Capítulo 1
Nací sin espíritu de loba, una carencia que Arabella aprovechó para convertir mis años en la academia en un auténtico infierno. No fue sino hasta mi graduación que mi loba finalmente despertó, dotándome de un poder de curación excepcional; en ese momento, creí ingenuamente que mis pesadillas habían terminado.
Fue entonces cuando conocí a mi compañero predestinado, Tristan, el Alfa imponente y poderoso que me prometió el cielo y las estrellas. Sin embargo, la misma tarde que planeaba anunciarle mi embarazo, la verdad me golpeó con una crueldad devastadora.
Quien compartía mi lecho no era Tristan, sino su hermano gemelo, Ronan; aquel Alfa errante que años atrás había renunciado a la manada para arrastrarse entre los humanos. Se valió de un bloqueador de aroma para infiltrarse en mi habitación y embarazarme, orquestando un plan retorcido diseñado únicamente para pisotear mi dignidad en mi gran día.
Buscaban venganza por Arabella, quien me había acusado falsamente de acosarla con tal de destruir mi reputación. Cegada por la rabia, irrumpí en el estudio dispuesta a desenmascararlos y exigir una disculpa; en lugar de eso, fui encerrada.
Mediante un ritual de magia negra, me despojaron de mi loba para entregársela a Arabella. Sentí cómo drenaban mi esencia vital y arrebataban la vida de mi pequeño antes de que pudiera nacer, sumiéndome en una agonía que acabó por consumirme.
De pronto, abrí los ojos.
Me encontraba de nuevo en el día en que descubrí mi embarazo. Me llevé las manos al vientre mientras una lágrima recorría mi mejilla; esos miserables iban a arder por lo que me hicieron.
Aquel compañero que juró marcarme, junto a su hermano gemelo, se encargó de humillarme; sin embargo, el destino me ha traído de vuelta y ahora me veía obligada a revivir todo una vez más.
Permanecí inmóvil frente al estudio de Tristan mientras apretaba el informe de embarazo contra el pecho. Un escalofrío familiar me recorrió la columna.
—Tu bloqueador de aroma casi se agota.
Esa voz era la de Ronan.
El hermano gemelo de Tristan; el Alfa Ronan. Era aquel gemelo que despreciaba la vida en manada y prefería rebajarse a convivir con los humanos, un espectro de cuya existencia no supe nada hasta este preciso día.
—Anoche me empiné media botella y por poco me descubre —comentó Ronan con un tono de burla—. Me abrazaba en la cama mientras balbuceaba que olía diferente.
Recordé aquella noche. Me había estrechado contra el colchón con la fuerza de siempre, entregándonos el uno al otro mientras me convencía de que yo era la única a la que amaría jamás. En aquel momento noté un cambio en su esencia, pero me engañé a mí misma pensando que solo eran ideas mías.
Me resultaba increíble lo cerca que estuve de desentrañar su maldito plan.
Entonces, Tristan intervino. Su voz sonaba gélida, como si se refiriera a un pedazo de basura.
—Solo resiste tres días más. En cuanto pase la ceremonia, podremos dejar de fingir.
—Ten cuidado, que podría terminar enamorándome de ella —soltó Ronan entre risas ponzoñosas—. Tiene un cuerpo increíble y mi lobo la ansía... Aunque también podrías entregármela después de la ceremonia de unión.
El estómago se me revolvió de náuseas.
—Enfócate —sentenció Tristan, ignorando la provocación—. Arabella creció con nosotros y Lucia no dejó de acosarla en la academia. ¡Esa estúpida tiene que pagar!
Arabella.
Al escuchar ese nombre, el cuerpo me tembló y mi loba gruñó en mi interior, ansiosa por desgarrarme la piel para salir.
Arabella era esa perra que fingía inocencia mientras intentaba arrojarme desde una azotea, aprovechando que yo todavía no despertaba a mi loba. Incluso después de que mi loba sanadora despertara, fue ella quien me encadenó, me acribilló con agujas de plata y me obligó a usar un collar de perro.
