Capítulo 6
El dolor intenso hizo que Elara jadeara, pero no gritó, ni siquiera se estremeció. Solo miró a Dante en silencio.
Ese hombre que una vez le prometió protegerla de cualquier daño, que juró resguardarla de todas las tormentas, estaba ahora tratándola con brusquedad; su ira era tan palpable que parecía desear estrangularla hasta quitarle la vida, todo por la mentira de otra mujer.
—Salga.
Un enfermero alto, asignado por Julian, se colocó frente a Elara como un muro impenetrable. Tenía el rostro severo y los músculos tensos. Se dirigió a Dante:
—Esta es la unidad de cuidados intensivos, señor. Por favor, muestre respeto. De lo contrario, llamaré a seguridad para que lo saquen.
Dante se quedó congelado un instante, aparentemente sorprendido de que un extraño se atreviera a detenerlo.
Señaló a Elara, con el dedo tembloroso.
—¡Elara, ella es tu propia hermana! ¡¿Cómo pudiste ser tan cruel como para empujarla por las escaleras?!
—Se cayó sola —la voz de Elara estaba ronca mientras se defendía.
Sabía que era inútil explicarse. Siempre lo había sido.
—¡Sigues mintiendo! ¡Eres una mentirosa! —Dante le estampó el teléfono frente al rostro.
En la pantalla aparecía una foto de Serena en su lujosa habitación del hospital, con lágrimas corriéndole por el rostro y una diminuta venda en la frente.
El texto de la imagen decía: «Me duele el corazón por la traición de la persona en quien más confiaba. ¿Por qué la familia se convierte en un arma?»
Elara soltó una risa burlona.
—Escribió unas cuantas líneas ¿y tú te lo creíste?
Sabía que explicarse no serviría de nada, pero aun así no esperaba que él fuera tan descaradamente parcial.
Dante miró la expresión decepcionada de Elara; abrió la boca como si fuera a decir algo. ¿De verdad podría haber algo más detrás de todo esto?
Pero entonces, sonó su teléfono.
Era un tono de alerta especial, el tono personalizado de Serena.
Dante miró la pantalla y su expresión cambió al instante.
—Serena tiene palpitaciones cardíacas… Maldición.
Se dio la vuelta y se marchó apresuradamente, sin dedicarle a Elara una sola mirada más, sin preguntar «¿te duele la herida?» ni interesarse por quién le había dado la transfusión de sangre.
Ni siquiera sabía que la bolsa de sangre que la había salvado no provenía del hospital, y mucho menos que no había sido una donación de la familia Vane. Tampoco sabía que Elara tenía sangre Rh nulo. Nunca le importó. Lo único que sabía era que la sangre de Elara podía salvar a Serena, pero jamás pensó en quién la salvaría a ella.
Solo cuando su espalda desapareció al final del pasillo, Elara, inexpresiva, se arrancó la aguja intravenosa del brazo.
La sangre brotó, goteando sobre las sábanas blancas como flores de ciruelo sobre la nieve.
Pero no sintió dolor alguno.
—¡Señorita Vane, no puede moverse! ¡Acaba de salir de cirugía! —exclamó la enfermera, horrorizada.
—Quiero que me den el alta —dijo Elara, presionándose la herida, con la mirada firme como una roca—. Ayúdeme a contactar a la policía. Necesito levantar una denuncia.
—¿Una denuncia?
—Solicitar una orden de restricción —dijo Elara con frialdad y un destello helado en los ojos.
***
Una hora después, Elara salió de la comisaría.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Dante.
[Deja de hacer un escándalo. Serena está aterrorizada. Toma un taxi y vuelve a casa. Y Elara, le debes una disculpa a Serena. Tienes que enmendar esto, o… no puedo garantizar que pueda protegerte de la ira de papá. Está furioso.]
Elara miró el mensaje y una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios.
¿Protegerme a mí?
Pronto descubriría quién era el que realmente necesitaba protección.
Capítulo 7
La llamada de la comisaría llegó a casa antes que Elara.
Cuando ella empujó las pesadas puertas de roble tallado de la finca Vane, no la recibieron luces cálidas, sino el latigazo del cinturón de su padre azotando frente a su rostro.
«¡Crack!»
El costoso cinturón de cuero de cocodrilo se estrelló con violencia contra el hombro de Elara. La sangre manchó al instante las vendas, empapando la fina camisa.
—¡¿Te atreviste a llamar a la policía?! ¿Quieres que todo el mundo se ría de la familia Vane? ¡¿Y encima solicitar órdenes de restricción contra Leo y contra mí?! ¡Parece que estás cansada de vivir!
Su madre estaba sentada en el sofá de cuero, con una taza de té en la mano, observando con los ojos fríos.
—Es una miserable desagradecida. ¡Nunca debimos haberla traído al mundo!
Serena se acurrucaba en los brazos de su madre, aparentando temblar, pero un atisbo de satisfacción y burla se dibujaba en sus labios.
Otro latigazo cortó el aire.
Elara no lo esquivó, no lloró, ni siquiera gimió. Se quedó ahí de pie, recta como un cadáver incapaz de sentir dolor, dejando que el cinturón cayera.
—¡Habla! ¡Admite que te equivocaste! ¡Admítelo y pararé!
