Capítulo 2

Al final, él comenzó a perseguirme con insistencia. Pensé que me había enamorado completamente de él. Pero cuando Renata regresó, todo cambió.

Él dejó de quedarse en casa y empezó a aprovechar cada pequeño momento para estar con ella. Ocho años le hicieron olvidar la traición, pero parece que no pudo olvidar su amor por ella. En realidad, yo solo fui una tonta que aprovechó los momentos en los que ella no estaba para disfrutar de un instante de felicidad.

Tomé el teléfono que estaba en la cabecera de la cama y le envié un mensaje a Javier. Le pedí que me avisara cuando regresara, porque iría directamente al registro civil a pedir el divorcio.

Era la primera vez que respondía tan rápido.

—Renata está enferma, no puede estar sola. Deja de hacer un escándalo y, quédate tranquila en casa esperando a que regrese.

Sin embargo, yo no tenía ni la más mínima intención de esperarle. La enfermera me dijo que necesitaba descansar, así que hice los trámites para ingresarme en el hospital.

Ya había estado acompañando a mi padre en el hospital durante dos meses, y las enfermeras eran más como mi familia que el propio Javier.

Y Javier, quien me persiguió incansablemente, hasta lograr que me casara con él. Sabía que solo tenía a mi padre en este mundo, y que dependía completamente de él. También que era una niña adoptada, sin nadie más en quien apoyarme. Me prometió que siempre estaría conmigo y que sería mi familia.

Pero ocho años pasaron rápidamente, en un abrir y cerrar de ojos, y al final, me di cuenta de que estaba completamente sola. Y lo más irónico es que, a pesar de sus promesas, no tuvimos ni siquiera un hijo.

Pasé una semana en el hospital y cuando el médico confirmó que no había nada grave, fue entonces que regresé a casa.

Durante ese tiempo, Javier no me llamó ni una sola vez, y yo tampoco tenía ganas de ver sus redes sociales para averiguar a qué lugar estaba llevando a Renata.

Pero cuando abrí la puerta de la casa, lo encontré parado en la sala. Tenía el teléfono en la mano, cuando me miró frunció el ceño.

—Te dije que me esperaras en casa, ¿dónde te fuiste?

Dicho esto, guardó el teléfono, probablemente había planeado llamarme cuando vio que no estaba en la casa. Tal vez si hubiera sido sumisa y no me hubiera comportado de manera tan rebelde, seguramente no se habría molestado en llamarme tan rápido.

—Me caí por las escaleras y acabo de salir del hospital, ¿tienes algún problema con eso?

Él parecía querer decir algo, pero al final simplemente se quedó en silencio. Se sentó en el sofá, frotándose la frente dijo:

—Tengo hambre, ve a preparar algo para comer.

Lo ignoré y no le respondí, subí directamente al piso de arriba.

Enfurecido, pateó la maleta y me gritó:

—¡Lucía! ¿Esa es la actitud de una esposa?

Me apoyé en la barandilla de las escaleras, me giré ligeramente hacia él y le respondí:

—¿Quién es tu esposa? ¿No es Renata? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

Y subí las escaleras. Desde abajo, oí cómo pateaba la mesa de centro de la sala. Pero cerré bien la puerta de mi habitación con llave, ya hacía tiempo que él no entraba en nuestra habitación. Me acosté en la cama para descansar un rato, me quedé profundamente dormida y cuando por fin me desperté ya era el siguiente día.

Antes, seguramente habría corrido a prepararle todo lo necesario para su viaje. Pero él siempre encontraba algo para criticarme, la ropa no era adecuada, o la comida era demasiado simple. Mis maneras, demasiado vulgares, no eran dignas de su estatus. Y como en sus ojos no valía la pena y era tan inútil, no tenía ganas de seguir esforzándome por agradarle.

Sin embargo, cuando bajé, me sorprendió verlo recogiendo los vidrios de la mesa de centro que había roto la noche anterior. Cuando escuchó que bajaba, levantó la vista y me miró un instante, luego apartó la mirada.

—Sé que la muerte de tu padre te ha afectado mucho, por eso ayer regresé a propósito lo más rápido posible, ¿y ahora vas a seguir celosa de Renata?

—¿Ayer? ¿Cinco días tarde y dices que fue por eso?

Javier al escuchar esto, soltó la escoba y me miró molesto:

—¿En serio no recuerdas qué día es hoy? ¿Olvidaste nuestro aniversario de bodas?

Levantó el mentón y señaló el paquete de regalo sobre el sofá.

—Con esta actitud tan indiferente, ¿te atreves a compararte con Renata…?

No había terminado de hablar cuando se quedó en silencio. Me miró, y con una sonrisa le recordé suavemente:

—Fue anteayer, Javier.

Se sintió algo incómodo y decidió cambiar de tema rápidamente, me preguntó:

—Me dijiste que te caíste de las escaleras, ¿qué pasó?

