Capítulo 1
Cuando mi hermana menor se fue al extranjero, terminé casándome con el Don de la mafia en su lugar.
Cinco años después, no éramos más que dos extraños que se odiaban a muerte.
Él me despreciaba, de verdad. Estaba convencido de que había echado a mi hermana para quedarme con su puesto, armando todo un plan.
Por mi parte, lo odiaba, porque siempre me trató como si fuera un simple reemplazo, negándome un lugar en el mundo.
Mi falta de lugar en esa casa avergonzó tanto a mis padres, que el amor que me tenían se pudrió hasta volverse odio.
Al final, mientras ellos celebraban la Navidad con mi hermana, él y mis padres me dejaron tirada en esa montaña nevada. Bajo ese frío que calaba los huesos, di mi último aliento junto al hijo que nunca pude cargar en mis brazos.
Mientras yo me consumía en el frío, ella era el centro de atención, disfrutando de todo el cariño en la mejor Navidad de su vida.
Pero al abrir los ojos de nuevo, estaba de vuelta en el día que ella regresó. Esta vez, no pienso mendigarles ni un poco de amor ni a Gideon ni a mis padres.
—Señorita Quinn, felicidades, está embarazada de tres meses.
Me limité a mirar al médico, con el rostro completamente inexpresivo. Por más que busqué, no encontré ni una pizca de felicidad en mi corazón.
El doctor, emocionado, ya iba a agarrar el celular para llamar a Gideon Wade, pero lo detuve antes de que pudiera marcar.
—No lo haga. No hace falta.
Las enfermeras se intercambiaron miradas, totalmente desorientadas.
Para ellas, como yo era la mujer del Don, este bebé debería ser el mayor orgullo de la familia.
No les entraba en la cabeza que yo quisiera mantenerlo en secreto. Pero lo que no sabían era que, si alguien se llegaba a enterar, este niño moriría conmigo... igual que en mi otra vida.
En mi vida anterior, Gideon y mis padres se llevaron a mi hermana a la montaña para pasar la Navidad, apenas ella volvió del extranjero. Yo los seguí en silencio, mirando a la distancia cómo se reían y disfrutaban como si yo no existiera.
Cuando el clima empeoró, Gideon pidió un helicóptero para regresar.
Pero ni siquiera cuando el aparato aterrizó, se acordaron de que yo seguía ahí.
Me congelé en esa montaña, junto al hijo que llevaba en mi vientre.
Por suerte, el destino me dio otra oportunidad. Volví justo al día en que me enteré del embarazo y el mismo día en que mi hermana regresaba a casa.
La consentida de mis padres y la verdadera dueña del corazón de mi esposo había regresado.
Pasé de largo frente a las enfermeras y al doctor, dejándolos con la palabra en la boca, y me fui directo a casa.
Al llegar, marqué el código de la puerta como siempre, pero no abrió. Lo intenté una y otra vez, y nada. Fue entonces cuando me di cuanta: estaba viviendo exactamente la misma escena de mi vida pasada.
Desde que ella regresó, todo en esa casa cambió para darle el gusto. Hasta la clave de la puerta la habían cambiado por la fecha de su cumpleaños.
Lo pensé un segundo y marqué: 0-6-0-4.
La puerta cedió de inmediato.
Esbocé una sonrisa amarga y apenas iba a entrar cuando me estrellaron un fajo de papeles en toda la cara.
—Firma el divorcio —soltó la voz fría de mi madre.
Me limpié con calma el hilo de sangre que me corría por la frente y, sin decir nada, estiré la mano.
—Dame una pluma.
Bastó eso para que la habitación se quedara en completo silencio.
Mi hermana fue la primera en reaccionar con una risita burlona.
—Vaya, qué rápida nos saliste. Evelyn, más te vale no estar tramando ninguna tontería.
Mi padre soltó una carcajada seca.
