Capítulo 1

Cuando descubrí que estaba embarazada, Miguel Michaus gastó una fortuna en contratar a un médico de renombre para que me prescribiera medicamentos para proteger al bebé.

Él, que jamás fue creyente, se arrodilló en una iglesia durante horas, rogando que yo pudiera dar a luz sana y salva.

—Amor, has sufrido mucho. Cuando nazca el bebé, te lo voy a compensar como te lo mereces.

Ese mismo día, por accidente, contesté una llamada en su lugar.

—Señor Michaus, tal como indicó, a los medicamentos de la señora ya se les añadió el fármaco esterilizante. Cuando llegue el momento, el bebé nacerá sin vida. En cambio, el hijo de la señorita López está perfectamente sano; nacerá sin complicaciones y se convertirá en el heredero del Grupo Michaus. La señora Santerbás no notará nada, ni se dará cuenta; no se verá afectada su relación con usted. Esté tranquilo.

Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Jamás imaginé que su amor fuera tan falso.

Así que ya no tenía nada que me retuviera.

Firmé los papeles del divorcio y elegí marcharme.

Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Lo acaricié con suavidad, y las lágrimas ya me nublaban la vista.

Con razón, cada vez que le pedía a Miguel que escuchara las pataditas del bebé, él no mostraba ni una pizca de emoción. Resulta que lo sabía desde el principio: este bebé estaba condenado a no nacer.

Miguel salió del baño sonriendo.

—Amor, ¿se portó bien el bebé? ¿Otra vez anda inquieto? A ver, déjame hablarle para que se calme.

Levanté el rostro empapado en lágrimas para mirarlo. Las palabras de reproche se me atascaban en la garganta. Al verme así, se acercó alarmado y me apretó contra su pecho, nervioso.

—¿Qué pasa, amor? ¿Estás demasiado tensa? Yo voy a estar contigo todo el tiempo, no tengas miedo.

Apretó mi mano y me dieron náuseas. ¿Cómo podía ser tan cruel? Matar a nuestro bebé, mantener a su amante, y aun así soltar esas palabras dulces con naturalidad. Se me hizo amarga la boca; con dificultad, me llevé la mano al vientre y apoyé la palma, buscando una patadita.

—Cariño, ¿por qué… por qué no siento que el bebé se mueva?

Él se inclinó y pegó el oído a mi barriga. Yo lo miré fijamente, y vi esa sombra de impaciencia que asomó un instante y se le esfumó en cuanto notó mi mirada. Me habló con una ternura impecable.

—Claro que se mueve. El bebé está bien inquieto; eres tú la que estás muy ansiosa, amor. Aquí estoy contigo.

Cuando abrí la boca para preguntarle por esa llamada, tocaron la puerta. Era su asistente.

—Señor, el médico quiere hablar con usted sobre la cirugía.

Miguel me miró instintivamente y, con voz suave, dijo:

—Voy un momento y vuelvo enseguida.

Siempre que el médico tenía algo que decir, me lo decía ahí mismo, frente a mí, para que yo no me preocupara por mi estado. Pero esta vez el asistente habló en voz baja desde la puerta.

—Patricia insiste en verlo. Me da miedo que ella se altere y ponga en riesgo al bebé.

El corazón se me apretó sin darme cuenta. Los seguí en silencio, y vi cómo él entraba en la habitación de al lado.

Tal vez tenía demasiada prisa; ni siquiera se acordó de cerrar. La puerta quedó entornada, apenas una rendija, y él entró directo.

En la cama estaba Patricia López, la hija de la empleada doméstica.

Miguel pegó el oído a su vientre, sonriente, y la calmó con una voz baja y dulce.

—¿Ves? El bebé está perfecto. Ya casi vas a ser mamá y todavía pareces una niña. La próxima vez no me salgas con que te sientes mal; me preocupas, ¿sí?

Le dio un toquecito en la frente a Patricia, con una ternura que dolía. Ella sonrió, le tomó la mano y le besó los nudillos, como si fuera una niña.

—Es que te extraño. Te la pasas con esa mujer. ¿No puedes dedicarme un poquito más de tiempo?

Miguel se inclinó y le dio una lluvia de besos rápidos en los labios; luego le susurró para calmarla.

