Capítulo 1

Mi esposo, comandante del batallón, me prometió que solo acompañaría noventa y nueve veces a su “amor de juventud”, Paula Ferrer, cuando su depresión se descontrolara.

Pero cuando terminé de contar las noventa y nueve veces, lo vi abrazándola, él la sostenía fuertemente entre sus brazos.

Después de eso, dejé de llorar y de intentar detenerlo cada vez que iba a buscarla. Solo le pedí un amuleto de protección como regalo para el hijo que estaba por nacer.

Cuando mencioné al bebé, su expresión se suavizó un poco, era suave y tierna.

—Espérame, volveré e iré contigo al hospital para el control prenatal.

Yo solo asentí obediente. No le dije que, diez días atrás, ya había presentado la solicitud de divorcio en el registro civil.

Ahora, estamos divorciados.

Diez días después de entregar la solicitud de divorcio, me encontré con Daniel Navarro en el pasillo del hospital.

Sostenía con delicadeza y extremo cuidado a Paula Ferrer, como si estuviera protegiendo un tesoro frágil. Pero al verme, frunció el ceño de inmediato.

—¿Qué haces aquí? ¿Otra vez vienes a molestar a Paula?

Me miró con desconfianza. Su mirada fue tan fría que me heló el corazón. Paula tomó su mano y me miró con aparente vergüenza.

—Claudia, no me malinterpretes. Daniel solo se preocupa mucho por mí.

Luego bajó la mirada hacia mi vientre.

—Escuché que tú también estás hospitalizada… ¿El bebé está bien?

Antes de que pudiera responder, Daniel se adelantó , para tranquilizarla:

—Seguro solo fue un susto con el bebé, no pasa nada. No pienses demasiado, concéntrate en cuidar tu cuerpo.

Instintivamente me llevé la mano al vientre, con un amargo nudo en el estómago. Sí… ¿qué podría haber pasado? ¿Acaso no era solo que habíamos perdido al bebé? ¿Cómo iba a ser más importante que Paula?

Si no fuera así, ¿cómo era posible que, sabiendo que yo estaba internada en el mismo hospital, ni siquiera viniera a preguntarme cómo estaba?

Si hubiera ido a verme una sola vez a la habitación, lo habría sabido. Nuestro hijo… ya no estaba.

Torcí los labios y toqué el pequeño frasco de vidrio que llevaba en el bolsillo, ya tibio por tanto tiempo sosteniéndolo.

Desde que Paula regresó, Daniel desaparecía cada pocos días para ir a acompañarla.

Él decía:

“Paula siempre ha sido muy sensible. Ahora que está enferma, si no estoy con ella y le pasa algo, ¿qué haremos? No te preocupes. Solo no quiero que haga una tontería. No hay nada más.”

Me prometió que solo la acompañaría noventa y nueve veces. Después de la vez noventa y nueve, volvería completamente a casa y viviríamos bien como marido y mujer.

Así que cada vez que se iba, yo colocaba un grano de chícharo dentro de una botella de vidrio.

Hace siete días, por fin reuní los noventa y nueve. Pero cuando fui a buscarlo, llena de esperanza… lo que vi fue a él abrazando con fuerza a Paula.

Yo era su esposa. Y en ese momento, solo podía quedarme al borde de la calle, observando desde lejos la felicidad que compartía con otra mujer.

—¿Qué están haciendo?

Con los ojos enrojecidos, caminé hasta ellos y les pregunté, con la mente completamente aturdida. Él la soltó rápidamente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Y en sus ojos se dibujaba el pánico.

—Claudia, no malinterpretes. No es lo que piensas.

Apenas abrí la boca para hablar, Paula se adelantó:

—Todo es mi culpa. Los estoy molestando, perdón... Daniel, déjame en paz de ahora en adelante, déjame morir aquí afuera.

Dicho eso, corrió hacia la vía, justo venía una bicicleta, la rozó y la tiró al suelo. El rostro de Daniel cambió de inmediato. Me apartó de un empujón y la levantó en brazos.

No tuve tiempo de reaccionar y caí fuertemente contra el suelo. Un dolor sordo comenzó a extenderse por todo mi vientre. Con las manos temblorosas me toqué abajo… era sangre, era tan roja que me paralizó del miedo.

—El bebé… mi bebé… mi bebé… ¡Esposo… Daniel!

Me sujeté el vientre mientras lo llamaba con dificultad, esperando que volteara a mirarme.