—Bueno, al menos ya entendió cuál es su lugar. Si Bella no se hubiera ido al extranjero, ¿de verdad crees que habrías llegado a ser la esposa del Don? En cuanto Gideon supo que ella regresaba, mandó un avión privado y a todos sus escoltas a buscarla.
—Evelyn está cooperando porque quiere salvar lo poco que le queda de dignidad —añadió mi madre—. Sabe perfectamente que le conviene irse por las buenas, antes de que la saquemos a patadas.
Bella soltó un suspiro fingido, cubriéndose la boca como si apenas lo entendiera. Luego, se le colgó del brazo a mi padre con naturalidad.
—¡Ay, papá, qué inteligente eres! A mí ni se me había ocurrido.
Mis padres soltaron la carcajada, mimándola como siempre y haciéndole un cariño en la nariz.
Yo me quedé a un lado, sintiéndome como una extraña en mi propia casa.
Bella me lanzó una mirada de triunfo, pero no le di el gusto de verme afectada. En lugar de eso, recogí los papeles del suelo y firmé sin pensarlo dos veces.
A ella se le borró la sonrisa de golpe. Me arrebató los papeles de las manos, sin poder creérselo.
—Vaya, qué decidida nos saliste, ¿eh?
Por supuesto que lo estaba. No iba a cometer el mismo error dos veces.
Sin decir una palabra más, me di la vuelta para subir, pero Bella me cortó el paso de inmediato. Me señaló el espacio en blanco en los papeles con una sonrisa cínica.
—Consigue la firma de Gideon. No lo voy a hacer yo. No quiero que piense que ando tramando algo o que estoy desesperada por él. Tienes tres días para dejar listo el divorcio. Después de eso, te largas de esta casa y de la vida de Gideon para siempre.
Me clavó la mirada, buscando alguna grieta en mi actitud, algún rastro de dolor. Pero yo solo le sonreí con calma.
—Claro. No te preocupes, es lo que más quiero.
Moría de ganas por dejar atrás a esta familia que nunca me amó y al hombre que convirtió mi vida en un infierno. Tomé los papeles y subí las escaleras sin mirar atrás.
A mis espaldas, mis padres ya andaban de un lado a otro ayudando a Bella a arreglarse. Después de todo, su fiesta de bienvenida estaba por empezar... una fiesta que el mismo Gideon había organizado con lujo de detalle.
Incluso después de renacer, no pude quitarme de la cabeza lo en serio que lo tomó en mi vida pasada.
Aunque había vuelto a nacer, no podía borrar de mi mente todo lo que él hizo por mí en mi vida pasada. Él mismo eligió cada cosa, hasta las flores de los jarrones. Un hombre tan poderoso, moviendo cielo y tierra solo por una mujer.
Fue en ese evento cuando mi familia entendió por qué él nunca me dio mi lugar. La razón era simple: la mujer que amaba era otra. Ahora que ella estaba de vuelta, la verdadera señora de la casa reclamaba su trono.
Subí a mi habitación para empacar, solo para encontrarme con que la mitad de mis cosas ya habían desaparecido.
Se me escapó una sonrisita amarga mientras arrastraba mi maleta vacía hacia la puerta.
Al salir, me topé de frente con Gideon. Llevaba un traje impecable, cortado a la medida, y se notaba a leguas que se había arreglado como nunca.
Recorrió con la mirada mi vestido sencillo y se detuvo en la maleta. Su voz sonó como un balde de agua fría:
—¿A dónde crees que vas?
Antes de que pudiera abrir la boca, Bella bajó las escaleras casi corriendo y me sujetó del brazo.
—Evelyn, ¿por qué te cuesta tanto aceptarme? Solo quiero estar con mis papás. ¿De verdad tienes que armar este escándalo e intentar escapar?
—¿Escapar? —la risa seca de Gideon cortó el aire—. Evelyn, no sabía que tenías tanto pantalones.
Bastó una sola mirada suya para que sus hombres me arrebataran la maleta y la tiraran por ahí como si fuera basura. Entonces, siguió con una orden tan fría que calaba los huesos.
