Capítulo 2

Dexter notó que me puse tensa.

Me acarició la espalda, pero sentí su contacto como ajeno.

—¿Qué pasa?

No respondí, luchando contra las náuseas que me subían por la garganta. El empalagoso aroma a sándalo me estaba asfixiando.

—Mírame. —Me levantó el mentón con un dedo.

Le sostuve la mirada. Aquellos ojos azules que antes contenían un universo entero solo para mí, ahora me hacían sentir frente a un desconocido.

—Necesito que confíes en mí —dijo él, mientras sus dedos buscaban el cinturón de mi bata—. Sin importar lo que pase allá afuera, entre nosotros...

Sus labios buscaron los míos, un calor que me resultaba familiar frente al terror que me recorría las venas. Cerré los ojos, intentando con todas mis fuerzas recuperar lo que sentía antes. Trataba de convencerme de que este era mi Dexter, mi Rey Alfa, mi pareja. Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo con suavidad y destreza.

—Te amo —susurró en mi oído—. Solo a ti.

Pero el olor a sándalo en su piel gritaba la verdad. Una imagen cruzó por mi mente, algo que había visto apenas hacía una hora: la cuenta personal de Jenica. Había publicado una foto de la fiesta en el jardín imperial; salía radiante y el pie de foto decía: “Disfrutando la luz de la luna con mi pequeño príncipe. Todo está bien”.

“¿Será que la toca así a ella? ¿A la pareja de su propio hermano?”

Mis pensamientos se salieron de control. Abrí los ojos, lista para apartarlo. Pero cuando levanté la mano, su celular empezó a sonar. Había bloqueado nuestro vínculo mental para tener privacidad, pero no le había quitado el sonido al celular. El chillido del timbre cortó el silencio.

Dexter se detuvo y mostró su molestia.

—¿Quién podrá ser a esta hora...?

Miró la pantalla y su expresión cambió.

—¿Del Centro de Curación Imperial? —contestó— ¿Qué sucede?

Una voz urgente se escuchó del otro lado.

—¡Su Majestad! ¡Es lady Jenica! ¡El rastro de energía alfa del cachorro está aumentando mucho! ¡Es posible que se adelante el parto!

—¿Qué? —Dexter se levantó de la cama de un salto.

—Las ondas de energía del príncipe son demasiado fuertes. Solo su poder de alfa puede estabilizarlo. ¡Por favor, debe venir!

Me quedé mirando la cara de Dexter. En el momento en que el sanador pronunció la palabra “príncipe”, un brillo se encendió en sus ojos; era una chispa intensa y posesiva que nunca le había visto. Era el orgullo de un padre, el deseo desesperado de un Rey Alfa por su heredero de sangre pura.

—Voy para allá —dijo él, ya empezando a moverse.

—No te vayas —le supliqué con la voz temblorosa mientras le tomaba la mano—. Quédate. Me prometiste que estarías conmigo esta noche.

Se soltó de mi agarre. La calidez se había esfumado, reemplazada por una autoridad que me caló los huesos. Arrugó la frente y usó un tono que no admitía réplicas.

—Ya basta. Se trata del heredero imperial. No es un juego.

¿Cómo podía estar en problemas? Hacía una hora, Jenica presumía a ese mismo heredero en internet. Al ver su actitud, sentí una punzada en el corazón. Me puse de pie y mi propia voz se volvió cortante.

—Está bien. Entonces voy contigo.

Dexter se dio la vuelta y sus ojos mostraron sospecha e irritación. Sus palabras fueron directas, desconfiadas.

—¿A qué? Te lo advierto, Noelle. No te atrevas a acercarte a Jenica.

Lo que dijo se sintió como una puñalada.

—¡Nada puede pasarle a Jenica ni a mi hijo! —exclamó con rudeza mientras se ponía el saco a toda prisa.

Para pasar a mi lado, me quitó de su camino con un empujón. Tropecé y la nuca se me estrelló contra la esquina filosa del buró. Un dolor fuerte me atravesó y sentí un líquido caliente escurriendo por mi cabello. Pero Dexter ya no estaba. Se terminó de vestir, agarró las llaves del auto y salió corriendo hacia la puerta.

