Capítulo 3

Aquel collar era un recordatorio constante de mi vergüenza. El contacto de la plata suprimía a la loba y me impedía respirar, devolviéndome esa sensación asfixiante de estar atrapada. Contuve las náuseas y susurré:

—Entiendo. Lo haré.

Sabía que no me dejarían marchar, pero debía encontrar la forma de escapar.

Mientras buscaba desesperadamente una salida, la puerta se abrió para dejar pasar a Tristan... o eso creí. Al percibir aquel aroma tenue y extraño, supe que se trataba de Ronan. Había vuelto a usar un bloqueador de olor y me dedicó una sonrisa mientras se acercaba.

Al fijar la vista en el collar, su mirada se ensombreció, dejando ver un destello fugaz de arrepentimiento que desapareció de inmediato.

—Lo lamento, Lucia. Quizá no sepas que Arabella creció con nosotros; es como nuestra hermana. Has sufrido mucho —dijo mientras me tomaba de la mano, fingiendo afecto—. Después de todo, aún tenemos que probarnos los trajes para la ceremonia. No estés triste, por favor.

No comprendía por qué Ronan actuaba con esa amabilidad fingida cuando era evidente el desprecio que ambos sentían por mí. Sin embargo, lo entendí todo en cuanto sentí que su mano bajaba por mi cintura buscando despojarme de la ropa. Tal como lo había dicho: le gustaba mi cuerpo y solo pretendía usarme.

Me quedé gélida y lo aparté por instinto.

—Esperemos a la ceremonia, ¿está bien? No estoy enojada. Si esto es lo que Bella quiere, cooperaré.

Mi fingida obediencia pareció complacerlo, así que se limitó a besarme la oreja antes de sentenciar:

—De acuerdo, nena. Te veré en tres días.

Se marchó, pero el hambre depredadora de su mirada prometía que volvería por más. Yo, en cambio, solo podía pensar en lo que acababa de decir: la prueba de los trajes. Aquello podía ser la oportunidad perfecta para huir.

Al día siguiente, los estilistas me rodearon con el vestido de un blanco puro destinado a la ceremonia de Luna. Me dejé manipular como a una muñeca, mientras el collar resaltaba dolorosamente bajo las intensas luces del vestidor. Los empleados intercambiaron miradas nerviosas, pero nadie se atrevió a preguntar nada.

—Perfecto —declaró la estilista principal con una sonrisa forzada—. Serás la Luna más hermosa.

“La broma más hermosa”, pensé.

Justo cuando me disponía a cambiarme, la puerta se abrió de par en par. Tristan apareció con Arabella prendida del brazo como una serpiente venenosa. Ella lucía un vestido dorado pálido que la hacía resplandecer, dándole el aire de ser quien realmente mandaba allí.

—La exhibición de joyas está por comenzar —ronroneó ella, tironeando de él—. Prometiste que me ayudarías a elegir un collar.

Tristan ni siquiera se dignó a mirarme; se limitó a acariciarle el cabello con suavidad.

—Por supuesto. Solo las joyas más preciosas son dignas de ti.

—En ese caso, quiero el Collar de la Diosa de la Luna —exigió Arabella con una voz cada vez más dulce.

Se refería al artefacto sagrado que toda Luna debía portar en su coronación; un símbolo de poder supremo cuyo valor era incalculable. Allí estaba yo, como un payaso con un disfraz ridículo, viendo cómo mi compañero destinado se preparaba para entregar mi honor a otra.

—Lucia todavía se está probando el vestido —comentó Arabella con falsa preocupación y los ojos cargados de provocación.

—Ella no importa.

Tristan me dio la espalda. Ese era el Alfa que yo reconocía. Antes solía preguntarme por qué era tan apasionado en la cama pero tan distante durante el día, atribuyéndolo a su autoridad de Alfa; jamás imaginé que, en realidad, se trataba de otro.

Pero no había espacio para el despecho. Sonreí mientras mantenía mi papel sumiso.

—Arabella acaba de volver. Deberías dedicarle más tiempo a ella.

