Capítulo 3
—Pablito, el próximo mes mejor cancela el alquiler. No puedes dejar que una extraña se aproveche. O que Leticia firme un pagaré, ¿no? Eso sí sería justo.
Si no hubiera consecuencias por pegarles, les habría soltado una bofetada a cada uno.
Pero si de verdad les levantaba la mano, ellos encontrarían la forma de sacarme dinero. Ese es el pasatiempo favorito de la gente con plata y sin clase: provocar, y luego hacerse la víctima.
Siete años. Ya les seguí el juego suficiente, no iba a seguir.
—No voy a firmar ningún pagaré. Si quieres dinero, demándame. A ver si el juez te da la razón. Yo tampoco me voy a quedar aquí. Y ya que Sara quiere pasar la noche, acuérdate de cobrarle a Sara su parte del alquiler. Si no, ella también sería igual de interesada.
Di un paso para irme, pero Pablo me sujetó del brazo.
La sonrisa burlona ya no estaba. En su lugar, apareció un enojo contenido, como si yo fuera la que se estaba pasando de la raya.
—¿De verdad te vas a poner así? Sara y yo solo estábamos bromeando. Piénsalo bien: si te vas, jamás vas a volver a vivir en un lugar tan bueno.
Yo sí estaba equivocada, de una forma ridícula.
No debí titubear ante la idea de terminar cuando supe quién era en realidad, cuando confirmé que era ese niñito rico intocable de la élite y me endulzó el oído con un par de frases.
Tampoco debí creerle cada vez que decía que él quería una relación igualitaria, que el dinero no debía estar por encima de nada, mientras me miraba como si yo siempre estuviera calculando cuánto sacarle.
Y aun así, yo me aferraba a esos recuerdos.
Aquel invierno helado, cuando me calentó los pies con los suyos. Cuando yo sufría por los cólicos, y él me cubría con sus manos tibias, con una suavidad que parecía real.
Nos quisimos, fuimos dulces, y el dinero no tendría por qué mancharlo.
—Pablo, terminamos.
Hasta que la palabra "terminamos" salió de mi boca, por fin se le borró la sonrisa. Y en su cara apareció un destello de pánico.
—¿Terminar? ¿Tú… estás terminando conmigo? No lo acepto. ¿Con qué derecho me dejas? ¡Ya basta de tus berrinches!
Él siempre se ponía por encima, como si estar conmigo fuera un favor.
Yo lo miré, sin emoción.
—No es berrinche. Si todos los días piensas que soy una interesada, que quiero tu dinero, entonces busca a alguien de tu nivel. Alguien que te parezca digno. Quédate con tu relación "justa".
No quería decirle una palabra más. Me di la vuelta y entré al cuarto, a seguir empacando.
Pasaron quizá treinta segundos, y entonces escuché su grito desde afuera:
—¡Leticia! ¡No vayas a arrepentirte!
No respondí. Tampoco me importó cuando él y Sara azotaron la puerta y se fueron.
Aguanté siete años un amor al que trataron como si fuera un robo.
Yo no lo culpé por no haber podido salvar a mi madre. Él, en sentido estricto, no tenía obligación de prestarme nada.
Pero cuando yo más necesitaba ayuda, cuando incluso con un pagaré habría sido capaz de arrodillarme para salvarla, él me ignoró.
Y encima, mientras mi madre sufría, él seguía llamándome "interesada".
En ese instante, con todo lo que fuimos, yo me rendí para siempre.
***
De madrugada, con todo mi equipaje a cuestas, caminé por calles vacías. En Beu no había un lugar para mí, y yo también había perdido las ganas de quedarme.
Mi madre ya no estaba; mi relación ya se había hecho pedazos. Cada segundo que me quedara aquí solo me sumaba tristeza.
Sin saber a dónde ir, pasé la noche sentada en la sala de espera de un hospital cercano.
A la mañana siguiente, lo primero que hice al llegar al trabajo fue presentar mi renuncia.
