Capítulo 2
Después de cambiarme, bajé las escaleras y me encontré a todos los invitados rodeando a Bella. Ella llevaba un vestido blanco de edición limitada. Parecía un ángel entre estos mafiosos.
Gideon estaba junto a la ventana, dándole vueltas al vino en su copa mientras la observaba con una ternura que nunca había visto en él.
Yo no les presté ni la menor atención. Me quedé en un rincón, picando algo de comer.
—Hola, ¿puedo saber quién eres? —dijo un hombre acercándose—. Estás demasiado guapa para estar aquí sola. ¿Me das un baile?
Antes de que pudiera abrir la boca, Bella se metió de inmediato.
—Es mi hermana mayor, Evelyn.
El hombre asintió educadamente y me tendió la mano.
—Un placer, soy Zerrick.
En cuanto escuchó su nombre, a Bella se le borró la sonrisa. Zerrick Shane era un pez gordo. Su nombre pesaba tanto como el de Gideon.
Vi un destello de envidia en sus ojos antes de que buscara, casi con ansiedad, la mirada de Gideon.
—Vaya, Evelyn, parece que algunas personas tienen toda la suerte del mundo. Acabas de llegar y ya tienes a un pez gordo a tus pies. Qué envidia me das.
Gideon me clavó la mirada y frunció el ceño. Su voz sonó helada:
—Esta es la fiesta de Bella. No es lugar para que andes coqueteando con cualquiera.
¿Coqueteando? ¿Con cualquiera? Lo absurdo de sus palabras casi me hizo soltar la risa. No había hecho absolutamente nada, pero bastó una palabra de Bella para que él me declarara culpable.
Zerrick frunció el ceño, visiblemente molesto.
—Señor Wade, ¿no cree que está exagerando? Esta señorita no ha hecho nada malo.
En cuanto terminó de hablar, un frío intenso recorrió la habitación. Todo el mundo se quedó callado, como si presintieran el choque entre dos pesos pesados.
Gideon esbozó una media sonrisa. Metió la mano en su chaqueta y, en un abrir y cerrar de ojos, ya tenía el cañón del arma plantado en la frente de Zerrick.
El lugar quedó en un silencio sepulcral; a todos se les cortó la respiración. Ya todos conocían de sobra de lo que era capaz Gideon.
Gideon se había forjado desde abajo. Era un hombre implacable, de esos que no perdonan ni una.
—Hace mucho que nadie se atrevía a hablarme en ese tonito —soltó con desprecio.
Zerrick ni parpadeó. Sostuvo la mirada de Gideon con una calma que helaba la sangre.
Sentí un arranque de coraje ante la actitud tan arrogante de Gideon. No pude más, di un paso al frente y lo agarré del brazo.
—Gideon, ya basta...
No me dejó ni terminar. El cañón helado del arma se desvió hasta quedar plantado justo en mi frente.
El grito desesperado de Bella rasgó el silencio:
—¡Gideon, por favor, no! ¡Es mi hermana!
Parecía que me estaba defendiendo, pero yo conocía ese tono.
Tenía un tono de burla que me revolvió el estómago. Se estaba burlando de mí. Se regodeaba de que el hombre que había dormido a mi lado durante cinco años, ahora me estuviera apuntando a la cabeza sin dudarlo
Un temblor incontrolable se apoderó de mi cuerpo. Gideon soltó una carcajada seca y cargada de desprecio antes de bajar el arma y guardársela en la cintura. Dio unos pasos hacia mí, y su voz sonó baja, casi venenosa.
—Esto lo arreglamos luego, en la casa —soltó él con voz gélida.
Sin más, dio media vuelta y volvió con la multitud, llevando la mano de Bella bien sujeta entre la suya. La fiesta continuó como si no hubiera pasado nada.
Todas las miradas se clavaron en sus manos entrelazadas. El aire se llenó de murmullos y de pura curiosidad.
—Bella, ¿qué hay entre tú y el Don? Se nota que te adora mucho.
—¡Entonces sí era cierto! Con razón el Don no pelaba a nadie... ya tenía dueña.
—Parece que ella es la futura señora Wade. Más vale que nos llevemos bien con ella desde ahora.
Mis padres estaban ahí, en medio de todos, anchos de orgullo mientras le sonreían a su hija menor.
