Capítulo 1
En mi vida anterior, el día que mi hermana Elsa y yo asistimos a la ceremonia de apareamiento, le salvé la vida a un príncipe de la Sangre que estaba en la ruina: Sebastián de Montoya.
Para pagarme el favor, en cuanto regresó a su clan, Sebastián anunció frente a todos que yo sería su esposa.
Un año después, traje al mundo a un heredero de sangre pura, el único capaz de reclamar todo el linaje.
Ese día, loco de felicidad durante su coronación, selló un pacto de sangre conmigo. Me nombró su reina y su compañera eterna.
Desde ese momento, todos los clanes tuvieron que arrodillarse ante mí.
Elsa, en cambio, prefirió casarse con el Alfa de una manada de lobos y terminó siendo una más del montón, la amante más insignificante de todas.
La envidia la volvió loca: durante un ritual de luna llena, me empujó al abismo, dejándome morir destrozada en la oscuridad.
Cuando volví a abrir los ojos, me encontré de nuevo en el día del rito. Vi a Elsa correr desesperada hacia donde el príncipe estaba por caer, y ahí lo entendí todo: ella también había renacido.
Pobre Elsa... no sabía en lo que se metió. Ser la prometida del príncipe es la parte fácil. El verdadero reto era ganarse su corazón... y sobrevivir para darle un hijo de su propia sangre.
El poder de una bruja nace del deseo. Siempre ha sido así: es una ley antigua, grabada en nuestro linaje con sangre.
Cuando una bruja alcanza la mayoría de edad, la magia en su interior se despierta y no la deja en paz: la quema por dentro, la agita, no le da tregua ni para dormir.
Esa fuerza busca desesperadamente a un compañero, alguien lo suficientemente fuerte como para domarla y darle equilibrio.
Si no lo encuentra, esas noches eternas terminan por consumirla desde las entrañas.
Los ancianos de la Alianza nos tenían miedo. Temían que, si andábamos sueltas por ahí, terminaríamos entregándonos a cualquiera, desatando guerras y desgracias por puro capricho.
Por eso impusieron la regla: al cumplir la edad, lo primero era elegir un compañero "adecuado" y amarrar alianzas con otros clanes a través del matrimonio.
Apenas acabábamos de llegar al Santuario. El aire apestaba a incienso viejo y a musgo húmedo. Frente a nosotras, había una fila de hombres de todas las razas.
Ni siquiera nos habían dado tiempo de echarles un buen vistazo cuando la chica que estaba a mi lado me dio un codazo.
—Vi a tu hermana Elsa hace un rato —me susurró al oído—. Iba hecha una loca hacia el Bosque de las Sombras, como si la persiguiera el mismo diablo. Nadie la pudo parar. ¿Qué onda? ¿No va a estar en la ceremonia?
En ese momento, todo me cuadró. Al parecer, no fui la única que regresó de la muerte. Mi querida hermana también había renacido.
Si Elsa se había largado al Bosque de las Sombras con tanta prisa, solo podía ser por una razón: su maldita obsesión de ser reina y vivir rodeada de lujos y poder.
No alcancé a decir ni una palabra.
Un viento helado entró de golpe por las puertas del Santuario, haciendo que las antorchas vacilaran, y en un abrir y cerrar de ojos, el cielo se puso negro.
De pronto, se hizo la noche. Varias carrozas negras y doradas, jaladas por bestias de pesadilla, bajaron desde lo alto.
Eran los emisarios de la Sangre. Venían envueltos en capas oscuras para proclamar la voluntad del príncipe
Se me detuvo el corazón.
Por lo que recordaba de mi otra vida, sabía perfectamente lo que eso significaba: Sebastián venía por la mujer que le había salvado la vida.
La primera vez que pasó todo esto, Elsa, solo por hacerme la vida imposible, me mandó al Bosque de las Sombras a buscar Flores de Luna para nuestro altar. Jamás me imaginé que, por un golpe del destino, terminaría encontrándome con él: un hombre inconsciente, tirado entre las raíces de los árboles, sangrando después de una emboscada de sus enemigos.
Al principio, mi intención era otra. Solo quería aprovecharme de la situación: usar mi energía de bruja para sanarlo y, ya que lo tenía ahí, tan vulnerable y hermoso, calmar de paso ese instinto salvaje que me quemaba por dentro.
Pero en cuanto abrió los ojos, lo primero que hizo fue quitarse un anillo con el sello real y ponérmelo en el dedo.
Me dijo que era príncipe de la estirpe más antigua de la Sangre. Ahí mismo, a través del vínculo, juró que yo sería su compañera.
