Capítulo 3
Theodore tenía fama de ser "la Muerte en vida".
Hasta los alborotadores más bravos de nuestro círculo se encogían cuando él entraba a una habitación.
No era solo miedo. Era la forma en que Theodore podía aniquilarte con una mirada, la autoridad absoluta que emanaba de su presencia.
Normalmente, yo me desviaba para no cruzarme con él.
Pero ahora, el hombre que aterraba a todos se aferraba a las sábanas, con las piernas encogidas por el dolor. El calor brotaba de su cuerpo; su respiración, cada vez más agitada, llenaba el silencio.
El contraste era brutal. Y ese hombre aterrador pero fascinante, postrado en la cama, me tenía completamente hipnotizada.
Pero algo me inquietaba:
—¿Dijeron que se lastimó por mí dos veces?
Liam abrió la boca para explicar, pero Theodore lo interrumpió con un tono cortante: —¡Cállate! Si dices una palabra más, ya verás.
Luego, suavizó la voz y dijo con indiferencia: —Vete, Bella. No te necesito aquí.
Liam dio un paso al frente, sin miedo: —Señor Theodore, deje de fingir. Ser terco no le va a ganar su corazón. Usted actúa duro, pero es más blando de lo que aparenta. Si la señorita York estuviera en peligro, se lanzaría al fuego sin pensarlo dos veces. ¿Cree que estamos ciegos?
No fue el único. Los otros guardaespaldas también empezaron a hablar con valentía:
—¡Sí! La luna llena pasada, lo encontramos mirando la foto de la señorita York en su teléfono hasta perder la cabeza. Hasta en sueños murmuraba su nombre. Apuesto a que sueña con ella, ¿verdad?
Uno de ellos chasqueó los dedos y dijo: —Ah, ¿y hace dos meses? Estacionó el auto frente al dormitorio de la señorita York y se quedó allí toda la noche. Pensó en irrumpir una docena de veces, pero siempre se detuvo. ¡Su autocontrol era tan impresionante que hasta los superhéroes lo tomarían de ejemplo!
Otro asintió: —Si no le decimos, ella nunca lo sabrá. ¿De verdad quiere sufrir así para siempre?
—Cállense. Yo aguanto. —dijo Theodore con frialdad, bajando la mirada.
El doctor Oliver estalló desesperado: —¿Aguantar qué? ¡Si sigue así, no verá el amanecer de la mañana!
Luego, se volvió hacia mí: —Querida, ¿qué esperas? ¡Date prisa, ayúdalo!
Los guardaespaldas junto a la cama inclinaron la cabeza con respeto, pero yo entré en pánico.
No tenía idea de qué hacer.
—¿Qué se supone que haga? No sé cómo ayudarlo.
Mientras Oliver cortaba las vendas empapadas de sangre, respondió sin inmutarse: —Bésalo.
Me ardieron las mejillas.
Me quedé de pie junto a la cama, sin saber cómo besar a ese hombre distante e inalcanzable, frente a todos.
—¡Señorita York! ¿Sabe al menos cómo se lastimó el señor Theodore? —gritó de pronto uno de los guardaespaldas—. Hace dos días hubo un incendio en el auditorio de su universidad. Usted quedó atrapada, inconsciente por el humo, casi se asfixia. ¿Verdad?
—Fue el señor Theodore quien la salvó. Gracias a la marca, puede sentir cuando su compañera está en peligro. Ignoró todas las advertencias y corrió derecho hacia las llamas para buscarla. Mientras la cargaba para salir, una viga le cayó encima y le incendió la espalda. Aun así, no se detuvo. Luchó contra el dolor y usó sus últimas fuerzas para sacarla con vida.
—Luego llegó el señor Nathan y se robó todo el mérito. Vio a Theodore sacándola del fuego y se la arrebató de los brazos en lugar de ayudarlo. ¡Si a Nathan le importaba tanto, ¿por qué no entró él a rescatarla?!
¿¡Qué!?
No podía creerlo. ¿Así se había lastimado Theodore?
Cuando desperté después del incendio, Nathan estaba sentado junto a mi cama, así que asumí que él me había rescatado.
Esta noche había sido demasiado. Tantas cosas que ni siquiera tuve tiempo de sentir vergüenza o darle vueltas al asunto.
Nada de eso importaba ya. Lo primero era salvarle la vida.
Sin pensarlo más, me incliné hacia Theodore. El corazón me latía con fuerza en los oídos mientras apoyaba mis labios firmemente sobre los suyos.
—No lo hagas. —gruñó Theodore.
Su voz sonaba fría y distante, pero sus dedos se clavaban con más fuerza en las sábanas. Tragó saliva con esfuerzo, los ojos inyectados en sangre por la lucha interna para contenerse.