Capítulo 2

—Estos días tengo que mantenerla tranquila. Si no, ¿cómo vamos a lograr que esa mujer críe a nuestro hijo? Todo lo que hago es para que tu bebé sea el heredero de los Michaus, ¿me entiendes?

Un vacío me golpeó el pecho. Sentí un hueco que me partió por dentro. Di dos pasos hacia atrás, tambaleándome.

No solo iba a matar a nuestro hijo, también pretendía que yo criara el hijo de él y Patricia.

Hace diez minutos, ese hombre estaba junto a mi cama, apretándome la mano y diciéndome palabras de amor. Y al siguiente segundo ya estaba en la habitación de otra mujer, hablando de cómo obligarme a criar al hijo de su amante.

Si no lo hubiera escuchado con mis propios oídos, jamás me lo habría creído. Era mi esposo, el hombre al que había amado durante ocho años.

Desde dentro llegaron besos húmedos, piel rozando, susurros. Patricia soltó una risa coqueta y se le colgó del cuello.

—El médico dijo que en el tercer trimestre, de vez en cuando puedes desahogarte... ¡mm! ¡Eres un desastre!

Me quedé mirando, como si me estuviera castigando a mí misma, hasta que por fin reaccioné y me aparté.

Me fui. Paso a paso, caminé hacia el consultorio de José Chávez.

—Dígame la verdad, ¿el bebé que llevo en el vientre ya no se ha movido desde hace un buen rato?

Cuando solté esa pregunta, me sorprendió mi propia calma. Tal vez mi corazón ya estaba entumecido.

José se acomodó los lentes. Se notaba que evitaba mi mirada, pero al final cedió y me lo dijo:

—Señora, sin la autorización del señor Michaus no debería contarle esto, pero el bebé lleva ya dos meses…

Ni siquiera pudo terminar la frase.

Miguel lo sabía. Sabía el daño que le hacía a mi cuerpo llevar un feto sin vida durante dos meses. Lo que quería era que yo me rindiera por completo, para luego salirse con la suya y decirme que criara a otro niño.

Yo, con frialdad, le dije a José:

—Necesito que me ayude con algo. Después de la operación, ¿podría decirle al señor Michaus que yo morí en el quirófano?

José bajó la cabeza, lleno de culpa.

—Sí, se lo prometo.

Salí del consultorio y me topé con Patricia, que andaba dando vueltas por el pasillo. A su lado estaba Miguel, sujetándola del brazo con una paciencia que me quemó por dentro.

En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, Miguel se puso pálido. Soltó a Patricia de inmediato y caminó a grandes zancadas hacia mí, nervioso, para sujetarme.

—Amor, te he estado buscando por todas partes. ¿Cómo se te ocurre andar sola por aquí? Es peligroso.

En su pecho todavía se le marcaban rasguños rojizos, recientes, como una bofetada que me recordaba lo que acababa de pasar. Sonreí con ironía. Sí, era peligroso. Peligroso que yo descubriera su infidelidad.

—No me siento bien. Salí a buscar al médico para hablar con él.

Lo dije con frialdad y, sin armar escándalo, me aparté un poco de él.

Patricia se acercó, incapaz de ocultar su resentimiento. Con una sonrisa rara, cargada de intención, soltó:

—Susana, Miguel de verdad se preocupa por ti. Nada más se fue un par de minutos y ya anda buscándote por todo el hospital.

La burla en su cara era demasiado evidente como para fingir que no la veía. Yo todavía no había dicho nada cuando Miguel le lanzó una mirada fulminante y le gritó:

—¿Y a ti qué te importa? ¡Vete de aquí!

Usaba la frialdad y la impaciencia como máscara para esconder esa relación turbia. Pero cuando vi a Patricia marcharse furiosa y noté el destello de preocupación en los ojos de Miguel, él ya no pudo ocultarlo.

Entonces me fijé en algo: en la cintura de Patricia colgaba también un amuleto de protección. Se parecía al mío, pero no era igual.

De vuelta en mi habitación, lo busqué en internet desde el celular. Y ahí lo vi: el mío no coincidía con el auténtico.

Según varias páginas, si el amuleto era falso, podía dañar el cuerpo y afectar la salud del bebé.

Así que el verdadero era el que llevaba Patricia.

Capítulo 3

Al principio, cuando supe que estaba embarazada, Miguel no mostró emoción alguna. Siempre tenía esa expresión indiferente, como si nada pasara.

