Capítulo 5

La última chispa de esperanza que me quedaba se terminó de apagar.

Gideon me miró desde lo alto, con esa mirada fría y distante .

—Evelyn, de verdad perdiste la cabeza —sentenció.

Dio un paso hacia mí y, con una saña calculada, me aplastó el brazo con su bota.

—¿Qué mano usaste para apuñalarla?

No respondí. No me quedaba ni el aliento para abrir la boca. Tenía el cuerpo pesadísimo, como un cadáver que ya no siente nada.

—¿No vas a hablar? Está bien.

Sacó una pistola plateada y, sin pensarlo dos veces, jaló el gatillo.

Dos disparos ensordecedores retumbaron en la celda. Una bala en cada mano.

El dolor me atravesó, blanco y abrasador, insoportable.

Las lágrimas empezaron a brotarme sin control, pero Gideon ni siquiera parpadeó. Guardó el arma con total calma y me miró como si yo no fuera nada.

—Evelyn, que esta sea tu última advertencia. Si vuelves a tocar a Bella, se acabó para ti.

Mis padres dudaron un segundo al escuchar la sentencia, pero enseguida se apresuraron a intervenir:

—¡Esta mujer solo traerá más problemas, Don Wade! ¡Debería deshacerse de ella ya! ¿Cómo podemos estar tranquilos mientras ella esté aquí?

Mis padres no paraban de lanzarme insultos. Para ellos, yo no era más que basura, un estorbo, una vergüenza que no merecía ni seguir respirando.

Se les olvidaba que yo también era su hija.

Cuando Bella se largó de la casa, fui yo quien se quedó para cuidar de ellos. Yo era la que los llevaba de viaje, la que pasaba noches en vela junto a sus camas cuando caían enfermos, la que rezaba por verlos recuperados.

Pero después de todo lo que hice, lo único que me daban a cambio eran desprecios.

—¡Don Wade, ya llegó el médico de la familia! —gritó alguien.

Enseguida subieron a Bella a una camilla.

El doctor se detuvo en seco. Sus pantalones blancos se estaban manchando de sangre, pero la herida del cuchillo estaba claramente en el abdomen, mucho más arriba.

Gideon se dio cuenta al instante. Le apretó la muñeca al doctor con fuerza.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué está sangrando ahí? ¿Acaso... se hirió en otra parte?

El médico examinó la zona rápidamente y palideció.

—Por favor, cálmese, Don Wade. Por lo que puedo ver... parece que la señorita Bella acaba de sufrir un aborto espontáneo.

—¿Qué?

La cabeza de Gideon se levantó de golpe. Sus manos temblaban incontrolablemente.

Mi madre se desplomó al suelo, gritando.

—¡El bebé! ¡Mi nieto se fue!

Gideon frunció el ceño, completamente confundido.

—¿De qué bebé hablas? ¿Cuándo quedó embarazada?

Mi madre, hipando entre lágrimas, intentó recuperar el aliento:

—Fue justo después de la fiesta. Ella quería darte la sorpresa en unos días...

Con cada palabra que decía, el dolor en los ojos de Gideon se volvía más intenso.

Al ver la sangre que manchaba el muslo de Bella, aquel hombre implacable y de hierro se quebró.Por primera vez, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No... mi hijo... —susurró.

Toda la familia sabía que años atrás, a Gideon le habían dado un balazo en el abdomen durante un enfrentamiento. Los médicos habían sido claros: aquello lo había dejado prácticamente estéril.

Ahora todo encajaba.

La desesperación de mis padres por hacer de Bella su esposa tenía sentido: ella estaba embarazada. Pero entonces, una duda me golpeó: ¿por qué arriesgaría ella a su propio hijo solo para tenderme una trampa...?

Antes de que pudiera entenderlo del todo, Gideon clavó sus ojos en mí. Estaban inyectados en sangre y cargados de decepción.

Qué irónico.

—Ella mató a mi hijo —soltó con una voz ronca y gélida—. Y lo va a pagar. Que nadie se atreva a curarle las heridas.

La habitación quedó en silencio.

Randel lo miró, incrédulo, pero la mirada gélida de Gideon lo hizo callar al instante.

—Si alguien intenta abogar por ella otra vez, se muere con ella.

Luego se dio la vuelta y se alejó. Su silueta se iba haciendo más pequeña, hasta que el mundo que me rodeaba se desvaneció en negro.

Cuando volví en mí, la celda estaba vacía. La sangre en mi cuerpo ya se había secado, pegándoseme a la piel.

Las lágrimas me rodaban por la cara, pero no era por el dolor, sino por el vacío que sentía en el pecho.

