Capítulo 3

Daniel se fue con Noah, decidido a darle una lección a Evelyn. En el pasado, cada vez que Daniel y Noah la ignoraban, Evelyn se aterraba.

En el momento en que ellos se ponían distantes, ella entraba en pánico y pedía perdón una y otra vez hasta que la perdonaban. Solo entonces podía volver a respirar.

Esta vez, no hizo nada.

Durante varios días, se dedicó a empacar sus cosas con calma.

El equipo que manejaba la isla privada necesitaba sus documentos, así que Evelyn eligió un momento y entregó todo. Apenas terminaba con el papeleo cuando sonó su celular.

—Señorita Wynn, ya llegó su vestido de novia —dijo la encargada de la tienda de vestidos de novia—. ¿Cuándo le gustaría venir a probárselo?

Solo entonces Evelyn recordó que Daniel planeaba una boda para su aniversario.

Cuando se casaron, Daniel todavía estaba en silla de ruedas. No hubo ceremonia ni fotos, solo un acta de matrimonio y una firma rápida en el juzgado. Él le prometió que el 26 de diciembre de ese año compensaría todo con una boda. Incluso mandó pedir el vestido con seis meses de anticipación.

Pero ahora, Evelyn ya no pensaba seguir con eso.

—Ya no es necesario. Cancele el pedido, por favor —dijo Evelyn.

—¿Qué? —La encargada se escuchaba sorprendida—. El señor Hayes ya está aquí en la tienda.

Evelyn fue a la tienda de vestidos de novia. Daniel y Noah estaban sentados en la sala de espera. Cuando Noah vio a Evelyn, se enojó.

Habían pasado tres días completos. Evelyn no había llamado ni mandado un solo mensaje. Eso nunca había pasado antes. Noah estaba enojado y herido de una forma que no sabía explicar. ¿Su mamá ya no lo quería?

Cuando la encargada llamó para avisar que el vestido había llegado, Noah insistió en venir. Ahora que veía a Evelyn bien, su coraje solo aumentó.

“¡Mi abuela tenía razón! ¡Mi mamá es una desalmada! ¡No se parece nada a mi tía Zoe, que siempre es tan linda!”

La expresión de Daniel tampoco era buena, pero se soportó el enojo.

—¿Ya hiciste suficiente berrinche? Fuiste tú la que se portó mal el otro día y todavía te pones así. Ahora ni siquiera quieres probarte el vestido.

Evelyn casi se rio.

Ellos eran los que la habían estado ignorando, tratándola como si no existiera. Y de alguna forma, la del berrinche era ella.

—No estoy haciendo nada malo —dijo ella con calma—. No tiene caso probármelo.

El día 26 era el día que se marchaba. No habría boda.

La cara de Daniel se endureció.

—¡Mala! —Noah pataleó y alzó la voz—. ¡Eres muy caprichosa! ¡No mereces ser mi mamá!

Noah estaba muy consentido y acostumbrado a hablar así. Sabía cómo atacar donde dolía, y siempre que lo hacía, sus palabras dejaban a Evelyn tan mal que apenas podía soportar las lágrimas.

Pero esta vez, ella solo respondió con voz pausada:

—Tienes razón. No lo merezco. Deja que Zoe sea tu madre entonces.

Noah se quedó mudo.

Daniel se puso furioso.

—Ya basta, Evelyn. No hay nada entre Zoe y yo. ¡No lo conviertas en algo sucio! ¡Solo me siento mal por ella! ¡Apenas tiene veinte años y tiene cáncer! El doctor dijo que quizás no le queden ni dos meses. ¡Es tu hermana! ¿Cómo puedes ser tan cruel con ella?

Evelyn lo dejó decir lo que quisiera. Su corazón ya casi ni sentía punzadas. Sintió una amarga curiosidad. Si llegaba el día en que Daniel descubriera que Zoe no tenía cáncer, ¿qué cara pondría?

—¿Algo más? Si no, ya me voy.

Con eso, Evelyn se dio la vuelta para salir.

El pánico de Daniel se asomó.

Antes de que Evelyn pudiera reaccionar, sonó el celular de Daniel. Contestó y se puso pálido, mientras su voz se suavizaba a un tono que Evelyn casi no reconocía.

