Capítulo 3

Al principio, cuando supe que estaba embarazada, Miguel no mostró emoción alguna. Siempre tenía esa expresión indiferente, como si nada pasara.

Hasta que un día entró a una iglesia y se arrodilló. Me repetía una y otra vez que solo no sabía cómo expresar lo que sentía. Me conmoví hasta lo más hondo con todo lo que hacía.

Pero era mentira. Era mentira lo del amuleto, era mentira su preocupación y era mentira su amor.

Miguel peló una manzana y me la acercó a la boca. Yo aparté la cara, y él se quedó un instante en blanco, como si no entendiera.

Al rato, se animó a preguntar con cautela:

—Amor, ¿hoy en la mañana me contestaste una llamada?

Frunció el ceño, ansioso, esperando mi respuesta. Cuanto más me quedaba callada, más se le notaba el miedo, la culpa, la inquietud. Volvió a preguntar, esta vez sin rodeos:

—¿Qué escuchaste?

Volteé la cara, agotada.

—Nada. En cuanto agarré el celular, se me cayó al piso.

Él soltó el aire, aliviado, y volvió a ponerse esa sonrisa de siempre. Me acomodó la cobija con delicadeza.

En voz baja, como si fuera una pregunta inocente, dijo:

—Amor, si nuestro bebé no llegara a nacer, ¿podemos adoptar?

Ya estaba desesperado por cumplirle la promesa a Patricia.

Se me torció la boca y le devolví la pregunta:

—¿Te acuerdas de lo que juraste cuando nos casamos? Dijiste que si me hacías algo imperdonable, vivirías con culpa toda la vida, que no tendrías paz.

Se me escapó una risa amarga. Los juramentos pueden ser preciosos, sí, como un meteoro: brillan, pero se apagan en un instante.

Miguel me miró, pálido, y negó con la cabeza una y otra vez, como si con eso pudiera borrar todo.

—¡Amor, yo jamás te haría algo así! ¡Créeme!

Yo sonreí como si no me importara. Me metí debajo de la cobija.

—Estoy cansada.

Estoy cansada de seguirte la corriente en esta farsa de amor eterno.

***

Un día antes de la fecha de parto, volví a casa.

Desde que quedé embarazada, Miguel me tenía internada en el hospital. Cualquier molestia, por mínima que fuera, y él ya llamaba al médico, a cualquier hora.

Ahora ya no había nada que vigilar; total, este bebé ni siquiera iba a nacer.

La casa estaba llena de cosas de bebé. Antes yo creía que era porque Miguel estaba feliz, preparando todo para nuestro bebé. Ahora lo entendía: era para el hijo de Patricia.

La computadora estaba encendida; me acerqué y vi un contrato abierto.

Era un acta notarial sobre el heredero del Grupo Michaus. Deslicé la pantalla hacia abajo y ahí estaba el nombre de la madre escrito con toda claridad:

Madre: Patricia López.

En la sala estaban nuestras fotos de boda, las fotos de cuando éramos novios. Incluso la cerámica que pintamos juntos en la universidad seguía en un lugar visible, como si nada hubiera cambiado.

Mientras más feliz se veía todo, más me apuñalaba por dentro.

¿Todavía me amaba? Pasé los dedos por su sonrisa en la foto de boda, con una caricia suave. Éramos la pareja perfecta a los ojos de todos, él me consentía hasta el punto de provocar envidia.

Todavía recuerdo el día que acepté su declaración de amor: me abrazó y lloró de emoción, sin poder detenerse. Me dijo que me amaría toda la vida, que nunca soltaría mi mano.

También recuerdo aquella vez en que Patricia tuvo fiebre y se equivocó de habitación; se quedó dormida en mi cama. Al darse cuenta, él regañó con furia a Patricia y su madre y quiso echarlas de la casa.

Fui yo la que tuvo compasión: la madre de Patricia ya era mayor, y Patricia todavía era estudiante, dejé que se quedaran.

Nunca imaginé que esa compasión me iba a arrebatar lo que más amaba.

Las señales de su infidelidad estaban ahí desde hace mucho. Con la excusa de ayudarle con las tareas, entraba y salía de la habitación de Patricia a cada rato.

Pero si ni siquiera estudiaban la misma carrera en la universidad, ¿de verdad necesitaba que él le "explicara" las tareas?