Antes solían presumir que yo era la esposa del Don, hasta que Gideon les puso un alto públicamente y los mandó a callar. Después de esa humillación, su resentimiento hacia mí creció día con día.
Gideon sonreía, como si disfrutara de cada chisme y de cada susurro que flotaba en el aire.
Los miré ahí, bajo las luces y rodeados de halagos, cuando de pronto una puntada de dolor me atravesó el vientre. Las piernas me fallaron y me desplomé al suelo.
El tenedor se me escapó de las manos y chocó contra el piso, pero antes de que yo tocara el suelo, Zerrick ya me tenía entre sus brazos.
—¿Estás bien? —preguntó alarmado.
Yo me presionaba el vientre, encogida por el dolor, mientras un sudor frío me recorría la frente. Estiré la mano hacia él, casi sin fuerzas.
—Lo siento. ¿Podrías llevarme al hospital?
Pensé que los calambres no eran para tanto, pero en cuanto subí al auto, todo se volvió negro.
Al despertar, la única persona a mi lado era Zerrick, el hombre que acababa de conocer. De pronto, la pantalla de mi celular se iluminó. Eran varios mensajes de Gideon:
"¿Quién te dio permiso para irte?"
"¿No te pones a pensar en lo preocupada que está Bella? Evelyn, deja de hacer numeritos."
"Vuelve en una hora. Si no lo haces, mandaré a alguien por ti. Ya sabes de lo que soy capaz."
En cuanto la pantalla se apagó, otra punzada de dolor me atravesó el vientre. Zerrick notó mi gesto de dolor y estiró la mano para llamar a la enfermera, pero lo detuve de inmediato. Me quité la sábana y me obligué a ponerme de pie.
—Gracias por lo de esta noche, pero me tengo que ir.
Él me sujetó del brazo, firme.
—No. El doctor dijo que tienes que descansar.
—No puedo...
—¡Evelyn, basta!
Los gritos de Gideon retumbaron por todo el pasillo.
En cuanto apareció, se le veía la rabia en los ojos. Me apretó el mentón con una fuerza brutal, dispuesto a deshacerme la mandíbula, y me siseó al oído:
—¡¿Quién te dio permiso de largarte?! ¡Como le pase algo a Bella, te juro que te mato!
—¿De qué estás hablando? —lo miré fijo a los ojos—. ¿Qué le pasó a Bella?
Zerrick intentó intervenir, pero los hombres de Gideon le cerraron el paso al instante.
—Ella acaba de perder mucha sangre —gruñó Zerrick, perdiendo la paciencia—. ¡No puedes tratarla así!
—¿Mucha sangre? —Gideon se quedó helado un segundo. Desvió la mirada hacia Zerrick y soltó una carcajada seca y amarga—. Vaya, parece que te fuiste de cita.
Apretó el agarre con más saña. Sentí que la mandíbula me iba a tronar del puro dolor. Zerrick intentó lanzarse contra ellos, pero lo superaban en número.
Forcejeé para soltarme, pero Gideon me empujó contra el piso y dejó caer todo su peso sobre mí, aplastándome el pecho. Sentí un desgarro horrible en el vientre... me faltaba el aire.
—¡Un doctor! —grité con lo último que me quedaba de voz—. ¡Traigan a un doctor!
Apenas podía mantenerme consciente cuando, de pronto, mis padres aparecieron corriendo hacia nosotros.
—¡Eres un monstruo, Evelyn! —mi padre, fuera de sí, gritó—. ¡Bella nos lo contó todo! Dijo que la llamaste desde el hospital diciendo que estabas en problemas. Ella dejó su propia fiesta por venir a buscarte y ahora… ¡tuvo un accidente por tu culpa!
Mi madre sollozaba detrás de él, señalándonos a Zerrick y a mí con un dedo tembloroso.
—¡Bella es un ángel y así es como le pagas! ¡Andabas de vaga con tu amante mientras ella arriesgaba su vida! ¡Cómo te atreves a fingir que estás enferma?
Me quedé helada, mirándolos sin poder creer lo que oía.
—¿Qué... qué acaban de decir?
Capítulo 3
—¿Que qué estoy diciendo? —mi madre se limpió las lágrimas con la manga y me lanzó una mirada cargada de desprecio—. ¿A poco no es obvio? Te mueres de celos por cómo Gideon trata a Bella y por eso quisiste desquitarte. Pero, ¿qué no piensas? ¡Es tu propia hermana!
