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Rasgando el Tiempo
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Rasgando el Tiempo

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En la novela de fantasy Rasgando el Tiempo, Sarah regresa a Portland y descubre un poder para retroceder los días. Junto a Hanna y Zoey, explorará este misterio en una trama de young adult y lgbt. Una de las fiction fantasy novels que revela secretos oscuros y desafíos temporales.
Capítulo 1 de Rasgando el Tiempo

No me sentía especialmente seducida por la idea de dejarme ver en aquella fiesta pija. En mi corta vida de adolescente jamás me había sentido atraída por aquellos eventos donde la supuesta élite estudiantil se coloca con todo tipo de sustancias y las chicas aprovechan para zorrear con el primero que pasa por allí luciendo modelitos caros. Pero no me quedaba más remedio: mi amiga Sofia me mandó un mensaje al móvil que sonaba ciertamente inquietante:

"Sarah, estoy en la fiesta del Club Olimpo. Esto no va bien, tengo un mal presentimiento y me empiezo a marear. Me cuesta teclear. Bss"

Pobre Sofia. En comparación suya, incluso yo soy el alma de las fiestas. Me pregunté qué narices pintaba mi nueva amiga y compañera de clase modélica, modosita y buena cristiana, en un sitio como aquel... era como meter una oveja en la jaula de los leones. Ni idea de quién habría convencido a Sofia para estar allí, pero apuesto a que al catar la primera copa de vino se empezaría a marear debido a la falta de costumbre, fliparía en colores, y entonces me habría mandado ese mensaje tan alarmista. La verdad, dudo mucho que pueda ocurrir algo realmente preocupante... pero me tenía que asegurar. Para qué están las amigas si no es para rescatarte de situaciones donde corres el riesgo de que veinte tíos colocados te hagan un traje de babas y te violen con la mirada... de todas formas, tampoco tenía ningún plan mejor para este sábado noche. Allá vamos, SuperSarah.

Abandoné mi habitación de la residencia de estudiantes y me puse en movimiento hacia la fiesta. Apenas había un breve paseo hasta allí, ya que se celebraba en el mismo recinto de la academia, concretamente en la piscina donde entrena el equipo de natación. Bienvenidos a la academia Milthon: un lugar que presume ser el centro educativo más prestigioso de Portland, Oregón; y cuyo director, sin embargo, consiente esta clase de depravaciones. El curso escolar empezó hace apenas unas semanas y todavía estoy en proceso de acostumbrarme a la vida dentro del campus, pero una de las primeras cosas que se aprenden al llegar aquí es que hay ciertas personas muy poderosas que tienen pleno control de todas las instituciones de la ciudad, incluyendo, por supuesto, nuestra academia. Si a eso le añades que el hijo de una de esas personas tan influyentes es alumno honorífico y organiza todo este tinglado del elitista Club Olimpo y sus fiestas, pues atas cabos. Podría hablar largo y tendido sobre la academia Milthon y su fauna, pero prefiero dejarlo para otro momento. Además, me encontraba ya en el patio central, junto a la entrada que da a la piscina, y lo único que quería era encontrarme con Sofia, quedarme tranquila cuanto antes y volver a casa.

Ya desde antes siquiera de abrir la puerta de acceso, torcí el morro: se colaba por fuera una estruendosa música electrónica que no va para nada conmigo, aunque ya me imagino que es lo habitual en una fiesta de este tipo. Sería increíble que algún día en algún evento de por aquí me pusieran algo de Coldplay o Artic Monkeys, pero de momento creo que puedo seguir soñando. Respiré hondo antes de adentrarme.

—Ostras... —me dije para mí misma a la vez que miraba desubicada en todas direcciones— Así que así son las fiestas del Club Olimpo...

