Capítulo 2

La boda del príncipe era mil veces más importante que nuestro rito de brujas.

A Elsa y a mí, junto con otras compañeras, nos llevaron directo a su castillo.

No podíamos ni asomarnos fuera de los muros... nos tenían ahí encerradas solo para encargarnos de cada detalle de su boda.

Cuando toqué el collar de cristal de sangre que mandó Sebastián, no sentí absolutamente nada. Ni envidia, ni ganas de llorar, nada.

Era una pieza preciosa, sí, pero para mí no era más que un recordatorio de lo caro que cuesta ese brillo.

En mi otra vida, los lujos que yo tuve dejaron a los de Elsa por el suelo.

Mis vestidos eran el tema de conversación de todas y, si yo abría la boca, las demás me seguían la corriente sin dudarlo.

Pero solo yo sabía el dolor que escondía todo eso. La sangre que me costó y las noches eternas que pasé con ese hijo en el vientre.

Ni siquiera terminé de ver el collar cuando una de las criadas de Elsa entró corriendo, casi sin aire.

—Señorita Lilia, la futura princesa la busca.

¿A mí? A estas alturas Elsa debería estar metida de lleno en sus preparativos. ¿Para qué se iba a acordar de la hermana que no pincha ni corta?

Aunque me moría de la duda, no me quedaba de otra. Ahora ella era la prometida oficial, la que Sebastián había reconocido frente a todo el mundo. Su palabra pesaba mucho más que cualquier cosa que yo pudiera decir.

Justo cuando iba a entrar al cuarto de Elsa, me topé con Sebastián saliendo. Traía la camisa desabrochada, el pelo todo alborotado y esa cara de satisfacción.

Pasó por mi lado caminando despacio; yo bajé la mirada enseguida, pero él ni se molestó en verme.

Su olor me pegó de golpe al pasar. Lo conocía de memoria: ese rastro espeso a sangre y rosas que sueltan los de su clase cuando acaban de estar con alguien.

Ahí me quedó claro todo: Elsa ya se había acostado con él.

Así somos nosotras. Cuando una bruja crece, muchas veces deja de ser dueña de sus instintos.

Con que el hombre que quieres se te acerque un poco, el cuerpo le gana a la cabeza. Esa es nuestra peor debilidad.

Entré y vi a Elsa ahí, medio acostada en la cama con una sonrisita. Solo la tapaba una sábana de seda tan delgada que no escondía nada de sus curvas.

En cuanto me vio entrar, se le fue la sonrisa de la cara. Con una calma que daba miedo, señaló un paño bordado que estaba sobre la mesa.

—¿Esto lo hiciste tú? Nada mal.

Me quedé quieta, sin decir ni una palabra.

Desde niñas, por cualquier cosita me gritaba o me soltaba un golpe.

No era normal que me celebrara nada, y mucho menos con ese tono tan tranquilo.

En ese momento, el recuerdo de sus manos empujándome al abismo me dio un vuelco en el pecho y el corazón me empezó a latir a mil.

Como no le respondí, se levantó de un salto. Agarró el candelabro de oro que tenía a la mano y me lo acomodó en la cabeza sin pensarlo dos veces.

Por un segundo, todo se me puso rojo. Sentí la sangre chorreándome por la cara y el golpe me retumbó hasta en los huesos, pero me aguanté el dolor, me tragué la rabia y me puse de rodillas frente a ella.

Verme así de sumisa le encantó. Se volvió a echar en la cama con ese aire de flojera y crueldad que yo conocía de sobra.

—Las traje aquí para que se den cuenta de cómo son las cosas. Más vale que te saques esas ideas raras de la cabeza y dejes de andar de ofrecida frente a Sebastián. Porque si no...

Levanté la vista y la miré a los ojos.

—Como usted ordene, alteza —le dije.

Mi calma la sacó de onda un segundo. Se levantó de la cama, llegó a mí en dos pasos y me agarró del pelo con fuerza, obligándome a mirarla desde abajo.

—Lilia, ¿de verdad crees que soy tan tonta? ¿Crees que no me di cuenta de que tú también renaciste?

Al oír eso, por más que traté de disimular, se me oscureció la mirada. Ella soltó una risa burlona y me aventó el paño bordado a la cara.

—Te criaste en el bosque de las brujas, nunca has salido de ese hueco. ¿De dónde sacaste que podías bordar la Rosa de Sangre? Ese es un emblema que solo usan las reinas de la Sangre. ¿Todavía te atreves a quererme ver la cara?

Solté un suspiro largo, me pasé la mano llena de sangre por la frente y me puse de pie.

—Elsa, yo nunca he querido competir contigo —le dije, con la voz calmada. —Te lo juro, no tengo la más mínima intención de acercarme al príncipe.

Ella se rió por lo bajo, con desprecio.

Ni siquiera intentó disimular el asco que me tenía.

Sentí sus dedos fríos recorriéndome la mejilla.

—¿Y quién te dijo que tú podrías conmigo, escuincla fea? —soltó con veneno—. Aunque te mueras por competir, jamás me ganarías.

Me quedé callada. Hay peleas que no valen la pena, y yo lo único que quería era vivir un poco más. Solo los tontos se aferran a lo que brilla aunque les cueste la vida.

Yo ya había probado ese veneno una vez y no pensaba repetir la historia.