Entonces me di cuenta: aquel latido que sentía dentro de mí se había apagado. Mi bebé estaba muerto... asesinado por su propio padre.

Capítulo 6

No sabía cuántos días habían pasado. Solo recordaba que los guardias trajeron comida dos veces, y que el sol, a través de esa pequeña ventana, se puso dos veces.

Hoy, arrojaron otro recipiente dentro de la celda.

Ni siquiera me moví. Las últimas veces solo me dieron pan duro, casi imposible de tragar, y el agua turbia. Sabía que si seguía así, no pasaría del tercer día.

—¡Apúrate y come de una vez! —me gritó el guardia, impaciente—. Hoy te tocó un trato especial.

Eso me hizo voltear. Esta vez sí había algo diferente: unos trozos de pescado. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me arrastré y empecé a devorar la comida como si no hubiera comido en años. El guardia soltó una carcajada burlona.

—Mira cómo estás. Una vez fuiste la señora Wade, pero ahora estás peor que un guardia como yo.

Lo ignoré y me concentré en lo mío.

Tenía que sobrevivir. Tenía que aguantar hasta que Zerrick viniera por mí... nada más importaba.

Fue entonces cuando, en el fondo del recipiente, vi un papelito doblado. Lo abrí y leí: "Evelyn, Gideon y yo nos vamos a casar."

No hacía falta ser un genio para saber quién había enviado la comida.

Me quedé viendo esas palabras un buen rato antes de tirar el papel y seguir comiendo.

Bella no tenía por qué molestarse tanto en intentar provocarme. Desde aquella vez que me dejaron morir en la nieve en mi otra vida, dejé de esperar cualquier cosa de Gideon. Su boda, fuera cuando fuera, ya no tenía nada que ver conmigo.

Me enteré de que mi falta de reacción la puso furiosa. Me contaron que estalló en un ataque de ira y que empezó a romper todo lo que encontraba a su paso.

***

Al día siguiente, la puerta de la celda se abrió de par en par. Ahí estaba Bella, viéndose radiante y con aires de grandeza.

La pequeña herida en su abdomen ya se había curado, y su piel brillaba. Claramente, la habían cuidado bien.

Me agarró del brazo y me sacó de un tirón.

—Vas a ser testigo de mi boda con Gideon —me siseó al oído—. Vas a ver con tus propios ojos el amor que me tiene, ese que tú nunca pudiste tener. Invitamos a lo más selecto, a toda la élite. Él va a anunciar ante el mundo entero que yo soy la mujer a la que ama.

Me apretó más fuerte el brazo, con una sonrisa burlona.

—Y tú, su supuesta esposa, te vas a tener que conformar con mirar desde lejos.

Escuché en silencio, sin decir una palabra.

Abrí a escondidas el chat de Zerrick y le mandé mi ubicación. En realidad, que me sacaran de la celda no era tan malo. Al contrario, era mi mejor oportunidad para escapar.

Dudaba mucho que Gideon supiera que Bella me había sacado a escondidas.

Recordé que, hace poco, escuché a un guardia hablando por teléfono. La voz del otro lado era gélida, pero me resultaba familiar.

—¿Aún se niega a comer?

El guardia solo gruñó en respuesta y Gideon soltó un suspiro.

—Terca como siempre. Solo sigan mandándole las cosas que le gustan. Ah, y ¿el doctor ha estado tratando sus heridas en silencio?

Parecía que hablaba de más, incluso sonaba preocupado.

Pero yo ya lo conocía bien: lo único que le importaba era que no me muriera tan rápido. No había nada más allá de eso. Su cabeza ya estaba en otra parte, ocupada con su boda.

Toda la familia estaba trabajando a toda máquina para preparar todo. Incluso aquellos que estaban fuera en misiones regresaron para ayudar.

Nunca había visto a los Quinn tan animados; todos llamaban a Bella "Señora Wade".

Ese era el título con el que tanto soñé en mi otra vida.

Solo Randel lo usaba de vez en cuando por costumbre.

Los preparativos iban a toda marcha. Bella probó una docena de vestidos de novia en un solo día. Cada uno valía una fortuna.

Verla brillar de emoción solo me causó diversión.

Al notar que no lograba sacarme de mis casillas, su sonrisa se borró. Entonces, como si se le acabara de ocurrir una maldad, se me acercó y me susurró con burla:

—¿Sigues fingiendo que no te importa? Déjame contarte otro secretito: el bebé que perdí ese día ni siquiera era de Gideon.

Hizo una pausa y soltó una risita cínica.