—¡No tengas miedo! ¡Voy para allá!

Antes de que Evelyn pudiera entender qué pasaba, Daniel la agarró de la muñeca.

—¡Tú vienes también! —dijo él.

No le dio oportunidad de soltarse y la metió a la fuerza al auto. Daniel pisó a fondo el acelerador, haciendo que el auto saliera disparado. Era la primera vez que Evelyn veía a Daniel tan alterado.

Cuando llegaron al club y abrieron la puerta de un salón privado, Zoe ya estaba llorando mientras se lanzaba hacia él.

—¡Daniel, ayúdame! ¡Me están obligando a tomar! —sollozó ella.

Daniel la abrazó y la protegió con su cuerpo.

Noah también se puso frente a ella, con su carita tensa y seria.

—¡No se atrevan a molestar a mi tía Zoe!

El cuarto estaba lleno de hombres de traje. Había un contrato abierto sobre la mesa. Parecía que estaban en medio de un negocio.

Al ver a Daniel y a Noah así, uno de los hombres se picó la oreja con el dedo, sin verse impresionado.

—Eso no es justo. Nadie está obligando a nadie. Solo pedimos que se termine este trago. En cuanto lo haga, el trato queda cerrado.

La cara de Daniel se puso dura.

—Zoe tiene cáncer de estómago. No puede tomar. ¡Yo me lo tomo por ella!

El hombre se rio entre dientes.

—¿Usted es del Grupo Wynn? Si usted se lo toma, ¿eso qué cuenta? ¡Quiero que alguien de la familia Wynn se lo tome!

Al segundo siguiente, Daniel y Noah se giraron para mirar a Evelyn.

Evelyn se puso pálida. Ahora entendía por qué Daniel la había traído a rastras. Estaba ahí para arreglar el desastre de Zoe.

—¡No! —dijo Evelyn, apretando los puños—. ¡No voy a tomar!

Zoe volvió a quebrarse y las lágrimas rodaron por su cara. Rogó:

—Por favor. ¡El Grupo Wynn es la empresa de la familia! ¡Es tuya también! ¿En serio te vas a quedar ahí parada viendo cómo se hunde la familia?

Daniel le gritó:

—¿Tienes que ser tan insensible? ¿Tienes idea de cuántas noches se desveló Zoe trabajando en este proyecto? ¡Es solo un trago!

Noah intervino:

—¡Apúrate y tómatelo! ¡Si lo haces, ya no estaré enojado contigo por empujar a mi tía Zoe por las escaleras!

Evelyn se sostuvo con fuerza de la orilla de la pared. Un entumecimiento le recorrió todo el cuerpo. Cada palabra de ellos la empujaba más hacia el límite.

Tenía cáncer de estómago en etapa avanzada y ellos querían que se tomara un trago de alcohol fuerte. Eso no era solo un trago. Era una sentencia de muerte.

¿Y el Grupo Wynn? ¿Eso qué tenía que ver con ella? Podría ser la hija mayor, pero no era dueña ni del uno por ciento de la empresa. Sus ojos ardían de coraje.

—¡Ni lo piensen!

Daniel apretó la mandíbula y su cara se puso rígida. Los sollozos de Zoe llenaron la habitación mientras Daniel tomaba una decisión. Agarró el vaso y lo levantó. Entonces, sin previo aviso, su otra mano salió disparada y apretó con fuerza la quijada de Evelyn.

Capítulo 4

—¡No! ¡No lo hagas! —Evelyn temblaba de terror. Trató de quitarse la mano de Daniel de encima, pero Noah se lanzó hacia ella y la sujetó con fuerza por la cintura.

—¡Papá, ahora! —gritó Noah.

Noah solo tenía seis años, pero la sujetaba con tanta fuerza que Evelyn no podía soltarse. El alcohol le quemó la garganta, desgarrándole el pecho al bajar.

En cuanto el líquido llegó a su estómago, sintió como si le hubieran echado fuego en una herida abierta.

Evelyn cayó de rodillas y tuvo una arcada tras otra, con el cuerpo sacudido por el esfuerzo de querer devolver sin éxito.