Capítulo 4

El amor verdadero de Miguel era para ella; su preferencia también. Incluso la herencia.

¿Y a mí qué me dejaron estos ocho años? Puras mentiras, engaños y una hipocresía de doble cara.

La puerta se abrió de golpe. Miguel y Patricia entraron besándose, sin soltarse, como si no hubiera nadie más en el mundo.

Yo me quedé clavada ahí, sin poder ni mover un pie. Así que eso de mandarme al hospital, eso de "preocuparse" porque no me sintiera bien, también era mentira. Solo quería sacarme de la casa, dejar la casa libre para que ellos pudieran verse a escondidas.

En ese instante, yo era la intrusa. Y ellos parecían un matrimonio enamorado desde hace años.

Los gemidos de Patricia retumbaron por toda la casa. Ella arqueó el cuello, respirando entrecortadamente.

—Cariño, si nos hubiéramos conocido antes, ¿habrías elegido casarte conmigo?

Él respondió con fuerza, con una brutalidad que sonó a regaño:

—¡Basta, no digas tonterías! ¡Si no fuera por Susana, ni te miraría!

—¿Ah, sí? Pero bien que te metiste en mi cama. Y dijiste que hacerlo conmigo, con Susana en la casa, te excita más. Eres un mentiroso.

Sus gemidos se hicieron más fuertes. Me tapé los oídos, intentando no escuchar, pero las palabras de Miguel se me metían a la fuerza, como agujas. Me punzaron el corazón, me desgarraron el alma, me hicieron trizas la poca dignidad que todavía me quedaba.

—Sí, todavía amo a Susana —dijo—. Pero después de ocho años también se cansa uno. Buscar un poco de emoción, ¿qué tiene de malo?

Así que esa era su razón.

Se me torció la boca en una sonrisa amarga.

El dolor me sacudió el cuerpo entero. El vientre se me retorció con una punzada feroz; perdí el equilibrio. Me doblé y caí al suelo con un golpe seco. Fue tan fuerte que lo sobresaltó.

Miguel salió corriendo hacia mí, ni siquiera tuvo tiempo de ponerse la ropa. Al verme tan pálida, me levantó en brazos desesperado y me llevó al auto.

Dentro del auto, me apretó la mano. Él lloraba, temblando de pies a cabeza.

Su angustia era real, pero las marcas de besos en su piel también lo eran.

—Mi amor, cuando nazca el bebé, te lo explico todo, ¿sí? Solo aguanta un poquito…

Una lágrima me resbaló por el rabillo del ojo. Esbocé una sonrisa sin vida y aparté la cara.

Me llevaron al quirófano. José presionó el émbolo de la jeringa y me dijo en voz baja:

—Después de la inyección, va a entrar en un shock simulado durante un día. ¿Está lista?

Asentí, con la cara hecha ceniza.

—El aviso de estado crítico que él firmará después… recuerde cambiarlo por el acuerdo de divorcio.

—De acuerdo.

La aguja se hundió despacio en mi brazo. La debilidad me inundó entera. Cerré los ojos, poco a poco.

Más tarde supe que, afuera de urgencias, Miguel caminaba de un lado a otro, fuera de sí. Nadie lo había visto nunca así: tan destrozado.

José salió con el aviso de estado crítico y se lo dijo:

—Señor Michaus, su esposa tuvo una hemorragia masiva; quizá necesitemos su firma.

Miguel pateó con furia el mostrador de enfermería y rugió, desgarrado:

—¡Me da igual lo que cueste, tienen que salvar a Susana! ¡Salven a mi esposa, ¿me oyeron?!

Firmó de inmediato, con la mano temblándole, y se quedó mirando cómo el médico volvía a entrar al quirófano, desesperado.

Diez minutos después, me sacaron cubierta por una sábana blanca. José habló con pesar:

—Señor Michaus, lo siento. Hicimos todo lo posible.

Las manos de Miguel temblaron al levantar la sábana. Se quedó mirando mi rostro pálido, sin moverse.

Luego dio dos pasos atrás, se desplomó en el suelo, hecho pedazos. Murmuraba una y otra vez, como un loco:

—No lo creo, no lo creo, no lo creo…

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Muerta para Él, Libre para Mí

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