Tristan asintió, satisfecho, y se fue con ella. En cuanto salieron, la máscara de mi rostro se desmoronó. Toda la manada estaba ocupada con los preparativos de la ceremonia, que sería en apenas dos días, y el Alfa se había ido. Era el momento de escapar.

Terminada la prueba, corrí a la habitación, tomé las llaves del auto y abandoné la maleta para precipitarme hacia el garaje. Tristan nunca me había prohibido salir explícitamente; si lograba poner el vehículo en la carretera, nadie me detendría.

Mientras salía, el celular se iluminó con una notificación. Era una foto de Arabella en redes sociales: el propio Tristan le abrochaba el reluciente Collar de la Diosa de la Luna. Se veían tan íntimos... como verdaderos compañeros.

Arabella: “Parece que tu compañero destinado solo me ama a mí, pequeña sanadora. Ansío tanto nuestra ceremonia de unión. No importa lo que hayas descubierto, no puedes escapar”.

Me burlé de su mensaje. Que esos malditos se quedaran el uno con el otro; ya nada de eso me importaba. Pero, de pronto, el teléfono vibró violentamente con una llamada de un número desconocido.

—¿Hablo con la señorita Lucia? Llamamos del Sanatorio Saint Mary.

La voz frenética al otro lado de la línea me golpeó el pecho como un mazo.

—¡Los signos vitales de su madre están fallando! ¡Su alma de loba se desvanece y los médicos dicen que no pasará de esta noche! ¡Tiene que venir de inmediato!

Mamá. Mi única familia. En mi vida pasada morí atrapada en aquel sótano sin poder despedirme de ella. ¡No permitiría que ocurriera de nuevo!

Salí disparada de la habitación, convertida en un animal que lucha por su cría. Me arranqué el corsé, me eché un abrigo encima y bajé las escaleras a toda prisa. Necesitaba el auto; gatearía hasta el sanatorio si fuera necesario.

Llegué al garaje y localicé mi viejo vehículo, pero al presionar el botón de desbloqueo, la desesperación me golpeó como un maremoto.

Las cuatro llantas estaban desinfladas, tajeadas limpiamente con una cuchilla afilada hasta dejar el caucho retorcido en una mueca grotesca. Pegada al cristal del conductor, había una nota adhesiva rosa con una carita sonriente dibujada con la letra de mi enemiga:

Arabella: “A las perritas buenas no se les permite huir, tú sabes.”

—¡No... no!

La pesadilla de la academia regresaba. Arabella disfrutaba cada segundo de mi tormento. Yo había temido que delatara mis investigaciones ante Tristan, pero ahora lo comprendía: estaba tan segura de que no podría escapar que quería el placer de destruirme por su propia mano.

Me desplomé de rodillas y un grito desgarrador brotó de mi garganta justo cuando el cielo se abría en un aguacero implacable. No tenía auto y la casa de la manada se encontraba en la ladera de una montaña remota, donde era imposible conseguir un taxi. Pero no podía rendirme; mamá me esperaba.

Me limpié el agua del rostro, me puse en pie a duras penas y, tras transformarme en loba, me lancé a la carrera contra la tempestad de la noche. Aunque muriera en el camino, tenía que verla.

Capítulo 4

La lluvia me azotaba el rostro con su frialdad, mientras cada bocanada de aire se sentía como tragar hojas de rasurar.

Avanzaba descalza por el sendero lodoso de la montaña, tropezando más veces de las que podía recordar.

Llevaba las rodillas en carne viva y las palmas desgarradas por la grava; la sangre se disolvía en el agua turbia, pero el dolor me resultaba ajeno.

Solo un pensamiento martilleaba en mi cabeza: más rápido. Debía ir más rápido.

—¡Vaya! ¿No es esta la flamante Luna? —Un grupo de lobos emergió de entre la maleza para cerrarme el paso. Los reconocí de inmediato: eran los matones de Arabella.

—Apártense —mascullé, luchando por recuperar el aliento.

—Es peligroso estar sola por aquí a estas horas —el cabecilla esbozó una sonrisa burlona—. ¿Por qué no dejas que te escoltemos de vuelta?

—¡Dije que se quiten!