Grité, retirando la mano de mi cabeza, pegajosa por la sangre.

Él se detuvo en la puerta apenas una fracción de segundo. Sin mirar atrás, dijo:

—Tengo que proteger a mi heredero.

Luego, la puerta se cerró. Me quedé escuchando hasta que el rugido de su auto deportivo se perdió en la noche. Me senté en la cama, mirando la sangre en mis manos. No era la primera vez. Cada vez que las necesidades del reino chocaban con las mías, su elección siempre era cruelmente clara.

Me levanté y me curé la herida rápido. Después, manejé hasta el Centro de Curación Imperial. El ala VIP estaba iluminada. No entré. Me quedé en el pasillo, fuera de la habitación, observando en silencio a través del cristal de la puerta.

Dexter estaba sentado junto a la cama, sosteniendo la mano de Jenica con fuerza entre las suyas. Estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una felicidad triunfal.

—¿Puedes sentirlo? —susurró ella, acariciándose el vientre—. Nuestro príncipe está conociendo a su papá.

Dexter asintió con una ternura increíble.

—Sí, lo siento. Este poder... así es como se siente un verdadero linaje imperial.

Se inclinó y le besó la frente.

—Tú y nuestro cachorro lo son todo —murmuró. Su sangre humana la hace frágil. Ella nunca podría entender nuestro mundo, ni darme un heredero perfecto como este.

Mi corazón no se rompió. Dejó de latir. No sentí rabia ni tristeza. Fue un momento de una claridad perturbadora. Entumecida, me di la vuelta, regresé a mi auto y saqué un celular desechable nuevo que no podía ser rastreado. Con pulso firme, envié un mensaje encriptado.

“Sácame de aquí en cuatro días”.

Capítulo 3

Al día siguiente, entré al comedor imperial. Era un espacio reservado para la realeza y la nobleza de alto rango, decorado con tapices antiguos y lámparas de cristal. Apenas me senté, se me revolvió el estómago.

Dexter estaba presidiendo la mesa principal. Frente a él había un plato de cristal precioso. Tenía frutos de corteza plateada. Era la fruta sagrada que solo una Luna esperando cachorros tenía permitido comer; decían que contenía energía lunar pura para fortalecer el poder alfa del heredero. Y él se los estaba dando a Jenica, uno por uno.

—Abre la boca —dijo Dexter con una ternura que me dio asco.

Jenica obedeció y dejó que él pusiera la fruta plateada y brillante en su lengua.

—¿Está dulce? —preguntó él con mirada suave.

—Mucho —respondió Jenica con voz mimosa, cerrando los ojos con felicidad—. Siento que el príncipe se hace más fuerte dentro de mí.

Solté mi taza de café, escuchando cómo la cerámica tintineaba contra el plato, y me fui. El sonido de sus voces bajas y sus risas me siguió hasta la salida. Una hora después, un asistente imperial tocó a mi puerta.

—El Consejo Imperial solicita su presencia.

Cuando entré a la sala de siempre, todos estaban esperando. Dexter estaba sentado en el trono, bajo el emblema dorado del Rey Alfa que lo hacía ver inalcanzable. Jenica estaba a su derecha, en el asiento de la Luna. La Sabia Erin y los demás estaban alrededor de la mesa. Solo la última silla, hasta el final, estaba vacía. Esperándome.

—Siéntate —ordenó la Sabia Erin, como quien le habla a una sirvienta.

Me senté sin decir nada.

—Hoy vamos a discutir la reasignación de las residencias imperiales —empezó Erin—. Después de pensarlo mucho, el consejo decidió que la suite de la Luna en el penthouse debe ser para Jenica.

—¿Con qué justificación? —pregunté con calma.

—El heredero de sangre pura debe absorber la energía lunar más potente de la ciudad —declaró otro sabio—. El penthouse es el punto más cercano a la luna y es lo mejor para que crezca el poder del cachorro.

Miré a Dexter. Él se quedó viendo la mesa, evitando mi mirada.

—Además —continuó Erin con voz cortante—, como madre del futuro príncipe, la posición de Jenica debe recibir el respeto y el reconocimiento que merece.