Él se detuvo por un instante y, se giró, cuando lo hizo me miró con una mirada llena de odio.

Capítulo 2

—¡Claudia! ¡Sabes que Paula tiene depresión, ¿y aún así la provocas! Si le pasa algo, jamás te lo perdonaré. Te lo advierto, de ahora en adelante mantente lejos de ella.

Dicho esto, la abrazó y se subió con ella a la camioneta.

Al final, fueron algunas personas de buen corazón, que iban pasando y, no pudieron quedarse de brazos cruzados y me llevaron al hospital. El médico me dio la peor noticia: había perdido al bebé.

Acostada en la cama del hospital, mi mente no dejaba de pensar en lo que había pasado, Daniel marchándose y dejándome allí tirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, hasta el punto que nublaban mi visión.

Pensé: "Daniel… te lo prometo. De ahora en adelante, nunca más me acercaré a ustedes. Tú… ahora eres libre."

Los recuerdos se cortaron de repente. Daniel apareció, parecía no notar lo pálida que estaba mi cara y, con un tono indiferente, me hizo un recordatorio:

—Si no es nada importante, vuelve a casa. Después de todo eres familiar de un militar, sé consciente y no ocupes recursos del hospital.

Asentí. —Está bien.

Él continuó diciendo. —Los próximos días los pasaré acompañando a Paula. No vengas a buscarme si no es necesario.

Seguí asintiendo. —Bien.

Quizá mi reacción demasiado tranquila lo desconcertó por un instante. Soltó la mano con la que sostenía a Paula y dio un par de pasos hacia mí.

—¿Tú… tu cuerpo está bien? Cuando Paula se sienta mejor emocionalmente, te acompañaré a un examen prenatal.

Asentí con un hm, fingiendo no notar la mirada de celos de Paula. Al rozarlo al pasar, percibí un aroma en Daniel. Un suave olor dulce y floral, el mismo aceite para el cabello que Paula siempre usaba.

Durante los días que estuve en el hospital, él seguramente la habrá abrazado más de una vez. De no ser así, ¿cómo habría impregnado incluso su ropa con ese aroma?

De regreso a casa, la vecina, la señora Martínez , justo salía de su casa. Al verme con la cara tan pálida, se asustó:

—¡Ay, Claudia! ¿Por qué estás tan pálida? ¿Te pasó algo?

Sonreí débilmente, pero mis ojos se enrojecieron. No me había dado cuenta… mi rostro realmente estaba así de demacrado. Incluso otros podían notar que algo andaba mal… pero, ¿por qué Daniel nunca lo notaba?

Siete días… y ni siquiera había recibido una palabra de preocupación.

Al ver que no decía nada, la señora Martínez dejó de preguntar y solo me ayudó con cuidado a sentarme en casa. En la noche, me sirvió un gran tazón de caldo de pollo.

—Claudia, tu cuerpo siempre ha sido débil y ahora estás embarazada… necesitas reponerte.

El esposo de la señora Martínez también es militar, y con tantos hijos los subsidios no alcanzan. Cada mes tenían que intercambiar huevos por algunos productos básicos, para aliviar la carga en la casa.

Agradecida, me senté frente a la mesa y me quedé ensimismada por un buen rato. No podía entender… ¿Por qué hasta la vecina puede preocuparse por mí, y mi propio esposo me abandona una y otra vez? Esta relación… realmente se estaba volviendo ridícula.

Suspiré y llevé con cuidado la cuchara con sopa a los labios. Justo cuando estaba por beber, alguien empujó la puerta del patio.

—Claudia, ya llegué.

Daniel entró con varias prendas de ropa para lavar en la mano. Lo miré, sorprendida.

—¿Cómo es que viniste? ¿No ibas a acompañar a Paula?

Dejó la ropa y dijo, despreocupadamente:

—El médico dijo que la enfermedad de Paula no es grave, pero no me quedo tranquilo… la dejaré unos días más en el hospital. Así que ahora vine a recoger algunas cosas de la casa.

Asentí, pero mi mente no podía evitar recordar sus palabras de la mañana: “Si no es nada importante, vuelve a casa. Sé consciente y no ocupes recursos del hospital.”

Al final, mientras fuera Paula, todo era distinto. Supongo que ya me había rendido por completo… ni siquiera tenía fuerzas para discutir.