—Nada grave, estuve todo el día ocupada con los trámites de mi padre, luego pasé toda la noche sentada en la orilla de la playa, tomando el aire y, no comí nada. Así que me bajó el azúcar, fue por eso que me caí.

Capítulo 3

—La salud de Renata es más importante, no te echo la culpa.

Él apretó los labios, sus manos colgaban a los lados, como si estuvieran de más, moviéndose de un lado a otro con incomodidad.

—¿Tienes hambre? He reservado en tu restaurante francés favorito, ¿vamos a salir a comer?

—Olvídalo,— respondí negando con la cabeza, —estoy muy cansada. Además, no me gusta la comida francesa. Soy una persona común, no puedo comer cosas crudas, me da alergia.

Realmente me daba pereza lidiar con su simpatía momentánea. A la que le gusta la comida francesa no es a mí, es a Renata, la que disfruta de andar viajando y llevar una vida de pequeños lujos, también es a ella.

En sus ojos, y en los de sus amigos, siempre fui una persona común y vulgar, que no está a la altura; alguien de bajo perfil, que se aprovecha de Javier para trepar como un parásito.

Y aunque Javier nunca lo dijo directamente, las cosas que sus amigos dijeron de mí, él nunca las refutó.

—Lo que pasa es que estoy muy ocupado y no he tenido tiempo para ponerme a pensar en ti. El viaje junto a Renata fue por trabajo, ella tenía que preparar los diseños para la nueva temporada de la empresa. No lo vas a entender, y no te culpo, así que mejor no le hagas mucho caso y, déjalo así.

Él temía que pensara mal de ella. En su mente, Renata era pura y perfecta, como la luna en la ventana, y nunca podría estar equivocada. Aunque ella lo había traicionado antes, él mismo se autoengañaba, convencido de que debía haber tenido sus razones. Renata nunca podría ser la amante de alguien, porque su posición no lo permitía.

—Lo sé,— respondí de forma indiferente. —¿No tienes que ir a la oficina? ¿No estás muy ocupado?

Al Javier verme así, con esa actitud, se molestó.

—Lucía, ¿no puedes pensar un poco en mí? Trabajo todo el día, ¿para mantener a quién? Si al menos pudieras aliviarme un poco, no estaríamos así.

Asentí con la cabeza, —No te preocupes, no lo haré más.—

En ese momento, recibí un mensaje del abogado que contacté para el divorcio. Quedamos en vernos, así que me giré para ir a cambiarme de ropa.

—Detente ahí, ¿a dónde vas? Te digo un par de cosas ¿y me haces esta cara? ¿Qué esposa se comporta así?

Parecía que no se daba cuenta de que era él quien me había dado la cara todos estos años. Quiso subir a detenerme, pero tropezó con los vidrios rotos que había dejado esparcidos por el suelo. Lo dejé atrás sin hacerle caso, me cambié de ropa y salí.

Acababa de salir de la cita con el abogado cuando Javier me envió otro mensaje.

—Mi madre quiere verte, ven rápido a la vieja casa.

A mí no me importaba él, pero la señora Montenegro siempre había sido amable conmigo. Me brindó un amor maternal que nunca había conocido. No quería que ella sufriera y estuviera triste por mi culpa.

Tomé un taxi y regresé a la vieja casa. Tan pronto como entré, escuché risas.

—Qué patética, es como una sanguijuela pegajosa. Bastó con enviarle un mensaje desde el teléfono de mi hermano para que viniera corriendo como una tonta.

Camila Montenegro, la hermana de Javier, estaba recostada en el sofá, del brazo de Renata, y le dijo:

—Ella se casó con mi hermano gracias a lo que tiene, fue su cuerpo lo que la hizo llegar aquí. Pero no pasa nada, ahora que has vuelto, todos te queremos. Tú eres la única cuñada que yo reconozco.

Renata sonrió con indiferencia y me miró de reojo.

—Camila, tampoco seas tan dura con ella. Viene de una familia humilde, que use métodos algo cuestionables no es extraño… al fin y al cabo, su mundo es limitado.

Así que todos pensaban que yo solo me casé con Javier porque me aferré a él. Pensaban que yo no era digna de estar con él. Todos creían que Renata debería de ser su esposa. Yo, era basura salida de quién sabe dónde, ni siquiera merecía sentarme a la mesa a comer.

—Camila, discúlpate conmigo.

Camila soltó una risa llena de burla. —¿Y por qué debería disculparme contigo?

—Muy bien,— levanté el teléfono. —Lo grabé todo. Ahora mismo se lo voy a mostrar a tu madre.

Las caras de Camila y Renata cambiaron instantáneamente. La señora Montenegro, siempre tan cariñosa, nunca había perdonado a Renata por traicionar a su hijo. Si ella se enteraba de lo que ambas acababan de decir, sin duda le pediría explicaciones a Camila.

Capítulo 4

Renata miró a Camila, que rechinaba los dientes con tanta furia, que parecía estar a punto de romperlos. Disimuladamente le rozó la mano y negó con la cabeza, indicándole que se calmara y no dijera nada. Luego volvió a mirarme.