Su padre rugía, y el silencio de Elara solo avivaba más su furia.
—No estoy equivocada.
Elara lo miró a los ojos. Ni siquiera al verla golpeada y sangrando había el menor rastro de amor paternal en él.
—Ustedes me han maltratado, me han encarcelado, me han explotado y han robado mi trabajo. Esos son hechos.
—¡Tú! ¡Aún haciéndote la fuerte!
Las venas del cuello de su padre se hincharon de ira mientras levantaba la mano para golpearla de nuevo.
—¡Basta!
Dante finalmente bajó del piso de arriba. Se apresuró y sujetó la muñeca de su padre.
—Suegro, por favor, deténgase. La va a matar si sigue golpeándola.
Luego se volvió hacia Elara, su mirada recorrió su cuerpo ensangrentado y tambaleante. Un suspiro pesado escapó de él, cargado de cansancio por la situación y de un leve dolor por la chica que alguna vez conoció.
—Elara, mírate. Solo discúlpate, cede un poco y todo esto se puede resolver. ¿Por qué estás siendo tan obstinada? Antes no eras así —su tono estaba teñido de una sutil tristeza, como si recordara un pasado más agradable.
—¿Disculparme? —Elara miró a Dante. Sus ojos estaban vacíos, como dos agujeros negros.
El odio acumulado durante dos vidas alcanzó su punto álgido en ese instante.
Con el amor ya extinguido, solo le quedaba un asco infinito.
—Dante, me das asco.
La expresión de Dante se congeló.
Nunca había oído a Elara hablarle así.
Su padre aprovechó el momento, se soltó y alzó el cinturón en alto, esta vez apuntando al rostro de Elara.
—¿Quieres morir? ¡Te arruinaré la cara y veremos si sigues siendo tan obstinada! ¡Te concederé tu deseo!
Elara no se inmutó, mirando directamente el cinturón que estaba a punto de caer.
—Entonces mátame. Si rompes la bolsa de sangre, Serena también morirá.
El cinturón se detuvo bruscamente en el aire.
La mano de su padre tembló. Estaba asustado.
No de que Elara muriera, no; sino de perder el suministro de sangre de su preciosa Serena.
Capítulo 8
El castigo no duró mucho.
Resulta que, n el momento crucial, Serena de pronto se «desmayó», justo a tiempo.
La atención de toda la familia se desvió al instante. Doctores, enfermeras… fue un caos.
Elara, soportando el dolor punzante, se retiró a su habitación.
Estando ahí, sacó el teléfono. Había un mensaje sin leer de un número encriptado: una serie de coordenadas.
[Tres días más, a medianoche. El último barco en el Muelle 24. Trae a tu gente, yo me encargo del resto. – J]
Tres días más.
Tres días, y sería libre.
***
Al día siguiente, Dante llegó. Sostenía una invitación con letras doradas en relieve en una de sus manos.
—Elara, buenas noticias.
Se sentó junto a la cama y extendió la mano para tocarle el cabello. Ella giró la cabeza, esquivando el contacto.
Él retiró la mano con incomodidad y levantó la tarjeta.
—El Premio de Oro a «Los Jóvenes Pintores de América». El comité acaba de enviarte una notificación.
Era el mayor honor del mundo del arte, el sueño de innumerables artistas jóvenes.
En su vida pasada, Elara había estado encerrada en casa, «enferma», perdiéndose la ceremonia. Dante había movido sus influencias y el premio había pasado a Serena, dándole fama y fortuna.
¿Y esta vez se lo estaba diciendo a ella?
Los ojos de Elara se abrieron con incredulidad mientras tomaba la invitación.
—Sé que siempre has querido este reconocimiento —el tono de Dante se suavizó, como si apaciguara a una niña caprichosa—. Esta es tu oportunidad de obtener por fin lo que mereces, pero tienes que ser inteligente. Solo acepta el premio con obediencia y luego agradece públicamente a Serena por su constante inspiración. Di que ella te dio la motivación para crear. Si haces eso, te garantizo que estarás a salvo de la ira de tu padre y me aseguraré de que todo este asunto se olvide. Este será nuestro nuevo comienzo.
Así que era eso.
Ella seguía destinada a ser un peldaño. Solo que esta vez, no tras bambalinas, sino en el frente: un peldaño público para hacer brillar el nombre de Serena.
—Bien —dijo Elara en voz baja, con la mirada fija en la ventana y el tono plano.
Dante soltó un suspiro de alivio. Una sonrisa satisfecha se extendió por su rostro, creyendo que ella había cedido.
—Sabía que eras sensata. Cariño, te amo —Se puso de pie, acomodándose el traje—. Después de la ceremonia de premiación, nos casaremos, ¿de acuerdo? Ya elegí la fecha, el próximo mes.
Elara no respondió. Giró la cabeza, contemplando el cielo azul despejado, observando a las gaviotas elevarse.
—Dante.
—¿Sí?
—¿Sabes de qué color es el mar?
—Azul, ¿por qué? ¿A qué viene eso?
«No», pensó Elara.
Es del color de la libertad. Y ella jamás se casaría con él.
—No es nada —cerró los ojos—. Necesito descansar ahora. Por favor, vete.