Sin embargo, a los ojos de Tristan, ella era un ángel y yo el demonio que la atormentaba.
—Relájate —dijo Ronan con desprecio—. En cuanto comience la ceremonia, los sabios verán el video de Lucia acosando a Arabella.
—Perfecto.
Tristan guardó silencio un momento, paladeando la venganza que creía tener asegurada.
—En la ceremonia de Luna, dentro de tres días, la despojaré de su título frente a todos y marcaré a Arabella ahí mismo. Haré que Lucia comprenda que, en esta manada, no es digna ni de lamerle las botas a Arabella.
En mi vida pasada, fue en este preciso momento cuando irrumpí en la habitación. Recuerdo haber gritado y haberlos acusado de pisotear mi amor y de escupir sobre la voluntad de la Diosa de la Luna. Creí que exponer la verdad me daría la libertad, pero jamás imaginé que terminarían encerrándome.
Mi cachorro y yo no fuimos más que dos víctimas sacrificadas para el altar de Arabella.
Esta vez, comprendí que las lágrimas eran inútiles. Respiré hondo, hundí la mano temblorosa en el bolsillo y pulsé el botón de grabar en el celular. Luego, me llevé la mano al vientre para sentir la vida de mi pequeño palpitando en mi interior.
Esta vez no buscaba explicaciones ni venganza; solo quería salvar a mi bebé y huir, desaparecer de la faz de la tierra para alejarme de estos monstruos. Si lograba sobrevivir a la ceremonia, habría una oportunidad para nosotros. Y si no me dejaban marchar, enviaría la grabación al Consejo de Hombres Lobo para exponer sus crímenes ante el mundo.
Guardé el teléfono, dispuesta a escabullirme sin que me notaran, pero las últimas palabras de Tristan atravesaron la madera de la puerta y se enroscaron en mi cuello como una serpiente.
—Asegúrate de que esa idiota vaya bien vestida.
Se escuchó el arrastrar de una silla contra el suelo, seguido de una orden que me heló la sangre:
—Al terminar la ceremonia, le romperé las piernas. Haré que se arrodille y le suplique perdón a Arabella de una vez por todas.
Los ojos me ardían, pero obligué a mi loba a mantener la calma.
No voy a esperar tres días, Tristan. Me voy esta misma noche y voy a rechazarte para siempre.
Capítulo 2
Entré corriendo a mi habitación sin atreverme siquiera a cerrar la puerta con llave, temiendo que aquel gesto despertara sus sospechas. Me temblaban las manos al abrir el cierre de la maleta.
Pasaporte. Efectivo. Un poco de ropa holgada.
Traté de respirar profundamente para calmar los latidos del corazón; solo tenía que salir de allí. Si lograba escapar del territorio de la Manada Silver Moon, podría poner a salvo a mi bebé.
—¿A dónde vas con tanta prisa, Lucia? ¿Acaso vienes del estudio de Tristan? —Una voz melosa resonó desde la entrada.
Al levantar la vista, un sudor frío me recorrió la espalda. Arabella se apoyaba contra el marco de la puerta mientras sostenía una cajita de terciopelo negro. Vestía de encaje blanco y lucía tan inocente como un pajarito, pero el veneno que destellaba en sus ojos contaba una historia distinta.
—No es asunto tuyo. Quítate —espeté, cerrando la maleta.
—No tan rápido, futura Luna —se burló ella. Se acercó a mí con la tranquilidad de un depredador hasta bloquear mi única salida—. Te traje un regalito para celebrar tu gran día. No pensarías irte sin abrirlo, ¿o sí?
Abrió la caja con un movimiento brusco. En el interior descansaba un collar de plata, macizo y pesado; no era una joya, sino un grillete para esclavos. El metal grueso llevaba incrustados pequeños diamantes que daban forma a tres palabras que se clavaron como espinas en mi vientre: “Mascota del Alfa”.
