Capítulo 6

Julieta bajó la mirada. Ella había visto con sus propios ojos cómo Gabriel llevaba a Camila a ese mismo parque de diversiones. La acompañaba con paciencia infinita, tomándole fotos sin quejarse, hasta con una sonrisa tonta en los labios.

No era por compararse con Camila, pero para la pequeña Julieta de años atrás, ir a un parque con Gabriel había sido un sueño.

Esta cuarta petición... no era por Gabriel, era para cumplirse a sí misma una promesa.

Gabriel estaba físicamente a su lado, sí... pero, mentalmente, hacía rato que no estaba allí. No despegaba los ojos del celular.

Julieta le pidió cuatro, cinco veces que le tomara una foto antes de que levantara la cabeza para mirarla con fastidio.

Cuando cayó la noche, Gabriel la apuró tres veces para irse.

Pero ella no respondió, solo alzó la mirada cuando las luces del carrusel empezaron a brillar a lo lejos.

—Acompáñame en esa atracción. Después de eso, nos vamos. —su voz era suave, pero sus ojos... brillaban con una chispa de esperanza.

Gabriel se quedó inmóvil unos segundos, antes de murmurar entre dientes:

—Julieta, aunque ese carrusel suba hasta el cielo, yo no voy a enamorarme de ti.

El tiempo pareció detenerse.

A Julieta le ardieron los ojos y se giró rápidamente.

—¿Qué te pasa? Solo quiero subirme. Nunca lo he hecho, nada más.

El sonido de un teléfono rompió la tensión.

Cuando Gabriel atendió, la voz agitada de Camila sonó al otro lado de la línea, aunque Julieta no podía entender lo que decía.

Gabriel no esperó ni un segundo, rápidamente cortó la llamada, se dio media vuelta y se fue.

Esta vez... ni siquiera se molestó en disculparse.

Julieta se quedó sola.

Y cuando el carrusel llegó a lo más alto, con la ciudad encendida brillando bajo sus pies... sus lágrimas rodaron en silencio por sus mejillas.

—Feliz cumpleaños, Julieta Ramírez —susurró.

***

Después de ese día, Julieta cayó enferma.

Una fiebre altísima la llevó de urgencia al hospital, y, aunque las máquinas sonaban sin parar, ella no escuchaba nada.

Entre la niebla de su inconsciencia, le pareció ver a Gabriel en la habitación. Lo imaginó de pie, observándola sin una pizca de compasión. Y, en ese sueño, él sonreía con desprecio.

—Bien hecho. El karma existe, ¿lo sabías? Ya era hora que pagaras. Ojalá te mueras de una vez, así no tengo que cumplir tu última ridícula petición.

En el sueño, Julieta apretaba los dientes de impotencia, con el corazón sumergido en algo amargo como café quemado.

Haciendo un esfuerzo, abrió los ojos. Pero no había nadie.

—Gracias a Dios, despertaste. ¿Tienes idea de cuánto tiempo dormiste?

Era Antonia Salazar, la enfermera que la había cuidado durante todo ese tiempo.

Julieta tenía carácter fuerte, lo había heredado de una familia donde la apariencia lo era todo.

En su círculo social, todos sabían que la familia Ramírez se había venido abajo, y que Gabriel Fuentes sería el primero en ir a reírse de ella. Por eso, todos ya habían elegido bando.

Y ese bando no era el suyo.

Antonia era la única que permanecía a su lado, sin pedir nada a cambio.

Al escucharla, Julieta se incorporó de golpe.

—¿Qué día es hoy?

Antonia pensó que lo preguntaba por su salud, por lo poco que le quedaba, por lo que, disimulando una expresión de tristeza, contestó en voz baja:

—Veintiocho... Julieta, tú...

—¿Dónde está mi peluca?

Antonia se quedó en shock por un segundo, antes de reaccionar.

—Aquí está. La tenía guardada.

Julieta extendió los dedos y tomó la caja con cuidado, bajando los ojos. Nadie podía adivinar qué pensaba.

—Antonia... mientras estuve dormida... ¿alguien vino a verme? —preguntó con un tono casi temeroso, mientras apretaba la peluca con fuerza entre las manos.