—Hoy es la fiesta de Bella. Eres su hermana, así que no vas a ninguna parte. Ve a cambiarte ahora mismo. No nos hagas pasar vergüenza frente a ella con esa cara de funeral.
Me quedé ahí, inmóvil, hundiendo las uñas en las palmas de mis manos. Antes de que ella regresara, Gideon nunca fue el hombre más cariñoso del mundo, pero al menos me respetaba.
A veces, cuando la gente se burlaba de mí porque no era su esposa "oficial", él me rodeaba con sus brazos y me susurraba al oído para calmarme
—Evelyn, no les hagas caso. No importa lo que digan los demás; tú tienes mi amor y con eso es más que suficiente.
¿Amor? Qué hipocresía. Ese hombre que juraba amarme se olvidó de que yo existía en cuanto mi hermana puso un pie en la casa.
Al ver que yo no reaccionaba, Bella se apresuró a intervenir.
—Gideon, no seas tan duro con ella. Después de todo, sigue siendo tu esposa...
Él guardó silencio un momento y me clavó la mirada. Al ver que mi rostro seguía siendo una piedra, sus facciones se endurecieron todavía más.
—¿Y ahora qué? ¿Qué esperas? ¿Quieres que yo mismo te suba a cambiarte?
Agaché la cabeza. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba ni respirar. Sin más, saqué los papeles y se los entregué.
La cara de Bella cambió en un segundo. Era obvio que no se esperaba que sacara los papeles en ese momento. Antes de que ella pudiera abrir la boca, me adelanté:
—Es una orden del hospital de hoy. Necesito que me firmes.
Gideon frunció el ceño, extrañado.
—¿Estás enferma?
—Solo un chequeo de rutina —respondí con calma.
Él asintió y firmó sin siquiera fijarse en lo que decía el documento. Guardé los papeles en mi bolso y subí las escaleras sin mirar atrás. A mis espaldas, escuché cómo Bella alzaba la voz a propósito:
—Gideon, ¿por qué eres tan frío con ella? Pobre Evelyn, todavía es tu esposa.
Su voz bajó de tono, pero rasgó el silencio de la casa como una cuchilla.
—No lo es.
Esas tres palabras me hicieron detenerme en seco. Sentí que se me escapaban las fuerzas del cuerpo.
Tantas veces le pregunté por qué se negaba a reconocer nuestro matrimonio ante el mundo. Él siempre salía con el mismo cuento: "No quiero que te pase nada. Sabes cuánta gente me quiere muerto. Ser mi esposa es vivir con una pistola en la nuca todo el día."
En ese entonces, le creí... hasta se lo agradecí. Nunca me imaginé que terminaríamos así, que me trataría como si yo no valiera nada.
Sentí el corazón hecho pedazos. Cada vez que respiraba, era como si una aguja se me clavara en el pecho.
Me limpié las lágrimas, me llevé la mano al vientre y sonreí para mí misma.
Si yo no era digna de él, entonces no le quitaría más el tiempo. Al fin y al cabo, esta sería la última vez que nos veríamos.
Capítulo 2
Después de cambiarme, bajé las escaleras y me encontré a todos los invitados rodeando a Bella. Ella llevaba un vestido blanco de edición limitada. Parecía un ángel entre estos mafiosos.
Gideon estaba junto a la ventana, dándole vueltas al vino en su copa mientras la observaba con una ternura que nunca había visto en él.
Yo no les presté ni la menor atención. Me quedé en un rincón, picando algo de comer.
—Hola, ¿puedo saber quién eres? —dijo un hombre acercándose—. Estás demasiado guapa para estar aquí sola. ¿Me das un baile?
Antes de que pudiera abrir la boca, Bella se metió de inmediato.
—Es mi hermana mayor, Evelyn.
El hombre asintió educadamente y me tendió la mano.
—Un placer, soy Zerrick.
