Capítulo 1
Desde pequeños, Gabriel Fuentes y Julieta Ramírez nunca se habían llevado bien.
Sin embargo, el destino tenía otros planes: en su círculo social, ya solo quedaban ellos dos como candidatos «adecuados» para un matrimonio por conveniencia.
Gabriel juró que preferiría morirse antes que casarse con Julieta, mientras que ella, con una sonrisa irónica, respondía:
—Entonces ya está decidido. Me casaré contigo. Apúrate y muérete.
El día de la boda, Gabriel soltó decenas de gallinas en plena ceremonia para humillarla.
Julieta, impasible, alzó una y dijo en voz alta:
—Saluda, esposo mío.
Y fue en ese momento que a Gabriel se le acabaron las ganas de burlarse.
La mujer que él menos quería, era justo la que más empeño tenía en casarse con él.
—Te vas a arrepentir —le dijo con desprecio.
Tres años después, Julieta vio a Gabriel siéndole infiel por novena vez.
Y recién entonces entendió...
A qué se refería él con la frase «te vas a arrepentir».
Después de pasar toda la noche en un avión, Julieta Ramírez llegó al departamento con el rostro pálido y agotado, y lo primero que vio fue ropa tirada en el suelo, mientras un olor fuerte, agrio y penetrante impregnaba el aire, revolviéndole el estómago.
Gabriel Fuentes, con el torso desnudo, se encontraba en la cama, rodeando con sus brazos a una mujer que llevaba puesto el camisón de seda favorito de Julieta. Las manos de él recorrían el cuerpo de la otra como si estuvieran solos, mientras una sonrisa burlona se dibujaba en su rostro.
Gabriel alzó una ceja, y soltó una carcajada descarada al ver a Julieta parada en la puerta.
—¿Qué tal, Julieta? ¿No crees que a ella le queda mejor que a ti? Si no me falla la memoria, esta es la novena vez que me descubres en la cama con otra mujer. ¿En serio todavía no estás dispuesta a firmar el divorcio?
Julieta se apretó el estómago con una mano, pero, esta vez, no reaccionó con rabia.
—Ponte algo. Tenemos que hablar.
Gabriel soltó una risa sarcástica mientras la miraba alejarse.
—¿Tú y yo? ¿Hablar de qué? ¿Qué podríamos tener que hablar?
Julieta se detuvo, sin girarse.
—Del divorcio.
Por primera vez, Gabriel pareció desconcertado.
—¡Vaya, qué maravilla! ¡Por fin vas a hacerme el favor!
Julieta apenas llevaba cinco minutos sentada en el estudio cuando Gabriel entró por fin con la camisa bien abotonada. Era evidente que tenía prisa.
—No me estarás tomando el pelo, ¿verdad, Julieta?
Ella lo miró sin emoción y deslizó hacia él un documento sobre la mesa.
—Léelo. Si todo te parece bien, firma.
Gabriel lo tomó con recelo, convencido de que Julieta no se lo pondría tan fácil. Después de todo, la familia Ramírez ya no era lo que había sido. Por lo que él pensaba que ella seguiría aferrándose a él como una sanguijuela.
Pero al leerlo... se quedó sin palabras.
Julieta no solo no pedía nada, sino que incluso renunciaba a la casa que compartían.
—¿Hablas en serio? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿O vas a ir a armar escándalo a la casa de mis padres apenas salga de aquí?
—Hablo en serio —respondió Julieta, manteniendo la calma—. Y no, no voy a hacer ningún escándalo. Quédate tranquilo.
Sin más dudas, Gabriel firmó al pie del documento con un gesto rápido. Cuando puso el último trazo, sonrió aliviado.
—Ya que está todo listo, vamos de una vez al registro civil. No pienso perder ni un solo día de esos malditos treinta de «reflexión obligatoria».
—¿Ahora mismo? —inquirió Julieta, frunciendo el ceño.
—¿Qué? ¿Vas a arrepentirte ahora? ¡Sabía que ibas a salir con algo!
A pesar del dolor punzante en el estómago, Julieta lo miró con firmeza.
—No. Vamos.
Sin dudarlo, Julieta lo acompañó al registro.
Cuando el funcionario les entregó el formulario, les explicó:
—Tienen treinta días por si alguno se arrepiente...
—¿Arrepentirme? —bufó Gabriel y soltó una carcajada mientras dejaba la pluma sobre el escritorio—. Ni en sueños.
Julieta salió unos minutos después, pero encontró a Gabriel esperando dentro del auto.
Cuando la vio, tocó la bocina con aire burlón. Bajó un poco la ventanilla, se quitó los lentes oscuros y dijo con tono condescendiente:
—Julieta, después de todo, compartimos cama alguna vez. No te preocupes, seguro encuentras a otro. De hecho... este tipo parece un buen candidato.
