Capítulo 5
En ese momento, no pude ver que los tres tipos en el suelo tenían expresiones de incredulidad, pero seguían haciéndose los muertos.
Leo me miró fijamente, como si quisiera leer mi alma.
Al segundo siguiente, una sonrisa se dibujó en sus labios.
Me quedé atontada, con el corazón latiendo desbocado por esa sonrisa.
Aunque esta cara se parecía tanto a la de Joaquín, y siempre lo veía como a una obra de arte, en ese instante sentí mariposas en el estómago y un dulce sabor en la lengua.
Era una sensación que ni siquiera había tenido cuando fui a la firma de autógrafos de mi ídolo Joaquín.
Antes Leo también sonreía, pero nunca tan radiante.
—Está bien.
La noche se volvía cada vez más cerrada...
En la oficina de profesores, la profesora le entregó los exámenes a Leo con una expresión de completo respeto.
Leo tomó un bolígrafo rojo y sacó un examen que decía "Lucía Herrera".
Tres minutos después, soltó una risa ligera, con una ternura en los ojos que ni él mismo notaba.
Murmuró: —Tan tonta... no acertó ni una sola.
Al día siguiente, llegó la profesora.
Con la lista de calificaciones en mano, ella empezó a leer las notas.
—Camila Ríos: seis punto uno.
Camila respiró aliviada.
—Sofía Valle: seis punto cinco.
Sofía también sonrió.
—María Castro: cuatro punto seis. Valeria Mendoza: cuatro punto ocho.
Las dos mencionadas palidecieron.
—Lucía Herrera... —la profesora hizo una mueca rara y me miró.
Yo bajé la cabeza con culpa.
—Siete.
Mi cara se iluminó y por poco golpeé la mesa.
¡Siete!
¡Con escribir cualquier cosa saqué siete!
Entonces sí, no se me había olvidado del todo lo que aprendí en primero y segundo año de universidad.
¡No defraudé a mis profesores!
Camila me miraba incrédula.
Luego, la profesora se acercó a mí, sacó una llave azul del bolsillo y la puso frente a mí.
—Esto es tu recompensa.
Agarré la llave, feliz como una lombriz.
Seguro que este objeto también se puede cambiar por dinero.
Leo bebía la leche que le compré, con una mirada tierna.
Yo estaba contentísima. Era la primera vez que aceptaba la leche que le daba, aunque fuera porque su termo se rompió y no podía tomar agua.
Al volver al edificio de dormitorios, cuando estaba por entrar al 206, Camila me bloqueó el paso.
Me exigió que le entregara la llave azul.
Me reí: —¿Y por qué te la daría?
Camila me fulminó con la mirada: —¡Si no la entregas, no pienses irte a ningún lado!
Puse cara de "estás loca": —¿Acaso tú mandas en este juego?
Di media vuelta y me fui, sin ganas de seguirle el juego a Camila.
Al día siguiente, al amanecer.
Cuando desperté, sentía el cuello un poco tieso, pero no le di importancia.
Al llegar al salón, me sorprendió ver que solo estaban Camila y Sofía. ¿Dónde estaban las demás?
Le conté a Leo lo que pasaba.
Leo comía unas galletitas mientras decía con indiferencia: —Todas se dieron de baja.
—¡¿Eh?! ¿Por qué?
—Las que sacaron mala nota, solo les quedaba irse.
Abrí los ojos como platos. ¿Qué?
¡Qué estricta es esta escuela!
Puse cara de tragedia: —Si hay otro examen, no sé si podré aprobar. Y si me va mal, también tendré que irme...
Un destello de diversión brilló en los ojos de Leo, pero fue tan rápido que no pude verlo bien.
—No te pasará.
Una semana después.
Ese día, Leo no vino a clase.
Al salir del colegio, fui a la tienda a comprar algo para picar.
Últimamente Leo por fin había dejado de rechazar mis regalos.
Descubrí que le encantan unas galletitas de vainilla, así que todos los días le llevo.
Hoy no vino a clase, así que se las llevaré directamente a su departamento.
Capítulo 6
Llegué a la puerta del edificio blanco.
De repente, la puerta del baño se abrió.
Clavé la mirada y vi al chico recién salido de la ducha, solo con una bata puesta, el cabello goteando y las gotas resbalando desde su frente hasta sus clavículas, para luego perderse dentro de la bata...
Nuestras miradas se encontraron en el aire.
Sus labios estaban más rojos que nunca, y sus ojos tenían un brillo misterioso: —¿Qué haces aquí?
Yo, con el corazón acelerado al ver su pecho semidesnudo, respondí:
—Vine... vine a traerte algo para picar.
—Ajá.
Y así, con la bata abierta, se sentó en el sofá a comer mis galletas.
Yo no me atrevía a mirar su pecho, no fuera a hacer una locura.
Sentía la boca seca, así que agarré el vaso de la mesita y me lo bebí de un trago.
La expresión de Leo cambió al instante, quiso detenerme, pero ya era tarde.
Humedeciéndome los labios, noté un sabor dulce a durazno. Estaba delicioso.
Él me miró con resignación: —Lo que acabas de beber es alcohol...
—¿Alcohol? —pregunté sorprendida—. ¡Pero si estaba bueno! ¿Hay más?
—No.
—Qué lástima...
Al poco rato, mi vista empezó a nublarse.
—Te llevaré de vuelta.
Mis ojos se posaron en sus labios rojos.
Esta vez no aparté la mirada, sino que lo observé descaradamente.
Llevaba tantos días cortejando a Leo sin ningún progreso.
El sistema seguía sin aparecer, y no podía ver cuánto había aumentado su afinidad por mí.
¿Y si todavía era cero?
Tenía que acelerar el proceso.
El juego otome duraba dos meses, y yo ya estaba cerca del final sin haberlo conquistado.
Así, cuando terminara el plazo, me quedaría sin un millón.
No sé si fue el alcohol lo que me dio valor, o si era que su belleza me tenía embobada.
Me levanté tambaleándome y, justo cuando iba a caer, giré la cadera y me dejé caer sobre él, quedando encima de él en el sofá.
Miré sus labios rojos y, ciega de deseo, lo besé...
Tenía que acelerar el cortejo, o no llegaría a tiempo.
Sus orejas ardían al rojo vivo, y su cuerpo estaba tieso como una piedra.
Temí que se resistiera, así que até sus manos con su propia corbata.
—¿Qué vas a hacer?
Con la mirada borracha, solté una amenaza: —Te voy a... ¡amar a la fuerza!
Justo cuando su cinturón estaba a punto de soltarse, una voz mecánica resonó en mis oídos—
[¡Querida, tu sistema de citas ha llegado!]
Por fin, mi sistema se había conectado.
Pero al segundo siguiente, el sistema soltó:
[¡Emergencia, jugadora! Debido a un fallo en el programa, te transporté al juego equivocado. Esto es un juego de terror, no un otome.]
[Aviso especial: la persona a la que estás molestando ahora es el súper jefe final del juego de terror.]
[De día es un NPC común, pero cada noche, a las siete, se transforma en el temible jefe final que masacra jugadores. Y, lamentablemente, faltan tres minutos para las siete...]
Fue como si un rayo me hubiera partido el cráneo, el shock se extendió por todo mi cuerpo hasta hacer temblar mis dedos.
¿Qué?
¿Me equivoqué de juego?
¿Esto es un juego de terror y no un otome?
En cuestión de segundos, recordé todas las rarezas anteriores.