Jamás en la vida las brujas habíamos tenido un estatus así... nunca nos habían dado un honor de ese tamaño.
Y yo, la verdad, no tenía cómo negarme.
Bastaron un par de palabras y un gesto para que mi destino quedara sellado.
Los de la Sangre son los dueños de la noche, pero cargan con secretos que no comparten con nadie.
Para tener un heredero de sangre pura, la madre tiene que alimentar a la criatura en su vientre con su propia fuerza vital.
Y ese linaje es tan salvaje, tan feroz, que casi ninguna mujer aguanta el ritmo. Lo normal es que, a los pocos meses, tanto la madre como el bebé terminen secos, consumidos por completo.
Pero yo fui la excepción.
Por un milagro, por mi magia o tal vez por pura terquedad, no solo aguanté, sino que traje al mundo al único heredero de sangre pura de toda esa generación.
El rey Alfonso de Montoya no podía creerlo. Vio en mí algo sagrado y me puso en un altar, dándome un lugar que nadie podía tocar.
Pasaron las décadas. Sebastián heredó la corona y yo me convertí en su única reina, rodeada de lujos y de un poder que parecía no tener fin.
Elsa, por el contrario, se había quedado con el Alfa de los licántropos. Pero la pobre nunca se imaginó que un lobo así jamás sería solo suyo.
Él tenía amantes por todos lados. La trataba como una más del montón y, con suerte, se dignaba a verla una vez al mes
Pero para una bruja, ¿cómo se supone que apagas un deseo que te quema las entrañas?
Ella se pasaba las noches llorando, consumida por los celos y el rencor, mientras veía cómo yo subía, paso a paso, en la corte de la Sangre.
Al final, llegó el día del ritual de luna llena. Me citó en los acantilados con cualquier excusa barata.
No había ni un alma. Abajo, el mar rugía golpeando las rocas y el viento nos azotaba el pelo contra la cara. Recuerdo que me sonrió... y, de un solo golpe, me empujó al vacío.
Esa sensación de caer, de sentir que la vida se me iba, se me quedó grabada.
Y, sin embargo, aquí estaba otra vez.
De pronto, tal como en mi vida pasada, Sebastián apareció entre la multitud, escoltado por los ancianos de la Alianza.
Pero esta vez traía a Elsa de la mano.
La miraba con una ternura suave.
—Elsa es de buen corazón —soltó él con esa voz grave—. Fue ella quien me salvó en el bosque. Así que, desde hoy, es mi prometida.
Yo hice lo que me tocaba: me arrodillé con las demás y agaché la cabeza.
Elsa ni siquiera intentó disimular. Me miraba con esa sonrisita de triunfo, barriéndonos a todas con la mirada como si ya se sintiera la dueña de todo.
Desde mi rincón, donde nadie me veía, se me escapó una sonrisa: "Ay, Elsa... si tantas ganas tienes de cavar tu propia tumba, no me va a quedar de otra que darte una mano."
Capítulo 2
La boda del príncipe era mil veces más importante que nuestro rito de brujas.
A Elsa y a mí, junto con otras compañeras, nos llevaron directo a su castillo.
No podíamos ni asomarnos fuera de los muros... nos tenían ahí encerradas solo para encargarnos de cada detalle de su boda.
Cuando toqué el collar de cristal de sangre que mandó Sebastián, no sentí absolutamente nada. Ni envidia, ni ganas de llorar, nada.
Era una pieza preciosa, sí, pero para mí no era más que un recordatorio de lo caro que cuesta ese brillo.
En mi otra vida, los lujos que yo tuve dejaron a los de Elsa por el suelo.
Mis vestidos eran el tema de conversación de todas y, si yo abría la boca, las demás me seguían la corriente sin dudarlo.
Pero solo yo sabía el dolor que escondía todo eso. La sangre que me costó y las noches eternas que pasé con ese hijo en el vientre.
Ni siquiera terminé de ver el collar cuando una de las criadas de Elsa entró corriendo, casi sin aire.
—Señorita Lilia, la futura princesa la busca.
¿A mí? A estas alturas Elsa debería estar metida de lleno en sus preparativos. ¿Para qué se iba a acordar de la hermana que no pincha ni corta?
Aunque me moría de la duda, no me quedaba de otra. Ahora ella era la prometida oficial, la que Sebastián había reconocido frente a todo el mundo. Su palabra pesaba mucho más que cualquier cosa que yo pudiera decir.