Bajé la mirada, lista para seguir bebiendo el caldo, cuando Daniel, mientras acomodaba las cosas, habló de repente…

Capítulo 3

—¿Preparaste sopa de pollo? No te la tomes, Paula está débil, justamente le viene bien para recuperarse.

La mano con la que sostenía la cuchara se quedó inmóvil. Lo miré, atónita, no podía creerlo.

—La señora Martínez la preparó especialmente para mí.

Él fingió no oírme y se puso a buscar un recipiente en el armario.

—Conozco muy bien tu cuerpo, da igual si tomas sopa de pollo o no. En esta ocasión déjasela a Paula. La próxima te saco a comer por ahí, ¿sí?

Esas palabras tan familiares me hicieron recordar el pasado.

“Claudia, esta vez le doy a Paula los vales para comprar tela. Cuando nos paguen el subsidio, te mando a hacer ropa.”

“Claudia, no vayas a la gala, cede tu lugar a Paula. Cuando vuelva el grupo artístico, te aviso.”

“Claudia, Paula quiere conocer a mis amigos. Esta ocasión cuando me encuentre con mis compañeros de armas mejor no vengas. La próxima vez te llevo.”

“Claudia…”

Dijo tantas veces “la próxima vez”… que ya perdí la cuenta.

Mientras yo estaba atónita, Daniel vertió la sopa en el recipiente que había sacado del armario y dijo fingiendo estar preocupado:

—Ya me voy. Cuídate muy bien en casa.

Se dio la vuelta para marcharse, pero con el borde de su ropa golpeó sin querer el cuenco sobre la mesa.

¡Bang!

El cuenco cayó al suelo y se hizo pedazos, igual que mi corazón.

—Daniel.

Lo detuve. Saqué del bolsillo un frasco de vidrio donde había guardado noventa y nueve granos de chícharo.

—Noventa y nueve. Cuéntalos.

Su espalda se tensó, y se detuvo un instante. Se dio la vuelta y me miró, sorprendido.

—¿Ya llegué al número?

Asentí y le dije:

—Sí, ya llegaste.

Dejó lo que tenía en la mano, algo incómodo. Yo no dije nada. Solo quería una respuesta. Y tal como esperaba, dudó un momento antes de responderme.

—Claudia, Paula ahora no puede estar sola…

En sus ojos se veía que se sentía culpable, pero aun así continuó:

—Nuestro acuerdo… queda cancelado.

Bajé la mirada y suspiré.

—Está bien.

Se quedó paralizado. No podía creer que hubiera aceptado tan fácilmente. Emocionado, me abrazó.

—Claudia, eres tan buena. No te preocupes. Cuando la condición de Paula se estabilice, regresaré y estaré contigo acompañándote.

Respondí con un murmullo —hm .— y solo le hice una petición:

—El bebé está por nacer. Quiero un amuleto para su protección.

Al mencionar al niño, su expresión se suavizó aún más.

—Claro. Cuando vuelva, te acompaño al control prenatal y le compraremos a nuestro hijo el amuleto más bonito y el mejor de todos.

Mis ojos temblaron levemente, el dolor de haber perdido al bebé volvió a atravesarme.

—Está bien.

Solo que a mi hijo… jamás podré verlo.

Después de que se fue, me levanté y abrí el cajón. Saqué el montón de historiales médicos que había ordenado cuidadosamente.

La primera vez que confirmé el embarazo, el primer control prenatal, la primera vez que tomé las pastillas para evitar un aborto…

Cada noche que Daniel no estaba en casa, los sacaba y los miraba una y otra vez. Era la ilusión y la emoción de convertirme en madre por primera vez, y también mi esperanza como esposa, soñando con una familia feliz. Pero ahora…

Saqué del bolsillo el informe de aborto y, temblando, lo coloqué junto a los demás papeles.

Las lágrimas cayeron y empaparon el papel, como si me estuviera despidiendo. Respiré hondo, y justo cuando iba a cerrar el cajón, escuché de pronto su voz detrás de mí.

—¿Qué estás haciendo?

Cerré el cajón con prisa y me limpié las lágrimas. Daniel se acercó, su mirada fija en el cajón.

—¿Por qué regresaste?

Me apoyé con fuerza contra el armario. Torpe, intenté cambiar de tema.

Él levantó la mano, pero no fue hacia el cajón, sino que fue directo a la lágrima que caía por mi rostro.

—¿Estás llorando?

Se quedó mirando la humedad en sus dedos, desconcertado, sin saber cómo reaccionar.

Si No Puedo Retenerte

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