Mi padre no se quedó atrás y escupió con rabia:
—¿Cómo pudimos tener una hija como tú? ¡Eres una maldita!
De pronto, Gideon me soltó de golpe.
—Enciérrenla en el calabozo —ordenó—. Y que se quede ahí para que aprenda, hasta que Bella despierte.
—Yo no hice nada. De verdad estoy enferma... no salí con nadie... —mi voz temblaba, el miedo me estaba ahogando.
—Claro, yo sé que no lo hiciste —dijo Gideon, clavándome la mirada—. Evelyn, tú serías capaz de cualquier cosa por mí. ¿Cómo ibas a traicionarme?
Se giró hacia Zerrick con los ojos llenos de desprecio:
—Te acercaste a él solo para provocarme. Puedes jugar a lo que quieras, pero ¿cómo te atreves a verle la cara a Bella?
Al oír eso, mis padres rompieron a llorar con más fuerza. Era como si su hija menor estuviera agonizando en ese mismo instante.
Gideon apretó los puños y fulminó a sus hombres con la mirada.
—¿Qué esperan? ¡Llévensela!
Sus hombres se acercaron de inmediato. Randel Lane, el subjefe, intervino con cautela.
—Jefe, lo del accidente no parece planeado. Además, los reportes indican que la señora Wade ha perdido muchísima sangre...
Una bala pasó rozando la oreja de Randel y se incrustó en la pared.
Él se llevó la mano a la herida mientras la sangre empezaba a brotar. Cayó de rodillas y el rojo brillante manchó los azulejos
Gideon bajó el arma con una frialdad absoluta.
—Lane, no olvides quién es tu jefe. Más te vale no ponerte en mi contra. ¿Y ahora te vas a aliar con ella para mentirme? ¿Mucha sangre? ¿Me estás tomando por tonto?
Hizo una pausa, su mirada era puro hielo.
—Esa bala es solo una advertencia. Si vuelve a pasar, la próxima va directo al corazón.
Se enderezó y chasqueó los dedos. Dos tipos avanzaron al instante, me agarraron de golpe y me metieron al auto como si fuera un saco.
***
Cuando volví a abrir los ojos, todo estaba oscuro. No alcanzaba a verme ni las manos.
Sentía un dolor leve en el abdomen.
Me llevé la mano al abdomen e intenté forzar una sonrisa amarga. No tenía ni idea de si el corazón de mi bebé seguía latiendo.
Pasó un buen rato antes de que escuchara voces afuera. Era Bella.
—Gideon, ¿cómo pudiste encerrarla? —preguntó ella con la voz quebrada—. Todo fue mi culpa por pasarme el semáforo. Por eso me chocaron. De verdad, estoy bien...
—No es tu culpa —la voz de Gideon sonaba sorprendentemente suave—. Ella te mintió.
—Evelyn solo estaba asustada. Cree que soy una amenaza para ella —Bella sollozó, y su voz se iba apagando con cada palabra—. Pero yo nunca haría algo así. Es mi hermana... ¿Cómo iba a intentar robarle a su hombre? Aunque ese hombre... sea el mejor del mundo...
Su voz se fue perdiendo hasta que el pasillo quedó en un silencio total.
Por la rendija de la puerta, vi a Gideon abrazando a Bella, acariciándole el cabello con ternura.
Sonrió apenas y murmuró:
—No digas eso. Nunca te olvidé. Si no te hubieras ido, jamás me habría casado con ella. Todo lo que ella tiene es solo porque me recordaba un poco a ti.
Mis dedos se enterraron en la palma de mi mano.
Clavé las uñas en la palma de mi mano. Aunque en mi vida pasada ya sabía lo que sentía, escucharlo así de claro me soltó las lágrimas.
Gideon no siempre fue el temido "Don". Antes era un chico tímido que siempre andaba en mi casa, jugando con nosotras. Desde entonces se le notaba que estaba loco por mi hermana, pero ella ni lo pelaba. Siempre decía que él no tenía ni un peso, ni apellido, y que no podía darle los lujos que ella quería.
Por eso, en cuanto creció, se largó al extranjero a buscarse un mundo de gente rica.