La imagen de aquel hombre tan atractivo en la cama era suficiente para hacer pecar a cualquiera.
Pero su tono se volvió aún más gélido: —Bella, ¿acaso sabes lo que estás haciendo? Normalmente, huyes en cuanto me ves. No hagas algo que no deseas solo por agradecimiento. Ignora lo que digan. No cambiará nada. Tu beso no me produce nada.
Entonces, Oliver gritó de pronto, emocionado.
Capítulo 4
—¡Está funcionando! ¡La hemorragia disminuye! ¡Señorita York, continúe! ¡No se detenga! Su cuerpo es mucho más sincero que su boca. ¡Béselo con más fuerza! ¡Más fuerte, digo!
Parecía que Oliver quisiera castigar la terquedad de Theodore con sus palabras.
Theodore se movió incómodo y luego escondió el rostro en la cobija.
¿Estaba... avergonzado? ¿De verdad?
Hasta sus orejas estaban sonrojadas, como tomates maduros.
Los guardaespaldas estaban al borde de las lágrimas, animándome.
—¡Sabía que traer a la señorita York serviría!
—¡De ahora en adelante, no le crea ni una palabra al señor Theodore! Es de los que fingen que no quieren algo, ¡pero por dentro se muere por ello!
—¡Mire lo rojas que tiene las orejas, y la voz ronca! Está avergonzado, pero no quiere incomodarla a usted. ¡Y todo porque usted solo tiene ojos para el señor Nathan!
Theodore alzó la mirada y lanzó una mirada helada a sus guardaespaldas: —Basta.
Pero, por desgracia para él, estaban tan decididos a salvarle la vida que lo ignoraron por completo.
Aprovechando el momento, giré con decisión el rostro de Theodore hacia mí. Sostuve su nuca y besé sus labios con firmeza.
No importaba cuán terco se mostrara, no podía ser indiferente ante un hombre que arriesgó su vida por mí dos veces.
No dejaría que su sacrificio fuera en vano.
Al contacto, sentí a Theodore temblar de deseo. Aun así, se aferró a un último hilo de razón.
—Bella, ¿es que no entiendes? No necesito que hagas esto por agradecimiento. ¿Crees que soy el tipo de hombre que acepta lástima?
Se me llenaron los ojos de lágrimas. —Theo, lo deseo. No hay en mí un ápice de obligación.
Tomé su mano y la presioné contra mi pecho, para que sintiera el latir de mi corazón.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si hubiera tocado fuego.
—¡No...! ¡Quita tu mano! ¡Quita!
Intentó retirarla, pero no se lo permití.
—Theo, siente mi corazón. No hay resistencia aquí. No te sientas presionado.
Tragó saliva, con cada músculo de su rostro en tensión, luchando por contenerse.
—No mientas. Sé que en tu corazón solo está mi hermano. Oí todo cuando Liam te llamó. Dijiste que Nathan te necesitaba más esta noche.
Abrí la boca para explicar, pero en ese momento sonó el teléfono de Theodore en la mesilla.
Era Nathan.
Theodore deslizó el dedo para contestar.
—¿Qué pasa, Nate?
La voz quejumbrosa de Nathan se filtró por el altavoz: —Theo, anoche desperté como hombre lobo... Es insoportable. Y esa tonta aún no llega. Creí que aguantaría, pero me equivoqué.
Theodore me miró de reojo. —Bella está...
Volví a sellar sus labios con los míos, cortándole la palabra a medias.
Theodore perdió el control ante mi iniciativa. Entrecerró los ojos, y su mano ancha y fuerte se aferró a mi nuca, como pidiendo más.
Pero la razón volvió pronto en sí.
Me empujó, pero no tuvo tiempo de decirle a Nathan que estaba allí antes de que él siguiera.
—Sé que Bella estará atascada en el tráfico. Seguro viene desesperada por aliviar mi dolor, con el corazón rebosante de alegría. Pero lo que llega tan fácil nunca sabe bien. No quiero que aproveche para forzarme a convertirla en mi compañera de por vida. ¿Por qué los hombres lobo debemos amar con tanta intensidad, ser tan leales a una sola persona, como si estuviera grabado en nuestros huesos?
Los ojos rojizos de Theodore centellearon con sorpresa e ira.
—¿No quieres serle fiel? Entonces, ¿por qué la has estado provocando desde niños?
Como hablaba con su hermano, Nathan no se contuvo.
—Era joven. No conocía a otras chicas. No sabía lo que el mundo ofrecía.
—¡Nathan! —la voz de Theodore de pronto se volvió grave, cargada de advertencia—. Si no la valoras, ¡no te quejes después si te la quito!