Noah se quedó petrificado, atónito por lo que veía.

Zoe, en cambio, bajó la mirada para ocultar su felicidad. Cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos reflejaban una inocencia fingida.

—¿Qué le pasa a Evelyn? Cualquiera pensaría que la que tiene cáncer es ella...

Esas palabras borraron cualquier rastro de preocupación de los ojos de Daniel.

—En serio que deberías haber sido actriz. Tu actuación es increíble —dijo él con una mueca de desprecio.

Noah salió de su asombro y recuperó la voz.

—¡Sí, mamá, otra vez estás fingiendo! ¡Mi abuela dijo que antes te encantaba tomar!

El tono de Daniel se volvió afilado y burlón.

—Antes te ibas de cena de negocios todas las noches y tomabas hasta que terminabas vomitando en el baño. ¿Y ahora, por una sola copa, haces como si te estuvieras muriendo?

A Evelyn se le escaparon las lágrimas, pero era solo una reacción de su cuerpo. Sentía el sabor metálico de la sangre quemándole la garganta. No podía ni hablar.

En ese momento, Zoe se llevó una mano al vientre y se quejó.

—Me duele. Me duele mucho el estómago...

Daniel y Noah entraron en pánico y se olvidaron de que Evelyn estaba ahí.

—¡Resiste! ¡Te llevaré al hospital! —dijo Daniel con urgencia.

—¡No te puedes enfermar! ¡Te necesito! —exclamó Noah llorando.

Sus voces se fueron apagando, alejándose cada vez más.

Evelyn sentía que el dolor la sobrepasaba, como si una ola la golpeara con furia. Antes de perder el conocimiento, se dobló sobre sí misma y vomitó un charco de sangre roja y brillante sobre el tapete, dejando atónitos a los hombres que seguían en la sala privada.

—¡Qué demonios! —exclamó uno, ahogando un grito.

Otro hombre dijo con voz temblorosa:

—¡Maldita sea! ¡Zoe dijo que esto era solo una broma! ¿Quiere que se muera?

—¡Esto no tiene nada que ver conmigo! ¡Yo no hice nada! —gritó otro enseguida.

—¡Vamos de aquí ya!

Salieron disparados, desalojando la habitación como si hubiera sonado una alarma de incendios.

Evelyn, sola en el suelo, temblaba. Una carcajada amarga se le escapó entre las lágrimas. Así que esa era la mujer a la que Daniel y Noah amaban. Esa era la mujer que habían elegido.

Evelyn solo esperaba que, cuando al fin supieran la verdad, no se ahogaran con el arrepentimiento.

***

Cuando Evelyn volvió a abrir los ojos, estaba en una cama de hospital. La habitación estaba en silencio. No había nadie sentado a su lado.

Le preguntó a una enfermera qué había pasado y le dijeron que alguien la había dejado en urgencias después de que se desmayara por el dolor, y luego se había ido.

El doctor entró unos minutos después. Su cara se endureció mientras la interrogaba.

—¿Tu cuerpo ya está en este estado y todavía te pones a tomar? ¿Estás loca o es que ya no quieres vivir?

Evelyn sonrió con amargura.

“Yo no quería tomar. Mi esposo y mi hijo me obligaron a tragarme esa copa con sus propias manos”.

Quería vivir un poco más. Ellos fueron los que la empujaron hacia la muerte.

El doctor suspiró.

—Escucha. Tienes que entender esto. Si quieres sufrir menos, no puedes volver a tocar el alcohol.

En cuanto el médico se fue, Evelyn pidió el alta. No importaba cuánto tiempo le quedara, no quería pasarlo mirando el techo de un hospital.

Al salir, pasó junto a un grupo de pacientes y visitas que hablaban afuera de una de las habitaciones.

—Esa mujer del cuarto 6 tiene mucha suerte. Su esposo y su hijo no se le despegan ni de día ni de noche. La tratan como si fuera de cristal.

Otra persona respondió:

—En serio que se sacó la lotería con ese hombre. ¿Vieron lo que pasó hace rato? Dijo que tenía ganas de comer pastel y mandaron pedir uno de cada tipo de todas las pastelerías de la ciudad. Si pidiera las estrellas del cielo, te juro que esos dos buscarían la forma de bajárselas.