—Ya sabes lo estricta que es su familia con esas cosas. Si se enteraban después, me iba a ir peor. Era mejor deshacerse de él a tiempo, ¿no crees? Así que, en realidad, debería darte las gracias, hermanita.

Mis pupilas se contrajeron.

De repente, todo tuvo sentido.

Mi mano se fue por instinto hacia mi vientre. Me pregunté si algún día Gideon sabría la verdad. Si algún día se daría cuenta de que él mismo, con sus propias manos, había matado a su único hijo de verdad.

—Ni lo menciones. Te deseo que seas muy feliz —le respondí con una sonrisa tranquila.

Ella me soltó una maldición, diciendo que yo estaba loca. Pero pronto perdió el interés y se alejó de ahí, dándose aires de grandeza.

No perdí la cabeza. Simplemente, ya no me importaba.

La señal de Zerrick estaba cada vez más cerca. Faltaba muy poco para irme de este lugar para siempre. Ni Bella, ni los padres que me trajeron al mundo, me volverían a ver la cara jamás.

***

Finalmente llegó el gran día. Ahí estaba yo, afuera, viendo desde lejos cómo se armaba todo el espectáculo de la boda.

Vi a Gideon apoyado contra un árbol, fumando un cigarro tras otro con la mirada perdida en la nada. Supuse que seguía de luto por su hijo.

Después de todo, nunca podría tener otro.

Me pregunté si, de saber que yo también había perdido a mi bebé, sentiría algo de lástima por mí. Pero lo dudo... lo más seguro es que me echaría la culpa por habérmelo callado, por no haber sabido protegerlo.

Por un breve momento, casi me sentí aliviada de que el niño ya no estuviera.

Con un padre tan frío y controlador como él, ese hijo jamás hubiera conocido la felicidad.

Aparté la mirada y caminé hacia el interior. A mitad de la ceremonia, un profundo sonido retumbó en el aire.

—¡Un helicóptero! —gritó alguien.

Los invitados empezaron a murmurar, asombrados. Bella se giró hacia Gideon con los ojos iluminados por la emoción.

—¿Gideon, es tu sorpresa para mí?

Gideon miró hacia arriba, hacia el helicóptero, y sus ojos se oscurecieron. Antes de que pudiera decir algo, una lluvia de dinero comenzó a caer desde el aire.

La multitud estalló en murmullos de asombro mientras Randel se acercaba a toda prisa.

—No se preocupe, jefe. Al parecer es un regalo de la familia Shane.

—¿La familia Shane? —Gideon frunció el ceño—. ¿Zerrick Shane?

Randel asintió.

Gideon apretó los puños mientras una chispa de furia cruzaba sus ojos. Después de todo, este era su territorio. Zerrick había logrado superar todas las capas de defensa. Su poder no debía subestimarse.

Para él, la lluvia de dinero no era un gesto amistoso, ¡sino una provocación!

—No pongas esa cara, mi amor. Es el día de nuestra boda —intervino Bella con voz melosa.

La expresión de Gideon se suavizó un poco. Se giró hacia Randel y dio una orden.

—Aseguren la seguridad. Nadie más entra.

Como era de esperarse de Gideon, era meticuloso en sus pensamientos y despiadado en su ejecución. Pero, lamentablemente para él, se le escapó un pequeño detalle: tal vez ya nadie más podría entrar, pero ese helicóptero estaba ahí para salir.

El helicóptero aterrizó en la cima de una montaña, y Zerrick salió lentamente.

Al ver mis manos vendadas y lo frágil que estaba mi cuerpo, sus ojos se nublaron por la rabia.

Sin decir una palabra, me tomó en sus brazos con una delicadeza absoluta y me llevó de vuelta a la cabina.

Me aferré a su cuello y le susurré apenas:

—Algún día te lo voy a pagar.

Él mantuvo la vista al frente y me respondió con una voz pausada, pero firme:

—Estaré esperando.

Cuando las hélices del helicóptero cobraron vida, finalmente dejé escapar un suspiro. Mirando hacia abajo, vi a mi padre entregando a Bella en el altar.

Gideon estaba ahí, esperando a su novia.

Vi cómo unían sus manos y alcancé a distinguir el "sí, acepto" de Bella.

El sacerdote se giró hacia Gideon.

—¿Y usted, señor Wade, acepta a Bella como su legítima esposa?

El estruendo del viento se hizo más fuerte, y sus voces se perdieron en la distancia.

Respiré hondo y miré al sol que empezaba a ascender en el horizonte. Sentí cómo su calor me envolvía la piel. Por fin... por fin iba directo hacia mi libertad.

Todo lo que dejaba atrás ya no era más que cenizas del pasado.

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Renacida, adiós a la esposa del Don

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