—¿O sea que tengo que sacar todas mis cosas? —pregunté.

—Sí. Hoy mismo.

La sala se quedó en silencio. Todos me observaban, esperando mi reacción. Tal vez querían ver lágrimas, ruegos o un ataque de nervios. Pero solo asentí. El dolor se había convertido en un entumecimiento que me servía de escudo. No iba a darles el gusto de verme derrotada. Quizá nunca fui parte de ellos, para empezar.

—Ya entendí. Empezaré a empacar.

Dexter por fin me miró y noté un rastro de confusión en sus ojos.

—¿Eso es todo? —La Sabia Erin no esperaba que cediera tan fácil.

—Eso es todo —dije poniéndome de pie—. ¿Hay algo más?

—No —respondió Erin con un tono de decepción. Seguro quería más drama.

Me di la vuelta para irme, pero Dexter habló.

—Espera.

Me detuve pero no volteé.

—Tú... ¿de verdad no tienes problema con esto? —Su voz sonaba rara, como si estuviera tanteando el terreno.

—¿Problema con qué? —preguntó sin mirarlo.

—Con mudarte de la suite de la Luna. Con perder tu posición.

Me giré para verlo a los ojos.

—¿Alguna vez tuve ese lugar en serio?

Él se puso pálido.

—Noelle... —Jenica intentó meterse en la plática, pero la interrumpí.

—Felicidades, Jenica. El penthouse es precioso. Estoy segura de que vas a ser muy feliz ahí.

Después de eso, me salí. Esa noche regresé a la suite del penthouse que estaba a punto de abandonar. La luz de la luna entraba por la ventana, bañándolo todo con un brillo tranquilo y melancólico. Metí mi vida en un par de maletas sencillas. Alguien tocó a la puerta. Dexter entró; se veía inquieto.

—Tenemos que hablar.

—¿De qué? —Seguí doblando un vestido.

—De... todo esto. —Él caminaba de un lado a otro—. Tu reacción de hoy... no fue natural.

—¿Ah, no? —Doblé otro vestido—. Pensé que estarías contento. Esto resuelve tu problema.

—¿Qué problema?

Dejé de hacer lo que estaba haciendo y lo miré.

—El problema de cómo darle a Jenica el lugar que merece sin que yo me queje. Ya quedó resuelto.

—No es eso...

—¿Entonces cómo es? —Caminé hacia él—. Quiero pedirte algo.

—Lo que quieras.

Respiré.

—Quiero que rompas nuestro vínculo de pareja.

Él abrió mucho los ojos, como si le hubiera dado una cachetada.

—¿Qué?

—Recházame, Dexter. Corta nuestro vínculo formalmente.

—¿Estás loca? —Su voz temblaba entre el enojo y la incredulidad—. ¿Tienes idea de lo que estás pidiendo?

—Estoy cuerda. Más de lo que he estado en tres años —dije con calma—. Tienes a tu nueva pareja, a tu heredero y todo lo que querías. Y yo... yo ya me cansé de ser un adorno que no sirve para nada.

Dexter perdió el control.

—¡¿Cómo puedes ser tan egoísta?! —gruñó, agarrándome de los hombros—. ¡Te estás portando como una niña humana caprichosa que no puede ver el panorama completo!

Una niña humana. Por fin dijo lo que de verdad pensaba de mí.

—Sí —dije con voz baja pero firme—. Eso es lo que soy. Una niña humana. Una mestiza que no merece un título imperial.

—No lo dije en ese sentido...

—Sí lo hiciste. —Le quité las manos de encima con suavidad—. Déjame ir. Y libérate tú también.

Él me miró con un torbellino de enojo y tristeza en los ojos.

—No te voy a rechazar —dijo con voz ronca—. Pase lo que pase, eres mi Luna.

—¿Aunque tu corazón ya se haya ido?

No tuvo respuesta. Tres días después, cuando se cumplía el aniversario del día en que nos conocimos, Dexter apareció en la puerta de mi departamento nuevo, que era tan simple que parecía de hospital. Traía una invitación muy elegante con grabados.

—Yo... quiero compensarte por lo que pasó —dijo, viéndose incómodo—. Habrá una fiesta privada en el yate esta noche. Solo nosotros dos. Como antes.