—Ya cállense. Ahí vienen.

El grupo se hizo a un lado.

Evelyn levantó la cabeza y vio a Daniel y a Noah saliendo del cuarto 6. Ambos se quedaron petrificados al verla.

—¿Mamá?

—¿Evelyn?

Daniel bajó la mirada hacia la bata de hospital que ella aún llevaba y su cara mostró un desconcierto.

—¿Qué haces en oncología?

Noah entró en pánico y su cuerpo se puso rígido. Nadie terminaba en ese piso por un simple resfriado.

Antes de que Evelyn pudiera responder, Zoe salió de la habitación.

—¿Por qué se quedan ahí parados?

Se tomó del brazo de Daniel como si fuera lo más natural del mundo. Entonces vio a Evelyn y sus dedos se tensaron sobre la manga de él.

Daniel se soltó de Zoe, poniéndose tenso. Se acercó a Evelyn con pasos rápidos, mirándola fijamente a la cara.

—Dime, ¿qué haces aquí?

Noah también corrió a su lado.

—Sí, mamá. ¿Estás enferma?

Zoe se mordió el labio, incapaz de ocultar el destello de pánico en sus ojos.

Evelyn sonrió. “Así que Zoe también puede sentir miedo, después de todo”.

Capítulo 5

De hecho, Zoe no tenía de qué preocuparse. Evelyn no tenía la menor intención de decir la verdad; esperaría a que ella ya no estuviera para que Daniel y Noah finalmente se enteraran de lo que había pasado en realidad.

Ese tipo de dolor y arrepentimiento, que llega cuando ya no hay forma de arreglar las cosas, los perseguiría por el resto de sus vidas.

—Escuché que estabas aquí, así que vine a verte —dijo Evelyn con calma. Su expresión era tan tranquila que tanto Daniel como Noah se relajaron.

—¿Entonces vienes de otro piso? —preguntó Daniel.

—Sí —respondió Evelyn.

Daniel suspiró, pero arrugó la frente.

—¿Qué te pasa? Traes puesta la bata del hospital.

Los labios de Evelyn se curvaron en una sonrisa.

—Problemas del estómago.

En cuanto lo dijo, Daniel y Noah intercambiaron una mirada de inquietud. Daniel sabía que ella había tenido molestias en el estómago durante años, no pensó que fueran tan graves como para que terminara internada.

Antes de que él pudiera decir otra palabra, Zoe se acercó con los ojos llorosos y la voz temblorosa.

—En serio lo siento. Todo es mi culpa. Si no te hubiera obligado a tomar esa copa, no estarías en el hospital.

En el momento en que ella empezó a llorar, la actitud de Daniel y Noah se suavizó.

Daniel se apresuró a sostener a Zoe para darle apoyo.

—¡Claro que no es tu culpa! ¡No hay forma de que una sola copa la dejara así! ¡Eso ya es puro drama!

—¡Sí, tía Zoe! No estés triste —intervino Noah—. ¡Todo es culpa de mamá! ¡De seguro dejó de comer y se enfermó para que mi papá y yo le hiciéramos caso!

Con tal de hacer sentir mejor a Zoe, Noah era capaz de decir cosas muy crueles. Evelyn no pudo evitar preguntarse en qué momento se había vuelto así; recordaba haberlo educado para que fuera una mejor persona.

La expresión de Zoe por fin cambió. Se llevó una mano al pecho y susurró que se sentía un poco mal. Daniel y Noah se desvivieron por atenderla y la ayudaron a entrar de nuevo a la habitación. Para cuando volvieron a salir, Evelyn ya se había ido.

Daniel no le dio mucha importancia. Si le pasara algo grave, ella lo diría. Evelyn era de las que lloraban por un simple rasguño; no había forma de que enfrentara una enfermedad seria sin decir una sola palabra. Si no decía nada, era porque estaba bien.

Además, a Zoe no le quedaba mucho tiempo. Él necesitaba estar a su lado mientras todavía pudiera. Cuando ella se fuera, ya vería cómo compensar a Evelyn.