Cuando ella se fue, Gideon pasó un tiempo destrozado, pero seguía cenando conmigo como siempre. Llegué a creer que ya la había olvidado... que por fin su corazón me pertenecía.
Así que, cuando mis padres me presionaron para que me casara con él ahora que ya era el Don más poderoso, acepté encantada.
Todo fue más fácil de lo que esperaba: él me buscó y nos casamos.
Pensé que nos esperaba un futuro feliz, pero lo único que recibí fueron cinco años de un matrimonio oculto y frío. El peso de tanta humillación me cayó encima de golpe. Me cubrí la cara y rompí a llorar.
Tal vez Gideon me escuchó. Estuvo a punto de soltar a Bella, pero ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
Gideon se quedó helado un segundo, pero enseguida la abrazó con fuerza.
El beso fue increíblemente tierno.
Después de un largo rato, la soltó poco a poco.
Ella se apoyó en él, y su tono tenía una especie de insinuación.
—Gideon, cuando despierte, ¿cómo le vas a contar lo de nosotros? Tal vez deberías... pedir el divorcio.
Gideon se quedó callado un momento, procesando la idea. Luego la apartó suavemente.
—No hay prisa. Evelyn me ama. Si le hablo del divorcio ahora, probablemente se volvería loca.
—¿Y si acepta? ¿A poco no eres tú el que ya no la soporta? —soltó Bella casi sin pensar.
Gideon la cortó en seco.
—Basta. Eso lo decido yo. Es tu hermana. No querrás que pierda la cabeza y empiece a dar problemas, ¿verdad?
Antes de que Bella pudiera responder, un subordinado llegó corriendo y le susurró algo al oído.
—Qué desastre... —murmuró Gideon, y salió a toda prisa.
Mientras Bella lo veía irse, la sonrisa desapareció de su rostro, reemplazada por un odio frío y profundo.
En cuanto Gideon se alejó, ella pateó mi puerta con fuerza.
—¡Deja de fingir! ¡Sé que estás despierta! —gritó Bella con furia—. ¡Maldita sea! Me pasé de la raya. ¡Ahora Gideon realmente piensa que me importa lo que te pase!
Entró a la celda y se topó con mi mirada vacía.
—¿Te sientes orgullosa ahora? Escucha bien, ya no eres su esposa. ¡Tengo mis maneras de hacer que te deje!
En ese momento, mis padres salieron de las sombras.
—No te preocupes, Bella —dijo mi padre—. Vamos a seguir con el juego. Tu hermana siempre ha querido hacerte daño. ¡Es normal que te favorezcamos!
Mi madre me miró con desprecio.
—Fue un error poner nuestras esperanzas en esta inútil. Solo nos ha dado vergüenzas.
Se aferró al brazo de Bella y le susurró con malicia:
—Hija, tienes que seguir así. En cuanto seas la esposa del Don, nadie va a tener el valor de meterse con nosotros.
Sus risas empezaron a retumbar mientras mis padres rodeaban a Bella, escoltándola por el pasillo hasta que sus sombras se perdieron a lo lejos.
Poco a poco, un silencio pesado y asfixiante se apoderó del pasillo.
Saqué mi celular del bolsillo con manos temblorosas, justo cuando apareció una solicitud de amistad de una cuenta desconocida.
"He investigado todo. Te ayudaré."
Era Zerrick.
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo se me escapaba el aire. Nunca me gustaba darle problemas a nadie, pero sabía perfectamente que el único con el poder suficiente para plantarle cara a Gideon era él.
Acepté la solicitud y, con los dedos todavía vibrando por el miedo, escribí:
"Necesito un jet privado. Destino: Denomia."
Capítulo 4
Justo cuando colgué la llamada, escuché unos pasos en el pasillo.
—¿Qué estás haciendo?
Escondí rápidamente el celular bajo mí.
Gideon soltó una risa seca mientras se acercaba.
—¿Tanta prisa tienes? ¿Crees que me importa tu celular?
Abrió la puerta de la celda y se agachó. Me recorrió con la mirada, analizando mi rostro cansado y vacío con esa frialdad calculadora.
—Evelyn, sé perfectamente que estás planeando escaparte. Pero métetelo en la cabeza: sin mi permiso, aquí no entra ni sale ni una mosca. Un consejo... come y pórtate bien.