Miré la invitación. El yate imperial, La Diosa de la Luna.

—¿Solo nosotros dos? —pregunté, tratando de no mostrar ninguna emoción.

—Sí, te lo prometo. —Había algo de súplica en su mirada—. Dame una oportunidad más. Déjame demostrarte lo importante que eres para mí.

¿Una oportunidad? Me dio risa, pero solo por dentro. Fue un sentimiento amargo. Nuestro vínculo me hacía sentir todo el tiempo el afecto que él le tenía a la pareja de su hermano, cada segundo de cada día. ¿Y todavía me pedía una oportunidad? Soporté el sarcasmo y el nudo en la garganta, dudé un momento y luego asentí.

—Está bien.

“Sí”, pensé. “Una oportunidad para despedirme por última vez”.

Él suspiró de alivio y me besó la frente.

—Te veo en el muelle a las siete.

Esa noche, llegué puntual al muelle imperial privado. La Diosa de la Luna estaba ahí, con el casco brillando bajo las luces. La cubierta estaba decorada con rosas blancas y velas; era una escena romántica de película. Dexter ya me estaba esperando; se veía tan guapo con ese traje azul oscuro que podría enamorar a cualquiera.

—Ya estás aquí. —Caminó hacia mí, dándome la mano.

Cuando iba a tomarla, una voz que conocía demasiado bien y que me dio asco se escuchó detrás de nosotros.

—Quería darte una sorpresa.

Los dos volteamos. Jenica caminaba hacia nosotros, acariciando su vientre con cuidado y con una sonrisa fingida.

Capítulo 4

—¿Una sorpresa? —preguntó Dexter, y su voz de pronto se puso tensa.

Jenica se detuvo junto a él y se acarició el vientre.

—Nuestro príncipe... se acaba de mover —dijo ella, con la voz temblando por un asombro fingido—. No fue solo una patada, Dexter. Fue un pulso de Alfa.

La expresión de Dexter cambió.

—¿Un pulso de Alfa? —preguntó él, muy emocionado—. ¿Estás segura?

—Totalmente. —Asintió Jenica.

El poder... fue como una descarga eléctrica dentro de mí. Los médicos imperiales dijeron que solo un futuro Rey Alfa puede liberar esa energía desde el vientre.

Mi mente regresó a una noche de hace tres años.

Dexter y yo veíamos una lluvia de estrellas desde el balcón.

Él me había dicho que, si teníamos un cachorro, quería que yo fuera la primera en sentir su poder. También me prometió que quería estar presente en cada una de las primeras veces de nuestro cachorro conmigo.

¿Y ahora?

Era como si yo me hubiera borrado, como si fuera un fantasma en mi propia fiesta. Él corrió al lado de Jenica y puso sus manos con respeto sobre el vientre de ella.

—Necesito sentirlo —dijo, cerrando los ojos para concentrarse.

Unos segundos después, los abrió; sus ojos brillaban con una emoción intensa.

—¡Por la Diosa! —susurró, casi temblando—. Este poder... ¡este es el verdadero linaje imperial!

Jenica se recargó feliz en sus brazos.

—Lo sabía. Sabía que nuestro príncipe era especial.

—Lo es —dijo Dexter, dándole un beso en la cabeza. Luego se acordó de mí—. ¿Escuchaste eso? ¡Un pulso de Alfa! ¡El primero en siglos!

Me quedé ahí de pie, mirando a la pareja imperial perfecta, a los que pronto serían padres.

—Felicidades —dije en voz baja.

Estaban tan perdidos en su propio mundo que ni siquiera me escucharon.

—Siento que... no anda bien —dijo Jenica, agarrándolo del brazo de pronto con cara de angustia—. La energía es demasiado fuerte. Tengo un poco de miedo.

—No tengas miedo —respondió Dexter, poniéndose en alerta—. Aquí estoy. Te protegeré a ti y a nuestro cachorro.

—Pero... —Jenica miró hacia el yate—. Hoy es tu cita con Noelle.

—Eso no importa —dijo Dexter sin dudarlo ni un segundo—. Tu seguridad y la del cachorro son más importantes que cualquier otra cosa.

