Capítulo 4

Todos los snacks terminaron en mi estómago al final.

Pero no sé si fue mi imaginación, pero durante las clases sentí que su mirada se posaba sobre mí varias veces, como una mariposa que se detiene en una flor.

Unos días después.

Una noche, entre sueños, escuché gritos y alaridos afuera. Pero no sé por qué, mis párpados se volvieron cada vez más pesados y al poco rato volví a quedarme profundamente dormida...

Al día siguiente, dos de las seis chicas nuevas se dieron de baja.

Ese día, a diferencia de otros, la profesora entró al salón cargando un montón de exámenes.

Mostró una sonrisa siniestra: —Hoy tenemos examen. Solo los alumnos que saquen buena nota podrán quedarse a seguir estudiando. Los que no, recibirán un castigo.

Me agarré la cabeza. ¿Qué?

¿Tengo que presentar exámenes hasta en un juego otome?

¡Qué clase de juego es este!

No presté atención a la segunda parte de lo que dijo la profesora.

En ese momento, vi que Camila y las otras tres estaban aún más pálidas.

Seguro pensaban igual que yo: nadie quería examinarse. Se me olvidó todo lo que aprendí en el último año de prepa.

Cuando pusieron el examen frente a mí y leí las preguntas, casi vomité sangre.

¿Qué es esto?

¿Cálculo diferencial?

¿Álgebra lineal?

¿En prepa enseñan esto?

Apoyé la cabeza en la mesa sin saber qué hacer: —¡Estoy perdida!

Leo me lanzó una mirada de reojo.

De inmediato, como si hubiera encontrado un salvavidas, puse cara de pobrecita y supliqué: —¡Sálvame, Dios de la sabiduría! ¡Sálvame!

Pero al segundo siguiente, Leo dijo con total tranquilidad: —Yo tampoco sé.

¡Bien, bien, bien!

Los dos somos burros, ¿verdad?

El examen duró dos horas.

Leo durmió todo el tiempo con la cabeza sobre la mesa y dejó la hoja en blanco.

Yo, en cambio, escribí cualquier cosa.

Recordé que la profesora dijo una vez que, aunque no sepas, al menos escribas algo, quizá te den puntos por procedimiento.

Cuando terminó el examen, me sentí mucho más aliviada.

Me consolé pensando: aunque sacara la peor nota, no afectaría mi misión de conquistar al protagonista.

Pero noté que Camila y las otras estaban pálidas como fantasmas, con una mirada de desesperación en los ojos, como si estuvieran frente a la muerte.

Al atardecer, cuando estaba por volver al dormitorio, vi que tres tipos grandotes tenían acorralado a Leo.

Tenían cara de pocos amigos, todo su ser irradiaba peligro.

De inmediato pensé en la historia del protagonista.

Siempre sufría acoso escolar, era un pobrecito débil.

Estos tres seguro son los matones del cole.

No podía quedarme de brazos cruzados.

¡Era mi momento de brillar!

Corrí hacia Leo y lo puse detrás de mí.

Los tres tipos se quedaron pasmados.

Me planté frente a ellos, seria e indignada:

—¡Déjenlo en paz! O se las verán conmigo. Sé artes marciales.

No noté que la expresión de Leo era extraña.

Sus ojos eran como un abismo, me observaba en silencio, como si quisiera devorarme en cualquier momento.

Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras asentía levemente hacia los tres.

Entonces, el de cabeza rapada sonrió con desdén: —¿Y si... nos da la gana molestarlo?

Le respondí con hechos.

Minutos después, los tres estaban en el suelo.

Detesto a los que acosan en la escuela.

Después de darles su merecido, me giré hacia Leo y le mostré una gran sonrisa con todos mis dientes.

—No tengas miedo. Ahora que estoy yo, no dejaré que te vuelvan a molestar.

Le di unas palmaditas en el hombro para tranquilizarlo: —Yo te protegeré.