Justo cuando iba a entrar al cuarto de Elsa, me topé con Sebastián saliendo. Traía la camisa desabrochada, el pelo todo alborotado y esa cara de satisfacción.
Pasó por mi lado caminando despacio; yo bajé la mirada enseguida, pero él ni se molestó en verme.
Su olor me pegó de golpe al pasar. Lo conocía de memoria: ese rastro espeso a sangre y rosas que sueltan los de su clase cuando acaban de estar con alguien.
Ahí me quedó claro todo: Elsa ya se había acostado con él.
Así somos nosotras. Cuando una bruja crece, muchas veces deja de ser dueña de sus instintos.
Con que el hombre que quieres se te acerque un poco, el cuerpo le gana a la cabeza. Esa es nuestra peor debilidad.
Entré y vi a Elsa ahí, medio acostada en la cama con una sonrisita. Solo la tapaba una sábana de seda tan delgada que no escondía nada de sus curvas.
En cuanto me vio entrar, se le fue la sonrisa de la cara. Con una calma que daba miedo, señaló un paño bordado que estaba sobre la mesa.
—¿Esto lo hiciste tú? Nada mal.
Me quedé quieta, sin decir ni una palabra.
Desde niñas, por cualquier cosita me gritaba o me soltaba un golpe.
No era normal que me celebrara nada, y mucho menos con ese tono tan tranquilo.
En ese momento, el recuerdo de sus manos empujándome al abismo me dio un vuelco en el pecho y el corazón me empezó a latir a mil.
Como no le respondí, se levantó de un salto. Agarró el candelabro de oro que tenía a la mano y me lo acomodó en la cabeza sin pensarlo dos veces.
Por un segundo, todo se me puso rojo. Sentí la sangre chorreándome por la cara y el golpe me retumbó hasta en los huesos, pero me aguanté el dolor, me tragué la rabia y me puse de rodillas frente a ella.
Verme así de sumisa le encantó. Se volvió a echar en la cama con ese aire de flojera y crueldad que yo conocía de sobra.
—Las traje aquí para que se den cuenta de cómo son las cosas. Más vale que te saques esas ideas raras de la cabeza y dejes de andar de ofrecida frente a Sebastián. Porque si no...
Levanté la vista y la miré a los ojos.
—Como usted ordene, alteza —le dije.
Mi calma la sacó de onda un segundo. Se levantó de la cama, llegó a mí en dos pasos y me agarró del pelo con fuerza, obligándome a mirarla desde abajo.
—Lilia, ¿de verdad crees que soy tan tonta? ¿Crees que no me di cuenta de que tú también renaciste?
Al oír eso, por más que traté de disimular, se me oscureció la mirada. Ella soltó una risa burlona y me aventó el paño bordado a la cara.
—Te criaste en el bosque de las brujas, nunca has salido de ese hueco. ¿De dónde sacaste que podías bordar la Rosa de Sangre? Ese es un emblema que solo usan las reinas de la Sangre. ¿Todavía te atreves a quererme ver la cara?
Solté un suspiro largo, me pasé la mano llena de sangre por la frente y me puse de pie.
—Elsa, yo nunca he querido competir contigo —le dije, con la voz calmada. —Te lo juro, no tengo la más mínima intención de acercarme al príncipe.
Ella se rió por lo bajo, con desprecio.
Ni siquiera intentó disimular el asco que me tenía.
Sentí sus dedos fríos recorriéndome la mejilla.
—¿Y quién te dijo que tú podrías conmigo, escuincla fea? —soltó con veneno—. Aunque te mueras por competir, jamás me ganarías.
Me quedé callada. Hay peleas que no valen la pena, y yo lo único que quería era vivir un poco más. Solo los tontos se aferran a lo que brilla aunque les cueste la vida.
Yo ya había probado ese veneno una vez y no pensaba repetir la historia.
Capítulo 3
Los de la Sangre, tan orgullosos de su linaje, sabían perfectamente cómo lucirse. Hasta un simple compromiso lo convertían en todo un espectáculo.
Al evento llegaron criaturas de todo tipo, envueltas en capas y sombras, oliendo a perfumes extraños que se te pegaban a la piel. Todos traían regalos y reliquias, dándoselas de importantes y tratando de quedar bien con la familia.
Elsa apareció del brazo de Sebastián. Su vestido era de un blanco que dolía a la vista, resaltando contra esa alfombra roja que parecía un rastro de sangre.
Tenía las mejillas encendidas y los ojos le brillaban. Caminaba como quien por fin se siente dueña del mundo.
Cuando me vio, inclinó la cabeza con arrogancia y movió los labios sin decir una palabra, solo para que yo leyera: inútil.