Cuando mi director recibió mi carta, se quedó con los ojos como platos.
—¿Renunciar? ¿Pablo ya te dio el visto bueno? Ah, cierto… si te vas ahora, el bono de este mes te va a tocar muy poco. Lo demás te lo depositan en una sola cuenta, ¿verdad?
Capítulo 4
Fruncí el ceño. Era demasiada información de golpe.
¿Una sola cuenta? ¿Y desde cuándo tengo bono?
Al verme así de confundida, él también se desconcertó.
—¿Ustedes no son novios? Pablo le pidió al área de Finanzas que te separaran el sueldo. El salario base te lo depositan a ti, pero el bono y los aumentos se van a otra cuenta. Dijo que era para que fueras ahorrando. La verdad, qué raro: con un novio como él y aun así seas tan ahorradora… eso no se ve todos los días.
Entonces, todos estos años, yo solo había recibido el mismo sueldo que cuando entré.
Cada vez que pedía un aumento, no era que yo no trabajara lo suficiente: era que Pablo lo desviaba a otra cuenta.
Fui a Finanzas a pedir el historial de pagos. Y ahí, en la línea de "bono", saltó, nítido y despiadado: dos mil dólares.
Días atrás, por esos mismos dos mil dólares, había pasado un día entero haciendo malabares para juntar el dinero del hospital.
Y por esa demora, mi madre no llegó a entrar al quirófano; se me fue.
Lo más absurdo era esto: la suma de todos los bonos retenidos en estos siete años ya alcanzaba de sobra para el tratamiento de mi madre.
Fui una idiota, tan idiota que solo sabía trabajar, con miedo de que me despidieran y de quedarme sin sustento.
Tan idiota que me dejé engañar por Pablo, sin darme cuenta.
Para que él no pensara que yo era una aprovechada, no solo nunca gasté su dinero: también dejé que me quitara lo que yo misma ganaba.
Y en una relación llena de mentiras y humillaciones, yo aguanté siete años.
Con el historial de pagos en la mano, pensaba ir a buscarlo y pedirle cuentas. Pero él apareció primero. Con todo el descaro del mundo, entró como si nada.
—Leticia, nada más discutimos por un par de cosas y ya sales corriendo de la casa y encima renuncias. Tu carácter empeora cada día.
Detrás de él venía Sara, con una sonrisita, como si lo estuviera disfrutando. Se acercó, fingiendo preocupación, y soltó, con voz dulce y venenosa:
—Leticia, qué fría eres. Vives del dinero de Pablo, en el departamento que él paga. Sin él, ¿de verdad podrías sobrevivir en esta ciudad?
Hay gente sin vergüenza que puede mentir sin que se le mueva un pelo.
Me dio tanta rabia que hasta me reí de puro coraje. Iba a responderle, pero Pablo me cortó:
—Sara tiene razón. En estos siete años, si no fuera por mí, ya te hubieras muerto de hambre. Hoy voy a hacer como que solo estás armando un drama. Te voy a dar el día libre: vámonos a casa. Y ni siquiera este día de ausencia te lo voy a descontar del sueldo.
***
Mientras más claro veía quién era Pablo, más me preguntaba cómo pude estar siete años así de ciega.
A mi alrededor empezaron los susurros. Señalaban, murmuraban. Y al ver que Pablo no hacía nada por detenerlos, las voces subieron de volumen.
—Pablo escondió quién era para que Leticia no se sintiera menos; incluso nos pidió que guardáramos el secreto. Con eso se nota cuánto le importa.
—Vive de lo que paga Pablo, vive gracias a Pablo y todavía se atreve a hacerle berrinches.
—Quiere codearse con los de arriba sin tener con qué. Sin Pablo, ¿qué es ella?
Mientras más gente hablaba, más satisfecho se le veía a Pablo.
Y Sara no paraba de echarle más leña al fuego, cargándome culpas inventadas.