Los ojos de Leo brillaron con una luz indescifrable: —¿Tú... vas a protegerme?

Asentí: —¡Sí! ¡Yo te protegeré!

Capítulo 5

En ese momento, no pude ver que los tres tipos en el suelo tenían expresiones de incredulidad, pero seguían haciéndose los muertos.

Leo me miró fijamente, como si quisiera leer mi alma.

Al segundo siguiente, una sonrisa se dibujó en sus labios.

Me quedé atontada, con el corazón latiendo desbocado por esa sonrisa.

Aunque esta cara se parecía tanto a la de Joaquín, y siempre lo veía como a una obra de arte, en ese instante sentí mariposas en el estómago y un dulce sabor en la lengua.

Era una sensación que ni siquiera había tenido cuando fui a la firma de autógrafos de mi ídolo Joaquín.

Antes Leo también sonreía, pero nunca tan radiante.

—Está bien.

La noche se volvía cada vez más cerrada...

En la oficina de profesores, la profesora le entregó los exámenes a Leo con una expresión de completo respeto.

Leo tomó un bolígrafo rojo y sacó un examen que decía "Lucía Herrera".

Tres minutos después, soltó una risa ligera, con una ternura en los ojos que ni él mismo notaba.

Murmuró: —Tan tonta... no acertó ni una sola.

Al día siguiente, llegó la profesora.

Con la lista de calificaciones en mano, ella empezó a leer las notas.

—Camila Ríos: seis punto uno.

Camila respiró aliviada.

—Sofía Valle: seis punto cinco.

Sofía también sonrió.

—María Castro: cuatro punto seis. Valeria Mendoza: cuatro punto ocho.

Las dos mencionadas palidecieron.

—Lucía Herrera... —la profesora hizo una mueca rara y me miró.

Yo bajé la cabeza con culpa.

—Siete.

Mi cara se iluminó y por poco golpeé la mesa.

¡Siete!

¡Con escribir cualquier cosa saqué siete!

Entonces sí, no se me había olvidado del todo lo que aprendí en primero y segundo año de universidad.

¡No defraudé a mis profesores!

Camila me miraba incrédula.

Luego, la profesora se acercó a mí, sacó una llave azul del bolsillo y la puso frente a mí.

—Esto es tu recompensa.

Agarré la llave, feliz como una lombriz.

Seguro que este objeto también se puede cambiar por dinero.

Leo bebía la leche que le compré, con una mirada tierna.

Yo estaba contentísima. Era la primera vez que aceptaba la leche que le daba, aunque fuera porque su termo se rompió y no podía tomar agua.

Al volver al edificio de dormitorios, cuando estaba por entrar al 206, Camila me bloqueó el paso.

Me exigió que le entregara la llave azul.

Me reí: —¿Y por qué te la daría?

Camila me fulminó con la mirada: —¡Si no la entregas, no pienses irte a ningún lado!

Puse cara de "estás loca": —¿Acaso tú mandas en este juego?

Di media vuelta y me fui, sin ganas de seguirle el juego a Camila.

Al día siguiente, al amanecer.

Cuando desperté, sentía el cuello un poco tieso, pero no le di importancia.

Al llegar al salón, me sorprendió ver que solo estaban Camila y Sofía. ¿Dónde estaban las demás?

Le conté a Leo lo que pasaba.

Leo comía unas galletitas mientras decía con indiferencia: —Todas se dieron de baja.

—¡¿Eh?! ¿Por qué?

—Las que sacaron mala nota, solo les quedaba irse.

Abrí los ojos como platos. ¿Qué?

¡Qué estricta es esta escuela!

Puse cara de tragedia: —Si hay otro examen, no sé si podré aprobar. Y si me va mal, también tendré que irme...

Un destello de diversión brilló en los ojos de Leo, pero fue tan rápido que no pude verlo bien.

—No te pasará.

Una semana después.

