Capítulo 2
—¡Claudia! ¡Sabes que Paula tiene depresión, ¿y aún así la provocas! Si le pasa algo, jamás te lo perdonaré. Te lo advierto, de ahora en adelante mantente lejos de ella.
Dicho esto, la abrazó y se subió con ella a la camioneta.
Al final, fueron algunas personas de buen corazón, que iban pasando y, no pudieron quedarse de brazos cruzados y me llevaron al hospital. El médico me dio la peor noticia: había perdido al bebé.
Acostada en la cama del hospital, mi mente no dejaba de pensar en lo que había pasado, Daniel marchándose y dejándome allí tirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, hasta el punto que nublaban mi visión.
Pensé: "Daniel… te lo prometo. De ahora en adelante, nunca más me acercaré a ustedes. Tú… ahora eres libre."
Los recuerdos se cortaron de repente. Daniel apareció, parecía no notar lo pálida que estaba mi cara y, con un tono indiferente, me hizo un recordatorio:
—Si no es nada importante, vuelve a casa. Después de todo eres familiar de un militar, sé consciente y no ocupes recursos del hospital.
Asentí. —Está bien.
Él continuó diciendo. —Los próximos días los pasaré acompañando a Paula. No vengas a buscarme si no es necesario.
Seguí asintiendo. —Bien.
Quizá mi reacción demasiado tranquila lo desconcertó por un instante. Soltó la mano con la que sostenía a Paula y dio un par de pasos hacia mí.
—¿Tú… tu cuerpo está bien? Cuando Paula se sienta mejor emocionalmente, te acompañaré a un examen prenatal.
Asentí con un hm, fingiendo no notar la mirada de celos de Paula. Al rozarlo al pasar, percibí un aroma en Daniel. Un suave olor dulce y floral, el mismo aceite para el cabello que Paula siempre usaba.
Durante los días que estuve en el hospital, él seguramente la habrá abrazado más de una vez. De no ser así, ¿cómo habría impregnado incluso su ropa con ese aroma?
De regreso a casa, la vecina, la señora Martínez , justo salía de su casa. Al verme con la cara tan pálida, se asustó:
—¡Ay, Claudia! ¿Por qué estás tan pálida? ¿Te pasó algo?
Sonreí débilmente, pero mis ojos se enrojecieron. No me había dado cuenta… mi rostro realmente estaba así de demacrado. Incluso otros podían notar que algo andaba mal… pero, ¿por qué Daniel nunca lo notaba?
Siete días… y ni siquiera había recibido una palabra de preocupación.
Al ver que no decía nada, la señora Martínez dejó de preguntar y solo me ayudó con cuidado a sentarme en casa. En la noche, me sirvió un gran tazón de caldo de pollo.
—Claudia, tu cuerpo siempre ha sido débil y ahora estás embarazada… necesitas reponerte.
El esposo de la señora Martínez también es militar, y con tantos hijos los subsidios no alcanzan. Cada mes tenían que intercambiar huevos por algunos productos básicos, para aliviar la carga en la casa.
Agradecida, me senté frente a la mesa y me quedé ensimismada por un buen rato. No podía entender… ¿Por qué hasta la vecina puede preocuparse por mí, y mi propio esposo me abandona una y otra vez? Esta relación… realmente se estaba volviendo ridícula.
Suspiré y llevé con cuidado la cuchara con sopa a los labios. Justo cuando estaba por beber, alguien empujó la puerta del patio.
—Claudia, ya llegué.
Daniel entró con varias prendas de ropa para lavar en la mano. Lo miré, sorprendida.
—¿Cómo es que viniste? ¿No ibas a acompañar a Paula?
Dejó la ropa y dijo, despreocupadamente:
—El médico dijo que la enfermedad de Paula no es grave, pero no me quedo tranquilo… la dejaré unos días más en el hospital. Así que ahora vine a recoger algunas cosas de la casa.
Asentí, pero mi mente no podía evitar recordar sus palabras de la mañana: “Si no es nada importante, vuelve a casa. Sé consciente y no ocupes recursos del hospital.”
Al final, mientras fuera Paula, todo era distinto. Supongo que ya me había rendido por completo… ni siquiera tenía fuerzas para discutir.