Antonia sintió un nudo en la garganta. Pero no quiso mentirle.

—Julieta... Gabriel no vino.

Se giró rápido, parpadeando para contener las lágrimas.

No solo no había ido, sino que ni siquiera había contestado sus llamadas ni sus mensajes.

«¿En coma? No digas estupideces. Ella no se desmaya ni fingiendo.»

«No tengo tiempo para juegos. Lo único que haré será lo último que me pidió. Nada más. Que deje de inventar cosas.»

Capítulo 7

Julieta llamó a Gabriel por teléfono. Pero, después de que él le colgara tres veces seguidas, se le acabó la paciencia y le escribió un mensaje corto.

No pasaron ni dos minutos antes de que el celular sonara con su nombre en la pantalla. Pero su voz... sonaba agotada.

—Camila está enferma. Tengo que quedarme con ella. Lo último que te prometí, lo hacemos en dos días, ¿sí?

Estaba por colgar cuando Julieta alzó la voz:

—¡No puede ser!

Del otro lado, Gabriel soltó una risa irónica.

—¿Dos días, Julieta? ¿De verdad vas a armar drama por eso? No seas ridícula.

Julieta sintió que algo se le atoraba en la garganta, pero, como pudo, aguantó las ganas de romper a llorar.

—Gabriel... solo falta una cosa. Una. ¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste? ¿Quieres seguir siendo mi esposo? Porque, si tú quieres... yo no tengo problema, ¿eh?

Gabriel, como siempre, cayó en sus provocaciones, y, como siempre, Julieta colgó con una carcajada entre dientes, aunque con lágrimas cayéndole al mismo tiempo. Las sentía rodar por sus mejillas hasta su boca. El sabor amargo le raspaba el alma.

Tenía miedo.

Miedo de que Gabriel notara lo débil que estaba. Miedo de que muriera... y, aun así, él solo supiera reírse de ella.

Por eso, antes de que llegara, le pidió a Antonia que la maquillara.

Tardó casi veinte minutos en bajar. Cada paso era un desafío.

Gabriel la esperaba afuera, impaciente.

—¡Qué lenta eres! Es la última cosa. ¡Dilo de una vez!

Julieta no respondió. Subió al auto, se abrochó el cinturón y, solo entonces, lo miró.

—Es muy simple. Quiero que me cocines el almuerzo.

Gabriel la miró sin entender.

—¿Solo eso? ¿Una comida?

—Solo eso.

Él no quitaba los ojos de encima, como si sospechara que había alguna trampa. Después de todo lo que ella le había exigido antes, esperaba algo imposible.

Pero no. Solo le pedía una comida.

Revisó la hora, envió un par de mensajes rápidos y arrancó el auto.

Terminaron en el supermercado.

Era la primera vez que Julieta y Gabriel hacían algo así juntos. La primera vez que parecían... una pareja normal. Gabriel empujaba el carrito, mientras Julieta iba a su lado, diciendo qué llevar.

En la caja, un niño pasó corriendo y estuvo a punto de chocar contra ella. Gabriel, sin pensarlo, la protegió con el brazo y la tomó de la mano.

Julieta bajó la mirada y, al ver sus manos entrelazadas, se le nublaron los ojos. Era la segunda vez que Gabriel la tomaba de la mano... por voluntad propia.

Pero ese calor, esa sensación... duró poco. Gabriel la soltó como si quemara.

Volvieron al apartamento que alguna vez compartieron, un lugar que no guardaba buenos recuerdos.

Gabriel se había casado con ella obligado, y, durante todo el matrimonio, no había hecho más que mostrarle su rechazo.

Las infidelidades habían sido tantas... que casi había perdido la cuenta.

Al entrar, Gabriel se cambió de zapatos y se encaminó directo a la cocina.

Julieta, apenas cerró la puerta, se dejó caer en el suelo. Estaba exhausta.

Pero cuando él volvió con los platos, ya se había levantado y sonreía como si nada pasara.

No sabía que Gabriel sabía cocinar. Y ahora que lo hacía, no era por ella.

Era por Camila, claro. Solo podía ser por Camila.

—¿Todo eso? —preguntó Julieta, mirando los platos uno tras otro—. ¿Tú crees que dos personas pueden comer tanto?

