Capítulo 1

Antes de la boda, descubrí que llevaba más de dos meses embarazada.

Leobardo Ríos, algo ebrio, acarició mi vientre y bromeó a medias:

—Verónica Vega, aún no estoy preparado para ser padre. ¿Y si no tenemos este bebé?

Con el corazón en calma, respondí suavemente:

—Está bien.

En mi vida pasada, había insistido en quedarme con ese hijo. Pero, cuando Valeria Sánchez perdió el suyo por accidente y quedó con secuelas para volver a concebir, Leobardo me guardó rencor.

Después de la boda, su actitud hacia mí fue completamente fría, mientras el hijo que había traído al mundo tras un parto difícil, que casi me costó la vida… lloraba, deseando que Valeria fuera su madre.

Más tarde, cuando tuve un accidente de coche y me desangraba, padre e hijo pasaron junto a mí con total indiferencia, con tal de poder llegar a tiempo al parto de Valeria.

Mientras yo moría desangrada, ellos celebraban con efusividad una nueva vida.

Por eso, en esta nueva oportunidad, no volveré a perderme a mí misma ni tomaré el camino equivocado, por lo que, sin más, marqué el número del director, para anunciarle:

—Estoy dispuesta a unirme a la expedición polar.

—El director se sorprendió al oír mis palabras.

—Verónica Vega, esta expedición científica durará casi dos años. Es mucho tiempo y una tarea pesada. Estás a punto de casarte, ¿de verdad quieres hacerlo? ¿Leobardo Ríos no tiene objeciones?

Me miré en el espejo, aún sin las huellas del paso del tiempo, y respondí con firmeza:

—Él no lo merece.

El director se quedó perplejo por unos segundos y luego comprendió.

—Bien. Tienes un gran potencial en el campo de la biología polar. Si lo tienes claro, el equipo científico te da la bienvenida. Prepárate, salimos la próxima semana.

La fecha de salida coincidía exactamente con el día de mi boda.

Poco después, Leobardo salió del baño cubierto de vapor; ya casi se le había pasado la borrachera. Se sentó a mi lado, y me atrajo hacia su pecho.

—¿Por qué esa cara tan seria? ¿Sigues distraída?

El aroma de gardenia me envolvió, provocándome dolor de cabeza.

Al notar que fruncía el ceño, él sonrió.

—Estaba borracho antes y dije tonterías. ¿Cómo pudiste tomártelo en serio? Fue mi culpa. No estoy preparado, pero me esforzaré en aprender. No dejaré que ni tú ni el bebé sufran.

Pero en mi vida pasada, casi todas mis penas habían provenido de él.

Mientras hablaba, se inclinó para besarme.

En mi vida anterior, después de que Valeria Sánchez quedara embarazada de nuevo tras el tratamiento, Leobardo nunca había vuelto a acercarse a mí de esa manera, por lo que, instintivamente, me aparté, desordenando su bata y dejando al descubierto el tatuaje con marcas de mordidas.

Él me había dicho que era solo un tatuaje común, que no se lo quitaba porque dolía. Pero, en mi vida pasada, tras descubrir su infidelidad, supe la verdad. Aquellas eran las marcas que Valeria le había dejado, prueba de su dulce primer amor.

Leobardo notó mi rechazo y se molestó.

—Verónica, llevamos seis años juntos. ¿Vas a hacer un drama por un comentario sin importancia?

Negué suavemente con la cabeza.

—Estás pensando demasiado. El bebé ya se mueve, solo me siento un poco incómoda.

Leobardo me alzó en brazos y me colocó con cuidado sobre la cama.

—No tengas miedo. Aquí estoy contigo.

Sus ojos eran como un lago profundo que me había atrapado tantas veces… impidiéndome sin poder salir.

Mis padres eran amigos cercanos de los suyos. Cuando murieron en un accidente, la tía María me llevó a su casa, en donde Leobardo me había mirado así por primera vez.

—No tengas miedo. Aquí estoy contigo. Yo te protegeré.

El viento aullaba, un trueno estalló, y el timbre del teléfono sonó con urgencia, trayéndome de vuelta a la realidad.

Leobardo contestó. Al otro lado de la línea se oía el llanto lastimero de Valeria.

—Leobardo, me duele mucho el vientre. ¿Puedes llevarme al hospital?

