Capítulo 3
Leobardo corrió con todas sus fuerzas, con el rostro pálido como el papel. Justo cuando estaba por caer por las escaleras, alcanzó a atraparla.
Me enderecé y los miré a los dos.
La angustia de Leobardo casi podía tocarse, mientras Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas y me miraba con incomprensión.
—Hermana, fui imprudente. No debí pedirle al señor Ríos que me acompañara en la habitación. Te pido disculpas. Pero, por más molesta que estés, ¡no tenías derecho a empujarme por las escaleras!
Al oírla, Leobardo la alzó en brazos y me lanzó una mirada encendida de furia.
—¡Verónica! ¿Por qué la lastimaste? ¡¿Sabes que acaba de lesionarse?! Si hubiera caído, ¡podría haber muerto! ¿En qué momento te volviste tan malvada?
Me empujó con fuerza y se marchó con ella en brazos.
Mi vientre golpeó contra la barandilla y el dolor me hizo sudar frío. La sensación de estar al borde de la muerte me envolvió otra vez.
Lloré y grité con todas mis fuerzas, pero Leobardo no miró atrás ni una sola vez.
Aunque en esta vida él no me culpaba por la pérdida del bebé de Valeria, igual no me había elegido a mí.
La sangre comenzó a correr por mis muslos.
Unas enfermeras cercanas me vieron y me llevaron rápidamente al consultorio.
—La situación no es favorable —me informó el doctor, frunciendo el ceño—. Es muy difícil salvarlo.
Saqué el comprobante de la cita y, con voz ronca, logré articular a duras penas:
—Doctor... déjelo así.
En la vida pasada, di todo por Javier. Pero él nunca lo valoró, y ayudó a otros a clavarme cuchillos en el corazón. Si no me quiere como madre, que en esta vida se busque a otra. Mi corazón hecho pedazos, ya no puede albergarlo.
La anestesia se esparció por mi cuerpo, tan helada como mi alma.
Cuando desperté, mi cuerpo se sentía completamente vacío,. Sabía que el único lazo entre Javier y yo en este mundo se había roto por completo.
El teléfono sonó con una notificación de una cuenta desconocida.
Una foto mostraba a Leobardo y Valeria con sus tatuajes de mordida sobre las clavículas, tomados de las manos.
Después de lo sucedido, ella ya no quería esconderse. Pero ahora yo no tenía ni la menor intención de competir con ella por nada.
Sin responder, la bloqueé.
Tres días después, regresé a casa.
La vieja mansión de los Ríos, donde viví casi diez años, estaba igual que cuando me había ido. La pared estaba cubierta de fotos mías con Leobardo.
Yo era dos años menor que él. A los cinco años, en una función de preescolar, actuamos juntos en una boda de cuento, a los doce años, cuando tuve mi primer periodo, él creyó que estaba gravemente enferma y lloró, abrazándome, y, a los quince, cuando mis padres murieron, me palmeó el hombro y susurró:
—No tengas miedo. Aquí estoy contigo.
A los veintiuno, recién regresado del extranjero y borracho, me besó por primera vez.
Mi corazón cayó entonces en el abismo llamado Leobardo... y se hizo trizas.
***
Arranqué todas las fotos de la pared, y, en cuanto terminé, Leobardo regresó. Camino hacia mí, con una expresión indescifrable.
—¿Por qué arrancaste todas las fotos?
—Quiero redecorar —respondí sin pensar, para poder irme sin problemas.
Tras esto, sin decir nada, se sentó y comenzó a ayudarme a recoger las fotos.
Un rato después, dijo:
—Sé que te importo. Lo que hiciste ese día fue solo por enojo. Valeria está bien. Acepto perdonarte. Ella no presentará cargos contra ti. Sin embargo, tiene una condición.
Levanté la cabeza y lo miré, esperando que continuara.
Leobardo frunció ligeramente los labios.
—Mi madre diseñó los trajes de boda para nosotros. Las fotos salieron hermosas. Valeria nunca ha usado un vestido de novia, y le gustaría probarse el tuyo.
—Pero es de mi talla —respondí con frialdad.
—Ella tiene casi la misma que tú —replicó enseguida.
Reí con amargura.
—¿Y tú cómo sabes cuál es su talla?
Su rostro se endureció de inmediato, molesto y avergonzado.
—Verónica, estoy tratando de hablar contigo con calma. No hagas berrinches. Tú fuiste quien la lastimó. Que ella te perdone ya fue un gran logro tras mis ruegos. No te pases de la raya. Te lo devolverá el día de la boda.
—Está bien.
Fui por el vestido de novia, brillante como la luz.
La tía María lo diseñó apresuradamente cuando supo que estábamos juntos. En ese momento, ya le habían diagnosticado cáncer. Cuando el vestido quedó terminado, ella cerró los ojos para siempre, no del todo en paz.
En mi vida pasada, había cuidado de la familia Ríos por ella. Pero en esta vida había decidido vivir por mí.
Leobardo, al recibir el vestido, mostró una felicidad desbordante y salió de inmediato.
Una hora después, recibí otro mensaje desde una cuenta nueva de Valeria.
«El vestido es mío, al igual que él.»
