio la vuelta y se alejó.
Sintió que su vida se había vuelto patética y miserable, tanto que no había palabras para describirlo. Llevó a Noah en su vientre durante nueve meses y ahora él deseaba que se muriera sin dudarlo ni un segundo.
Las lágrimas rodaron por su cara mientras caminaba.
Tal como ellos querían, era la que tenía cáncer. En cuanto se fuera, Zoe ocuparía su lugar sin ningún problema. Noah tendría lo que quería.
***
Al llegar a casa, Evelyn recorrió cada habitación y sacó todo lo que le pertenecía. Luego, lo echó todo a un brasero y le prendió fuego en el patio trasero. Quemó la foto de su boda, la foto familiar y cada regalo que les había comprado a Daniel y a Noah a lo largo de los años.
Cuando Daniel llegó y vio el fuego, abrió los ojos con desesperación. No le importó el calor ni el dolor; metió la mano a las llamas para intentar salvar su foto. Logró sacar solo la mitad; lo demás ya se había hecho cenizas.
Con los ojos rojos, le gritó:
—¿Te volviste loca? Estos son los recuerdos de nuestra familia. ¿Por qué los quemaste?
Noah empezó a patalear por el coraje.
—¡Esos peluches eran mis favoritos! ¿Por qué los quemaste?
Evelyn respondió sin ninguna emoción:
—Pues, ¿qué no Zoe te compra juguetes nuevos? Tú mismo echaste esos peluches al cuarto de desperdicios. ¿Para qué más iban a servir?
Noah se puso rojo de la cara. Era cierto que amaba los juguetes que Zoe le compraba. ¿Quién iba a querer algo viejo pudiendo tener algo nuevo? Pero esos peluches los había hecho Evelyn a mano.
Noah apretó los puños. Su enojo creció tanto que no pudo controlarse y empujó a Evelyn con fuerza.
—¡Mala mamá! ¡Te odio!
Agarró el único peluche medio quemado que no se había caído al fuego, se limpió los ojos con el dorso de la mano y entró corriendo a la casa.
Evelyn cayó al suelo. El brasero se ladeó y las brasas y la madera ardiendo rodaron hacia ella. Un trozo de carbón encendido le pegó en el antebrazo. El ardor le sacó un grito de dolor mientras la piel se le llenaba de ampollas por la quemadura.
Daniel ni cuenta se dio. Seguía mirando por donde se había ido Noah.
Cuando por fin volvió a verla, Daniel sonaba cortante.
—Noah no debió empujarte, pero ahora sí te pasaste. No son formas de hacer un berrinche. Hoy mismo vas a mandar a que restauren esas fotos con los negativos. Si no lo haces, ¡ni te aparezcas en la boda!
Dicho esto, se fue furioso.
Una sonrisa amarga y burlona asomó en Evelyn. Ese era el pretexto que Daniel estaba esperando. Si ella no iba a la boda, le resultaría mucho más fácil pararse en el altar con Zoe.
No importaba. De todos modos no tenía planeado ir.
Para cuando Daniel le estuviera poniendo el anillo a Zoe, Evelyn ya estaría en un barco camino a su propia isla privada.
***
Durante los siguientes días, Daniel y Noah la ignoraron a propósito. Ni siquiera la saludaban cuando la veían.
A Evelyn no le importó nada. Empacó la poca ropa que pensaba llevarse y se quedó lista para salir en cualquier momento.
Mañana, por fin, podría irse de este lugar.
En ese momento, su celular vibró. Zoe le había mandado una foto.
Evelyn la abrió y se quedó pasmada por la impresión. Era una foto del único recuerdo que le había dejado su abuela, la única persona que la había querido. Al lado del objeto, había un brasero.
Evelyn llamó a Zoe.
—¿Qué estás haciendo?
—Ven a buscarme. Quiero que hagamos un trato —dijo Zoe.
Evelyn agarró sus llaves y salió corriendo. Apenas había puesto un pie afuera cuando fue golpeada en la nuca. Se desplomó y todo se volvió oscuridad.
Antes de perder el conocimiento, escuchó la voz de Zoe.
—Átenla bien. Que no se escape.
Capítulo 7
Cuando Evelyn volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que estaba en una bodega vieja y abandonada. Las cuerdas se le enterraban en las muñecas y los tobillos, tan apretadas que le provocaban un dolor intenso.
Frente a ella, Zoe estaba sentada con las piernas cruzadas, arreglándose las uñas con tranquilidad. Al notar que Evelyn había despertado, Zoe le sonrió.
—Al fin despiertas, Evelyn.
Evelyn sintió angustia. El desconcierto y la incredulidad se apoderaron de ella.
—¿Qué estás haciendo?
No le quedaba mucho tiempo. Su vida ya se contaba por semanas. No representaba ninguna amenaza para Zoe.