—Mi nueva secretaria tiene problemas familiares. Como jefe, no puedo quedarme tranquilo —me dijo tras cortar la llamada, mostrándose verdaderamente preocupado.

En mi vida pasada, yo aún no sabía que esa «secretaria» era su antiguo amor. Solo me preocupaba que saliera con aquella tormenta. Había policías, médicos… él no podía hacer nada. Por eso había intentado detenerlo varias veces.

Cuando por fin llegó, Valeria ya había perdido al bebé. Y el daño había sido tan grave que los médicos le informaron que no podía volver a quedar embarazada.

Desde entonces, él me odió.

Por eso, al renacer, decidí no detenerlo.

Ahora era yo quien no lo quería.

—Eres un buen jefe. Ve —dije, fingiendo preocupación—. Su vida es lo más importante. No pierdas más tiempo.

Una sombra de culpa cruzó el rostro de Leobardo.

Pero, justo cuando estaba por salir, lo llamé.

Capítulo 2

—Es una emergencia —dijo, con un tono urgente, girándose con impaciencia—. Lo que sea que quieras decir, lo hablamos cuando regrese.

—Está frío y está lloviendo. No te vayas a resfriar —repuse, colocando un abrigo en sus brazos.

Leobardo se quedó atónito por un instante, antes de plantarme un beso rápido en la frente, y, acariciando mi vientre con suavidad, murmuró con ternura:

—Bebé, cuida de mamá mientras papá no está.

Mirando su espalda al alejarse, suspiré profundamente, frotándome el abdomen en círculos.

—Ya no volverá.

Al despertar nuevamente, la luz del sol atravesaba las nubes, y, sin pensarlo más, pedí una cita para abortar.

Pasando por el área de ginecología, oí a unas enfermeras murmurando con envidia:

—El señor Ríos trata tan bien a su esposa. Para compensarla por haber perdido al bebé, le lleva sin parar suplementos y artículos de lujo a la habitación. Incluso le lava la cara y la alimenta con sus propias manos, como si temiera que se agotara.

—Sí, yo misma acabo de ver cómo le puso en la muñeca un brazalete de jade imperial con sus propias manos.

—Qué envidia. ¿Dónde se encuentra un hombre tan bueno como el señor Ríos?

Pensé que después de haber vivido una muerte, podría dejar todo atrás, pero corazón aún me dolía intensamente.

En mi vida anterior, después de que Leobardo me culpó, tomé el acta de matrimonio escrita a mano por la tía María y logré casarme con él tal y como había soñado. Pero, luego, su actitud cambió por completo, y nunca más mostró ni el más mínimo atisbo de ternura hacia mí.

Durante los nueve meses de embarazo, no me acompañó ni una sola vez a un control prenatal. En cambio, se había convertido en el protector inseparable de Valeria.

Si Valeria se hacía un simple rasguño, él corría al hospital con ella inmediatamente.

Cuando di a luz a Javier Ríos, tuve un parto complicado. Médicos y enfermeras llamaron una y otra vez a Leobardo, pero nunca respondió.

En ese momento, él estaba disfrutando una cena romántica a la luz de las velas con Valeria, y no permitía que nadie lo interrumpiera.

Después, prácticamente crie sola a Javier.

Mientras yo le enseñaba a hablar, Leobardo llevaba a Valeria a conciertos. Mientras Javier aprendía a caminar, él acompañaba a Valeria a sus clases de patinaje. Cuando Javier tuvo una fiebre sumamente alta que no bajaba, yo velé por él, día y noche, mientras Leobardo recorría hospitales con Valeria buscando tratamientos para su infertilidad, y, al regresar, me reprendía con severidad por no haber cuidado bien del niño y haber permitido que se enfermara.

Cuando propuso que él mismo llevaría y recogería a Javier, pensé ingenuamente que quería volver a centrarse en la familia. Jamás imaginé que ese sería el golpe más cruel.

A Javier le encantaban los dulces. Pero, para evitar caries, yo controlaba estrictamente su consumo. Sin embargo, un día, mientras lo reprendía, abrió los ojos bien grandes y me apartó de un manotazo.

—Eres una mala mamá. ¡No quiero que seas mi mamá! La tía Valeria es la mujer más amable y buena del mundo. Ella sí debería ser mi mamá. ¡Lárgate! ¡Esta es mi casa!

En ese momento me di cuenta de que, en sus corazones, yo era la intrusa.