El tono de Gideon era el mismo de siempre: arrogante, frío, seguro de sí mismo. Esa era la seguridad que lo hacía tan temido como Don.
Al mirarlo, lo único que encontré en sus ojos fue una indiferencia absoluta.
—Gideon, ¿por qué me haces esto?
Por un segundo, la fragilidad de mi voz pareció tomarlo por sorpresa. Pero, casi de inmediato, su mirada se encendió de furia.
—¡Si no hubieras obligado a Bella a irse, ella jamás me habría dejado! —rugió él, fuera de sí—. ¡Y si ella no se hubiera ido, tú nunca habrías tenido la oportunidad de meterte en mi vida! ¡Me has mentido desde el principio, Evelyn!
Me apretó con más fuerza. Sus dedos se clavaron en mi barbilla con tanta saña que sentí que el hueso me iba a romperse.
—A cualquiera que me mienta, le sale muy caro. Deberías estar agradecida de que todavía te tenga respirando.
Giré la cabeza, quedándome en silencio, totalmente atónita.
—¿Que yo la obligué? ¿Que yo te mentí?
Una risa quebrada, casi un suspiro, escapó de mis labios.
En ese instante lo entendí todo. Por eso me odiaba tanto: ¡se había tragado todos los cuentos de mi hermana durante años!
Miles de palabras se amontonaron en mi garganta, pero no dije nada.
Un nudo de palabras se me formó en la garganta, pero no dije nada. Gideon no era ningún tonto. Era un hombre astuto, el tipo de hombre que levanta imperios de la nada. La única razón por la que cayó en una trampa tan barata fue su amor ciego por ella.
No había nada que pudiera decir para cambiar eso. Ponerse a discutir solo me traería más dolor y humillación.
No iba a permitir que me lastimó otra vez. No quería que mi bebé muriera conmigo por segunda ocasión.
Me di la vuelta, dándole la espalda y negándome a verlo.
Gideon se quedó quieto por un momento, sorprendido por mi reacción.
Yo estaba fría, distante, como si sus palabras no me importaran en lo más mínimo.
Finalmente, se levantó de golpe y soltó con voz gélida:
—Parece que tenían razón contigo. Está bien. Quédate aquí y piensa bien lo que hiciste. Cuando se me pase el coraje, tal vez te deje salir.
Se fue, y la celda volvió a quedar sumida en un silencio asfixiante.
Saqué el celular y vi que ya tenía una respuesta:
Zerrick: "Entendido. En tres días paso por ti con el jet privado."
Solté un suspiro largo, sintiendo que por fin podía respirar un poco. Ese rayito de esperanza era lo único que me ayudaba a aguantar el encierro.
De pronto, escuché un ruido en la puerta. Era Randel con la comida. Traía la cabeza vendada y se veía muy pálido.
—El jefe me pidió que le trajera esto —murmuró—. Señora, en el fondo, él todavía se preocupa por usted.
Me quedé helada un segundo y luego abrí el recipiente. Para mi sorpresa, todo lo que había adentro era mi comida favorita.
—No me vengas con cuentos. Nadie encierra así a alguien que le importa —solté con amargura.
Randel intentó decir algo, pero se arrepintió y guardó silencio.
Le devolví la comida.
—Esto fue idea tuya, no de él. Te agradezco el detalle, pero no te arriesgues por mí. No quiero que te pase nada por mi culpa.
Miró la caja en sus manos y enseguida explicó.
—No, de verdad. Fue orden del jefe.
Negué con la cabeza y no dije nada.
Él soltó un suspiro.
—Señora, no pierda la fe. El jefe solo está cegado por el momento. He estado juntando pruebas y...
Lo interrumpí con una tos fuerte.
—¿Acaso te quieres morir? Hasta las paredes tienen oídos. Si él se entera, estás acabado.
Randel comprendió lo peligrosa que era esa situación. Inmediatamente se calló y se fue.
Pero al final, algo de lo que se dijo se filtró y llegó a oídos de Bella.
Esa misma noche, ella entró furiosa a la celda.
—¿Así que piensas aliarte con él para exponerme? De verdad que tienes ganas de morirte, ¿verdad?