Y sí, claro que lo soy.
Lo que ella no sabía era que estaba a punto de dar un paso directo al infierno. En ese momento, no sabía cuál de las dos daba más lástima.
Pero su sonrisa no duró nada. Sebastián agarró una copa y se la puso en las manos sin decir nada.
—Tómatela —le soltó sin vueltas—. Delante de los ancianos, nuestro compromiso queda sellado.
Elsa la agarró rápido, lista para vaciarla de un trago. Pero antes de que el cristal tocara sus labios, un olor metálico y espeso le dio de lleno en la nariz.
Elsa palideció en un segundo y soltó la copa sin pensarlo.
—¿Por qué le pusieron plata sagrada al vino? —preguntó con la voz temblorosa.
La plata sagrada es veneno para nuestra magia. Ni siquiera un hechicero con siglos de experiencia sale bien librado de una sola copa.
No te mata, pero te va comiendo el poder hasta dejarte en la nada. Te condena a una debilidad que se arrastra por meses, una vida que termina siendo peor que la muerte
En mi otra vida, me hicieron exactamente lo mismo. Pero en ese entonces, ni se me ocurrió decir que no.
Yo sabía que mi vida no valía nada frente al orgullo de los de la Sangre. Si dejaba en ridículo a Sebastián delante de todos, lo único que iba a lograr era terminar como un simple objeto que él usaría a su antojo.
Así que, aunque me temblaban las manos, me la tomé toda.
Durante toda la ceremonia tuve la cabeza pesada, como si caminara entre la niebla.
A él no le importó. Al fin y al cabo, para Sebastián yo solo era una herramienta: un cuerpo para pagar una deuda, un vientre para darle un heredero.
¿A quién le va a importar cómo se siente una herramienta?
Elsa, en cambio, no tenía la menor idea de dónde se estaba metiendo. Arrugó la cara, se lanzó contra el pecho de Sebastián y se quejó con voz de niña consentida:
—Yo no quiero tomarme eso.
No se dio cuenta de cómo le cambió la cara a Sebastián al oírla. Por respeto a los invitados, él todavía hizo el intento de hablarle con calma:
—Elsa, es una tradición muy vieja de mi familia. No hagas un escándalo frente a todo el mundo.
Lo normal hubiera sido dejar las cosas así. Cuando un príncipe como él cede tanto, lo mejor es saber cuándo parar.
Pero ella siguió tentando a su suerte, como si no fuera capaz de oler el peligro que tenía enfrente.
—No me importa tu tradición —contestó ella, ya harta—. Las brujas odiamos la plata sagrada. No me la voy a tomar ahora ni quiero volver a verla nunca.
Esas palabras cayeron como un insulto entre los ancianos. Para ellos, beber el veneno del compañero es la prueba máxima de lealtad.
No es solo un rito, es una forma de decir que le perteneces, que te has rendido ante ellos.
Con lo que dijo, Elsa no solo pisoteó la tradición, sino que les escupió en la cara a todos los de su linaje.
Como era de esperarse, los murmullos entre los nobles empezaron a correr como el fuego.
Eran puros chismes cargados de veneno. Se quejaban de que Elsa no sabía comportarse, y más de uno ponía en duda si Sebastián de verdad había elegido bien
Esos comentarios, por supuesto, no tardaron en llegar a oídos del príncipe. En ese momento, se le acabó la paciencia.
—Te lo voy a decir una sola vez más —dijo, con la voz completamente helada—. Tómatela.
Elsa se quedó helada. No se esperaba que él le hablara en ese tono.
Temblando, volvió a agarrar la copa y se la tomó de un trago. Pero ya era tarde. El ambiente, las miradas, esa chispa que había en el aire... todo se había echado a perder.
Sebastián terminó con el protocolo por pura cortesía y, en cuanto pudo, se dio la vuelta con un movimiento brusco de su capa. Se fue sin volver a ver a la novia ni una sola vez.
Elsa se quedó ahí plantada en medio del salón, sin saber qué hacer.
Apenas ayer se deshacían en susurros y caricias, y hoy, por una simple copa, parecía que se hubiera levantado un muro de hielo entre los dos.
No pude evitar soltar una risita por lo bajo.
Qué ingenua.
Para los de la Sangre, no hay nada por encima de su orgullo. Una esposa que solo estaba ahí de adorno, para las fiestas y para las fotos, nunca debería olvidar cuál es su lugar.
Y Elsa, que juraba que por fin habían llegado sus "días felices", no tenía ni idea de que lo peor apenas estaba comenzando.