En cuanto escuchó su nombre, a Bella se le borró la sonrisa. Zerrick Shane era un pez gordo. Su nombre pesaba tanto como el de Gideon.
Vi un destello de envidia en sus ojos antes de que buscara, casi con ansiedad, la mirada de Gideon.
—Vaya, Evelyn, parece que algunas personas tienen toda la suerte del mundo. Acabas de llegar y ya tienes a un pez gordo a tus pies. Qué envidia me das.
Gideon me clavó la mirada y frunció el ceño. Su voz sonó helada:
—Esta es la fiesta de Bella. No es lugar para que andes coqueteando con cualquiera.
¿Coqueteando? ¿Con cualquiera? Lo absurdo de sus palabras casi me hizo soltar la risa. No había hecho absolutamente nada, pero bastó una palabra de Bella para que él me declarara culpable.
Zerrick frunció el ceño, visiblemente molesto.
—Señor Wade, ¿no cree que está exagerando? Esta señorita no ha hecho nada malo.
En cuanto terminó de hablar, un frío intenso recorrió la habitación. Todo el mundo se quedó callado, como si presintieran el choque entre dos pesos pesados.
Gideon esbozó una media sonrisa. Metió la mano en su chaqueta y, en un abrir y cerrar de ojos, ya tenía el cañón del arma plantado en la frente de Zerrick.
El lugar quedó en un silencio sepulcral; a todos se les cortó la respiración. Ya todos conocían de sobra de lo que era capaz Gideon.
Gideon se había forjado desde abajo. Era un hombre implacable, de esos que no perdonan ni una.
—Hace mucho que nadie se atrevía a hablarme en ese tonito —soltó con desprecio.
Zerrick ni parpadeó. Sostuvo la mirada de Gideon con una calma que helaba la sangre.
Sentí un arranque de coraje ante la actitud tan arrogante de Gideon. No pude más, di un paso al frente y lo agarré del brazo.
—Gideon, ya basta...
No me dejó ni terminar. El cañón helado del arma se desvió hasta quedar plantado justo en mi frente.
El grito desesperado de Bella rasgó el silencio:
—¡Gideon, por favor, no! ¡Es mi hermana!
Parecía que me estaba defendiendo, pero yo conocía ese tono.
Tenía un tono de burla que me revolvió el estómago. Se estaba burlando de mí. Se regodeaba de que el hombre que había dormido a mi lado durante cinco años, ahora me estuviera apuntando a la cabeza sin dudarlo
Un temblor incontrolable se apoderó de mi cuerpo. Gideon soltó una carcajada seca y cargada de desprecio antes de bajar el arma y guardársela en la cintura. Dio unos pasos hacia mí, y su voz sonó baja, casi venenosa.
—Esto lo arreglamos luego, en la casa —soltó él con voz gélida.
Sin más, dio media vuelta y volvió con la multitud, llevando la mano de Bella bien sujeta entre la suya. La fiesta continuó como si no hubiera pasado nada.
Todas las miradas se clavaron en sus manos entrelazadas. El aire se llenó de murmullos y de pura curiosidad.
—Bella, ¿qué hay entre tú y el Don? Se nota que te adora mucho.
—¡Entonces sí era cierto! Con razón el Don no pelaba a nadie... ya tenía dueña.
—Parece que ella es la futura señora Wade. Más vale que nos llevemos bien con ella desde ahora.
Mis padres estaban ahí, en medio de todos, anchos de orgullo mientras le sonreían a su hija menor.
Antes solían presumir que yo era la esposa del Don, hasta que Gideon les puso un alto públicamente y los mandó a callar. Después de esa humillación, su resentimiento hacia mí creció día con día.
Gideon sonreía, como si disfrutara de cada chisme y de cada susurro que flotaba en el aire.
Los miré ahí, bajo las luces y rodeados de halagos, cuando de pronto una puntada de dolor me atravesó el vientre. Las piernas me fallaron y me desplomé al suelo.