Mis padres venían detrás de ella. Sus miradas eran frías y afiladas, como si yo fuera una extraña, una enemiga, y no su propia hija.
—Eres de nuestra sangre... no queríamos llegar a esto —dijo mi padre con voz baja—, ¡pero intentar hundir a tu propia hermana y destruir a la familia Quinn es imperdonable! Si así vas a jugar, entonces no tendremos piedad.
Se acercaron más, hasta que me vi atrapada contra la pared.
—¿Qué piensan hacer? ¿Matarme? —los reté, aunque me temblaba la voz—. Hay cámaras por todos lados...
De repente, Bella sacó un cuchillo de fruta de detrás de su espalda y lo levantó alto. Por puro instinto, me cubrí el vientre y cerré los ojos, esperando el golpe.
Sin embargo, el dolor nunca llegó.
Cuando me atreví a abrir los ojos, el corazón se me detuvo. Bella estaba tirada en el suelo, con el cuchillo clavado en su propio abdomen. La sangre se desparramaba por el piso de concreto.
—¡Bella! ¡Hija mía, por Dios! —el grito desgarrador de mi madre retumbó en toda la celda.
Mi padre corrió hacia la puerta como un loco.
—¡Llamen al Don! ¡Díganle que Evelyn apuñaló a Bella! ¡Rápido!
Los guardias salieron corriendo en pánico, sin perder un segundo.
—Papá... borra los videos... antes de que alguien los vea —suplicó Bella con un hilo de voz, aferrándose a su plan hasta el final.
Corrí hacia él para detenerlo, pero ya era demasiado tarde.
Poco después, la puerta se abrió de golpe.
—¡Bella! —el grito de Gideon retumbó en las paredes. Se acercó a toda prisa—. ¿Qué demonios pasó aquí?
Mi madre cayó al suelo, ahogada en llanto.
—Bella dijo que Evelyn se estaba muriendo de hambre... ni siquiera se cambió de ropa por venir a traerle comida. ¡Y en cuanto entró, Evelyn agarró un cuchillo de la bandeja y la apuñaló! ¡Gritó que todo era culpa de Bella y que tenía que morir!
—¿Muriendo de hambre? —repitió Gideon, arrastrando las palabras. Su mirada se volvió puro veneno—. Pensé que no querías comer por tus berrinches, pero veo que solo estabas fingiendo para dar lástima antes de atacar a tu hermana.
Caminó hacia mí y me soltó una patada con todas sus fuerzas, mandándome directo al suelo.
El dolor me atravesó el abdomen como una cuchillada.
Mi madre seguía gritando y llorando como loca:
—¡No puedes negarlo! ¡Lo vimos con nuestros propios ojos! ¡Bella vino a pedirte perdón, incluso dijo que le iba a rogar al Don que te soltara en unos días! ¡Y tú, en lugar de estar agradecida, la apuñalaste!
La furia de Gideon terminó por estallar.
De repente, Randel intervino.
—Jefe, la señora todavía está muy débil. Es casi imposible que haya podido atacar a alguien así. Quizás... deberíamos revisar las cámaras primero.
Gideon me miró, temblando de rabia de pies a cabeza, y luego giró su mirada fría hacia los guardias.
—Vayan. Traigan las grabaciones ahora mismo.
Los guardias salieron a toda prisa.
Gideon se arrodilló junto a Bella, presionando con cuidado una venda sobre la herida. Le apartó el sudor de la frente con una ternura que jamás había visto en él. Su voz era apenas un susurro:
—Tranquila, ya viene el doctor. Todo va a estar bien.
Recordé cuando me secuestraron; me dieron dos balazos, uno en el brazo y otro en la pierna. Aquella vez, él ni se inmutó.
Me dejó con un médico cualquiera y me soltó en la cara que todo era mi culpa por llamar la atención, que esas balas eran una lección que no debía olvidar.
La diferencia entre la obligación y el amor de verdad siempre se nota en los detalles.
Pensé que mi corazón ya estaba adormecido, pero ahora volvió a apretarse con dolor.
Miré el pasillo vacío, aferrándome a la más mínima chispa de esperanza.
Mi padre no había regresado. Tal vez las grabaciones aún existían. Si Gideon veía la verdad, tal vez...
—¡Jefe, esto es grave! —gritó un guardia al regresar—. ¡Las grabaciones fueron borradas!