Capítulo 1

Dexter, mi compañero destinado, se convirtió en el Rey Alfa cuando su hermano murió. No solo heredó la corona y el poder, sino también a Jenica, la viuda de su hermano. Todo porque yo, por ser una mestiza, no había podido darle un heredero de sangre pura en todos estos años.

Me dijo que tenía que marcar a Jenica y sentí que el alma se me partía. Aun así, me abrazó con fuerza, secó mis lágrimas con sus besos y juró que su lobo y su destino solo me pertenecían a mí; que yo siempre sería su única Luna. Le creí.

Pero, a pesar de sus promesas, él seguía pasando cada noche en la cama de ella. Entonces, Jenica quedó esperando cachorros. Mientras la manada celebraba, Dexter me obligó a dejar la suite de la Luna; quería que su cachorro naciera bajo el aura lunar más pura de la manada.

Sentí cómo nuestro vínculo se deshacía dolorosamente, hilo por hilo, así que le envié un último mensaje en clave a un amigo del mundo humano.

“Sácame de aquí en cuatro días”.

Esa noche tomé una decisión. Mi tiempo como su compañera había terminado.

Dexter, mi compañero destinado, se convirtió en el Rey Alfa cuando su hermano murió. No solo heredó la corona y el poder, sino también a Jenica, la viuda de su hermano. Todo porque yo, por ser una mestiza, no había podido darle un heredero de sangre pura en todos estos años.

Todas las mañanas, sin falta, tenía que soportar el aroma de otra loba en la piel de mi pareja. Era un recordatorio constante y sofocante de que yo le había fallado. Ese era mi tormento. Mi realidad.

Hasta el día en que Jenica anunció que estaba esperando cachorros.

—Felicidades, Jenica. Un heredero de sangre pura le da una nueva esperanza al reino.

La voz de la Sabia Erin llegó desde la sala del consejo. Me quedé quieta afuera de la puerta, apretando los resultados del laboratorio que acababa de recoger. Dexter me había dicho que necesitaba estos datos sobre la estabilidad del linaje imperial para preparar la sucesión. Pero ahora estaba claro que ya habían elegido a alguien más.

—Que la Diosa de la Luna nos bendiga, este niño será el heredero más fuerte que nuestro reino haya visto jamás —dijo otro de los sabios, con la voz de respeto—. Un príncipe Alfa de sangre pura. El primero en siglos.

Empujé la puerta para entrar. La conversación se detuvo.

Dexter estaba sentado a la cabecera de la mesa, debajo del escudo imperial: una luna llena de plata cruzada por garras afiladas. Aunque llevaba un traje de humano hecho a la medida, su poder se sentía en todo el lugar; tenía un aura de autoridad que se notaba en cada respiro. A su lado, Jenica se acariciaba con suavidad el vientre, que ya se veía un poco abultado. Tenía una sonrisa orgullosa y triunfante. Era la madre del futuro príncipe.

Pero mis ojos se clavaron en el collar que llevaba en el cuello. La piedra de luz lunar. Era una reliquia sagrada que solo la verdadera Luna del Rey Alfa tenía permiso de usar. Era mía.

En los ojos de Dexter noté un brillo extraño cuando me vio.

—Ya llegaste.

No lo miré. Mi mirada seguía fija en el cuello de Jenica.

—Te queda muy bien la piedra de luz lunar —le dije con voz plana.

Jenica se llevó la mano al collar por instinto. Sonrió, tratando de verse elegante.

—Gracias, Noelle. Dexter me dijo que el heredero necesita el poder de la piedra para que su energía alfa esté tranquila.

—Siéntate —dijo la Sabia Erin, señalando la silla que estaba más lejos de la cabecera—. Tenemos cosas que discutir.

Me senté y puse el reporte sobre la madera brillante de la mesa.

—Aquí están todos los datos. El linaje imperial se debilita para la tercera generación, a menos que...

—¿A menos que qué? —Dexter habló con el mando cortante del Rey Alfa.

—A menos que los dos padres sean de un linaje imperial puro.

El ambiente en el cuarto se puso tenso. La Sabia Erin asintió con un gesto de satisfacción.

—Por eso la presencia de Jenica es tan importante para el reino. Ella viene de una línea antigua y pura. Su hijo será lo más valioso que tengamos: un heredero de sangre pura.

Dexter me buscó la cara, tratando de encontrar algo. Quizá enojo. Quizá una queja. Quizá dolor. Pero no encontró nada más que un gesto tranquilo.

—Entiendo —dije mientras me ponía de pie—. De hecho, la piedra de luz lunar debería proteger al heredero. También voy a mandar el resto de los objetos ceremoniales de la Luna que tengo en mi suite.

—Noelle... —Dexter por fin habló, y su tono de voz sonaba inseguro.

—¿Necesitan algo más? —le pregunté directamente a la Sabia.

Erin me miró con un brillo de victoria en los ojos.

—No. Te puedes retirar.

Recogí el folder, que ya estaba vacío, y me di la vuelta para salir. Cuando llegué a la puerta, escuché la voz suave y empalagosa de Jenica.

—Siento que el bebé se mueve. Seguro siente el poder de Alfa de su papá. Esta energía... solo la verdadera realeza puede tenerla.

Luego escuché la respuesta de Dexter, que sonaba asombrado.

—Sí, puedo sentirlo. Este poder... así es como se debe sentir un verdadero heredero imperial.

La puerta se cerró detrás de mí.