—¿Te gusta? —La risa de Arabella resultó estridente—. Esto te queda mucho mejor, ¿no crees? De ser un fenómeno sin lobo a una poderosa sanadora y, ahora, la compañera destinada de nuestro gran Alfa Tristan. ¿No te parece una ironía repugnante?
—¡Lárgate! —Grité mientras sujetaba el florero de la mesa de noche para arrojárselo.
—¡Ah!
Arabella ni siquiera intentó esquivarlo. Permitió que los fragmentos le cortaran el brazo a propósito y, en cuanto la sangre brotó de la piel, dos Alfas irrumpieron en la habitación.
¡Bang!
La puerta cedió tras una patada violenta. Tristan y Ronan entraron a toda prisa. Tristan sujetó a Arabella mientras ella se tambaleaba, clavándome una mirada que cortaba como una daga.
—¡Perra loca! ¿Qué le hiciste?
—No culpes a Lucia... —sollozó Arabella, sujetándose el brazo mientras las lágrimas desbordaban sus ojos—. Solo intentaba... devolverle este collar.
Mostró el grillete de plata con la voz entrecortada.
—Es el mismo que ella me obligó a usar en la academia... Me dijo que, si quería vivir, debía portarlo como un perro. Solo quería preguntarle si lo quería de vuelta...
Mentiras. Todo eran mentiras. Ella había sido mi acosadora, la que me obligó a gatear por el suelo mientras sus amigos grababan la humillación para publicarla en la red de la academia. Y ahora, convenientemente, todos esos videos habían desaparecido.
Miré a Ronan, el Alfa con el que había compartido la cama durante tres meses. Su verdadero aroma me golpeó con fuerza, pues ya no ocultaba su aroma con el bloqueador. Se recostó contra la pared con las manos en los bolsillos, luciendo una sonrisa burlona como si contemplara un espectáculo de circo.
Tristan arrebató el collar de las manos de Arabella. El metal produjo un tintineo aterrador en medio de aquel silencio.
—Ya que te tomaste la molestia de traerlo, no dejemos que se desperdicie.
Caminó hacia mí y su aura de Alfa cayó sobre mis hombros con tal pesadez que me dificultó la respiración.
—Póntelo —ordenó.
—No... —Retrocedí protegiéndome el vientre—. Tristan, no puedes humillarme de esta manera.
—¿Humillarte? —se burló con asco—. ¿Pensaste en la humillación cuando lastimaste a Arabella?
Me sujetó un mechón de cabello, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, y presionó el metal frío contra mi piel cálida. Quise pelear, quise gritar, pero entonces intervino Ronan:
—Mi nombre es Ronan, el gemelo de Tristan. Solo estoy aquí para ver cómo mi hermano reclama a su compañera.
Lo observé fijamente, con cara indiferente. Actuaba como si fuéramos desconocidos; sus ojos irradiaban un control absoluto mientras disfrutaba de la escena. Sin embargo, sus siguientes palabras me dejaron pálida.
—Debo confesar que no imaginaba que la compañera de mi hermano resultara tan... desobediente. Tengo entendido que tu madre está en el sanatorio para lobos. Quizá, tras la ceremonia del vínculo, deberíamos traerla aquí.
Era una amenaza directa. Por mi madre, tenía que soportar aquello. Tenía un cachorro en el vientre y no podía permitir que se enteraran.
Clic.
El sonido del cierre al encajarse terminó de romper mi dignidad. El peso del metal se hundió en mi clavícula, frío y punzante. Arabella, refugiada en los brazos de Tristan, me dedicó una sonrisa maliciosa.
Tristan me soltó con un empujón, como si tocara algo asqueroso. Caí al suelo y la maleta se volcó, desparramando mi ropa por toda la habitación.
