

Matrimonio en 90 dias
Sofía miraba su café con resignación, dándole vueltas con la cucharita como si así pudiera disolver la incomodidad de la cita que acababa de terminar... o más bien, que nunca llegó a empezar.
Su cita a ciegas había sido un desastre. El tipo se presentó, la miró de arriba abajo -sin marcas reconocidas, sin joyas, sin maquillaje llamativo-, frunció el ceño y se sentó solo para decirle, con tono educadamente condescendiente, que "no había química". Dos sorbos a su espresso y se fue sin mirar atrás.
Patético.
Estaba por levantarse cuando notó al hombre de la mesa de al lado. Solo, revisando el reloj una y otra vez. Tenía el café intacto frente a él, como si esperara algo que ya sabía que no iba a llegar.
Sofía lo observó por unos segundos. Tenía una mirada seria, algo cansada, pero no desagradable. Había una calma en él que contrastaba con la urgencia del mundo que los rodeaba. Quizás por eso, o simplemente por no sentirse tan ridícula, se levantó y se acercó.
-¿Te dejaron esperando o eres uno de esos optimistas que llega quince minutos antes? -preguntó, con una sonrisa ladeada.
El hombre alzó la vista, sorprendido. Tardó un par de segundos en responder.
-Me dejaron esperando -dijo finalmente, sin dramatismo.
-Igual que yo -comentó Sofía, señalando su mesa vacía-. ¿Te importa si me siento?
Él negó con la cabeza. Sofía se acomodó en la silla frente a él.
-¿Cita a ciegas? -preguntó ella.
-Sí. Al parecer, no tan exitosa.
-Ya somos dos. El mío me juzgó por mi ropa y se fue -dijo con una mueca burlona.
-Entonces se lo perdió -respondió él, sin pensarlo mucho.
Sofía parpadeó. No estaba acostumbrada a respuestas tan sencillas. Directas.
-¿Y tú? ¿Qué crees que pasó con la tuya?
-No lo sé. Tal vez tuvo algo mejor que hacer -dijo, encogiéndose de hombros-. No soy muy bueno en esto de las citas.
-Pues haces un gran esfuerzo al menos. No te fuiste.
Él sonrió apenas.
-Julián -dijo, extendiendo la mano.
-Sofía.
Se estrecharon las manos con un apretón breve. Silencio. No incómodo, pero sí cargado de posibilidades.
Ella lo observó. Podría irse ahora. Dejarlo ahí y seguir con su día. Pero su mente ya iba más rápido que eso. Y antes de poder contenerse, lo dijo.
-¿Te gustaría casarte conmigo?
Julián alzó las cejas, incrédulo.
-¿Qué?
-Casarte conmigo -repitió ella, con calma-. Nada de amor, nada de compromiso real. Solo un trato. Un matrimonio por conveniencia.
Él soltó una risa corta, como quien escucha una broma que no entendió del todo.
-¿Estás hablando en serio?
-Completamente. Necesito casarme para recibir una herencia. Mi padre puso esa cláusula ridícula en el testamento. Tengo 90 días para resolverlo, o el dinero va a parar a manos de alguien que no lo merece.
Julián la miró como si tratara de adivinar si estaba actuando. Pero Sofía no bajó la vista.
-¿Y por qué yo?
-Porque estás aquí. Porque no te burlaste de mí. Porque pareces... sensato.
Él se apoyó en el respaldo de la silla, aún procesando la propuesta. Pero no dijo que no.
-No te conozco -murmuró.
-Ni yo a ti. Justo por eso funciona.
Silencio.
Sofía lo miró fijamente.
-Es solo por tres meses. Puedo encargarme de todos los trámites. Nada de sentimientos. Solo un trato limpio. Y te recompensaré económicamente, si eso te preocupa.
-No es eso -dijo Julián, pensativo.
Ella lo estudió unos segundos y luego, sin rodeos, agregó:
-Además, me da la impresión de que tú también tienes tus motivos. Visa, tal vez. Documentos. No lo sé. Pero no me mires como si esta propuesta no te viniera bien.
Julián la observó, sorprendido. No le había dicho nada, pero ella lo había adivinado. Y con una frialdad que no se sentía ofensiva, solo realista.
-¿Quién eres tú, Sofía?
-Una mujer que no tiene tiempo para seguir siendo rechazada por tipos vacíos o pretendientes interesados. Solo necesito algo práctico.
Julián desvió la mirada por un momento. Luego asintió.
-Está bien.
Dos horas después, estaban frente al juez del registro civil, firmando papeles. El ambiente era frío, con paredes grises y una carpeta roja sobre la mesa. No hubo flores. No hubo anillos. No hubo besos.
Solo dos desconocidos sellando un trato con tinta y silencios.
Cuando salieron del edificio, ya eran legalmente marido y mujer.
Y ninguno de los dos lo sentía real.
Todavía.
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