Le extendió una tarjeta de presentación. Pensó que Julieta lo rechazaría indignada, sin embargo, ella la tomó con calma.
—Gracias. Lo pensaré.
Dicho esto, se dio media vuelta y se alejó, dejándolo ahí... perplejo.
Lo que Gabriel no sabía era que esos treinta días... no eran solo el período de reflexión para el divorcio.
Eran también...
La cuenta regresiva hacia la muerte de Julieta.
Capítulo 2
Julieta caminaba por las calles sin rumbo fijo. En la mano apretaba con fuerza un sobre arrugado: el diagnóstico médico que, en pocas palabras, era su sentencia de muerte.
—¿Quiere decir que... me quedan solo treinta días de vida? —le había preguntado al médico.
—Lo siento mucho, señorita Ramírez.
En cuanto oyó aquello, el mundo se le vino abajo. Aunque no era la primera vez que sentía algo así.
La familia Ramírez estaba al borde del colapso, y todo el peso había caído sobre sus hombros.
En aquellos días oscuros, Julieta se había sentido desesperada. Había intentado buscar algo de consuelo... aunque fuera en forma de una pelea absurda.
Llamó a Gabriel Fuentes, una y otra vez, pensando que, aunque solo fuera para discutir con él, pelearse como siempre... le haría sentir que seguía viva.
Pero él rechazó todas sus llamadas. Hasta que, harto, directamente apagó el teléfono.
La siguiente vez que lo vio... fue en su propia cama matrimonial, desnudo, abrazado a una modelo mucho más joven.
Gabriel nunca vio su angustia. En ella solo veía un rostro que le provocaba rechazo.
Besó a la modelo con descaro, delante de ella. Fue un beso largo, francés, húmedo, deliberado. Y el hilo de saliva que quedó colgando de sus labios fue lo que más le dolió a Julieta.
—¿Qué tal? ¿Ahora sí quieres el divorcio?
Julieta no respondió. Solo salió corriendo.
En Ciudad del Río, todo el mundo sabía que ella y Gabriel se detestaban desde niños. Cada vez que se veían, era una pelea segura. Y, también, todos creían que ella lo odiaba con la misma intensidad con que él la despreciaba.
Julieta se tocó el anillo en su dedo anular, el que Gabriel le había dado a regañadientes después de la boda, el que le había lanzado a la cara.
Al principio, Julieta había escondido bien sus sentimientos. Hasta que Gabriel comenzó a obligarla a «cumplir con sus deberes de esposa».
En uno de esos encuentros forzados, él tocó su mano y notó el anillo, tras lo cual soltó una risa seca.
—Julieta... ¿no me digas que estás enamorada de mí y por eso no quieres firmar el divorcio? Si es así, más vale que se te pase. Yo no solo no te quiero... ¡me repugnas!
El odio de Gabriel no era gratuito. Desde pequeños, sus familias habían arreglado aquel matrimonio. Y por culpa de eso, su primer amor, la única chica que realmente él había querido, se había visto obligada a irse del país.
Aquella noche, Julieta no durmió. Se quedó mirando el techo, en silencio. Su madre había muerto cuando era pequeña, y nadie le había enseñado cómo retener al hombre que amaba. Solo sabía usar palabras hirientes para llamar su atención.
Pero al final... ¿para qué había servido eso?
Parpadeó con fuerza, con los ojos secos y ardientes.
Su celular vibraba sin parar.
Era Gabriel, quien estaba compartiendo la alegría en el grupo de amigos.
«¿Qué pasó? ¿Por qué tanta alegría, señor Fuentes?»
Gabriel no contestó. Solo compartió una foto: la hoja con las firmas de la solicitud de divorcio.
Como si hubiera lanzado una bomba, todos los del grupo, que hasta ese momento solo leían en silencio, empezaron a comentar.
«¿Divorcio? ¿En serio? ¿Julieta aceptó?»
«¡Por fin una buena noticia! ¡Te quitaste ese lastre de encima!»
«¡Esto se tiene que celebrar! Tú mismo dijiste que no podías dormir solo de verla. Ahora vas a poder tener a diez o veinte distintas, sin que nadie te moleste.»
«¿Pero no les parece raro? Gabriel se acostó con medio país y Julieta siempre se lo aguantó. ¿Por qué ahora no? ¿No será una broma? Capaz ni aparece y Gabriel se queda sin firmar el acta.»
De pronto, el grupo quedó en silencio.
Y entonces, el teléfono de Julieta empezó a sonar.
—¿Julieta? No me digas que esto es un juego. ¿De verdad vas a ir por el acta cuando termine el periodo?
Julieta, con el rostro pálido, esbozó una pequeña sonrisa, se llevó el teléfono al oído y respondió con voz serena:
—Claro que es un juego. —Hizo una pausa—. ¿Y qué vas a hacer al respecto, Gabriel Fuentes?