—Faltan tres días para la ceremonia y ya volviste a tus viejos trucos para herir a Arabella. ¿A dónde crees que vas? ¿Pensabas huir por miedo a enfrentarla? —Tristan me escrutó con desprecio mientras acariciaba el cabello de su amante—. Reforcé el sello. Ni se te ocurra intentar quitártelo.
Señaló el collar, donde la palabra “Mascota” brillaba.
—Lo usarás como la perra que eres hasta que aprendas a respetarla. ¡Y de aquí no te vas jamás!
Capítulo 3
Aquel collar era un recordatorio constante de mi vergüenza. El contacto de la plata suprimía a la loba y me impedía respirar, devolviéndome esa sensación asfixiante de estar atrapada. Contuve las náuseas y susurré:
—Entiendo. Lo haré.
Sabía que no me dejarían marchar, pero debía encontrar la forma de escapar.
Mientras buscaba desesperadamente una salida, la puerta se abrió para dejar pasar a Tristan... o eso creí. Al percibir aquel aroma tenue y extraño, supe que se trataba de Ronan. Había vuelto a usar un bloqueador de olor y me dedicó una sonrisa mientras se acercaba.
Al fijar la vista en el collar, su mirada se ensombreció, dejando ver un destello fugaz de arrepentimiento que desapareció de inmediato.
—Lo lamento, Lucia. Quizá no sepas que Arabella creció con nosotros; es como nuestra hermana. Has sufrido mucho —dijo mientras me tomaba de la mano, fingiendo afecto—. Después de todo, aún tenemos que probarnos los trajes para la ceremonia. No estés triste, por favor.
No comprendía por qué Ronan actuaba con esa amabilidad fingida cuando era evidente el desprecio que ambos sentían por mí. Sin embargo, lo entendí todo en cuanto sentí que su mano bajaba por mi cintura buscando despojarme de la ropa. Tal como lo había dicho: le gustaba mi cuerpo y solo pretendía usarme.
Me quedé gélida y lo aparté por instinto.
—Esperemos a la ceremonia, ¿está bien? No estoy enojada. Si esto es lo que Bella quiere, cooperaré.
Mi fingida obediencia pareció complacerlo, así que se limitó a besarme la oreja antes de sentenciar:
—De acuerdo, nena. Te veré en tres días.
Se marchó, pero el hambre depredadora de su mirada prometía que volvería por más. Yo, en cambio, solo podía pensar en lo que acababa de decir: la prueba de los trajes. Aquello podía ser la oportunidad perfecta para huir.
Al día siguiente, los estilistas me rodearon con el vestido de un blanco puro destinado a la ceremonia de Luna. Me dejé manipular como a una muñeca, mientras el collar resaltaba dolorosamente bajo las intensas luces del vestidor. Los empleados intercambiaron miradas nerviosas, pero nadie se atrevió a preguntar nada.
—Perfecto —declaró la estilista principal con una sonrisa forzada—. Serás la Luna más hermosa.
“La broma más hermosa”, pensé.
Justo cuando me disponía a cambiarme, la puerta se abrió de par en par. Tristan apareció con Arabella prendida del brazo como una serpiente venenosa. Ella lucía un vestido dorado pálido que la hacía resplandecer, dándole el aire de ser quien realmente mandaba allí.
—La exhibición de joyas está por comenzar —ronroneó ella, tironeando de él—. Prometiste que me ayudarías a elegir un collar.
Tristan ni siquiera se dignó a mirarme; se limitó a acariciarle el cabello con suavidad.
—Por supuesto. Solo las joyas más preciosas son dignas de ti.
—En ese caso, quiero el Collar de la Diosa de la Luna —exigió Arabella con una voz cada vez más dulce.
Se refería al artefacto sagrado que toda Luna debía portar en su coronación; un símbolo de poder supremo cuyo valor era incalculable. Allí estaba yo, como un payaso con un disfraz ridículo, viendo cómo mi compañero destinado se preparaba para entregar mi honor a otra.
