Capítulo 1

Le rogué a mi esposo trescientas cuatro veces que me acompañara. Finalmente aceptó venir conmigo para cumplir el último deseo de mi padre, caminar junto al mar antes de despedirse de este mundo. Pero mientras yo esperaba en la orilla, sentada junto a la silla de ruedas, la temperatura del cuerpo de mi padre se iba apagando poco a poco… y Javier nunca apareció.

Ese mismo día, Renata publicó una foto en sus redes sociales. Él estaba con ella, mirando las nubes en la pradera, como si nada más existiera.

—Lejos del mundo, mientras estés tú.

Sin querer, le di me gusta… y enseguida él me escribió para reclamarme.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que no molestes a Renata? Si no sabes controlarte, entonces divorciémonos.

No recuerdo cuántas veces había usado el divorcio para amenazarme. Solo sé que esa vez… me cansé de escucharlo.

Mi padre murió sin verlo llegar.

Y yo, por primera vez en ocho años de matrimonio, dejé de insistir.

—Está bien —respondí—. Divorciémonos.

Cuando terminó el funeral de mi padre, ya era de madrugada.

A esa hora, Renata Villalba —el amor imposible de Javier Montenegro— había acabado de publicar una nueva foto.

Estaban en un rancho, rodeados de pastores, sentados junto a una fogata mientras miraban las estrellas. Javier, que nunca aparecía en redes, incluso comentó su foto:

—Mientras tú estés feliz, todo está bien.

Nuestros amigos en común comenzaron a felicitarlos uno tras otro. Todos me conocían, pero aun así seguían pensando que Javier y Renata eran la verdadera pareja.

Yo, aunque era su esposa legal, parecía solo una intrusa que había ocupado un lugar vacío mientras Renata no estaba.

Javier fue capaz de viajar hasta la pradera, aunque ni siquiera soporta el mal de altura, solo por ella. Pero no fue capaz de acompañarme a la playa que está a apenas unos kilómetros. Mis cientos de súplicas no valían absolutamente nada a una sola mirada de Renata. Me sentía agotada.

Después de terminar todos los trámites, me quedé sola en la azotea del hospital, mirando la ciudad bajo la luz de la luna. Fue entonces cuando Javier finalmente me llamó. Solo por aquel mensaje que le había respondido horas antes, “divorcio”.

—A cada rato usas el divorcio para discutir conmigo. ¿No te cansas?

Pero quien siempre mencionaba el divorcio era él. Quise responderle, pero de pronto sentí que no tenía sentido.

Él siempre creyó que yo no podía separarme de él. Que lo amaba demasiado y que estaba dispuesta a entregarle todo lo que tenía. Por eso siempre usaba el divorcio para amenazarme sin ninguna preocupación.

Sabía que yo no me iría, ya que durante los últimos ocho años, siempre fui yo quien cedía primero. Para él, el divorcio no era más que un arma con la que yo intentaba retenerlo.

Pero esta vez era diferente. Era la primera vez que yo pedía el divorcio… y también sería la última.

—Mi papá ya no está —dije con calma—. Ya no necesitas esforzarte en fingir delante de él que éramos un matrimonio feliz.

Del otro lado de la línea hubo un largo silencio. Cuando volvió a hablar, su tono se suavizó un poco.

—¿Dónde estás? Voy a ir a acompañarte.

¿Dónde estoy? ¿De verdad iba a dejar a Renata y tomar un vuelo de doce horas solo para acompañarme? No le creo.

Pero Javier ya había colgado.

Quise regresar a casa a descansar, pero mientras bajaba las escaleras, mareada y medio inconsciente, perdí el equilibrio, y rodé por los escalones. Cuando desperté, estaba en el hospital.

La enfermera que había estado ayudándome a cuidar a mi padre fue quien me encontró. Me explicó que me había desmayado debido a una baja de azúcar y había caído por las escaleras. Tenía una ligera conmoción cerebral y necesitaba quedarme en observación.

Me preguntó si algún familiar estaba conmigo. Encendí el teléfono. Había pasado toda la noche, y Javier no había enviado ni un solo mensaje.

En cambio, Renata sí había publicado otra foto.

—Qué horrible es el mal de altura. Estuvimos jugando todo el día y de repente me desplomé. Por suerte estabas conmigo.

La foto mostraba a Renata sujetando la mano de Javier.

Lo irónico era que en su dedo estaba el anillo de matrimonio que yo le había regalado. Y el otro, el que hacía juego… estaba en la mano de Renata.

Recordé que no mucho tiempo atrás, cuando estaba tan agotada cuidando a mi padre que un día no le preparé la comida, él había puesto una cara llena de molestia.

—Lucía, tengo contratos de miles de millones esperándome en la empresa. No me casé contigo para estar atendiéndote.

Pero era capaz de abandonar la compañía durante tres días enteros solo por Renata. No era que no supiera amar. Simplemente, la persona a la que amaba nunca fui yo.

Aún recuerdo cuando Renata se fue al extranjero por primera vez. Javier me arrastró a beber a un bar hasta el amanecer. Me habló entre lágrimas de su traición, diciendo que jamás podría perdonarla en esta vida.

Ese día, en realidad, fue la primera vez que lo conocí. Solo me quedé escuchándolo un rato… porque parecía demasiado solo.

Capítulo 2

Al final, él comenzó a perseguirme con insistencia. Pensé que me había enamorado completamente de él. Pero cuando Renata regresó, todo cambió.

Él dejó de quedarse en casa y empezó a aprovechar cada pequeño momento para estar con ella. Ocho años le hicieron olvidar la traición, pero parece que no pudo olvidar su amor por ella. En realidad, yo solo fui una tonta que aprovechó los momentos en los que ella no estaba para disfrutar de un instante de felicidad.

Tomé el teléfono que estaba en la cabecera de la cama y le envié un mensaje a Javier. Le pedí que me avisara cuando regresara, porque iría directamente al registro civil a pedir el divorcio.

Era la primera vez que respondía tan rápido.

—Renata está enferma, no puede estar sola. Deja de hacer un escándalo y, quédate tranquila en casa esperando a que regrese.

Sin embargo, yo no tenía ni la más mínima intención de esperarle. La enfermera me dijo que necesitaba descansar, así que hice los trámites para ingresarme en el hospital.

Ya había estado acompañando a mi padre en el hospital durante dos meses, y las enfermeras eran más como mi familia que el propio Javier.

Y Javier, quien me persiguió incansablemente, hasta lograr que me casara con él. Sabía que solo tenía a mi padre en este mundo, y que dependía completamente de él. También que era una niña adoptada, sin nadie más en quien apoyarme. Me prometió que siempre estaría conmigo y que sería mi familia.

Pero ocho años pasaron rápidamente, en un abrir y cerrar de ojos, y al final, me di cuenta de que estaba completamente sola. Y lo más irónico es que, a pesar de sus promesas, no tuvimos ni siquiera un hijo.

Pasé una semana en el hospital y cuando el médico confirmó que no había nada grave, fue entonces que regresé a casa.

Durante ese tiempo, Javier no me llamó ni una sola vez, y yo tampoco tenía ganas de ver sus redes sociales para averiguar a qué lugar estaba llevando a Renata.

Pero cuando abrí la puerta de la casa, lo encontré parado en la sala. Tenía el teléfono en la mano, cuando me miró frunció el ceño.

—Te dije que me esperaras en casa, ¿dónde te fuiste?

Dicho esto, guardó el teléfono, probablemente había planeado llamarme cuando vio que no estaba en la casa. Tal vez si hubiera sido sumisa y no me hubiera comportado de manera tan rebelde, seguramente no se habría molestado en llamarme tan rápido.

—Me caí por las escaleras y acabo de salir del hospital, ¿tienes algún problema con eso?

Él parecía querer decir algo, pero al final simplemente se quedó en silencio. Se sentó en el sofá, frotándose la frente dijo:

—Tengo hambre, ve a preparar algo para comer.

Lo ignoré y no le respondí, subí directamente al piso de arriba.

Enfurecido, pateó la maleta y me gritó:

—¡Lucía! ¿Esa es la actitud de una esposa?

Me apoyé en la barandilla de las escaleras, me giré ligeramente hacia él y le respondí:

—¿Quién es tu esposa? ¿No es Renata? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

Y subí las escaleras. Desde abajo, oí cómo pateaba la mesa de centro de la sala. Pero cerré bien la puerta de mi habitación con llave, ya hacía tiempo que él no entraba en nuestra habitación. Me acosté en la cama para descansar un rato, me quedé profundamente dormida y cuando por fin me desperté ya era el siguiente día.

Antes, seguramente habría corrido a prepararle todo lo necesario para su viaje. Pero él siempre encontraba algo para criticarme, la ropa no era adecuada, o la comida era demasiado simple. Mis maneras, demasiado vulgares, no eran dignas de su estatus. Y como en sus ojos no valía la pena y era tan inútil, no tenía ganas de seguir esforzándome por agradarle.

Sin embargo, cuando bajé, me sorprendió verlo recogiendo los vidrios de la mesa de centro que había roto la noche anterior. Cuando escuchó que bajaba, levantó la vista y me miró un instante, luego apartó la mirada.

—Sé que la muerte de tu padre te ha afectado mucho, por eso ayer regresé a propósito lo más rápido posible, ¿y ahora vas a seguir celosa de Renata?

—¿Ayer? ¿Cinco días tarde y dices que fue por eso?

Javier al escuchar esto, soltó la escoba y me miró molesto:

—¿En serio no recuerdas qué día es hoy? ¿Olvidaste nuestro aniversario de bodas?

Levantó el mentón y señaló el paquete de regalo sobre el sofá.

—Con esta actitud tan indiferente, ¿te atreves a compararte con Renata…?

No había terminado de hablar cuando se quedó en silencio. Me miró, y con una sonrisa le recordé suavemente:

—Fue anteayer, Javier.

Se sintió algo incómodo y decidió cambiar de tema rápidamente, me preguntó:

—Me dijiste que te caíste de las escaleras, ¿qué pasó?

—Nada grave, estuve todo el día ocupada con los trámites de mi padre, luego pasé toda la noche sentada en la orilla de la playa, tomando el aire y, no comí nada. Así que me bajó el azúcar, fue por eso que me caí.

Capítulo 3

—La salud de Renata es más importante, no te echo la culpa.

Él apretó los labios, sus manos colgaban a los lados, como si estuvieran de más, moviéndose de un lado a otro con incomodidad.

—¿Tienes hambre? He reservado en tu restaurante francés favorito, ¿vamos a salir a comer?

—Olvídalo,— respondí negando con la cabeza, —estoy muy cansada. Además, no me gusta la comida francesa. Soy una persona común, no puedo comer cosas crudas, me da alergia.

Realmente me daba pereza lidiar con su simpatía momentánea. A la que le gusta la comida francesa no es a mí, es a Renata, la que disfruta de andar viajando y llevar una vida de pequeños lujos, también es a ella.

En sus ojos, y en los de sus amigos, siempre fui una persona común y vulgar, que no está a la altura; alguien de bajo perfil, que se aprovecha de Javier para trepar como un parásito.

Y aunque Javier nunca lo dijo directamente, las cosas que sus amigos dijeron de mí, él nunca las refutó.

—Lo que pasa es que estoy muy ocupado y no he tenido tiempo para ponerme a pensar en ti. El viaje junto a Renata fue por trabajo, ella tenía que preparar los diseños para la nueva temporada de la empresa. No lo vas a entender, y no te culpo, así que mejor no le hagas mucho caso y, déjalo así.

Él temía que pensara mal de ella. En su mente, Renata era pura y perfecta, como la luna en la ventana, y nunca podría estar equivocada. Aunque ella lo había traicionado antes, él mismo se autoengañaba, convencido de que debía haber tenido sus razones. Renata nunca podría ser la amante de alguien, porque su posición no lo permitía.

—Lo sé,— respondí de forma indiferente. —¿No tienes que ir a la oficina? ¿No estás muy ocupado?

Al Javier verme así, con esa actitud, se molestó.

—Lucía, ¿no puedes pensar un poco en mí? Trabajo todo el día, ¿para mantener a quién? Si al menos pudieras aliviarme un poco, no estaríamos así.

Asentí con la cabeza, —No te preocupes, no lo haré más.—

En ese momento, recibí un mensaje del abogado que contacté para el divorcio. Quedamos en vernos, así que me giré para ir a cambiarme de ropa.

—Detente ahí, ¿a dónde vas? Te digo un par de cosas ¿y me haces esta cara? ¿Qué esposa se comporta así?

Parecía que no se daba cuenta de que era él quien me había dado la cara todos estos años. Quiso subir a detenerme, pero tropezó con los vidrios rotos que había dejado esparcidos por el suelo. Lo dejé atrás sin hacerle caso, me cambié de ropa y salí.

Acababa de salir de la cita con el abogado cuando Javier me envió otro mensaje.

—Mi madre quiere verte, ven rápido a la vieja casa.

A mí no me importaba él, pero la señora Montenegro siempre había sido amable conmigo. Me brindó un amor maternal que nunca había conocido. No quería que ella sufriera y estuviera triste por mi culpa.

Tomé un taxi y regresé a la vieja casa. Tan pronto como entré, escuché risas.

—Qué patética, es como una sanguijuela pegajosa. Bastó con enviarle un mensaje desde el teléfono de mi hermano para que viniera corriendo como una tonta.

Camila Montenegro, la hermana de Javier, estaba recostada en el sofá, del brazo de Renata, y le dijo:

—Ella se casó con mi hermano gracias a lo que tiene, fue su cuerpo lo que la hizo llegar aquí. Pero no pasa nada, ahora que has vuelto, todos te queremos. Tú eres la única cuñada que yo reconozco.

Renata sonrió con indiferencia y me miró de reojo.

—Camila, tampoco seas tan dura con ella. Viene de una familia humilde, que use métodos algo cuestionables no es extraño… al fin y al cabo, su mundo es limitado.

Así que todos pensaban que yo solo me casé con Javier porque me aferré a él. Pensaban que yo no era digna de estar con él. Todos creían que Renata debería de ser su esposa. Yo, era basura salida de quién sabe dónde, ni siquiera merecía sentarme a la mesa a comer.

—Camila, discúlpate conmigo.

Camila soltó una risa llena de burla. —¿Y por qué debería disculparme contigo?

—Muy bien,— levanté el teléfono. —Lo grabé todo. Ahora mismo se lo voy a mostrar a tu madre.

Las caras de Camila y Renata cambiaron instantáneamente. La señora Montenegro, siempre tan cariñosa, nunca había perdonado a Renata por traicionar a su hijo. Si ella se enteraba de lo que ambas acababan de decir, sin duda le pediría explicaciones a Camila.

Me ignoró 304 veces: me divorcié

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