Más tarde, tuve un grave accidente y quedé tendida en un charco de sangre. Leobardo pasó por allí conduciendo, con Javier en el asiento trasero, con sus rostros —tan parecidos— reflejando la misma indiferencia.

—Qué mala suerte. No mires. No vaya a afectar al bebé de tu mamá Valeria.

Dicho eso, aceleraron y se alejaron sin siquiera mirarme una vez más.

Un transeúnte me llevó al hospital. Y todos los jefes de departamento con más antigüedad se reunieron en el quirófano.

Una pared nos separaba.

Mientras yo moría desangrada en la planta superior, bajo a mí, ellos celebraban la llegada de una nueva vida.

Recordar mi muerte hacía que el dolor me ahogara.

Pálida como el papel, salí de allí.

En la esquina me encontré con Leobardo y Valeria.

Al verme, Leobardo se puso nervioso y soltó instintivamente la cintura de Valeria.

Un segundo después, ella pareció desmayarse, y él, alarmado, volvió a abrazarla con fuerza, mientras se apresuraba a explicar:

—La secretaria Sánchez se lastimó, así que decidí quedarme a cuidarla. Verónica, no lo malinterpretes.

Valeria se inclinó levemente de forma deliberada, con su blusa desordenada, dejando ver las marcas de mordida en el mismo lugar.

Si fuera mi yo de antes, los habría enfrentado en público, haciéndolos quedar en ridículo. Pero en ese momento esas cosas repugnantes que tanto me habían afectado, ya no podían herirme.

Sonreí.

—¿Cómo crees? Sé que todo lo haces por el futuro del Grupo Ríos. Has trabajado mucho.

Leobardo suspiró aliviado y asintió con fuerza. Pero en el rostro de Valeria apareció una sombra de malicia. Un segundo después, cambió su expresión a una de fragilidad y tiró suavemente de la manga de Leobardo.

—Tengo frío, Leobardo. ¿Puedes traerme mi chal?

Una vez que él se fue, ella dejó de fingir y alzó una ceja con arrogancia.

—¿Te haces la comprensiva para ganar su compasión? ¿Crees que así te amará más? Verónica, no pierdas el tiempo. ¿De verdad crees que solo soy su secretaria?

Se acercó y se abrió la blusa hasta la clavícula.

—Mira bien. Leobardo y yo fuimos el primer amor del otro. Nunca me ha olvidado. Tú solo fuiste un consuelo mientras yo no estaba. Si no fuera por el acta de matrimonio que te dio su madre, ¿de verdad crees que habría querido casarse contigo?

Al ver su expresión llena de celos, sentí una tristeza inesperada.

—Si lo amas tanto y él te ama como dices... ¿por qué no se atrevió a desafiar a la tía María y casarse contigo? Quizás no te ama tanto.

Los ojos de Valeria se llenaron de pánico.

—¡Mientes!

De pronto, me tiró del brazo con fuerza, y, como una hoja seca, caí por las escaleras.

Desde lejos, se escuchó un grito agudo y pasos acercándose a toda velocidad.

Capítulo 3

Leobardo corrió con todas sus fuerzas, con el rostro pálido como el papel. Justo cuando estaba por caer por las escaleras, alcanzó a atraparla.

Me enderecé y los miré a los dos.

La angustia de Leobardo casi podía tocarse, mientras Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas y me miraba con incomprensión.

—Hermana, fui imprudente. No debí pedirle al señor Ríos que me acompañara en la habitación. Te pido disculpas. Pero, por más molesta que estés, ¡no tenías derecho a empujarme por las escaleras!

Al oírla, Leobardo la alzó en brazos y me lanzó una mirada encendida de furia.

—¡Verónica! ¿Por qué la lastimaste? ¡¿Sabes que acaba de lesionarse?! Si hubiera caído, ¡podría haber muerto! ¿En qué momento te volviste tan malvada?

Me empujó con fuerza y se marchó con ella en brazos.

Mi vientre golpeó contra la barandilla y el dolor me hizo sudar frío. La sensación de estar al borde de la muerte me envolvió otra vez.

Lloré y grité con todas mis fuerzas, pero Leobardo no miró atrás ni una sola vez.

Aunque en esta vida él no me culpaba por la pérdida del bebé de Valeria, igual no me había elegido a mí.