Durante los primeros pasos me sentí como una completa extraterrestre: todo el local se encontraba a oscuras, salvo por aquellas parpadeantes luces que te dejan ciega; un volumen atronador que no te permitía hablar si no es a gritos, y gente bailando al ritmo de la música, tanto dentro como fuera de la piscina. Me sorprendí de la cantidad de alumnos que se habían apuntado a la fiesta: se encontraban incluso varios compañeros míos de clase de fotografía a los que no esperaba ver en un sitio como aquel ni en broma, como el introvertido Daniel, o Alyssa, la rata de biblioteca de la clase. Incluso estaba por ahí Brooke, una de las cerebritos de la academia... jamás me la habría imaginado divirtiéndose de otra forma que no fuese un haciendo un experimento científico o volando su famoso dron por el campus. A mi paso, varias personas se pararon para fijarse en mí y dedicarme unas miradas de extrañeza de lo más variopintas. Supongo que ver entrar a una chica sin maquillar, en deportivas, vaqueros y una sudadera gris de andar por casa no era a lo que más estaban acostumbrados los habituales de este tipo de eventos. Que os den a todos, como si me importara una mierda lo que penséis de mis pintas. Seguí avanzando, buscando a Sofia con la mirada en todas direcciones, pero no la encontraba. Atravesé todo el local de punta a punta, empezando por el ropero y pasando por el borde de la piscina, hasta llegar a lo que me imaginaba que sería una especie de zona VIP delimitada por unas cortinas cutres. No parecía estar nadie vigilando la entrada en aquel momento y ya no me quedaba ningún otro sitio por mirar, con lo cual aparté sin demasiado disimulo una de las cortinas y me colé dentro.

Vaya con el Club Olimpo... así que contaban incluso con una zona VIP para sus celebraciones. Me pregunté si las actividades del club incluían alguna otro evento que no fuera organizar fiestas en las que sus miembros se colocan como si no hubiera un mañana. Me suena haber oído que se fundaron en la época de Ronald Reagan como un grupo social reivindicativo, pero que degeneró hasta convertirse en lo que es hoy. El caso es que parece ser que la única forma de convertirse en uno de los alumnos populares de Milthon pasa por unirse al susodicho club. Conmigo, desde luego, que no cuenten.

El ambiente en la sala VIP tenía un toque diferente: sonaba música Chill Out y la gente estaba mucho más desfasada. Allí se encontraba el núcleo duro del club: la reina del pijerío Victoria, sus amigas —que más bien parecen sus secuaces— y varios miembros de los Bigfoots: el equipo de fútbol americano de la academia. Vi varias parejitas liándose, algunos parecían estar en un estado de nirvana en el cual ni siquiera se percataban de mi presencia, mientras que otros tantos bailaban pero a un ritmo mucho más pausado que afuera. Por un momento pensé que podría haber estado bien sacar del bolso mi inseparable cámara instantánea y echar alguna inquietante fotografía, pero enseguida deseché la idea. A pesar de mi casi obsesión por fotografiarlo todo allá adónde voy, creo que esta noche haré una excepción: prefiero no inmortalizar lo que vea hoy aquí y no enturbiar de más la imagen que tengo de mis compañeros.

Ladeé la cabeza en todas direcciones. Sofia tampoco parecía encontrarse allí. De repente, una voz que me era familiar interrumpió mi búsqueda.

—¡Hey, Sarah! ¿Cómo tú por aquí?

Rechiné los dientes. Mierda.

—Hola, Logan. Esto... ¿no habrás visto a Sofia por aquí, verdad?

—Yo te cuento lo que quieras si meneas ese culito para mí, ¡guapa!

Me daban ganas de potar. Logan es el típico corpulento abusón con el que todo centro educativo americano cuenta. Además de dejar preñada a su ex y abandonarla, ahora va por la vida tratando de tirarse a todo lo que tenga ojos y se mueva. La flor y nata de la academia, vamos. A lo mejor logra engañar a alguna que se deje impresionar por el hecho de jugar en el equipo de fútbol, pero yo no soy ese tipo de chica. Además, no me parece especialmente guapo de cara ni me van las pintas pijas con las que había venido hoy a la fiesta.

—Para el carro, Logan. Necesito encontrar a Sofia, es importante.

—¿Por qué nunca hablas conmigo, Sarah? ¡Si eres una tía cañón! Venga, vamos a bailar un rato... —sus manos se dirigían peligrosamente hacia mis caderas. Le paré en seco.