El tenedor se me escapó de las manos y chocó contra el piso, pero antes de que yo tocara el suelo, Zerrick ya me tenía entre sus brazos.
—¿Estás bien? —preguntó alarmado.
Yo me presionaba el vientre, encogida por el dolor, mientras un sudor frío me recorría la frente. Estiré la mano hacia él, casi sin fuerzas.
—Lo siento. ¿Podrías llevarme al hospital?
Pensé que los calambres no eran para tanto, pero en cuanto subí al auto, todo se volvió negro.
Al despertar, la única persona a mi lado era Zerrick, el hombre que acababa de conocer. De pronto, la pantalla de mi celular se iluminó. Eran varios mensajes de Gideon:
"¿Quién te dio permiso para irte?"
"¿No te pones a pensar en lo preocupada que está Bella? Evelyn, deja de hacer numeritos."
"Vuelve en una hora. Si no lo haces, mandaré a alguien por ti. Ya sabes de lo que soy capaz."
En cuanto la pantalla se apagó, otra punzada de dolor me atravesó el vientre. Zerrick notó mi gesto de dolor y estiró la mano para llamar a la enfermera, pero lo detuve de inmediato. Me quité la sábana y me obligué a ponerme de pie.
—Gracias por lo de esta noche, pero me tengo que ir.
Él me sujetó del brazo, firme.
—No. El doctor dijo que tienes que descansar.
—No puedo...
—¡Evelyn, basta!
Los gritos de Gideon retumbaron por todo el pasillo.
En cuanto apareció, se le veía la rabia en los ojos. Me apretó el mentón con una fuerza brutal, dispuesto a deshacerme la mandíbula, y me siseó al oído:
—¡¿Quién te dio permiso de largarte?! ¡Como le pase algo a Bella, te juro que te mato!
—¿De qué estás hablando? —lo miré fijo a los ojos—. ¿Qué le pasó a Bella?
Zerrick intentó intervenir, pero los hombres de Gideon le cerraron el paso al instante.
—Ella acaba de perder mucha sangre —gruñó Zerrick, perdiendo la paciencia—. ¡No puedes tratarla así!
—¿Mucha sangre? —Gideon se quedó helado un segundo. Desvió la mirada hacia Zerrick y soltó una carcajada seca y amarga—. Vaya, parece que te fuiste de cita.
Apretó el agarre con más saña. Sentí que la mandíbula me iba a tronar del puro dolor. Zerrick intentó lanzarse contra ellos, pero lo superaban en número.
Forcejeé para soltarme, pero Gideon me empujó contra el piso y dejó caer todo su peso sobre mí, aplastándome el pecho. Sentí un desgarro horrible en el vientre... me faltaba el aire.
—¡Un doctor! —grité con lo último que me quedaba de voz—. ¡Traigan a un doctor!
Apenas podía mantenerme consciente cuando, de pronto, mis padres aparecieron corriendo hacia nosotros.
—¡Eres un monstruo, Evelyn! —mi padre, fuera de sí, gritó—. ¡Bella nos lo contó todo! Dijo que la llamaste desde el hospital diciendo que estabas en problemas. Ella dejó su propia fiesta por venir a buscarte y ahora… ¡tuvo un accidente por tu culpa!
Mi madre sollozaba detrás de él, señalándonos a Zerrick y a mí con un dedo tembloroso.
—¡Bella es un ángel y así es como le pagas! ¡Andabas de vaga con tu amante mientras ella arriesgaba su vida! ¡Cómo te atreves a fingir que estás enferma?
Me quedé helada, mirándolos sin poder creer lo que oía.
—¿Qué... qué acaban de decir?
Capítulo 3
—¿Que qué estoy diciendo? —mi madre se limpió las lágrimas con la manga y me lanzó una mirada cargada de desprecio—. ¿A poco no es obvio? Te mueres de celos por cómo Gideon trata a Bella y por eso quisiste desquitarte. Pero, ¿qué no piensas? ¡Es tu propia hermana!