Hasta que un día entró a una iglesia y se arrodilló. Me repetía una y otra vez que solo no sabía cómo expresar lo que sentía. Me conmoví hasta lo más hondo con todo lo que hacía.

Pero era mentira. Era mentira lo del amuleto, era mentira su preocupación y era mentira su amor.

Miguel peló una manzana y me la acercó a la boca. Yo aparté la cara, y él se quedó un instante en blanco, como si no entendiera.

Al rato, se animó a preguntar con cautela:

—Amor, ¿hoy en la mañana me contestaste una llamada?

Frunció el ceño, ansioso, esperando mi respuesta. Cuanto más me quedaba callada, más se le notaba el miedo, la culpa, la inquietud. Volvió a preguntar, esta vez sin rodeos:

—¿Qué escuchaste?

Volteé la cara, agotada.

—Nada. En cuanto agarré el celular, se me cayó al piso.

Él soltó el aire, aliviado, y volvió a ponerse esa sonrisa de siempre. Me acomodó la cobija con delicadeza.

En voz baja, como si fuera una pregunta inocente, dijo:

—Amor, si nuestro bebé no llegara a nacer, ¿podemos adoptar?

Ya estaba desesperado por cumplirle la promesa a Patricia.

Se me torció la boca y le devolví la pregunta:

—¿Te acuerdas de lo que juraste cuando nos casamos? Dijiste que si me hacías algo imperdonable, vivirías con culpa toda la vida, que no tendrías paz.

Se me escapó una risa amarga. Los juramentos pueden ser preciosos, sí, como un meteoro: brillan, pero se apagan en un instante.

Miguel me miró, pálido, y negó con la cabeza una y otra vez, como si con eso pudiera borrar todo.

—¡Amor, yo jamás te haría algo así! ¡Créeme!

Yo sonreí como si no me importara. Me metí debajo de la cobija.

—Estoy cansada.

Estoy cansada de seguirte la corriente en esta farsa de amor eterno.

***

Un día antes de la fecha de parto, volví a casa.

Desde que quedé embarazada, Miguel me tenía internada en el hospital. Cualquier molestia, por mínima que fuera, y él ya llamaba al médico, a cualquier hora.

Ahora ya no había nada que vigilar; total, este bebé ni siquiera iba a nacer.

La casa estaba llena de cosas de bebé. Antes yo creía que era porque Miguel estaba feliz, preparando todo para nuestro bebé. Ahora lo entendía: era para el hijo de Patricia.

La computadora estaba encendida; me acerqué y vi un contrato abierto.

Era un acta notarial sobre el heredero del Grupo Michaus. Deslicé la pantalla hacia abajo y ahí estaba el nombre de la madre escrito con toda claridad:

Madre: Patricia López.

En la sala estaban nuestras fotos de boda, las fotos de cuando éramos novios. Incluso la cerámica que pintamos juntos en la universidad seguía en un lugar visible, como si nada hubiera cambiado.

Mientras más feliz se veía todo, más me apuñalaba por dentro.

¿Todavía me amaba? Pasé los dedos por su sonrisa en la foto de boda, con una caricia suave. Éramos la pareja perfecta a los ojos de todos, él me consentía hasta el punto de provocar envidia.

Todavía recuerdo el día que acepté su declaración de amor: me abrazó y lloró de emoción, sin poder detenerse. Me dijo que me amaría toda la vida, que nunca soltaría mi mano.

También recuerdo aquella vez en que Patricia tuvo fiebre y se equivocó de habitación; se quedó dormida en mi cama. Al darse cuenta, él regañó con furia a Patricia y su madre y quiso echarlas de la casa.

Fui yo la que tuvo compasión: la madre de Patricia ya era mayor, y Patricia todavía era estudiante, dejé que se quedaran.

Nunca imaginé que esa compasión me iba a arrebatar lo que más amaba.

Las señales de su infidelidad estaban ahí desde hace mucho. Con la excusa de ayudarle con las tareas, entraba y salía de la habitación de Patricia a cada rato.

Pero si ni siquiera estudiaban la misma carrera en la universidad, ¿de verdad necesitaba que él le "explicara" las tareas?

Muerta para Él, Libre para Mí

Capítulo 1
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo