Capítulo 2
Él había sido quien, en la vida pasada, llevó a Elena a la muerte.
***
—¿Ya volvieron?
Su voz era plana, sin dejar entrever emoción alguna.
—Víctor, ella es Martha Aguilar.
Mamá me dio un empujón, con una sonrisa forzada dibujada en el rostro.
—Martha, él es Víctor.
Di un paso al frente y apenas incliné la cabeza.
—Hola.
Víctor pasó la página del libro, como si no me hubiera oído. Unos segundos después, dejó escapar un sonido nasal.
—Ejem.
Su mirada se posó en mis zapatos mojados y frunció apenas el ceño.
—Acaban de cambiar la alfombra.
Luego volvió a bajar la vista al libro.
—La primera habitación a la izquierda, en el segundo piso, es la de invitados. Ya está lista.
—Gracias —dije.
Mamá soltó un suspiro de alivio y me llevó de la mano escaleras arriba.
—¿Ves? Víctor es una buena persona.
Bajó la voz al hablar.
—Mientras no lo hagas enojar, puedes quedarte en esta casa.
Entré a la habitación. Era grande, pero estaba vacía.
—Mamá.
La detuve justo cuando iba a salir.
—¿Qué pasa?
—Quiero cambiar de habitación.
La expresión de mamá cambió al instante.
—¿Acabas de llegar y ya te estás poniendo exigente? ¿Qué tiene de malo esta habitación? Está cien veces mejor que el lugar en el que vivías con tu papá, ¿no? No seas malagradecida.
La miré con calma mientras descargaba su enojo.
Solo cuando terminó, dije:
—No es eso. Esta habitación da al norte. Hace demasiado frío. Quiero una que dé al sur, aunque sea más pequeña.
De verdad tenía frío. El tumor cerebral había alterado mi capacidad de regular la temperatura, y sentía que vivía como si estuviera metida en una cámara de hielo. Solo el sol podía hacer que me sintiera un poco mejor.
—¿Frío? Pues prende un calefactor y ya.
Mamá estaba convencida de que yo solo estaba armando un escándalo.
—La habitación que da al sur es el estudio de Víctor, y la otra está llena de cosas viejas.
—Entonces me quedo con esa —dije.
Mamá abrió los ojos de par en par.
—¿Estás enferma o qué? ¿Vas a dejar la mejor para irte a dormir a una habitación llena de cosas viejas? ¿Lo haces a propósito para que Víctor crea que yo te maltrato?
Su voz se volvió estridente.
Me tapé los oídos. Había demasiado ruido. Sentía que las sienes me palpitaban con fuerza.
—Solo tengo frío —repetí.
En ese momento, llamaron dos veces a la puerta.
Víctor llevaba allí quién sabe cuánto tiempo, con un vaso de agua en la mano y el rostro sombrío.
—¿Qué pasa con tanto escándalo?
Mamá cambió de actitud al instante. Hasta la voz le tembló.
—Nada. Es que la niña no entiende; dice que no le gusta la habitación. Yo me encargo de hacerla entrar en razón.
Víctor me miró. Yo también lo miré a los ojos. Tenía el rostro muy pálido y los labios sin color; parecía alguien a punto de morirse.
—¿En cuál quieres quedarte? —me preguntó.
—En la que da al sur.
Señalé hacia el final del pasillo.
—Ahí guardan muebles viejos.
—No importa. Mientras entre el sol, me basta.
Víctor guardó silencio un momento.
—Como quieras. Y no griten en el pasillo.
Después de decir eso, se dio la vuelta y se fue, sin el menor interés por el conflicto entre mi mamá y yo.
Mamá me clavó un dedo en la frente con rabia.
—Sigue con tus caprichos, anda. A ver con qué cara voy a quedar si se enteran de que te puse a vivir en una habitación llena de cosas viejas.
No le respondí. Tomé mi bolsa de viaje y caminé hasta el final del pasillo.
Apenas abrí la puerta, una bocanada de polvo me golpeó de lleno.
Pero en cuanto vi el ventanal de piso a techo, supe que, cuando saliera el sol al día siguiente, ahí dentro haría calor. Con eso me bastaba.
Tendí la cama y metí el álbum de fotos debajo de la almohada.
El informe médico estaba dentro del álbum.
Mientras yo siguiera viva, a nadie se le ocurriría ponerse a hurgar entre mis cosas sin motivo.
Aquella noche dormí profundamente.
En mis sueños no aparecieron cobradores de deudas, solo una oscuridad inmensa e infinita.
Capítulo 3
Terminé viviendo en esa casa como si fuera invisible.
A Víctor le gustaba el silencio. En esa casa, hasta las empleadas caminaban de puntitas.