***

Evelyn recogió sus analgésicos recetados y se fue a casa. Eran lo único que podía calmarle el dolor.

Faltaban ocho días para irse a la isla y no quería que nada saliera mal antes de eso.

Para evitar que su salud decayera, se permitió descansar por primera vez en años. Dormía todos los días hasta el mediodía.

Ya no tenía que preparar la comida de Noah, ni preocuparse por sus horarios de la escuela, ni quedarse despierta en la noche preguntándose si Daniel llegaría borracho de alguna otra cena de negocios.

Resultó que vivir sola podía ser muy cómodo.

Unos días después, sus padres llamaron.

—Si estás libre hoy, ven a casa. Deberíamos estar todos juntos —dijo su madre, Tiana Dunn.

Por primera vez desde el supuesto diagnóstico de cáncer de Zoe, buscaban a Evelyn. Desde que decidieron que ella estaba mintiendo, incluso la habían bloqueado.

Evelyn miró el calendario en la pared. Era día 21, su cumpleaños. Aceptó ir, solo por pasar un último cumpleaños con sus padres. Después de eso, todos podrían dar las cosas por terminadas.

Cuando entró a la residencia Wynn, no había pastel ni regalos; solo las caras extrañas de sus padres y un silencio incómodo y sofocante. Al verla en la puerta, ellos intercambiaron una mirada.

—Ya que estás aquí, siéntate —dijo su padre, Owen Wynn.

Evelyn se sentó en el sofá.

Tiana observó a Evelyn por un momento y luego dijo en un tono bajo y confundido:

—El día 26 se supone que Daniel te va a organizar una boda, ¿no?

Evelyn arrugó la frente, sin entender todavía a dónde iba esto. Antes de que pudiera responder, Tiana continuó:

—Deja que Zoe tenga la boda en tu lugar.

Evelyn se quedó inmóvil.

Tiana siguió hablando sin rodeos:

—Sabes que a Zoe le gusta Daniel. Él y Noah también la quieren a ella. ¡El lazo que tienen ya es más fuerte que el que tú tienes con ellos! Si fuera en cualquier otro momento, yo nunca me involucraría. Pero Zoe tiene cáncer. No le queda mucho tiempo. Quiero ayudarla a cumplir su deseo y dejar que se case con Daniel, aunque sea solo de nombre.

Por un segundo, Evelyn sintió que la sangre le hervía en las venas. ¿Ayudar a Zoe a cumplir su deseo? ¿Y ella qué? Se trataba de su esposo y de su boda, pero sus padres le pedían que se los entregara como si no fuera nada. Era ridículo.

—¿Han pensado en mí? —preguntó Evelyn en voz baja.

La expresión de Owen se endureció.

—¿Qué te pasa? ¿A poco tú eres la que se está muriendo?

Los labios de Evelyn se curvaron en una ligera sonrisa.

—Sí. De hecho, yo soy la que se está muriendo.

Al segundo siguiente, una fuerte cachetada resonó en la cara de Evelyn. Se llevó una mano a la mejilla y sintió sangre en la comisura de la boca.

—¡Eres una terca! —gritó Owen—. ¿Cómo terminé con una hija tan desalmada?

La cara de Tiana estaba llena de decepción y asco.

—¿Cómo puedes ser tan inhumana? Eres su hermana. Ni siquiera quieres aceptar el último deseo de Zoe. ¡Si hubiera sabido que ibas a ser así, nunca te habría tenido! Si no hubiéramos estado tan ocupados cuidándote, Zoe no se habría perdido en aquel entonces. ¡No eres más que una maldición en mi vida!

—¡Si te niegas, prefiero mudarme y vivir con Zoe! ¡Así no tendré que verte y sentirme enferma!

Evelyn pasó la lengua por la sangre de su labio.

—No tienes que irte con Zoe. Yo me voy —dijo ella.

Se iría a un lugar donde ninguno de ellos pudiera encontrarla jamás.

Si algún día todos terminaban en el cielo, ella con gusto preferiría irse al infierno.

Solo La Muerte Es Libertad

Capítulo 3
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