Ese día, Leo no vino a clase.

Al salir del colegio, fui a la tienda a comprar algo para picar.

Últimamente Leo por fin había dejado de rechazar mis regalos.

Descubrí que le encantan unas galletitas de vainilla, así que todos los días le llevo.

Hoy no vino a clase, así que se las llevaré directamente a su departamento.

Capítulo 6

Llegué a la puerta del edificio blanco.

De repente, la puerta del baño se abrió.

Clavé la mirada y vi al chico recién salido de la ducha, solo con una bata puesta, el cabello goteando y las gotas resbalando desde su frente hasta sus clavículas, para luego perderse dentro de la bata...

Nuestras miradas se encontraron en el aire.

Sus labios estaban más rojos que nunca, y sus ojos tenían un brillo misterioso: —¿Qué haces aquí?

Yo, con el corazón acelerado al ver su pecho semidesnudo, respondí:

—Vine... vine a traerte algo para picar.

—Ajá.

Y así, con la bata abierta, se sentó en el sofá a comer mis galletas.

Yo no me atrevía a mirar su pecho, no fuera a hacer una locura.

Sentía la boca seca, así que agarré el vaso de la mesita y me lo bebí de un trago.

La expresión de Leo cambió al instante, quiso detenerme, pero ya era tarde.

Humedeciéndome los labios, noté un sabor dulce a durazno. Estaba delicioso.

Él me miró con resignación: —Lo que acabas de beber es alcohol...

—¿Alcohol? —pregunté sorprendida—. ¡Pero si estaba bueno! ¿Hay más?

—No.

—Qué lástima...

Al poco rato, mi vista empezó a nublarse.

—Te llevaré de vuelta.

Mis ojos se posaron en sus labios rojos.

Esta vez no aparté la mirada, sino que lo observé descaradamente.

Llevaba tantos días cortejando a Leo sin ningún progreso.

El sistema seguía sin aparecer, y no podía ver cuánto había aumentado su afinidad por mí.

¿Y si todavía era cero?

Tenía que acelerar el proceso.

El juego otome duraba dos meses, y yo ya estaba cerca del final sin haberlo conquistado.

Así, cuando terminara el plazo, me quedaría sin un millón.

No sé si fue el alcohol lo que me dio valor, o si era que su belleza me tenía embobada.

Me levanté tambaleándome y, justo cuando iba a caer, giré la cadera y me dejé caer sobre él, quedando encima de él en el sofá.

Miré sus labios rojos y, ciega de deseo, lo besé...

Tenía que acelerar el cortejo, o no llegaría a tiempo.

Sus orejas ardían al rojo vivo, y su cuerpo estaba tieso como una piedra.

Temí que se resistiera, así que até sus manos con su propia corbata.

—¿Qué vas a hacer?

Con la mirada borracha, solté una amenaza: —Te voy a... ¡amar a la fuerza!

Justo cuando su cinturón estaba a punto de soltarse, una voz mecánica resonó en mis oídos—

[¡Querida, tu sistema de citas ha llegado!]

Por fin, mi sistema se había conectado.

Pero al segundo siguiente, el sistema soltó:

[¡Emergencia, jugadora! Debido a un fallo en el programa, te transporté al juego equivocado. Esto es un juego de terror, no un otome.]

[Aviso especial: la persona a la que estás molestando ahora es el súper jefe final del juego de terror.]

[De día es un NPC común, pero cada noche, a las siete, se transforma en el temible jefe final que masacra jugadores. Y, lamentablemente, faltan tres minutos para las siete...]

Fue como si un rayo me hubiera partido el cráneo, el shock se extendió por todo mi cuerpo hasta hacer temblar mis dedos.

¿Qué?

¿Me equivoqué de juego?

¿Esto es un juego de terror y no un otome?

En cuestión de segundos, recordé todas las rarezas anteriores.

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B49177
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Mi novio, el jefe final del terror

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