—Qué carácter. —Otro de ellos se adelantó con aire desafiante—. Escuché que pronto serás la Luna. ¿Por qué no practicas cómo obedecer a un Alfa?

Intenté escabullirme entre ellos, pero me cercaron al instante.

—No tengas tanta prisa.

—Juega con nosotros un rato.

La voz de Arabella surgió de los comunicadores en sus cuellos: “Tengan cuidado. Pueden divertirse con ella, pero no la maten. Quiero ver cómo se arrodilla durante la ceremonia”.

En ese instante, mi cordura se hizo añicos. Solté un rugido y hundí la palma en el pecho del lobo más cercano; el impacto lo mandó a volar por los aires mientras soltaba un grito de agonía. Los demás se quedaron pasmados. Aproveché su estupor para romper el cerco y retomar la huida.

La tormenta arreciaba. El camino se había transformado en un río de fango que amenazaba con hacerme resbalar a cada paso. Tenía las plantas de los pies cubiertas de ampollas, pero no me atrevía a detenerme; mamá me estaba esperando.

Divisé el sendero que conducía al sanatorio, pero justo al enfilar hacia allá, un estruendo ensordecedor descendió de las alturas. Un alud de tierra y rocas se precipitó sobre mí. Intenté trepar por la ladera para ponerme a salvo, pero el pie me falló y terminé rodando hacia el abismo.

El mundo se volvió un torbellino de caos. Las rocas afiladas me laceraban la piel y las ramas me rasgaban el rostro hasta que la nuca chocó contra una piedra. La oscuridad empezó a invadirlo todo. ¿Acaso moriría así? ¿Tendría un final tan absurdo como en mi vida anterior? ¡No! ¡Mi bebé! ¡Mi madre!

Justo cuando la penumbra estaba por devorarme, una mano poderosa me atenazó la muñeca. Era un agarre firme, de un calor intenso. De pronto, un destello dorado rasgó las tinieblas y formó una barrera resplandeciente contra la aplastante pared de lodo. Aquello no era la fuerza de un simple Alfa; era el poder de un Rey Lobo.

Me arrancaron del fango para estrecharme contra un pecho firme. La lluvia me nublaba la vista y lo único que lograba distinguir eran sus ojos: dos pozos profundos de oro líquido que no reflejaban desprecio ni indiferencia, sino una genuina y abrumadora preocupación.

—Aférrate a mí.

Su voz sonó imperiosa, como un faro en medio del desastre. Me sostuvo con un brazo mientras que con el otro proyectaba un escudo de la nada, bloqueando los escombros que caían. Tras lo que pareció una eternidad, el estrépito finalmente cesó. Entonces, me cargó hasta un lujoso auto negro que esperaba en una zona segura.

Al sentir el aire cálido de la calefacción contra la piel, empecé a temblar; mi cuerpo sucumbía por fin al impacto de la conmoción. Él me envolvió en una manta suave sin soltarme en ningún momento. Mantuvo la mano presionada contra mi espalda y enfocó su mirada en mí.

—Este poder... —musitó; la tensión en su voz mostraba una incredulidad absoluta, como si acabara de hallar una reliquia sagrada.

En ese breve contacto, la tempestad que rugía en mi interior se apaciguó, aliviada por su toque. Era una resonancia perfecta entre nuestros lobos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Lucía... —alcancé a articular con debilidad—. Por favor... lléveme al Sanatorio Saint Mary... mi mamá...

Él me observó fijamente, omitió cualquier otra pregunta y le dio la orden al chofer.

—Al Saint Mary. A toda marcha.

—Sí, Rey Maxim.

El vehículo salió disparado a través de la penumbra como una flecha. Maxim. El nombre retumbó en mi mente. ¿El legendario Rey Lobo que gobernaba la manada más poderosa de Europa? ¿Qué hacía alguien como él en este lugar?

Al llegar al sanatorio, el silencio dominaba el pasillo. De pronto, un pitido largo y penetrante escapó del monitor cardíaco. Esa línea plana en la pantalla fue el cuchillo que acabó con mis esperanzas.

—¡Mamá!