Bajé la mirada, lista para seguir bebiendo el caldo, cuando Daniel, mientras acomodaba las cosas, habló de repente…
Capítulo 3
—¿Preparaste sopa de pollo? No te la tomes, Paula está débil, justamente le viene bien para recuperarse.
La mano con la que sostenía la cuchara se quedó inmóvil. Lo miré, atónita, no podía creerlo.
—La señora Martínez la preparó especialmente para mí.
Él fingió no oírme y se puso a buscar un recipiente en el armario.
—Conozco muy bien tu cuerpo, da igual si tomas sopa de pollo o no. En esta ocasión déjasela a Paula. La próxima te saco a comer por ahí, ¿sí?
Esas palabras tan familiares me hicieron recordar el pasado.
“Claudia, esta vez le doy a Paula los vales para comprar tela. Cuando nos paguen el subsidio, te mando a hacer ropa.”
“Claudia, no vayas a la gala, cede tu lugar a Paula. Cuando vuelva el grupo artístico, te aviso.”
“Claudia, Paula quiere conocer a mis amigos. Esta ocasión cuando me encuentre con mis compañeros de armas mejor no vengas. La próxima vez te llevo.”
“Claudia…”
Dijo tantas veces “la próxima vez”… que ya perdí la cuenta.
Mientras yo estaba atónita, Daniel vertió la sopa en el recipiente que había sacado del armario y dijo fingiendo estar preocupado:
—Ya me voy. Cuídate muy bien en casa.
Se dio la vuelta para marcharse, pero con el borde de su ropa golpeó sin querer el cuenco sobre la mesa.
¡Bang!
El cuenco cayó al suelo y se hizo pedazos, igual que mi corazón.
—Daniel.
Lo detuve. Saqué del bolsillo un frasco de vidrio donde había guardado noventa y nueve granos de chícharo.
—Noventa y nueve. Cuéntalos.
Su espalda se tensó, y se detuvo un instante. Se dio la vuelta y me miró, sorprendido.
—¿Ya llegué al número?
Asentí y le dije:
—Sí, ya llegaste.
Dejó lo que tenía en la mano, algo incómodo. Yo no dije nada. Solo quería una respuesta. Y tal como esperaba, dudó un momento antes de responderme.
—Claudia, Paula ahora no puede estar sola…
En sus ojos se veía que se sentía culpable, pero aun así continuó:
—Nuestro acuerdo… queda cancelado.
Bajé la mirada y suspiré.
—Está bien.
Se quedó paralizado. No podía creer que hubiera aceptado tan fácilmente. Emocionado, me abrazó.
—Claudia, eres tan buena. No te preocupes. Cuando la condición de Paula se estabilice, regresaré y estaré contigo acompañándote.
Respondí con un murmullo —hm .— y solo le hice una petición:
—El bebé está por nacer. Quiero un amuleto para su protección.
Al mencionar al niño, su expresión se suavizó aún más.
—Claro. Cuando vuelva, te acompaño al control prenatal y le compraremos a nuestro hijo el amuleto más bonito y el mejor de todos.
Mis ojos temblaron levemente, el dolor de haber perdido al bebé volvió a atravesarme.
—Está bien.
Solo que a mi hijo… jamás podré verlo.
Después de que se fue, me levanté y abrí el cajón. Saqué el montón de historiales médicos que había ordenado cuidadosamente.
La primera vez que confirmé el embarazo, el primer control prenatal, la primera vez que tomé las pastillas para evitar un aborto…
Cada noche que Daniel no estaba en casa, los sacaba y los miraba una y otra vez. Era la ilusión y la emoción de convertirme en madre por primera vez, y también mi esperanza como esposa, soñando con una familia feliz. Pero ahora…
Saqué del bolsillo el informe de aborto y, temblando, lo coloqué junto a los demás papeles.
Las lágrimas cayeron y empaparon el papel, como si me estuviera despidiendo. Respiré hondo, y justo cuando iba a cerrar el cajón, escuché de pronto su voz detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo?
Cerré el cajón con prisa y me limpié las lágrimas. Daniel se acercó, su mirada fija en el cajón.
—¿Por qué regresaste?
Me apoyé con fuerza contra el armario. Torpe, intenté cambiar de tema.
Él levantó la mano, pero no fue hacia el cajón, sino que fue directo a la lágrima que caía por mi rostro.