—Leticia, ¿no fuiste tú la que le fue a pedir a Pablo dos mil dólares, diciendo que tu mamá se estaba muriendo? Te encanta sacarle plata y encima quieres hacerte la víctima. ¡Qué hipócrita!
Fue como echar agua fría sobre aceite hirviendo, el lugar explotó.
Capítulo 5
Las miradas se llenaron de asco. Los insultos llegaron uno tras otro.
Yo miré a Pablo: seguía con esa expresión indiferente, incluso con una mueca de "qué lástima", pero con el orgullo bien puesto, como si Sara hubiera dicho en voz alta lo que él llevaba tiempo pensando.
Se me torció la boca en una sonrisa absurda. Iba a hablar, pero Pablo me sujetó del brazo, como si fuera generoso, como si viniera a calmar las aguas.
—Ya, ya. Eso ya quedó atrás. Además, a mí no me hace falta ese dinero. Si quieres plata, dímelo de frente. No necesitas inventar excusas.
Apenas habló Pablo, la oficina se indignó todavía más, como si yo fuera la ingrata del siglo.
—Exacto, si Pablo tiene dinero, nada más hay que pedirlo.
—¡Inventarte lo de tu propia madre por plata! Eso ya es inhumano.
—Yo que pensaba que Leticia era bien ahorradora; hasta le compartí comida varias veces.
—A esa hay que sacarla de aquí. Que Pablo la corra y que no pueda volver a levantar cabeza en la capital.
Vi incluso a compañeras con las que antes me llevaba bien, dándome la espalda también. Pensé en todo lo que había hecho Pablo, y, de pronto, todo me pareció vacío y ridículo.
Ya me iba a ir. Aunque en ese momento sacara el estado de cuenta y se lo tirara en la cara, él y Sara encontrarían otra forma de ensuciarme, de hacer que todos siguieran humillándome.
En silencio, guardé el estado de cuenta en el bolsillo.
Luego levanté la vista y le sonreí a Pablo.
—Siete años juntos. Haz cuentas: ¿cuánto de tu dinero me gasté? Si no puedes decirme en qué se fue un solo centavo conmigo, entonces págame lo que me debes: decenas de miles de dólares. Si no, prepárate: voy a demandarte a ti y a tu empresa.
Él decía que no quería un amor manchado por dinero, pero vivía y respiraba dinero.
Ese heredero intocable que ante los demás derrochaba como si nada, se había quedado con el dinero que yo apartaba para salvar a mi mamá.
Pablo se quedó pensando, buscando, rebuscando. Y en sus ojos pasó una chispa de pánico.
Claro que no podía recordar en qué había gastado dinero en mí. Alguien que me hacía pagar a medias hasta los condones, jamás me iba a dar un centavo por voluntad propia.
No era que "la gente rica fuera tacaña", era que yo, para él, no valía ni un peso.
Quizá quiso discutir, quizá quiso inventar algo, pero yo ya no quería oírlo.
Me di la vuelta para irme. En ese momento, Sara me empujó. Perdí el equilibrio y caí al suelo.
—¡Leticia! No intentes engañar a todos. ¿Cómo que Pablo te debe dinero? Eso es calumnia. ¿No te da miedo que llamemos a la policía? Si te meten a la cárcel, ¿quién va a cuidar a tu mamá? ¡Está en el hospital esperando que tú pagues! ¡Mejor pídele perdón a Pablo ahora mismo!
Sara creyó que podía amenazarme con eso. Pero yo ya no tenía nada que me atara.
En ese instante, pasó mi director. Al ver a Pablo, se abrió paso entre la gente.
Traía un formulario en la mano.
—Señor Pimentel, la madre de Leticia falleció hace unos días. El documento de aprobación de la indemnización todavía no tiene su firma. Y el formulario de solicitud para adelantarle a Leticia dos mil dólares de su sueldo ya lo retiré, tal como usted indicó. Es una pena. Dicen que a la madre de Leticia le faltaban justo dos mil dólares para completar el costo de la cirugía.