Me desplomé sobre la cama y apreté su mano. Aún conservaba algo de calor, pero su vida se había esfumado. Tenía los ojos entreabiertos, aunque la luz ya no habitaba en ellos. Una nota arrugada yacía sobre la almohada, escrita con una letra temblorosa:

“Lucía, hija mía... huye de este lugar. Sal al mundo... sé la sanadora que sueñas ser... tienes que ser feliz...”

—¡Aaaahhh!

Caí de rodillas mientras un alarido me brotaba de la garganta. Debido al duelo, la energía de curación en mi interior se desbordó sin control.

Un poder dorado y purísimo estalló desde mi cuerpo, haciendo añicos los ventanales y provocando que las luces del pasillo reventaran en una lluvia de chispas. Y aun así, no pude salvarla. Era una sanadora y no servía para nada.

Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, aquel calor protector me envolvió de nuevo. Maxim se arrodilló frente a mí; ignoró los fragmentos de vidrio que volaban para rodearme con su aura, domando a la fuerza la tormenta que me desgarraba por dentro. Escudriñó mi rostro bañado en lágrimas con un destello de dolor en su mirada.

—No eres inútil, Lucía.

Me sujetó por los hombros y su voz se abrió paso a través de mi agonía.

—Tu poder podría sacudir el continente entero. La Manada Silver Moon está ciega; no te merecen.

Me sostuvo la mirada y lanzó una oferta que cambiaría mi destino para siempre.

—Ven conmigo —ordenó, transformando su voz en un salvavidas—. Conviértete en mi sanadora imperial y yo te daré el mundo que te pertenece.

Capítulo 5

Al notar mi indecisión, Maxim continuó:

—Si rechazas unirte a mi manada, puedo enviarte al Gremio de Sanadores en Europa; no me quedaré de brazos cruzados mientras desperdicias tu talento.

El corazón me dio un vuelco. El Gremio de Sanadores de Europa representaba el santuario con el que todo aquel dedicado a las artes curativas soñaba alguna vez.

—Está bien —respondí.

Me sequé las lágrimas y obligué a mi voz a sonar firme. No le debía nada a la manada Silver Moon. Con mamá fuera de mi vida, había llegado el momento de marcharme para proteger a mi cachorro.

—Dame una hora —le pedí a Maxim—. Debo recuperar las pertenencias de mi madre. En cuanto termine, nos iremos de este lugar para siempre.

Maxim me sostuvo la mirada durante un largo silencio.

—Mis Betas te esperarán afuera de la propiedad. Si algo se complica, rompe esto.

Me entregó un cristal de comunicación que ostentaba el escudo grabado de su linaje.

Al volver a aquel supuesto “hogar”, el aire apestaba al nauseabundo dulzor de la champaña. Las luces de la sala resplandecían con fuerza, iluminando a Tristan, Ronan y a la maldita Arabella, quienes me esperaban sentados en el sofá como jueces en un tribunal.

Al verme cubierta de lodo y en un estado deplorable, Arabella arrugó la nariz con un gesto dramático.

—Por los dioses, Lucia, ¿te revolcaste en el fango? Deshonras el título de Luna.

—Vengo por mis cosas —sentencié.

Sin siquiera mirarla, me encaminé hacia las escaleras.

—Recogeré lo que le pertenecía a mi madre y me largaré. No pienso presenciar su ceremonia de vínculo.

—Detente.

La voz de Tristan sonó gélida, provocándome un escalofrío que me recorrió la columna. De inmediato, dos guardias me cortaron el paso.

—¿De verdad crees que puedes marcharte así como así? —Tristan se puso en pie y se acercó con paso sombrío—. ¿Qué piensas que es la manada Silver Moon? ¿Un refugio al que entras y sales a tu antojo?

—Ya no me interesa ser tu Luna, Tristan. —Lo miré a los ojos, despojándome del miedo por primera vez—. Cédele el título a tu adorada Arabella.

—¡No quiero tus sobras! —chilló ella, con la mirada encendida por unos celos viscerales. De pronto, su actitud cambió; fingió sentirse herida y asustada mientras extraía del bolsillo un bulto envuelto en tela negra—. Tristan... no me he sentido bien hoy. Siento a mi loba reprimida. Y entonces... encontré esto en la habitación de Lucia.