Daniel y Noah le habían dado la espalda hacía mucho. Solo necesitaba resistir un día más. Mañana desaparecería a un lugar donde nadie pudiera encontrarla. ¿Por qué Zoe se molestaba en secuestrarla ahora?
La sonrisa de Zoe se volvió más brillante.
—¿No te da curiosidad? Si las dos estuviéramos en peligro, ¿a quién elegirían salvar Daniel y Noah?, ¿quieres apostar?
Antes de que Evelyn pudiera responder, uno de los hombres se acercó y marcó un número en su celular.
En cuanto entró la llamada, Zoe soltó un sollozo falso.
—¡Daniel, ayúdame! ¡Evelyn me pidió que nos viéramos, pero nos secuestraron en el camino! ¡Quieren dinero! ¡Si no se los dan, me van a hacer daño! ¡Tengo mucho miedo!
—¿Zoe? —Daniel se quedó mudo por un segundo y luego se le notó el pánico en la voz—. ¿Dónde estás?, ¿estás bien?
El hombre que sostenía el celular habló.
—Señor Hayes, tenemos a su esposa y a su amante. Solo quiero cinco millones en efectivo. Tráigalos ahora mismo y le mandaré la ubicación. El intercambio será en persona. Si no hay dinero, no hay trato.
—¡Está bien! ¡Llevaré el efectivo! —A Daniel le temblaba la voz—. ¡Les pagaré lo que me pidan! ¡Solo asegúrense de que Zoe esté a salvo!
El hombre se rio.
—Cálmese. Nosotros cumplimos nuestra palabra. Denos el dinero y nadie saldrá herido.
—Bien. —Daniel suspiró con alivio—. ¿Y Evelyn?, ¿ella está bien?
Evelyn casi se ríe. Hasta ahora se acordaba de que ella existía. Si ella hubiera sido la única secuestrada, lo más probable es que él ni siquiera hubiera creído que la llamada fuera real.
—Está bien. Solo tenga listo el dinero, señor Hayes.
Después de colgar, los dos secuestradores tomaron otra cuerda y amarraron también a Zoe.
Daniel no tardó mucho en devolver la llamada.
Los hombres las agarraron a cada una y las sacaron a rastras. Solo entonces Evelyn se dio cuenta de que estaban en la montaña. Caminaron por un sendero lleno de piedras hasta llegar a un punto a media ladera.
Daniel y Noah estaban allí, ambos tensos y muy nerviosos.
En el momento en que Zoe los vio, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Ayúdenme!
Daniel y Noah perdieron la calma.
—¡Tía Zoe! —gritó Noah.
—¡No tengas miedo! ¡Vine a salvarte! —dijo Daniel de prisa.
Evelyn estaba de pie al lado de Zoe, amarrada con la misma fuerza. Estaba en peores condiciones que Zoe; tenía la cara pálida como un papel y las piernas apenas la mantenían derecha. Pero ninguno de los dos se molestó en mirarla.
Evelyn cerró los ojos lentamente. No era que llorar sirviera de algo, es que ellos ya habían decidido quién les importaba.
Daniel lanzó un maletín a los pies de los secuestradores.
—¡Son cinco millones! ¡Ni un centavo menos! ¡Dejen ir a Zoe y a Evelyn!
Uno de los hombres se agachó, abrió el maletín y se rio al ver las filas de billetes acomodados.
—¿Cinco millones? ¡Cinco millones solo alcanzan para una persona, señor Hayes!
A Daniel le cambió el semblante.
—¡Me dijiste que cinco millones! ¿Ahora me sales con que cambiaste las condiciones?
—Usted entendió mal. Nunca dije que cinco millones cubrirían a las dos. ¡Son cinco millones por cada una! Claro que, si trae otros cinco millones mañana, se puede llevar a ambas. Pero por ahora, tiene que elegir a una.
Se hizo un silencio. Daniel apretó la mandíbula y miró a Evelyn por instinto.
Noah se agarró de la manga de Daniel, igual de sorprendido.
Entonces, Zoe gritó y se dejó caer de rodillas.
—¡Me duele! —Jadeó para intentar respirar mientras se le escapaban las lágrimas. Se agarraba la panza como si la hubieran herido.
Un momento después, sacudió la cabeza mientras sollozaba.
—¡Llévense a Evelyn! ¡Solo llévensela a ella! ¡Yo ya tengo cáncer! ¡Soy una carga! ¡Podría morir en cualquier momento! ¡Solo déjenme morir!
—¡De ninguna manera! —estalló Daniel.
—¡No digas eso, tía Zoe! ¡Tú no eres ninguna carga! ¡La carga es... ella! —gritó Noah.
En cuanto esas últimas palabras salieron de su boca, Evelyn sintió que el corazón se le partía en dos.