Capítulo 4
—Te doy diez minutos, o me voy a enojar.
Parecía temer que no lo hiciera, porque antes de colgar me volvió a amenazar.
Antes, cada vez que decía que estaba enojado, yo obedecía obedientemente sin protestar. Pero él parecía no darse cuenta de que no me asusta su enojo. Yo solo pensaba que su trabajo en la empresa ya lo tenía lo suficientemente agotado como para que yo le causara más molestias.
Ahora es que logro entender, he intentado ayudarlo a aliviar su carga, pero los problemas han sido porque él mismo siempre los ha buscado.
Si es así, ¿por qué debería entrometerme?
—Si no llevaste tu tarjeta, puedes pedírsela a tu secretaria, o incluso a Sofía. Después de todo, este viaje de negocios es por su proyecto, que ella adelante el dinero no tiene nada de inapropiado.
Tras enviarle el mensaje, apagué el celular y me fui manejando a casa a empacar.
Compré la casa con mi propio dinero. Era el departamento y el piso que a él le gustaban. En su momento, pensé en poner su nombre en la escritura, pero un impulso extraño me detuvo y terminé escribiendo solo el mío. Ahora que lo pienso, me alegro de haber puesto la casa a mi nombre.
Después de empacar, puse la casa en venta a través de una agencia inmobiliaria. Al día siguiente fui al registro civil y entregué el acuerdo de divorcio ya firmado.
Cuando le llevé el acuerdo, todavía estaba pensando cómo explicárselo a Alejandro, pero él, apresurado y con maleta en mano, ni siquiera lo miró, lo pasó hasta la última página y firmó su nombre.
—Échale un vistazo —dije, aferrándome a un hilo de esperanza.
—No hace falta. Eres mi esposa, ¿acaso no confío en ti?
Sonreí, pero no de alegría.
Su confianza en mí no llegaba ni a la de Sofía. Lo que llamaba “confianza” no era más que un deseo de deshacerse de mí rápido, para poder volar a tiempo y acompañar a Sofía en su luna de miel.
Entregué los papeles y la funcionaria me dijo que necesitaban confirmar que la ruptura era real para iniciar el proceso de divorcio. Así que saqué una foto de Alejandro con Sofía, sonriendo felices, y también nuestras fotos de boda que él había destruido por ella. Aun así, la funcionaria negó con la cabeza.
—Debe admitirlo él mismo. —explicó.
Suspiré y encendí el celular.
Al prenderlo, apareció muchas llamadas perdidas y mensajes no leídos de Alejandro. Por lo de la tarjeta, se desahogó de todo, el último mensaje estaba lleno de insultos y terminó amenazándome con divorciarse de mí.
Mostré los mensajes a la funcionaria, pero siguió negando con la cabeza. Sin opciones, le marqué y tras un largo rato, respondió.
—Alejandro… nuestra relación…
—¿Qué relación? No sirve de nada lo que digas ahora. Mientras no le pidas perdón a Sofía, me divorcio de ti.
Alejandro pensaba que iba a intentar calmarlo como antes, pero lo interrumpí sin titubear, y colgué.
Finalmente, la funcionaria me creyó. Me miró con simpatía, aceptó los documentos y me informó que en un mes se emitiría el certificado de divorcio.
Sabía que Alejandro solo me hablaba del divorcio como amenaza, no porque de verdad lo quisiera. Antes, cada vez que lo contrariaba, lo decía seguido, y yo, incapaz de resistirme, termina disculpándome, aceptando todas sus demandas, solo para calmar su enojo y hacer que se retractara de la idea del divorcio.
Se confiaba en que no quería divorciarme, así que esto se convirtió en su último as bajo la manga. Pensaba que, amenazándome con el divorcio, conseguiría lo que quería.
Capítulo 5
Pero parecía haber olvidado algo, el amor es como el dinero en una alcancía. Si solo sacas y nunca depositas, con el tiempo se agota.
Como yo había puesto el precio de la casa bastante bajo, en menos de una semana se vendió sin problemas. Fui a la oficina de la inmobiliaria, firmé el contrato y acordé la fecha de entrega con los compradores, luego regresé a casa.
Sin embargo , al abrir la puerta, me sorprendió escuchar risas y charlas alegres dentro del apartamento. Las pantuflas de pareja que siempre estaban en la entrada habían desaparecido. Y en su lugar había un par de tacones y los zapatos de cuero para hombre que Alejandro más apreciaba, pues era un regalo de Sofía en su cumpleaños.
Me di cuenta de quiénes estaban adentro, Alejandro y Sofía. ¿No se suponía que regresarían en dos días?
Mientras pensaba esto, Sofía escuchó el ruido y se acercó, usando mis pantuflas, mi pijama, y con el cabello ligeramente desordenado sobre los hombros, adoptando una postura perezosa, como si fuera la dueña de la casa.
—Irene, ¿por qué regresas ahora? Si más no recuerdo la oficina todavía no ha cerrado.
Mientras hablaba, se metió una uva en la boca y escupió la semilla en un vaso de tomar agua que estaba a su lado.
Reconocí el vaso, era el juego de vasos de pareja que Alejandro me había regalado. Antes los cuidaba con tanto cariño que siempre los sostenía entre mis manos.
En ese momento, Alejandro se acercó desde la sala. Al ver que Sofía usaba mi vaso como bote de basura, fingió no verlo. Al verme, su expresión se tensó por un momento, y enseguida se volvió sombría.
—¿Otra vez te escapaste del trabajo? Irene, ¡aunque seas mi esposa, no puedes hacer esto todo el tiempo! Eso es la empresa, no nuestra casa. Si no respetas las reglas, ¿cómo voy a lograr que los demás lo hagan?
¿Reglas? No pude evitar sonreír por lo absurdo.
Si de no respetar las normas se trata, Alejandro es insuperable. Hace un año, cuando la empresa empezaba a estabilizarse, él ascendió a Sofía al puesto directivo, a pesar de que no tenía experiencia en la industria.
Aunque dudé, escuché que él decía que ella sería muy capaz, y me concentré en enseñarle.
Pero Sofía, en la oficina , hacía todo menos trabajar, se la pasaba maquillándose o durmiendo. Después de perder el tiempo durante la jornada laboral, se quedaba hasta la madrugada a propósito y luego mandaba fotos al grupo de la empresa mostrando que estaba haciendo “horas extras”, cuando en realidad no lo hacía.
Cuando le conté a Alejandro, él no le dio importancia, dijo que tal vez ella solo se relajaba un poco tras estar cansada de tanto trabajo.
Cuando le pedí que prestara más atención a la situación, dijo que no tenía tiempo; cuando le sugerí instalar cámaras, respondió que no era legal.
Más tarde, los proyectos comenzaron a fallar uno tras otro, con pérdidas millonarias. Sofía seguía actuando a su antojo, y yo, al borde de la paciencia, quise despedirla… pero Alejandro se opuso rotundamente. Finalmente me preguntó:
—¿Estás celosa? ¿Temes que Sofía te supere?
Así que ella se quedó, y poco a poco fue quitándome clientes y proyectos. Él lo veía todo, pero hacía oídos sordos, y además la elogiaba como una empleada ejemplar, convirtiéndome a mí en la villana celosa.
Antes me sentía menospreciada. Pero ahora, pensándolo bien, con esa paciencia que tuve, si hubiera sido en cualquier otra empresa probablemente no me habrían marginado ni menospreciado como aquí.
No dije nada. Sofía, a mi lado, le dio unas palmaditas suaves en la espalda y lo calmó con una voz dulce diciéndole:
—Tal vez Irene vino porque sabía que regresarías y se adelantó un poco.
Él claramente le creyó y su expresión se llenó de satisfacción.
—Está bien, pero que no vuelva a pasar. Por cierto, ¿cómo supiste que regresaba hoy?
Sofía sonrió diciendo:
—Se te olvidó, Alejandro. Los boletos de regreso fueron comprados por Recursos Humanos, probablemente ella se lo contó a Irene.
Capítulo 6
Alejandro resopló y me dijo:
—Irene, todos los días tienes la cabeza en cualquier cosa menos en el trabajo, pero para estos asuntos inútiles sí que te muestras bastante diligente. Pero no creas que con eso voy a perdonarte. Hiciste un berrinche y congelaste la tarjeta bancaria, me hiciste quedar mal frente a nuestros socios, y al final fue Sofía quien tuvo que pedir dinero prestado por todas partes para pagar los gastos. No es que no pueda perdonarte, pero antes de eso, tenemos que darle a Sofía la compensación que merece. El departamento donde vive ahora está en remodelación y por el momento no se puede habitar. Desocupa esta habitación para que ella se quede aquí una temporada, y yo tampoco seguiré reclamándote por lo ocurrido.
Negué con la cabeza.
—Pero esta casa ya la vendí.
—¿La vendiste? —Alejandro abrió los ojos, sorprendido.
Antes de que pudiera preguntar algo más, Sofía dijo:
—¿Será que Irene piensa vender esta casa para comprarte una más grande y compensarte?
A Alejandro la idea le pareció razonable, y su expresión se relajó de inmediato.
—Es cierto, ya llevamos bastante tiempo viviendo aquí. Ya es momento de comprar algo más grande. Cuando llegue el momento, yo pondré parte del dinero contigo. Por ahora, no la vendas, justo puede servirle a Sofía.
—Ay, qué pena —dijo Sofía—. Entonces pagaré la renta según el precio del mercado.
—¿Qué renta? —el rostro de Alejandro se puso serio—. Soy tu jefe, ¿cómo voy a dejar que pagues alquiler?
—No, eso no estaría bien. La renta debo pagarla.
—Entonces que sean unos pocos cientos, y listo.
Los dos actuaban en perfecta complicidad, y Alejandro mostraba una actitud completamente despreocupada respecto al alquiler.
Esta casa estaba en el centro de la ciudad, el alquiler en el mercado rondaba casi los dos mil dólares al mes, pero para él era algo sin importancia. Sin embargo, cuando salíamos juntos, incluso los gastos de una comida o del cine los calculaba conmigo hasta el último centavo. Cuando no hay amor, se nota. Y cuando lo hay, también.
—¿Y bien? Si aceptas, lo del divorcio todavía puedo reconsiderarlo.
—No hace falta reconsiderar…
—¿Cómo crees que eso va a estar bien? Perdonarte así , tan fácilmente, sin que aprendas la lección… ¿qué pasa si vuelves a cometer el mismo error?
Alejandro me interrumpió, creyendo que yo quería que desistiera de la idea de divorciarse.
Sofía, a su lado, soltó una risita.
—Alejandro tiene razón, pero hazlo por mí, perdona a Irene, ¿si? Además, después de tantos años de matrimonio, sería una lástima separarse ahora.
Alejandro se quedó pensativo.
Sofía, sin pensarlo ,se le acercó, lo tomó del brazo y lo sacudió suavemente, con una mirada tierna, coqueta.
Él le murmuró que no molestara y se dejara de tonterías, pero su sonrisa lo delataba, estaba encantado.
—Está bien. —dijo finalmente.
Luego me miró, satisfecho.
—Ya que Sofía también intercede por ti, te perdonaré esta vez. Mejor dale las gracias —me advirtió—. Después de cómo la trataste, ella aun te ayuda sin rencor. Olvídalo, entonces… este divorcio…
—Te equivocas.
No lo dejé terminar. Con voz tranquila, interrumpí y puse el acuerdo de divorcio frente a él.
—Lo que quiero decir… es que ya estamos divorciados.