Retiró la tela para revelar un pequeño collar de madera tallado con la forma de una flor de luna. El corazón se me detuvo: era la joya de mi madre.

—Mira —susurró Arabella, entregándole el objeto a Tristan. Al rozarlo con el dedo, un líquido rojo oscuro y fétido brotó de las hendiduras del tallado—. Es un objeto maldito, empapado en magia negra. ¿Cómo pudiste, Lucia? ¡Intentaste lastimarme con algo tan vil!

—¡Eso es mentira! —Me abalancé para recuperar el collar, pero Ronan me sujetó el brazo, inmovilizándome.

Tristan escrutó la pieza y luego observó el rostro pálido de Arabella. El último rastro de duda en sus ojos se evaporó, dejando paso al asco. Estrelló el collar contra el suelo, reduciéndolo a pedazos.

—¡No! —Un grito desesperado se me escapó de la garganta. Era lo último que conservaba de ella... lo último que mi madre me había dado.

—¡Y todavía te atreves a fingir que eres la víctima! —rugió Tristan.

Arabella aprovechó el caos para tomar un cuenco de sopa de la mesa, ocultando su malicia tras una máscara de falsa piedad.

—Sé que me tienes celos, pero estoy dispuesta a perdonarte. Solo arrodíllate y pide disculpas. Después, bebe este tónico de purificación para disipar la maldición que me lanzaste y olvidaremos este incidente. Tristan seguirá adelante con el vínculo. Al fin y al cabo, son compañeros destinados, un regalo de la Diosa Luna, ¿no es así?

—Mírala, Lucia —añadió Tristan con frialdad—. Mira qué comprensiva es Arabella. Arrodíllate, pide perdón y bebe el tónico. Es tu última oportunidad para que te perdone como mi compañera.

Contemplé los restos destrozados del collar y luego sus rostros, deformados por la soberbia. La última chispa de esperanza que guardaba por Tristan se hizo cenizas. Intentaban despojarme de todo: de mi cachorro, de mi madre y de mi dignidad.

—No... jamás lo haré —sollocé, dispuesta a morir antes que inclinarme ante semejantes monstruos.

—¡Oblíguenla!

La paciencia de Tristan se agotó. Me sujetó la mandíbula con tal fuerza que sentí un crujido espantoso; el dolor estalló detrás de mis ojos. Entonces, Arabella alzó el cuenco y vertió el líquido hirviente y amargo por mi garganta.

Tosí, forcejeando mientras las náuseas me invadían, pero Tristan me selló la boca con la mano, obligándome a tragar hasta la última gota.

En ese instante, mi mundo se desmoronó.

Un calambre violento me desgarró las entrañas. Era una agonía mil veces peor que cualquier hueso roto; era la sensación de que me arrebataban la vida desde adentro. Me desplomé mientras gritaba. Un rastro tibio comenzó a deslizarse por mis muslos, manchando la alfombra de un rojo brillante.

Mi bebé. Mi cachorro, al que nunca llegaría a conocer.

Ronan fue el primero en notarlo, y su rostro se transformó en una máscara de dolor.

—Sangre... ¿Qué le pasa? ¿Hay algo malo con el tónico? —Su voz temblaba.

Arabella sonrió, manteniendo la mentira:

—No te preocupes, Ronan. El tónico provoca sangrado en cualquier lobo que haya practicado brujería. Es solo un efecto secundario, la prueba de su traición. Ahora su loba quedará purificada.

Tristan me observó con asco, como si yo fuera una plaga que mancillaba su hogar. Busqué refugio en el charco de mi propia sangre, sintiéndome vacía. Las lágrimas se habían agotado, dejando en su lugar un abismo de odio frío y oscuro, capaz de devorar el mundo entero.

Mi cachorro se había ido. Mi madre se había ido. El último recuerdo que guardaba de ella había sido aplastado por sus manos. Ya no me quedaba nada que perder.

El cristal de Maxim ardía en mi bolsillo, pero no lo rompí. ¿Escapar? No. No huiría. Me quedaría para devolverles este dolor infernal multiplicado por mil.

La Reencarnación De La Sanadora Imperial

Capítulo 3
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo