Capítulo 3
No había terminado de hablar cuando, del otro lado, solo quedó el pitido seco de la llamada cortada.
Me quedé ahí, sosteniendo el teléfono, inmóvil.
Al final, las lágrimas se me salieron solas y cayeron sobre la pantalla helada del celular, enfriándose al instante.
La señora me miró con pena, me dio unas palmaditas suaves en el hombro y suspiró antes de decirme:
—No te pongas triste. Si quieres, ven primero a mi casa y desde allá les vuelves a llamar a tus papás para que vengan por ti. Yo ya casi me reincorporo a la carretera, pero no voy hacia el mismo lado que ustedes. Si no, con gusto te llevaba.
Recordé el tono impaciente de mis padres y rechacé su ofrecimiento.
—No, señora, gracias. Mis papás dijeron que mi tío ya viene por mí. Mejor lo espero aquí.
Después de todo, en pleno Año Nuevo, seguro que mis padres no querían tener que regresarse solo para recogerme.
Y mi tío, Julio Moreno, nunca había sido muy cercano conmigo. Si tenía que desviarse más de la cuenta para venir por mí, seguro tampoco le iba a hacer ninguna gracia.
La señora todavía parecía querer decir algo más, pero en ese momento sonó el celular en su bolsillo. Debían de ser los que venían con ella, apurándola.
Me miró con preocupación, sacó de su bolso varios chocolates bien envueltos y me los puso en la mano. Luego se quitó una mantita pequeña, beige, y me la acomodó sobre los hombros.
—Póntela bien, así por lo menos entras un poco en calor. Y cómete el chocolate para engañar el hambre, no vayas a desmayarte. Si pasa mucho rato y todavía no viene nadie, vuelve a pedirle prestado el celular a alguien y llámales otra vez a tus papás. Pero no se te ocurra irte por ahí sola.
Yo asentí con fuerza y, con la voz atorada, apenas alcancé a decirle:
—Gracias.
Su figura se alejó de prisa hasta desaparecer por la puerta, y el baño volvió a quedarse vacío, dejándome sola ahí dentro.
El viento helado seguía metiéndose por las rendijas de la puerta, pero mis hombros, cubiertos por la mantita, empezaron a recuperar algo de calor.
El estómago me rugía de hambre.
Abrí uno de los chocolates y le di apenas una mordidita.
No me atreví a comer más. Guardé con cuidado lo que quedaba y lo envolví bien antes de metérmelo al bolsillo, pensando que, si tenía que esperar demasiado, todavía podría aguantar un poco más con eso.
Me envolví mejor en la mantita y, casi sin pensarlo, me arreglé un poco la ropa.
Debajo llevaba un suéter viejo que Olivia había usado el año pasado.
El cuello ya estaba vencido de tanto lavarlo y en los puños se veían hilos sueltos.
Olivia ya no lo quería, y mamá dijo que todavía servía, así que terminó dándomelo a mí.
Este año, en cambio, Olivia llevaba un abrigo acolchado nuevo, color rosa, con un borde de peluche en la capucha, y parecía un pavo real de lo presumida que andaba.
La chaqueta de Jaime también era nueva, de un azul brillante. Cuando corría, parecía un pingüinito.
Solo yo iba vestida con la ropa vieja de Olivia, como una sombra gris y apagada.
Por miedo a que Julio pasara de largo sin verme, no me quedó más remedio que apretar los dientes, salir otra vez del baño y volver a plantarme en medio del viento helado.
La luz de los faroles se veía cada vez más tenue, y el cielo empezaba a oscurecerse.
A lo lejos, el gris del atardecer se fue espesando, y empezaron a caer unos cuantos copos de nieve.
Se me posaban en el cabello y en los hombros, y se derretían enseguida, dejándome manchas de agua helada.
Me quedé mirando fijamente la dirección de la que venían los autos.
Cuando se me entumecían demasiado los pies, daba pequeños pasos en el mismo sitio. Cuando las manos se me ponían tiesas del frío, me las escondía dentro de la mantita y me las frotaba como podía.
Una y otra vez, en silencio, le pedía al cielo que Julio llegara pronto.
Los autos siguieron pasando, uno tras otro.
Las luces me deslumbraban y me dejaban la vista borrosa, pero ni uno solo se detenía en la estación de servicio.
La nieve empezó a caer con más fuerza y a acumularse en una capa delgada sobre la mantita.
Me la apreté todavía más al cuerpo.
El dulzor del chocolate hacía rato que había desaparecido, y en mí ya no quedaban más que la ansiedad y el frío.
No sabía cuánto tiempo más tendría que esperar.
Tampoco sabía si Julio de verdad iba a acordarse de venir por mí.
Lo único que sentía era que aquel viento bajo cero estaba a punto de congelarme por completo allí, sola, en aquella estación de servicio vacía.
El tiempo, entre el frío y el hambre, parecía no acabarse nunca.
Bajo la luz del farol, mis manos y mis pies llevaban rato sin sentir nada. Solo me quedaba un entumecimiento punzante, que parecía clavárseme hasta los huesos.
Al principio temblaba de frío.
Pero ahora ya ni fuerzas tenía para seguir temblando.
Entonces empecé a sentirme rara.
La cabeza me pesaba como si alguien me la estuviera apretando con fuerza; me dolía tanto que casi no podía ni levantarla.
El corazón me latía a toda velocidad.
Pum, pum, pum.
Me golpeaba el pecho como un tambor, tan fuerte y tan deprisa que hasta empecé a sentir que me faltaba el aire.
Capítulo 4
Sentía el estómago vacío, hueco, con un dolor sordo que iba y venía.
¿Sería del hambre?
Con las manos temblorosas, saqué del bolsillo el pedazo de chocolate que me quedaba. Esta vez ya no pensé en guardarlo. Me lo metí a la boca de golpe y lo tragué casi sin masticar.
El sabor dulce apenas logró calmarme un poco las palpitaciones, pero la sensación de tener la cabeza cada vez más pesada y el cuerpo como si dejara de responderme se volvió todavía más clara.
Empecé a sentir mucho más frío que antes.
No era el frío de haber estado esperando afuera bajo el viento, sino una heladez que parecía subirme desde lo más hondo de los huesos.
Me apreté mejor la mantita sobre el cuerpo, pero ese poco de calor se desvanecía como si algo invisible me lo estuviera arrancando, y no lograba entrar en calor por más que me envolviera.
Justo cuando estaba a punto de perder el equilibrio, un sedán negro apareció a lo lejos y se detuvo lentamente en la entrada de la estación de servicio.
Sentí que estaba viendo mi última esperanza. Junté las pocas fuerzas que me quedaban y me arrastré hasta el auto como pude.
Cuando el conductor bajó la ventanilla, vi que era un señor desconocido.
—Disculpe… ¿me podría prestar su celular? Yo… yo me siento muy mal…
Mi voz estaba tan débil que casi ni yo misma podía oírla.
El señor se quedó sorprendido un instante y enseguida sacó su celular para dármelo.
—Niña, ¿qué te pasa? Tienes muy mala cara.
No tuve tiempo ni fuerzas para explicarle nada. Con los dedos rígidos, marqué el número de papá. Esta vez contestó rápido.
—Papá…
Tenía la voz quebrada y me temblaba tanto que casi no se entendía.
—¿Cuándo… cuándo va a llegar Julio? Me siento muy mal… me da muchas vueltas la cabeza… y el corazón me late rapidísimo… ¿me enfermé?
Del otro lado, la voz de papá sonó claramente fastidiada.
—¿Y ahora qué pasó? ¿No te dije que te quedaras esperando? ¡Julio ya salió hace rato! Hay un poco de tráfico, pero ya casi llega. ¿Ni un rato puedes esperar sin armar otro problema? ¿Quién te manda a ser tan lenta y no subirte al auto? Ahora sí vienes con que te sientes mal, ¿no?
—No, papá… de verdad me siento mal…
La explicación me salió apenas en un hilo de voz.
—Ya, ya, no causes más problemas y espérate donde estás. ¡En pleno Año Nuevo, lo único que haces es dar problemas!
Me colgó otra vez. El tono de la llamada cortada me atravesó el oído como una aguja de hielo.
Abrí la boca, queriendo decirle otra vez que de verdad ya no podía más, pero no alcancé a sacar ni una palabra antes de que la llamada terminara.
Me quedé ahí, sosteniendo el celular, aturdida, y hasta se me olvidó devolvérselo al señor.
Él lo tomó con cuidado y me dijo en voz baja, tratando de consolarme:
—No te preocupes, tu familia debe estar por llegar. ¿Quieres subirte un rato a mi auto para que entres en calor?
Negué con la cabeza.
Temía que, si me movía justo en ese momento, Julio pasara y no me encontrara.
Solo pude sacar un hilito de voz para decir:
—No, gracias, señor.
Después me arrastré de vuelta al lugar donde había estado esperando.
No sé cuánto tiempo pasó. Poco a poco dejé de temblar, y el corazón también empezó a latir más despacio. Pero no me sentí mejor.
Al contrario. Mis manos y mis pies ya no parecían míos. Estaban tan rígidos que no me respondían.
Quise moverme un poco sin salir de ahí para entrar en calor, pero hasta levantar las piernas me costaba trabajo. Mi cuerpo entero reaccionaba con una lentitud extraña, como si estuviera dentro de una película en cámara lenta.
La noche ya había caído por completo.
Miré hacia la entrada con la mente en blanco.
La vista se me iba nublando cada vez más, y la conciencia se me iba apagando.
Apreté los dientes y, reuniendo toda la fuerza que me quedaba, empecé a avanzar pegada a la pared del edificio de la estación de servicio, paso a paso, hacia la salida.
Cada vez me costaba más respirar.
Era como si alguien me apretara la garganta con fuerza. O como si llevara una piedra enorme encima del pecho.
Abría la boca desesperadamente, intentando meter más aire, pero cada vez que inhalaba, solo lograba aspirar bocanadas cortas, rápidas, insuficientes.
La vista empezó a nublárseme por completo.
La luz de los faroles se expandió ante mis ojos hasta volverse manchas temblorosas y borrosas.
Las rodillas se me doblaron de golpe.
Mi cuerpo cayó sin fuerzas al suelo helado, y me quedé encogida ahí.
La mantita se me resbaló de los hombros y quedó medio caída a un lado, pero ya no tenía fuerzas ni para volver a acomodármela.
Qué cansada estaba…
Los párpados me pesaban tanto que no podía levantarlos, y la conciencia se me iba hundiendo, hundiendo, cada vez más.
En medio de ese aturdimiento, me pareció ver a mis padres corriendo hacia mí, a poca distancia, con la cara llena de angustia.
Y, justo antes de cerrar los ojos por completo, pensé: "Qué bien… Por fin vinieron por mí."