Mi padre no se quedó atrás y escupió con rabia:
—¿Cómo pudimos tener una hija como tú? ¡Eres una maldita!
De pronto, Gideon me soltó de golpe.
—Enciérrenla en el calabozo —ordenó—. Y que se quede ahí para que aprenda, hasta que Bella despierte.
—Yo no hice nada. De verdad estoy enferma... no salí con nadie... —mi voz temblaba, el miedo me estaba ahogando.
—Claro, yo sé que no lo hiciste —dijo Gideon, clavándome la mirada—. Evelyn, tú serías capaz de cualquier cosa por mí. ¿Cómo ibas a traicionarme?
Se giró hacia Zerrick con los ojos llenos de desprecio:
—Te acercaste a él solo para provocarme. Puedes jugar a lo que quieras, pero ¿cómo te atreves a verle la cara a Bella?
Al oír eso, mis padres rompieron a llorar con más fuerza. Era como si su hija menor estuviera agonizando en ese mismo instante.
Gideon apretó los puños y fulminó a sus hombres con la mirada.
—¿Qué esperan? ¡Llévensela!
Sus hombres se acercaron de inmediato. Randel Lane, el subjefe, intervino con cautela.
—Jefe, lo del accidente no parece planeado. Además, los reportes indican que la señora Wade ha perdido muchísima sangre...
Una bala pasó rozando la oreja de Randel y se incrustó en la pared.
Él se llevó la mano a la herida mientras la sangre empezaba a brotar. Cayó de rodillas y el rojo brillante manchó los azulejos
Gideon bajó el arma con una frialdad absoluta.
—Lane, no olvides quién es tu jefe. Más te vale no ponerte en mi contra. ¿Y ahora te vas a aliar con ella para mentirme? ¿Mucha sangre? ¿Me estás tomando por tonto?
Hizo una pausa, su mirada era puro hielo.
—Esa bala es solo una advertencia. Si vuelve a pasar, la próxima va directo al corazón.
Se enderezó y chasqueó los dedos. Dos tipos avanzaron al instante, me agarraron de golpe y me metieron al auto como si fuera un saco.
***
Cuando volví a abrir los ojos, todo estaba oscuro. No alcanzaba a verme ni las manos.
Sentía un dolor leve en el abdomen.
Me llevé la mano al abdomen e intenté forzar una sonrisa amarga. No tenía ni idea de si el corazón de mi bebé seguía latiendo.
Pasó un buen rato antes de que escuchara voces afuera. Era Bella.
—Gideon, ¿cómo pudiste encerrarla? —preguntó ella con la voz quebrada—. Todo fue mi culpa por pasarme el semáforo. Por eso me chocaron. De verdad, estoy bien...
—No es tu culpa —la voz de Gideon sonaba sorprendentemente suave—. Ella te mintió.
—Evelyn solo estaba asustada. Cree que soy una amenaza para ella —Bella sollozó, y su voz se iba apagando con cada palabra—. Pero yo nunca haría algo así. Es mi hermana... ¿Cómo iba a intentar robarle a su hombre? Aunque ese hombre... sea el mejor del mundo...
Su voz se fue perdiendo hasta que el pasillo quedó en un silencio total.
Por la rendija de la puerta, vi a Gideon abrazando a Bella, acariciándole el cabello con ternura.
Sonrió apenas y murmuró:
—No digas eso. Nunca te olvidé. Si no te hubieras ido, jamás me habría casado con ella. Todo lo que ella tiene es solo porque me recordaba un poco a ti.
Mis dedos se enterraron en la palma de mi mano.
Clavé las uñas en la palma de mi mano. Aunque en mi vida pasada ya sabía lo que sentía, escucharlo así de claro me soltó las lágrimas.
