Capítulo 3

El primer día de convivencia no fue como Sofía lo había imaginado. De hecho, no había imaginado nada al respecto. Había creído que sería algo simple: vivir bajo el mismo techo, evitar cualquier tipo de acercamiento emocional y cumplir con el trato. Pero pronto, los pequeños detalles comenzaron a aflorar. Y con ellos, las diferencias.

Sofía estaba en la cocina, organizando los estantes con precisión casi obsesiva. Había comenzado la mañana temprano, como siempre, ordenando todo a su alrededor. El departamento de dos habitaciones de Sofía estaba impecable, cada cosa en su lugar, los muebles perfectamente alineados. La luz que entraba por las ventanas amplias hacía que todo pareciera aún más ordenado. Era un lugar que reflejaba quién era ella: controlada, meticulosa, estructurada.

Julián entró en la cocina a esa hora. Él no era ni madrugador ni una persona de rutinas, y eso lo hacía sentir un poco fuera de lugar. Miró la cocina con cierto desconcierto antes de abrir el refrigerador y sacar una botella de jugo. Lo hizo con una calma que chocaba con el ritmo acelerado de Sofía.

-¿Quieres algo para el desayuno? -preguntó Sofía, sin mirarlo, mientras organizaba la despensa por tamaños y colores.

Julián se recostó contra la barra de la cocina, observando el proceso como si fuera un espectáculo.

-¿Tienes algún cereal o algo fácil de hacer? -preguntó con un tono relajado, sin la más mínima prisa.

Sofía le lanzó una mirada rápida. Aunque no le dijo nada, su expresión lo dijo todo: un cereal no estaba ni cerca de estar en sus planes para esa mañana.

-Hay avena -respondió, alzando la voz, como si eso fuera lo único que podría pasar en su cocina-. Es saludable.

Julián se encogió de hombros, sin mayor interés.

-Está bien -dijo mientras se sentaba en una de las sillas de la mesa. Miró la vajilla perfectamente ordenada, los cubiertos alineados. Todo tenía su lugar, pero a él le pareció excesivo. Sofía estaba demasiado tensa para un simple desayuno.

-No lo hagas si no te apetece -dijo ella con una leve sonrisa, tratando de sonar más amable de lo que realmente se sentía. Su necesidad de control no se veía reflejada solo en la cocina, sino en su comportamiento.

Julián suspiró y se levantó. No quería estorbar, pero tampoco tenía ganas de quedarse sentado en silencio mientras ella organizaba su vida como si fuera una exposición de arte. Tomó una taza y se sirvió un café de la cafetera.

-Oye, ¿te parece si dejo mi ropa en la otra habitación? No quiero mezclarme con tus cosas, ya sabes, por respeto -comentó, sin mirarla demasiado. No era un comentario malintencionado, pero Sofía lo tomó de manera diferente.

-¿Por respeto? -repitió ella, frunciendo el ceño. Esa palabra la había hecho sentir como si estuviera invitando a un extraño a su hogar. La idea de compartir su espacio con alguien, incluso si era un matrimonio por conveniencia, la inquietaba más de lo que esperaba.

-Sí, ¿qué pasa? -Julián no parecía haber notado su tono cortante.

Sofía respiró profundamente y bajó la mirada.

-Nada -respondió, casi automáticamente, y se dirigió a la alacena a sacar la avena. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que, a pesar de todo, estaba sorprendida de lo fácil que había sido para él adaptarse. No estaba haciendo preguntas innecesarias ni quejándose de las reglas que ella le había impuesto.

Julián terminó su café en silencio, observando la escena, y luego se levantó para ir al baño. Sofía no había terminado su ritual de organización, así que la pequeña conversación se deshizo en el aire. Él no comprendía del todo por qué ella actuaba de esa manera, tan rígida, tan distanciada. Pero lo aceptaba. La rutina de Sofía era importante para ella.

En su tiempo libre, Sofía comenzó a ver la televisión mientras comía. Julián se acomodó en el sofá, dispuesto a ver algo que no le interesaba. El zumbido del televisor llenó el aire con algo de tensión, pero ninguno de los dos habló de la incomodidad que flotaba entre ellos.

Poco después, el sonido del teléfono de Julián interrumpió el pequeño respiro de paz que había logrado crear.

-¿Vas a contestar? -preguntó Sofía, algo más tensa de lo que pensaba.

Julián levantó el teléfono, miró la pantalla y luego lo dejó de nuevo sobre la mesa.

-No es importante -respondió, pero su mirada había cambiado. Sofía se dio cuenta de que lo había visto muy poco concentrado en su teléfono. La sensación de que algo en su vida estaba aún por resolverse la inquietó de inmediato.

-Está bien -respondió ella, concentrándose de nuevo en la pantalla, sin más palabras. La comunicación entre ellos no fluía con la misma naturalidad que con un amigo cercano. Había algo ahí, algo que no se podía entender.

En la tarde, mientras Sofía estaba en su oficina trabajando, Julián decidió hacer algo que a él le parecía normal, pero que para ella fue un choque directo a su sentido de orden. Se estaba tomando una siesta en el sofá.

Cuando Sofía salió de la oficina y vio su teléfono a un lado de la mesa, vio un par de calcetines y una camisa tirados sobre el sillón. Sintió una punzada en el estómago al ver el caos que Julián había dejado. Se acercó rápidamente a la sala, recogió las prendas y las dobló de manera ordenada, como si eso fuera a calmar sus pensamientos.

En ese momento, Julián apareció detrás de ella.

-¿Tienes algo en contra de mis cosas? -preguntó, sin maldad, pero con cierto aire desafiante.

Sofía se detuvo y lo miró por un instante, sintiendo una mezcla de incomodidad y frustración.

-No, no tengo nada en contra. Solo... -dudó por un momento, mirando los calcetines doblados en su mano-. Solo que no soy una persona muy desordenada.

Julián la observó, entendiendo la tensión en su voz. No dijo nada durante unos segundos, hasta que decidió ir por su parte.

-¿Te molesta tanto? -preguntó suavemente.

Sofía suspiró y dejó caer las prendas sobre la mesa.

-No es que me moleste. Es que... todo esto es raro. Necesito controlarlo, Julián. Todo. Mi vida, mi espacio. Y tú, aquí, haciendo todo lo contrario, lo complicas.

Julián la observó en silencio por un momento. Entonces, en lugar de argumentar, simplemente levantó los brazos en un gesto de rendición.

-Está bien, lo intentaré. Pero, ¿puedes prometerme que no me convertiré en el enemigo? -dijo, con una sonrisa irónica.

Sofía no supo cómo responder. No era un enemigo. Solo alguien que venía a hacerle la vida más impredecible. Un contraste en cada rincón, en cada decisión, en cada mirada. Pero, por alguna razón, la idea de que él estuviera allí, viviendo a su lado, no la incomodaba tanto como ella pensaba.

-Lo intentaré -respondió al final, sin mucha seguridad.

Y de esa forma, empezaron a compartir el espacio. Aunque no estaba claro quién cedía más, la tensión seguía allí, sin resolverse, solo esperando a explotar cuando menos lo esperaran.

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