—¿Estás llorando?
Se quedó mirando la humedad en sus dedos, desconcertado, sin saber cómo reaccionar.
Capítulo 4
Me sonreí y, sin pensar mucho, le expliqué:
—Ya sabes, las embarazadas tenemos muchos estados de ánimo… en un rato se me pasará.
Daniel suspiró aliviado:
—Qué bueno… Se me olvidó preguntarte, ¿qué tipo de amuleto de protección te gustaría? ¿Qué tal un diseño con símbolos de buena suerte y una bendición? Mejor algo simple, porque se usa bien pegado al cuerpo.
Me quedé un instante en shock; no esperaba que él se preocupara tanto. Si tan solo antes hubiera sido igual…
—Está bien, decídelo tú —respondió.
Asintió, confirmando estar de acuerdo con mi decisión, y se marchó. Pero antes de cerrar la puerta, volvió a preguntar:
—¿De verdad estás bien?
Abrí un poco la boca, y de repente sentí un hilo de esperanza en mi corazón:
—Si no estuviera bien… ¿podrías quedarte conmigo?
Daniel titubeó un momento y luego sonrió:
—Claudia, no exageres, Paula sigue en el hospital esperándome. Duérmete temprano, ya me voy.
La puerta se cerró y no pude evitar llorar. Lloré por haberme casado con él y, al mismo tiempo, por seguir esperanzándome en él una y otra vez, cuando ya conocía el resultado.
Esa noche recogí todo mi equipaje. La solicitud de divorcio aún no había sido aprobada, pero yo ya estaba completamente agotada.
Antes de acostarme, vacié el frasco con los chícharos y los dejé en remojo toda la noche.
Al día siguiente, cuando almorzaba un poco de guiso de chícharos, llegó el mensaje de Daniel. Ya había comprado el amuleto de protección y me pedía que fuera al hospital a recogerlo.
Cuando llegué, fui directamente a la habitación de Paula. Daniel no estaba; seguramente había ido a comprar algo de comer.
Paula sonriendo me preguntó:
—Claudia, ¿viniste a ver a Daniel por algo?
Torciendo apenas la boca, respondí con calma:
—Vine a recoger un amuleto de protección. ¿Sabes dónde lo dejó?
Paula soltó un “ah” como si estuviera sorprendida y, señaló bajo las sábanas, donde se dejaba ver su pie.
En el tobillo llevaba atado un cordón rojo del cual colgaba un delicado amuleto protector. El diseño con símbolos de buena suerte y de bendición, eran exactamente como al que Daniel me había prometido.
—¿Te refieres a esto? —dijo Paula, orgullosa—. Daniel me lo regaló como una pulsera para el pie. ¿Te gusta?
Mi corazón casi se rompe; había perdido a mi hijo, mi esposo ya no me amaba, y yo solo quería un amuleto de protección. Solo quería… que ese hijo que nunca tuvo la oportunidad de nacer… pudiera llevarse con él la bendición de su padre… aunque fuera en el amuleto.
No sé cómo salí del hospital. Solo sé que cuando llegué a casa, mi garganta estaba completamente ronca; ya no podía emitir ningún sonido.
Al llegar, saqué un papel y anoté todo lo que aún no había podido terminar. Esperaba que, al irme, Daniel hiciera lo correcto como esposo y me ayudara a completar esas tareas.
Una vez que confirmé que no había olvidado nada, tomé mi equipaje y abandoné la casa. El guardia que acababa de terminar su turno quiso ayudarme con las maletas, pero lo rechacé. A partir de ahora, quería caminar sola mi camino.
Mientras tanto, en el hospital, Daniel había regresado con la comida y dejó el recipiente sobre la mesa:
—Paula, en el tiempo que estuve fuera, ¿vino Claudia?
Paula sonrió y escondió el pie bajo las sábanas:
—No, no vino nadie.
Daniel asintió y abrió el recipiente:
—Primero come. ¿Guardaste el amuleto de protección por mí? En la tarde voy a ir a la casa y se lo llevaré a Claudia.
Paula le dijo un simple “hm”, mientras tomaba el recipiente con comida..
De repente, alguien tocó la puerta, una enfermera entró y preguntó:
—¿Quién es familiar de Claudia Vega? Olvidó recoger el medicamento que le recetaron tras el aborto.