Una tía cañón, dice. Yo al menos me considero una chica de lo más normal y no me gusta ser el centro de atención. No soy alta, visto siempre de forma casual, llevo una discreta media melena y no adorno mi pelo castaño con ningún tinte raro. Nunca he sido una persona especialmente preocupada por el físico, pero evidentemente contarle todo esto a Logan ni me apetece, ni lo iba a entender. Él va a lo que va.

—Logan, estás borracho. Y no hablo contigo porque eres un cabrón. Abandonaste a Dana cuando más te necesitaba, y ahora estás intentando ligar conmigo. Espero que estés orgulloso de ti mismo.

—Vaya, vaya... ¡Así que la chica hípster se me pone chulita! Me ponen las tías como tú. Nos lo vamos a pasar muy bien esta noche, Sarah...

Según hablábamos, trataba de arrinconarme contra una pared. Tenía los ojos inyectados en sangre y la mirada perdida. Me estaba empezando a dar miedo.

—Tengo que irme —desvié la mirada buscando una salida—. Adiós, Logan.

—Tú no vas a ninguna parte —apoyó las manos contra la pared impidiéndome escapar—. A mí esta noche me apetece Sarah, y nada me va a hacer cambiar de opinión.

No tenía margen de movimiento. Antes de que pudiera impedirlo, los robustos brazos de Logan me inmovilizaron y empezó a tocarme, sin avisar y sin anestesia, directamente en mi entrepierna.

—¡No! —proferí un grito ahogado, pero nadie podía oírme. Mientras frotaba enérgicamente sus asquerosos dedos contra mis partes íntimas, Logan me tapaba la boca con su mano libre y clavaba su mirada de pervertido en mí. No podía hacer nada, estaba completamente a su merced. Por favor, que alguien me ayude.

Me encontraba a punto de llorar de impotencia cuando ocurrió el fenómeno más extraño que había visto en mi vida: de repente, el tiempo paró. Así sin más: como si todos los relojes a la vez hubieran decidido pegar un repentino frenazo, para luego meter marcha atrás y retroceder las agujas. Presencié como todas las acciones recién acontecidas se deshacían una a una a gran velocidad. La mano de Logan salió de mi entrepierna, dejó de aprisionarme, y se volvió caminando hacia atrás hasta la posición donde se encontraba antes de que me abordara. Cuando ya me encontraba a salvo, el flujo del tiempo volvió a la normalidad. Logan se encontraba a su bola como si yo nunca hubiera estado allí.

—Pero... ¿qué coño acaba de pasar? ¿Acabo de... rebobinar el tiempo?

Apoyada en la pared donde Logan acababa de abusar de mí, trataba de recuperar el aliento mientras buscaba una explicación razonable a lo que acababa de suceder. No tenía ninguna lógica: no estoy soñando ni estoy colocada como la gente a mi alrededor. ¿Qué te ocurre, Sarah? ¿Te acabas de volver completamente loca?

—¡Hey, Sarah! ¿Cómo tú por aquí?

Misma frase. Mismo personaje. Interrumpiendo mis pensamientos, Logan de nuevo se había percatado de mi presencia, provocando que se repitiera exactamente la misma escena de hace un momento. Mierda, tío, dame un respiro...

—Maldito cabrón... ¡pagarás por esto! —no soy una persona que imponga mucho físicamente y mi voz es más bien suave, pero estaba fuera de mí y traté de sonar lo más amenazante que pude— ¡Te voy a cortar la polla en rodajas, abusón hijo de puta!

Durante una fracción de segundo Logan parecía confundido por mis repentinas palabras, pero enseguida le cambió el gesto, tornándose violento.

—¿A quién llamas hijo de puta, zorra? —me agarró por el cuello y me aprisionó de nuevo contra la misma pared de antes— Ven aquí, nos vamos a divertir un rato tú y yo...

No. Otra vez, no. Ni de coña. Deseando escapar de allí, cerré los ojos y me concentré todo lo que pude. Para mi sorpresa y mi alivio, volvió a ocurrir exactamente lo mismo: el tiempo empezó a correr marcha atrás y todas las acciones recién acontecidas se deshicieron una por una como si estuviera rebobinando una vieja cinta de vídeo: Logan soltó su mano de mi cuello y volvió marcha atrás hacia su posición original.

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