Su cuerpo no podía más. Ni siquiera tenía apetito.

Gabriel colocó el último plato sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—¿Quién dijo que somos solo dos?

Capítulo 8

Julieta lo miró atónita.

Antes de poder reaccionar, el timbre de la puerta sonó con insistencia.

Gabriel sonrió con naturalidad y se encaminó a abrir.

—¿Llegué muy tarde, Gabriel? ¡Lo siento, es culpa de mis alumnos, no paraban de hacerme preguntas! —la voz de Camila sonaba fresca, familiar.

Entró como si estuviera en su propia casa. Fue directo al mueble del recibidor y sacó un par de pantuflas de mujer, que Julieta reconoció de inmediato. Las había comprado ella misma, hacía poco... pero nunca había tenido la oportunidad de usarlas antes de mudarse.

Ahora, ver a Camila moverse con tanta soltura en esa casa... hizo que un escalofrío le recorriera la columna.

—No, llegaste justo a tiempo. ¡Lávate las manos que ya está la comida! —respondió Gabriel con voz cálida… demasiado cálida.

Camila sonrió, sonrojada, y fue hacia la mesa.

—Perdón, Julieta. ¡Qué vergüenza llegar tan tarde!

Julieta no respondió. Pero Camila tampoco esperaba que lo hiciera, por lo que se sentó sin más.

—Gabriel, eres un amor. ¡Hasta me pusiste los cubiertos como me gustan!

—Sé que eres maniática con eso. Los lavé como tres veces. A ver si pasa la inspección —bromeó Gabriel.

—¿Y tú qué quieres de premio por ser tan detallista? —preguntó ella, en tono coqueto.

Gabriel alzó la mano y le pellizcó la mejilla con cariño.

—Que comas bien. Entre las clases, el estrés y esa gripe horrible que tuviste... estás más flaca que nunca.

Julieta los observaba en silencio —sus palabras, sus gestos, todo—, mientras un dolor que creía muerto, volvió a abrirse paso dentro de ella, sin poder evitarlo.

—¿Esto es lo que prometiste como la última cosa? —interrumpió, con voz temblorosa.

Sentía que su cuerpo era todo espinas.

Gabriel la miró... y recién entonces notó lo delgada que estaba. Demasiado. Algo en sus ojos se movió, tal vez culpa, pero se obligó a hablar con frialdad:

—Preparé comida. Tú ni siquiera puedes comer tanto. Camila acaba de salir del hospital. Estuve cuidándola todos estos días. Eres tú la que insistió en hacerlo hoy. ¿Qué querías? ¿Que la dejara tirada?

Camila, sentada justo frente a Julieta, miraba la escena con satisfacción. Era como si dijera sin palabras: «Mírame. Yo soy la que él quiere proteger».

Julieta sintió cómo la energía la abandonaba, como si alguien hubiera soltado el nudo que la sostenía por dentro.

No solo le dolía el pecho; le dolían los huesos, el alma…

Con la cabeza agachada, se levantó.

—No debería haber esperado nada de ti, Gabriel Fuentes —dijo, su voz apenas un susurro, tan suave como el de una aguja al caer al suelo.

Gabriel dio un paso, tal vez para detenerla. Pero Camila fue más rápida. Se levantó también y extendió la mano hacia Julieta, como queriendo frenarla.

Sin querer, su manga se enredó en el cabello de Julieta.

No. No en su cabello.

¡En su peluca!

La cual, de un tirón, cayó al suelo.

Gabriel dio un salto hacia atrás, como si hubiera visto un fantasma.

—¡¿Julieta?! ¡¿Y tu cabello?!

Julieta se quedó de espaldas, temblando. No podía moverse. No podía pensar. Sentía que Camila le había arrancado la última capa de dignidad.

Pensó en contarlo todo. En decirle la verdad: que se estaba muriendo.

Pero, antes de que pudiera abrir la boca, Camila recogió la peluca del suelo, levantándola con una mirada dura, casi teatral.

—Julieta, no puedo creerlo. ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para retenerlo? ¿Qué sigue? ¿Vestirte de monja y amenazar con meterte a un convento si no se queda contigo?

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