Mamá se desvivía cada día por complacerlo.
Le cocinaba, le daba masajes y se sentaba con él a ver esas noticias financieras tan aburridas.
En esa casa, ella vivía como una criada de lujo.
Y yo, salvo para comer, casi no salía de mi habitación.
Dejé impecable la habitación donde guardaban los cachivaches. Aunque seguía llena de muebles viejos, ahí entraba una luz preciosa.
Muchas veces arrastraba una silla hasta la ventana y me quedaba al sol toda la tarde, como una anciana con un pie en la tumba.
A veces, Víctor pasaba frente a mi puerta. Cuando me veía tomando el sol, se detenía un instante, pero nunca decía nada.
Su mirada era extraña, como si estuviera viendo a alguien de la misma especie que él.
Ese mediodía, a la hora de la comida, reinaba el silencio en la mesa. Solo se oía el leve tintineo de los cubiertos contra los platos.
De pronto, mi celular vibró. En medio de aquel silencio, sonó como una alarma fuera de lugar.
Víctor frunció el ceño.
Mamá dejó los cubiertos de inmediato y me lanzó una mirada fulminante.
—¿Quién te enseñó a traer el celular a la mesa? No tienes modales. Cuelga.
Saqué el celular y miré la pantalla.
Era Elena.
Rechacé la llamada, pero ni dos segundos después volvió a vibrar.
La rechacé otra vez.
A la tercera vibración, Víctor soltó los cubiertos.
—Contesta.
Lo dijo con indiferencia.
—Ese ruido me está dando dolor de cabeza.
Con el celular en la mano, me fui al balcón. En cuanto contesté, la voz de Elena estalló al otro lado de la línea.
—¿Lo hiciste a propósito? ¿Te llevaste la tarjeta bancaria, verdad?
Aparté un poco el celular de la oreja.
—¿Qué tarjeta?
—Papá dijo que desapareció la tarjeta que dejó en la casa. Seguro tú te la robaste. Tenía quinientos dólares.
Me reí.
Esos quinientos dólares los había ganado yo lavando platos durante las vacaciones del año pasado.
—Ese dinero lo gané yo.
—Aunque lo hayas ganado tú, sigue siendo de la familia.
Elena hablaba con un descaro absoluto.
—Papá no tiene dinero ni para comprarse cigarros y está armando un escándalo en la casa. Apúrate y transfiere el dinero. Si no, le voy a decir a mamá que te lo robaste.
Del otro lado se escuchó algo estrellándose, seguido de los insultos de papá.
—Maldita inútil, perra ingrata. Debí haberte estrangulado cuando eras pequeña.
Esas voces, incluso a cientos de kilómetros de distancia, seguían asfixiándome.
—Yo no robé nada —dije con calma—. Ese dinero lo había guardado para mis gastos médicos.
—¿Gastos médicos? ¿Y ahora de qué se supone que estás enferma?
Elena soltó una risa burlona.
—¿Y ahora de qué te las das? ¿De delicadita? Apúrate y transfiere el dinero. Si no, te voy a ir a armar un escándalo en la universidad y voy a decir que dejaste morir a tu propio padre sin mover un dedo por él.
Miré el jardín desde el balcón. Las flores estaban abiertas en todo su esplendor, de un rojo tan intenso que parecía sangre.
—Elena. Tú elegiste ese camino. Ahora síguelo hasta el final, aunque tengas que arrastrarte de rodillas. No vuelvas a molestarme.
Colgué y bloqueé el número.
Cuando me di la vuelta, sentí algo caliente resbalarme bajo la nariz.
Me toqué y vi la mano manchada de sangre.
Saqué un pañuelo del bolsillo a toda prisa y me cubrí la nariz.
Levanté la cabeza, intentando detener la hemorragia. La sangre no dejaba de salir; se me escurría por la garganta, me revolvía el estómago y me daba náuseas.
Corrí al baño del primer piso. Frente al espejo, vi cómo la sangre me había manchado media cara. Abrí la llave y empecé a lavarme desesperadamente.
—¿Qué estás haciendo?
La voz sonó de repente detrás de mí.
Me quedé rígida. A través del espejo, vi a Víctor de pie en la puerta.
Me observaba con una mirada profunda e inescrutable, mientras yo tenía media cara empapada de sangre.
Me limpié la cara a toda prisa.
—Me sangró la nariz.
Bajé la cabeza al hablar.
—Supongo que es por el calor.
Víctor no dijo nada, se acercó y me tendió una toalla limpia.
—Sécate.
Tomé la toalla y me cubrí la nariz.
—Gracias.
Él miró las manchas rojizas que todavía teñían el lavabo.
—¿Te pasa seguido?
—A veces.
Mentí. Últimamente me sangraba la nariz cada vez con más frecuencia.
Víctor me observó durante un momento.
—Deberías ir al hospital.
Lo dijo con naturalidad.
—No hace falta. Es lo de siempre.
Con la cabeza baja, intenté pasar a su lado para salir.
—Martha.
Me detuvo con una sola palabra.
—En esta casa no hace falta que andes con tanto cuidado. Tu madre es tu madre, pero tú no tienes por qué vivir escondiéndote.
Me quedé inmóvil un instante y levanté la vista para mirarlo.
Su expresión seguía siendo fría, pero en el fondo de sus ojos había una emoción que yo no entendía.
—Si te sientes mal, dilo. Aguantar por orgullo no va a hacer que nadie te dé una medalla.
Después de decir eso, se dio la vuelta y se fue.
Me dejó sola, de pie en el baño.
La toalla que tenía en las manos aún conservaba un leve aroma a pino.
Era el olor de su cuerpo.
Y también, ese tenue olor a muerte.
Capítulo 4
Víctor tenía secretos. Yo lo sabía.
Una vez vi en la papelera de su estudio un frasco de pastillas idéntico al mío.
Era un analgésico potente, de los que suelen recetar a los pacientes con cáncer terminal.
Ese día, mamá me pidió que le llevara fruta al estudio.
Víctor no estaba. Había ido al hospital a su sesión de diálisis.
Dejé el plato de fruta y, justo cuando iba a salir, vi en la papelera aquel frasco blanco tan familiar.
Lo recogí y lo miré.
Era un frasco de vitaminas de liberación prolongada, pero dentro había pastillas de morfina.
Yo también había usado ese truco.
Esconder el medicamento que me mantenía con vida en un frasco común de vitaminas, para engañarme a mí misma y a los demás.
Así que Víctor, ese hombre al que Elena llamaba un monstruo despiadado, también estaba soportando en silencio un dolor igual de insoportable.
Volví a dejar el frasco en su lugar y fingí que no había visto nada.
Por la noche, Víctor regresó.
Tenía peor aspecto que de costumbre y caminaba tambaleándose.
Mamá se acercó enseguida, intentando sostenerlo.
—No me toques.
Él la esquivó. Su voz estaba cargada de dolor contenido.
La mano de mamá se quedó suspendida en el aire. Tenía los ojos enrojecidos.
—Víctor, ¿hice algo mal?
—Solo estoy cansado.
Víctor ni siquiera la miró y subió directamente al segundo piso.
Al pasar junto a mí, se detuvo un instante.
En ese momento percibí el fuerte olor a desinfectante que traía encima, y también un tenue rastro a sangre. Era el olor inconfundible de la diálisis.
Esa noche, el dolor me despertó.
El tumor en mi cabeza me estaba oprimiendo los nervios con una ferocidad insoportable.
Me dolía tanto que estaba empapada en sudor frío, encogida bajo la manta, temblando.
Quise beber agua, así que me levanté y bajé las escaleras, tambaleándome.
La sala estaba a oscuras, pero vi una silueta sentada en el sofá.
Era Víctor. Estaba ahí, inmóvil.
Entre los dedos sostenía un cigarro, cuya brasa parpadeaba en la oscuridad.
No me atreví a decir nada; quise retirarme en silencio.
—Ya que estás despierta, ven.
Su voz llegó desde la oscuridad, ronca y cansada.
No me quedó más remedio que acercarme.
—¿Sabes jugar ajedrez? —preguntó.
—Un poco.
—Juguemos una partida.
Me senté frente a él.
A la luz de la luna, vi su rostro pálido como el papel y la frente cubierta de sudor frío.
Estaba aguantando el dolor, igual que yo.
Jugamos tres partidas.
Ninguno habló; solo se escuchaba el seco golpeteo de las piezas sobre el tablero.
Él jugaba con ferocidad, como si estuviera desahogando algo. Yo jugaba con calma, midiendo cada movimiento.
—¿Te da tanto miedo perder? —preguntó Víctor de repente.
—No puedo darme el lujo de perder.
Moví una pieza.
Víctor soltó una risa baja.
—Al final, la vida es una partida perdida. Por mucho que luches, el final siempre es el mismo: perder.
No lo contradije.
Ya estaba por amanecer cuando terminó la última partida.
Yo estaba por recoger las piezas y volver a mi habitación.
Pero la mano de Víctor cayó de pronto sobre el tablero.
Levantó la vista y clavó en mí su mirada profunda.
—Ese informe médico que escondes bajo la almohada, ¿hasta cuándo piensas seguir ocultándolo?