Capítulo 3
Del otro lado de la línea, se escuchaba su respiración agitada.
Julieta pensó que, si estuviera frente a él, en ese mismo instante, probablemente no tendría que esperar ni un mes para morir: Gabriel la estrangularía con sus propias manos.
Antes de que él pudiera soltarle una grosería, Julieta soltó una risa suave.
—Gabriel... esta vez no estoy jugando. Pero tengo una condición.
Gabriel no contestó. Pero Julieta, como si nada, siguió hablando:
—Quiero que hagas diez cosas conmigo. Solo diez. Cuando las terminemos, te juro que firmo y desaparezco de tu vida para siempre.
La propuesta era tentadora.
Gabriel frunció el ceño.
—Diez es demasiado. Cinco.
—Hecho —respondió Julieta, con una leve sonrisa.
La primera de esas cosas fue asistir juntos a una gala benéfica.
Julieta se arregló con esmero. Llevaba un vestido elegante, discreto, pero de un gusto impecable. Gabriel llegó a recogerla revisando el celular, sin dedicarle ni una sola mirada.
A ella no le importó. Ya sabía que de su boca no iba a salir ningún cumplido.
Pero, cuando subieron al auto, Gabriel la miró de reojo... y frunció el entrecejo.
—¿Adelgazaste? Estás pálida. Qué fea te ves.
Julieta mantuvo la vista al frente. No respondió.
Al bajar del vehículo, Gabriel le tomó la mano con brusquedad y Julieta se tensó.
—¿Y ahora qué? —bufó él con desprecio—. No es como si fuera la primera vez que nos tocamos. Hemos hecho cosas mucho más íntimas, ¿ahora te haces la recatada?
Sus manos eran un contraste cruel: la de ella, helada; la de él, cálida.
No era la primera vez que Gabriel la tomaba de la mano, pero sí era la primera vez que lo hacía... por iniciativa propia.
Los asistentes notaron el extraño equilibrio entre ellos. Una tensión casi armónica, que dejaba a todos desconcertados.
Durante la subasta, Julieta vio algo que le llamó la atención. Levantó la paleta instintivamente, pero alguien más se adelantó.
Era una pintura de un artista francés fallecido. Muy codiciada. Todos querían quedarse con ella. Y, al final, fue Gabriel quien la adquirió… tras pagar una fortuna.
A Julieta se le calentó el pecho con una sensación inesperada.
—Gabri...
—Mándenla a la casa de los Figueroa, en Córdoba —ordenó él al personal.
La mano de Julieta, que ya se había alzado, se quedó suspendida en el aire, al comprenderlo.
No era para ella. No la había comprado por ella.
Una ola amarga la invadió por completo. Se levantó sin decir palabra y salió del salón.
Gabriel frunció el ceño y la siguió con pasos largos, alcanzándola justo antes de que cruzara la puerta.
—¿Y ahora qué? ¿Te vas a ir a mitad de todo?
Ella intentó soltar su brazo, pero él no se lo permitió.
—Tú fuiste la que me trajo hasta aquí. ¿Qué show estás montando ahora? ¡Estás loca!
Esas palabras fueron como un disparo directo al pecho de Julieta.
—Sí —dijo con los ojos apagados—. Estoy loca.
Se soltó con fuerza y se fue sin mirar atrás.
***
Durante la semana que pasó una semana sin hablarle, se mudó del departamento que compartían.
Al principio, Gabriel no le dio importancia. Pero cuando pensaba en las otras cuatro cosas que faltaban, algo le incomodaba. Como si tuviera que apresurarse antes de que Julieta volviera a pegarse a él como un parásito.
No pudo con la incertidumbre y la llamó.
Cuando ella respondió, acababa de salir de una sesión de radioterapia, y el dolor que sentía en los huesos era insoportable.
—Faltan cuatro cosas, Julieta. No me vengas con jueguitos ahora.
Ella dudó unos segundos antes de responder:
—Quiero ir a la Patagonia.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
Gabriel pensó que estaba completamente loca. Pero, con tal de divorciarse y quitársela de encima...
Pensando en esto, compró los pasajes de inmediato.
Julieta llegó cubierta de pies a cabeza. Gabriel ya la esperaba en el aeropuerto, visiblemente irritado.
—¿Qué te pasa? Quise ir a buscarte y no me dejaste. ¿Y encima llegas tardísimo?
Ella le entregó la maleta, contestando suavemente:
—No seas pesado.
Gabriel soltó una risa sarcástica, pero tomó el equipaje sin protestar, como si su cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer.
Estaban a punto de abordar cuando sonó el teléfono de Gabriel.
Julieta se detuvo en la puerta de embarque y lo miró desde lejos.
Él contestó, apretando el celular con fuerza y su cuerpo se tensó por completo.
—Lo siento, Julieta... No puedo ir contigo a la Patagonia.