—Lucia todavía se está probando el vestido —comentó Arabella con falsa preocupación y los ojos cargados de provocación.
—Ella no importa.
Tristan me dio la espalda. Ese era el Alfa que yo reconocía. Antes solía preguntarme por qué era tan apasionado en la cama pero tan distante durante el día, atribuyéndolo a su autoridad de Alfa; jamás imaginé que, en realidad, se trataba de otro.
Pero no había espacio para el despecho. Sonreí mientras mantenía mi papel sumiso.
—Arabella acaba de volver. Deberías dedicarle más tiempo a ella.
Tristan asintió, satisfecho, y se fue con ella. En cuanto salieron, la máscara de mi rostro se desmoronó. Toda la manada estaba ocupada con los preparativos de la ceremonia, que sería en apenas dos días, y el Alfa se había ido. Era el momento de escapar.
Terminada la prueba, corrí a la habitación, tomé las llaves del auto y abandoné la maleta para precipitarme hacia el garaje. Tristan nunca me había prohibido salir explícitamente; si lograba poner el vehículo en la carretera, nadie me detendría.
Mientras salía, el celular se iluminó con una notificación. Era una foto de Arabella en redes sociales: el propio Tristan le abrochaba el reluciente Collar de la Diosa de la Luna. Se veían tan íntimos... como verdaderos compañeros.
Arabella: “Parece que tu compañero destinado solo me ama a mí, pequeña sanadora. Ansío tanto nuestra ceremonia de unión. No importa lo que hayas descubierto, no puedes escapar”.
Me burlé de su mensaje. Que esos malditos se quedaran el uno con el otro; ya nada de eso me importaba. Pero, de pronto, el teléfono vibró violentamente con una llamada de un número desconocido.
—¿Hablo con la señorita Lucia? Llamamos del Sanatorio Saint Mary.
La voz frenética al otro lado de la línea me golpeó el pecho como un mazo.
—¡Los signos vitales de su madre están fallando! ¡Su alma de loba se desvanece y los médicos dicen que no pasará de esta noche! ¡Tiene que venir de inmediato!
Mamá. Mi única familia. En mi vida pasada morí atrapada en aquel sótano sin poder despedirme de ella. ¡No permitiría que ocurriera de nuevo!
Salí disparada de la habitación, convertida en un animal que lucha por su cría. Me arranqué el corsé, me eché un abrigo encima y bajé las escaleras a toda prisa. Necesitaba el auto; gatearía hasta el sanatorio si fuera necesario.
Llegué al garaje y localicé mi viejo vehículo, pero al presionar el botón de desbloqueo, la desesperación me golpeó como un maremoto.
Las cuatro llantas estaban desinfladas, tajeadas limpiamente con una cuchilla afilada hasta dejar el caucho retorcido en una mueca grotesca. Pegada al cristal del conductor, había una nota adhesiva rosa con una carita sonriente dibujada con la letra de mi enemiga:
Arabella: “A las perritas buenas no se les permite huir, tú sabes.”
—¡No... no!
La pesadilla de la academia regresaba. Arabella disfrutaba cada segundo de mi tormento. Yo había temido que delatara mis investigaciones ante Tristan, pero ahora lo comprendía: estaba tan segura de que no podría escapar que quería el placer de destruirme por su propia mano.
Me desplomé de rodillas y un grito desgarrador brotó de mi garganta justo cuando el cielo se abría en un aguacero implacable. No tenía auto y la casa de la manada se encontraba en la ladera de una montaña remota, donde era imposible conseguir un taxi. Pero no podía rendirme; mamá me esperaba.
Me limpié el agua del rostro, me puse en pie a duras penas y, tras transformarme en loba, me lancé a la carrera contra la tempestad de la noche. Aunque muriera en el camino, tenía que verla.