Capítulo 3

Los de la Sangre, tan orgullosos de su linaje, sabían perfectamente cómo lucirse. Hasta un simple compromiso lo convertían en todo un espectáculo.

Al evento llegaron criaturas de todo tipo, envueltas en capas y sombras, oliendo a perfumes extraños que se te pegaban a la piel. Todos traían regalos y reliquias, dándoselas de importantes y tratando de quedar bien con la familia.

Elsa apareció del brazo de Sebastián. Su vestido era de un blanco que dolía a la vista, resaltando contra esa alfombra roja que parecía un rastro de sangre.

Tenía las mejillas encendidas y los ojos le brillaban. Caminaba como quien por fin se siente dueña del mundo.

Cuando me vio, inclinó la cabeza con arrogancia y movió los labios sin decir una palabra, solo para que yo leyera: inútil.

Y sí, claro que lo soy.

Lo que ella no sabía era que estaba a punto de dar un paso directo al infierno. En ese momento, no sabía cuál de las dos daba más lástima.

Pero su sonrisa no duró nada. Sebastián agarró una copa y se la puso en las manos sin decir nada.

—Tómatela —le soltó sin vueltas—. Delante de los ancianos, nuestro compromiso queda sellado.

Elsa la agarró rápido, lista para vaciarla de un trago. Pero antes de que el cristal tocara sus labios, un olor metálico y espeso le dio de lleno en la nariz.

Elsa palideció en un segundo y soltó la copa sin pensarlo.

—¿Por qué le pusieron plata sagrada al vino? —preguntó con la voz temblorosa.

La plata sagrada es veneno para nuestra magia. Ni siquiera un hechicero con siglos de experiencia sale bien librado de una sola copa.

No te mata, pero te va comiendo el poder hasta dejarte en la nada. Te condena a una debilidad que se arrastra por meses, una vida que termina siendo peor que la muerte

En mi otra vida, me hicieron exactamente lo mismo. Pero en ese entonces, ni se me ocurrió decir que no.

Yo sabía que mi vida no valía nada frente al orgullo de los de la Sangre. Si dejaba en ridículo a Sebastián delante de todos, lo único que iba a lograr era terminar como un simple objeto que él usaría a su antojo.

Así que, aunque me temblaban las manos, me la tomé toda.

Durante toda la ceremonia tuve la cabeza pesada, como si caminara entre la niebla.

A él no le importó. Al fin y al cabo, para Sebastián yo solo era una herramienta: un cuerpo para pagar una deuda, un vientre para darle un heredero.

¿A quién le va a importar cómo se siente una herramienta?

Elsa, en cambio, no tenía la menor idea de dónde se estaba metiendo. Arrugó la cara, se lanzó contra el pecho de Sebastián y se quejó con voz de niña consentida:

—Yo no quiero tomarme eso.

No se dio cuenta de cómo le cambió la cara a Sebastián al oírla. Por respeto a los invitados, él todavía hizo el intento de hablarle con calma:

—Elsa, es una tradición muy vieja de mi familia. No hagas un escándalo frente a todo el mundo.

Lo normal hubiera sido dejar las cosas así. Cuando un príncipe como él cede tanto, lo mejor es saber cuándo parar.

Pero ella siguió tentando a su suerte, como si no fuera capaz de oler el peligro que tenía enfrente.

—No me importa tu tradición —contestó ella, ya harta—. Las brujas odiamos la plata sagrada. No me la voy a tomar ahora ni quiero volver a verla nunca.

Esas palabras cayeron como un insulto entre los ancianos. Para ellos, beber el veneno del compañero es la prueba máxima de lealtad.

No es solo un rito, es una forma de decir que le perteneces, que te has rendido ante ellos.

Con lo que dijo, Elsa no solo pisoteó la tradición, sino que les escupió en la cara a todos los de su linaje.

Como era de esperarse, los murmullos entre los nobles empezaron a correr como el fuego.

Eran puros chismes cargados de veneno. Se quejaban de que Elsa no sabía comportarse, y más de uno ponía en duda si Sebastián de verdad había elegido bien

Esos comentarios, por supuesto, no tardaron en llegar a oídos del príncipe. En ese momento, se le acabó la paciencia.

—Te lo voy a decir una sola vez más —dijo, con la voz completamente helada—. Tómatela.

Elsa se quedó helada. No se esperaba que él le hablara en ese tono.

Temblando, volvió a agarrar la copa y se la tomó de un trago. Pero ya era tarde. El ambiente, las miradas, esa chispa que había en el aire... todo se había echado a perder.

Sebastián terminó con el protocolo por pura cortesía y, en cuanto pudo, se dio la vuelta con un movimiento brusco de su capa. Se fue sin volver a ver a la novia ni una sola vez.

Elsa se quedó ahí plantada en medio del salón, sin saber qué hacer.

Apenas ayer se deshacían en susurros y caricias, y hoy, por una simple copa, parecía que se hubiera levantado un muro de hielo entre los dos.

No pude evitar soltar una risita por lo bajo.

Qué ingenua.

Para los de la Sangre, no hay nada por encima de su orgullo. Una esposa que solo estaba ahí de adorno, para las fiestas y para las fotos, nunca debería olvidar cuál es su lugar.

Y Elsa, que juraba que por fin habían llegado sus "días felices", no tenía ni idea de que lo peor apenas estaba comenzando.

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Renací para destruir el trono de mi hermana

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