Recordé mi cumpleaños de hace dos años.

Yo estaba en el hospital después de un pequeño accidente en el laboratorio. Dexter canceló una junta importante del Consejo Imperial y se quedó junto a mi cama toda la noche. Me había dicho que nada era más importante que mi seguridad. También me juró que, en su mundo, yo siempre sería su prioridad.

—Me temo que la fiesta se cancela —dijo Dexter, volteando por fin hacia mí como si recordara que yo estaba ahí—. El primer pulso de Alfa del heredero tiene que estabilizarse con el linaje de su padre. Me tengo que quedar con Jenica.

—Entiendo. —Asentí.

—¿En serio? —Parecía sorprendido y aliviado—. ¿No estás enojada?

—¿Por qué habría de estarlo? La seguridad del heredero es lo principal.

Dexter dejó escapar un suspiro.

—De todas formas, deberías irte en el yate. Tu asistente ya está a bordo y todo está listo.

Mi asistente. Una chica humana llamada Sarah, mi compañera de investigación de la universidad. No sabía nada del mundo de los hombres lobo; creía que yo trabajaba para una empresa de biotecnología muy importante.

—¿Ya está a bordo? —pregunté, tratando de que mi voz no revelara nada.

—Sí, llegó hace una hora —dijo Dexter distraído, con toda su atención puesta otra vez en Jenica.

—Entonces iré a buscarla.

—Está bien —dijo él, restándole importancia con un gesto—. Diviértete, Noelle.

Diviértete.

Me di la vuelta y caminé hacia el yate. A mis espaldas, escuché la voz delicada de Jenica.

—¡Lo siento otra vez! ¡El príncipe está reaccionando a ti!

—¿En serio? Déjame sentir...

Subí a la cubierta de La Diosa de la Luna. Sarah estaba en la parte de adelante, con la brisa del mar despeinando su cabello pelirrojo.

Corrió hacia mí, muy emocionada.

—¡Este yate es una locura! ¡Tu jefe es muy generoso!

Mi jefe. Pensaba que Dexter era mi jefe.

—Sí, lo es —dije sin emoción alguna—. Tuvo que irse por un asunto urgente.

Sarah, sin notar lo indiferente que sonaba mi voz, siguió hablando con entusiasmo.

—¡Bueno, eso solo significa más tiempo de amigas para nosotras! ¡Traje tu champaña favorita!

Miré su sonrisa inocente y feliz, y sentí culpa.

—Si pasa algo esta noche —le dije—, quiero que sepas lo agradecida que estoy por nuestra amistad.

—¿A qué te refieres con eso de “si pasa algo”? —Se rio—. Te estás portando raro. ¡Relájate! ¡Hay que empezar la fiesta!

El yate comenzó a alejarse del muelle. Me quedé en la cubierta, viendo cómo las luces de la orilla se hacían cada vez más pequeñas. Dexter y Jenica seguían ahí. Estaban abrazados con fuerza, perdidos en su sueño compartido del futuro príncipe. Ninguno de los dos volteó ni una vez hacia el yate que se iba.

Nadie se dio cuenta de que me marchaba.

La noche se volvió más oscura y las olas más altas. Mientras Sarah estaba en la cabina preparando algo de comer, fui a la cabina de mando y activé el piloto automático que había configurado antes. El yate siguió el rumbo programado hacia aguas internacionales.

Saqué el celular desechable y envié una sola palabra encriptada:

“Ejecutar”

Luego regresé a la cubierta y miré las luces lejanas de la ciudad por última vez.

***

Tres horas después, en la torre de la Sede Imperial, Dexter estaba en la suite del penthouse de la Luna, cuidando a Jenica mientras ella descansaba. Un guardia Beta, empapado y pálido como un muerto, entró en la habitación.

—¡Su Majestad! —dijo jadeando—. El yate de la señorita Noelle... ¡explotó en la tormenta!

Dexter se levantó de la silla de un salto.

—¿Qué?

—La Guardia Costera ya está allá... dijeron que con una explosión de esa fuerza... no hay sobrevivientes.

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La Mestiza Que Terminó Con El Alfa

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