La sangre comenzó a correr por mis muslos.

Unas enfermeras cercanas me vieron y me llevaron rápidamente al consultorio.

—La situación no es favorable —me informó el doctor, frunciendo el ceño—. Es muy difícil salvarlo.

Saqué el comprobante de la cita y, con voz ronca, logré articular a duras penas:

—Doctor... déjelo así.

En la vida pasada, di todo por Javier. Pero él nunca lo valoró, y ayudó a otros a clavarme cuchillos en el corazón. Si no me quiere como madre, que en esta vida se busque a otra. Mi corazón hecho pedazos, ya no puede albergarlo.

La anestesia se esparció por mi cuerpo, tan helada como mi alma.

Cuando desperté, mi cuerpo se sentía completamente vacío,. Sabía que el único lazo entre Javier y yo en este mundo se había roto por completo.

El teléfono sonó con una notificación de una cuenta desconocida.

Una foto mostraba a Leobardo y Valeria con sus tatuajes de mordida sobre las clavículas, tomados de las manos.

Después de lo sucedido, ella ya no quería esconderse. Pero ahora yo no tenía ni la menor intención de competir con ella por nada.

Sin responder, la bloqueé.

Tres días después, regresé a casa.

La vieja mansión de los Ríos, donde viví casi diez años, estaba igual que cuando me había ido. La pared estaba cubierta de fotos mías con Leobardo.

Yo era dos años menor que él. A los cinco años, en una función de preescolar, actuamos juntos en una boda de cuento, a los doce años, cuando tuve mi primer periodo, él creyó que estaba gravemente enferma y lloró, abrazándome, y, a los quince, cuando mis padres murieron, me palmeó el hombro y susurró:

—No tengas miedo. Aquí estoy contigo.

A los veintiuno, recién regresado del extranjero y borracho, me besó por primera vez.

Mi corazón cayó entonces en el abismo llamado Leobardo... y se hizo trizas.

***

Arranqué todas las fotos de la pared, y, en cuanto terminé, Leobardo regresó. Camino hacia mí, con una expresión indescifrable.

—¿Por qué arrancaste todas las fotos?

—Quiero redecorar —respondí sin pensar, para poder irme sin problemas.

Tras esto, sin decir nada, se sentó y comenzó a ayudarme a recoger las fotos.

Un rato después, dijo:

—Sé que te importo. Lo que hiciste ese día fue solo por enojo. Valeria está bien. Acepto perdonarte. Ella no presentará cargos contra ti. Sin embargo, tiene una condición.

Levanté la cabeza y lo miré, esperando que continuara.

Leobardo frunció ligeramente los labios.

—Mi madre diseñó los trajes de boda para nosotros. Las fotos salieron hermosas. Valeria nunca ha usado un vestido de novia, y le gustaría probarse el tuyo.

—Pero es de mi talla —respondí con frialdad.

—Ella tiene casi la misma que tú —replicó enseguida.

Reí con amargura.

—¿Y tú cómo sabes cuál es su talla?

Su rostro se endureció de inmediato, molesto y avergonzado.

—Verónica, estoy tratando de hablar contigo con calma. No hagas berrinches. Tú fuiste quien la lastimó. Que ella te perdone ya fue un gran logro tras mis ruegos. No te pases de la raya. Te lo devolverá el día de la boda.

—Está bien.

Fui por el vestido de novia, brillante como la luz.

La tía María lo diseñó apresuradamente cuando supo que estábamos juntos. En ese momento, ya le habían diagnosticado cáncer. Cuando el vestido quedó terminado, ella cerró los ojos para siempre, no del todo en paz.

En mi vida pasada, había cuidado de la familia Ríos por ella. Pero en esta vida había decidido vivir por mí.

Leobardo, al recibir el vestido, mostró una felicidad desbordante y salió de inmediato.

Una hora después, recibí otro mensaje desde una cuenta nueva de Valeria.

«El vestido es mío, al igual que él.»

El vestido en ella parecía una flor de cactus en plena floración, mientras Leobardo la sostenía con una ternura infinita.

Entonces noté una mancha en la esquina del vestido. Había sido manchado con un líquido extraño.

El asco me revolvió el estómago, y, rápidamente, tecleé una breve respuesta:

—Todo tuyo.

Mi hijo rogaba por la ex de mi esposo como madre… Reencarné y lo eliminé sin dudar

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