El vestido en ella parecía una flor de cactus en plena floración, mientras Leobardo la sostenía con una ternura infinita.
Entonces noté una mancha en la esquina del vestido. Había sido manchado con un líquido extraño.
El asco me revolvió el estómago, y, rápidamente, tecleé una breve respuesta:
—Todo tuyo.
Capítulo 4
Recorté mi figura de todas las fotos y las eché en un brasero, quemándolas hasta que no quedó nada. Luego vendí los regalos que Leobardo me había dado.
La aprobación de mi ingreso al equipo científico fue confirmada. Fui al instituto de investigación a completar los trámites.
El director me recordó una vez más:
—Aunque haremos todo lo posible por garantizar la seguridad del equipo, el clima en las regiones polares es extremo y peligroso. Cuídate mucho.
Por precaución, después de salir del instituto, fui a la antigua casa de la familia Vega.
Antes de morir, mamá me había dejado algo muy importante, pero, temiendo que me aferrara al recuerdo, lo había guardado en esa casa.
Todo en la casa seguía tal y como estaba cuando mis padres vivían. Era como si nunca me hubieran dejado.
Una punzada de tristeza me subió por la garganta, y toda la pena contenida en el corazón brotó de golpe.
Secándome las lágrimas, encontré la caja fuerte de aquellos años. Al abrirla, me quedé helada.
Estaba vacía.
Revisé cada rincón de la casa, pero no había ni rastro. Justo cuando la desesperación me invadía por completo... las palabras de una enfermera resonaron en mi mente.
—Sí, yo misma vi al señor Ríos ponerle a su esposa un brazalete de jade imperial con sus propias manos.
¡Era Leobardo!
Lo llamé desesperadamente, pero, como en mi parto en la vida pasada... nunca contestó.
Sin embargo, en esta ocasión, no pensaba esperar, por lo que corrí directamente al Grupo Ríos.
La recepcionista me vio y su rostro se llenó de pánico, mientras me bloqueaba el paso.
—Tengo acciones en la empresa —le informé, apartando su mano de mi brazo—. ¿Ni siquiera puedo entrar?
Ella dudó, quería decir algo más.
Tomé un bate de béisbol que estaba al lado y me lancé hacia adentro.
La oficina de Leobardo estaba vacía, pero la puerta del cuarto interior estaba entreabierta, a través de la cual resonó la voz melosa de Valeria:
—¿Leobardo, de verdad piensas casarte con Verónica? ¿No decías que yo era tu verdadero amor? Tu madre ya murió, esa carta de compromiso no tiene valor.
Desde el interior se escuchaban besos entrelazados. Cuando habló, la voz de Leobardo sonó cargada de deseo:
—Valeria, dame un poco más de tiempo. Tu aborto dañó tu cuerpo. El médico dijo que será difícil que vuelvas a quedar embarazada. Verónica justo resultó estarlo. Ese bebé podría ser mi único heredero. No puedo ignorarlo. Cuando el niño tenga edad para ir a la escuela, me divorciaré de ella, y me quedaré contigo. El niño también será tuyo. Solo te pido unos años de paciencia, ¿sí?
La rabia me recorrió el cuerpo. Sentí un mareo tan fuerte que casi no pude mantenerme en pie. Jamás imaginé que Leobardo tuviera todo planeado desde el principio.
De pronto, la puerta del cuarto interior se abrió, y Leobardo se congeló al verme, demostrando un intenso nerviosismo.
—Verónica, ¿qué haces aquí?
Valeria salió detrás de él, escondiéndose tímidamente a su espalda y fingiendo acomodarse la ropa.
Ya no tenía ganas de hablar con ellos. Apunté directamente a Leobardo con el bate.
—¿Dónde está el brazalete de mi madre? ¡Devuélvemelo!
Al notar que no había escuchado su conversación, Leobardo suspiró aliviado. Pero, al entender mis palabras, frunció el ceño.
—¿Por qué de repente lo quieres?
—Dije que lo devuelvas —repuse elevando el tono de voz.
Elevé el tono de voz.
—Verónica, esto es una empresa —dijo Leobardo con autoridad—, no un lugar para hacer escándalos.
Valeria se asomó detrás de él, y agitó la muñeca.
—¿Te refieres a este? ¿Por un simple brazalete vas a armar semejante escándalo? Solo lo tomé prestado porque me gustó el color. No te enojes, hermanita.
—Dije que me lo devuelvas —repetí, fulminándola con la mirada.
Valeria torció los labios y, a regañadientes, se lo quitó. Pero, al pasármelo, soltó la mano intencionalmente. El brazalete cayó al suelo y se partió en tres pedazos.
El mundo quedó en silencio, mientras, llorando, recogía los fragmentos.
Con todas mis fuerzas, le di una bofetada a Leobardo y salí de la empresa aturdida.
Él intentó seguirme, pero los sollozos de Valeria lo retuvieron.
Un día después, tiré todas las cosas de la casa de los Ríos que estuvieran relacionadas conmigo.
Afrontando el viento, abordé el barco rumbo a la Antártida, dejándole a Leobardo el informe de mi aborto, la carta de compromiso rasgada, y algunas otras cosas.
Ojalá le gustara esa «sorpresa».