Gideon no siempre fue el temido "Don". Antes era un chico tímido que siempre andaba en mi casa, jugando con nosotras. Desde entonces se le notaba que estaba loco por mi hermana, pero ella ni lo pelaba. Siempre decía que él no tenía ni un peso, ni apellido, y que no podía darle los lujos que ella quería.
Por eso, en cuanto creció, se largó al extranjero a buscarse un mundo de gente rica.
Cuando ella se fue, Gideon pasó un tiempo destrozado, pero seguía cenando conmigo como siempre. Llegué a creer que ya la había olvidado... que por fin su corazón me pertenecía.
Así que, cuando mis padres me presionaron para que me casara con él ahora que ya era el Don más poderoso, acepté encantada.
Todo fue más fácil de lo que esperaba: él me buscó y nos casamos.
Pensé que nos esperaba un futuro feliz, pero lo único que recibí fueron cinco años de un matrimonio oculto y frío. El peso de tanta humillación me cayó encima de golpe. Me cubrí la cara y rompí a llorar.
Tal vez Gideon me escuchó. Estuvo a punto de soltar a Bella, pero ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
Gideon se quedó helado un segundo, pero enseguida la abrazó con fuerza.
El beso fue increíblemente tierno.
Después de un largo rato, la soltó poco a poco.
Ella se apoyó en él, y su tono tenía una especie de insinuación.
—Gideon, cuando despierte, ¿cómo le vas a contar lo de nosotros? Tal vez deberías... pedir el divorcio.
Gideon se quedó callado un momento, procesando la idea. Luego la apartó suavemente.
—No hay prisa. Evelyn me ama. Si le hablo del divorcio ahora, probablemente se volvería loca.
—¿Y si acepta? ¿A poco no eres tú el que ya no la soporta? —soltó Bella casi sin pensar.
Gideon la cortó en seco.
—Basta. Eso lo decido yo. Es tu hermana. No querrás que pierda la cabeza y empiece a dar problemas, ¿verdad?
Antes de que Bella pudiera responder, un subordinado llegó corriendo y le susurró algo al oído.
—Qué desastre... —murmuró Gideon, y salió a toda prisa.
Mientras Bella lo veía irse, la sonrisa desapareció de su rostro, reemplazada por un odio frío y profundo.
En cuanto Gideon se alejó, ella pateó mi puerta con fuerza.
—¡Deja de fingir! ¡Sé que estás despierta! —gritó Bella con furia—. ¡Maldita sea! Me pasé de la raya. ¡Ahora Gideon realmente piensa que me importa lo que te pase!
Entró a la celda y se topó con mi mirada vacía.
—¿Te sientes orgullosa ahora? Escucha bien, ya no eres su esposa. ¡Tengo mis maneras de hacer que te deje!
En ese momento, mis padres salieron de las sombras.
—No te preocupes, Bella —dijo mi padre—. Vamos a seguir con el juego. Tu hermana siempre ha querido hacerte daño. ¡Es normal que te favorezcamos!
Mi madre me miró con desprecio.
—Fue un error poner nuestras esperanzas en esta inútil. Solo nos ha dado vergüenzas.
Se aferró al brazo de Bella y le susurró con malicia:
—Hija, tienes que seguir así. En cuanto seas la esposa del Don, nadie va a tener el valor de meterse con nosotros.
Sus risas empezaron a retumbar mientras mis padres rodeaban a Bella, escoltándola por el pasillo hasta que sus sombras se perdieron a lo lejos.
Poco a poco, un silencio pesado y asfixiante se apoderó del pasillo.
Saqué mi celular del bolsillo con manos temblorosas, justo cuando apareció una solicitud de amistad de una cuenta desconocida.
"He investigado todo. Te ayudaré."
Era Zerrick.
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo se me escapaba el aire. Nunca me gustaba darle problemas a nadie, pero sabía perfectamente que el único con el poder suficiente para plantarle cara a Gideon era él.
Acepté la solicitud y, con los dedos todavía vibrando por el miedo, escribí:
"Necesito un jet privado. Destino: Denomia."