—No te ilusiones creyendo que, con el respaldo de la señora Montenegro, ya tienes asegurado tu puesto como señora de la familia Montenegro.

¿Asegurado?

Yo nunca había pensado quedarme más tiempo en esta familia. Pero decirle eso no tenía ningún sentido. Pensé que simplemente entraría a saludar a su madre, la señora Elena Montenegro y, luego me marcharía.

Lo que no esperaba era ver a Javier acercarse de frente, sosteniendo del brazo a su mamá.

—¿Por qué has vuelto?

Justo iba a contarle lo ocurrido a Javier para que dejara de buscarme problemas, cuando noté que la sonrisa en sus ojos no parecía fingida. Me quedé atónita.

Camila se levantó, bajó la cabeza y dejó caer la mirada, mostrando una expresión frágil y lastimera.

—Lucía dijo que soy una extraña y que no debería venir a la vieja casa familiar… que me fuera…

—¿Lucía? —La ternura en los ojos de Javier desapareció al instante, reemplazada por una mirada de advertencia y reproche dirigida hacia mí.

—Ya he sido bastante tolerante contigo. Camila vino con buenas intenciones; después de tantos años sin regresar, quiso venir a visitar a la familia, especialmente a mis padres y a mis abuelos. Y tú, llegas tan tarde y, ¿todavía te atreves a echarla?

Javier contuvo el enojo. Miró a su madre, que parecía algo disgustada, pero aun así le dijo:

—Mamá, ya lo has visto con tus propios ojos. Lucía carece totalmente de modales, no me puedes culpar. Sinceramente me arrepiento de haberme casado con ella.

Renata levantó la mano para cubrirse los labios, pero en sus ojos dirigidos hacia mí no pudo ocultar su sentimiento de satisfacción. En cambio, su hermana, con las piernas cruzadas, me observaba con arrogancia, como si no pudiera esperar a verme humillada.

Pero entonces me di cuenta de algo, me sentía muy tranquila al escuchar los desprecios de Javier… ya no sentía absolutamente nada.

Cuando Renata acababa de regresar al país, la señora Montenegro ya había intentado persuadirlo, diciéndole que su matrimonio conmigo era estable; no debía perjudicarme ni traicionar mi amor por alguien que ya lo había traicionado una vez. Pero en ese entonces él le respondió:

—Ni siquiera soporto mirarla un segundo más. Cada día se esfuerza por aparentar ser una dama refinada, sin darse cuenta de que se le notan las fallas por todos lados, como alguien que intenta imitar sin entender. Mis amigos se burlan de ella y ni siquiera se da cuenta. Incluso lleva vestidos de alta costura, totalmente fuera de lugar. En ella no veo ni un poco de la dulzura ni la elegancia que debería tener una mujer.

Pero ese vestido… lo había escogido él para mí. Dijo que me veía hermosa. Las normas sociales que aprendí también me las enseñó él.

Una vez dijo que lo que más amaba era mi manera libre y extraordinaria de ser. Pero después, todo eso pasó a convertirse en vulgaridad de baja categoría. Y temiendo que otros lo menospreciaran por mi culpa, dejé de salir, dejé de acompañarlo a eventos sociales.

Y entonces en sus ojos, me convertí en una esposa incompetente, incapaz de aliviar las preocupaciones de su marido, alguien que solo disfrutaba de la comodidad en casa.

Me inscribí en cursos para aprender sobre la alta sociedad, pero cuando eso llegó a oídos de ellos… se convirtió en un intento ridículo de aparentar refinamiento. Sin importar lo que hiciera, siempre estaba mal.

—¿Por qué no dices nada? Mírate, han pasado ocho años y aún no me has podido dar un hijo. ¡Si mamá no me hubiera detenido, ya me habría divorciado de ti!

Sí… ocho años, y nunca tuvimos un hijo.

No es que nunca hubiéramos tenido intimidad, solo es que esos momentos ya habían quedado muy atrás en el pasado. Y luego, poco a poco, su corazón dejó de estar conmigo y dejó también de compartir la cama conmigo.

Pero incluso cuando aún estaba a mi lado, nunca pensó en tener un hijo conmigo. Sabía cuánto deseaba tener uno, y aun así nunca logré quedar embarazada. Eso siempre ha sido una espina clavada en mi corazón.

Siempre sabía cómo aprovecharse de mi punto débil y luego me provocaba hasta lograr obligarme, en todo tipo de ocasiones, a discutir con él sin cuidar las apariencias. Así todos podían comprobar que lo que él decía tenía razón. Que yo no era más que una mujer vulgar y desequilibrada.

Pero hoy, al escuchar esas palabras, sentí algo parecido a la liberación.

—Está bien. Entonces divorciémonos ahora mismo.

Levanté la cabeza y miré a Javier directamente a los ojos. Y en ellos vi claramente… sorpresa y pánico.

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Me ignoró 304 veces: me divorcié

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