Más tarde esa noche, me senté en el cuarto temporal del piso doce al que me habían mandado, mirando las luces de la ciudad. Era una imitación barata de la suite del penthouse imperial. No había jacuzzi, ni un balcón enorme, ni siquiera una cama King. Solo una matrimonial normal.

Alguien tocó la puerta.

—Pasa.

Dexter entró. Se había quitado el saco y tenía las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos. Incluso estando solos, tenía esa actitud de rey que no se le quitaba con nada.

—¿Estás enojada? —preguntó en voz baja.

—¿Por qué tendría que estarlo?

Se sentó junto a mí en la cama.

—Por la piedra de luz lunar. Por Jenica. Por... lo de la sucesión.

Por fin me volteé a verlo.

—¿La sucesión?

—Sabes que tengo que poner al reino primero —dijo él, con ese tono de cansancio que siempre usaba cuando quería justificarse—. Una mestiza no puede heredar el trono. Es una regla inquebrantable desde hace mil años. Necesito un heredero de sangre pura.

Mi mente regresó a lo que pasó hace tres años. La noche en que me puso la piedra de luz lunar en el cuello por primera vez, después de nuestra ceremonia de unión.

“Solo hay una loba digna de ser mi Luna, y esa eres tú, mi compañera destinada”, me había jurado. Y también: “Te lo prometo, pase lo que pase, tú eres la única para mí”.

¿Y ahora?

—Esto es solo para que el linaje continúe, Noelle.

Su voz era suave, como queriendo convencerme, manipulándome.

—Lo que siento por ti no ha cambiado. Jenica es solo... una necesidad política.

Una necesidad para el reino. Qué excusa tan noble y conveniente.

Asentí.

—Lo entiendo.

—¿En serio? —Se veía muy aliviado.

—Sí. —Me acerqué más a él, buscando su espacio como lo había hecho miles de veces—. Abrázame.

Traté de creérmelo. Creer que nada de esto era su decisión, que solo era el peso de su corona. Dexter me rodeó con sus brazos y recargó su barbilla en mi cabeza. Este abrazo, que antes era mi refugio, ahora se sentía como una jaula.

Y entonces lo olí. El aroma a sándalo, fuerte y dominante, que salía de su piel. El olor de Jenica.

No era algo nuevo. Durante meses se le había quedado pegado como una mancha que no podía quitarse con agua. Yo me había obligado a ignorarlo. Incluso cuando el dolor me destrozaba el vínculo de pareja mientras él estaba con ella, yo me obligaba a sonreír cuando volvía conmigo.

Pero ese día, después de todo lo que había pasado, el olor era muy fuerte. No había duda. Era una pesadilla de la que no podía escapar. Mi cuerpo se puso rígido y me dieron náuseas.

Capítulo 2

Dexter notó que me puse tensa.

Me acarició la espalda, pero sentí su contacto como ajeno.

—¿Qué pasa?

No respondí, luchando contra las náuseas que me subían por la garganta. El empalagoso aroma a sándalo me estaba asfixiando.

—Mírame. —Me levantó el mentón con un dedo.

Le sostuve la mirada. Aquellos ojos azules que antes contenían un universo entero solo para mí, ahora me hacían sentir frente a un desconocido.

—Necesito que confíes en mí —dijo él, mientras sus dedos buscaban el cinturón de mi bata—. Sin importar lo que pase allá afuera, entre nosotros...

Sus labios buscaron los míos, un calor que me resultaba familiar frente al terror que me recorría las venas. Cerré los ojos, intentando con todas mis fuerzas recuperar lo que sentía antes. Trataba de convencerme de que este era mi Dexter, mi Rey Alfa, mi pareja. Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo con suavidad y destreza.

—Te amo —susurró en mi oído—. Solo a ti.

Pero el olor a sándalo en su piel gritaba la verdad. Una imagen cruzó por mi mente, algo que había visto apenas hacía una hora: la cuenta personal de Jenica. Había publicado una foto de la fiesta en el jardín imperial; salía radiante y el pie de foto decía: “Disfrutando la luz de la luna con mi pequeño príncipe. Todo está bien”.

“¿Será que la toca así a ella? ¿A la pareja de su propio hermano?”

Mis pensamientos se salieron de control. Abrí los ojos, lista para apartarlo. Pero cuando levanté la mano, su celular empezó a sonar. Había bloqueado nuestro vínculo mental para tener privacidad, pero no le había quitado el sonido al celular. El chillido del timbre cortó el silencio.

Dexter se detuvo y mostró su molestia.

—¿Quién podrá ser a esta hora...?

Miró la pantalla y su expresión cambió.

—¿Del Centro de Curación Imperial? —contestó— ¿Qué sucede?

Una voz urgente se escuchó del otro lado.

—¡Su Majestad! ¡Es lady Jenica! ¡El rastro de energía alfa del cachorro está aumentando mucho! ¡Es posible que se adelante el parto!

—¿Qué? —Dexter se levantó de la cama de un salto.

—Las ondas de energía del príncipe son demasiado fuertes. Solo su poder de alfa puede estabilizarlo. ¡Por favor, debe venir!

Me quedé mirando la cara de Dexter. En el momento en que el sanador pronunció la palabra “príncipe”, un brillo se encendió en sus ojos; era una chispa intensa y posesiva que nunca le había visto. Era el orgullo de un padre, el deseo desesperado de un Rey Alfa por su heredero de sangre pura.

—Voy para allá —dijo él, ya empezando a moverse.

—No te vayas —le supliqué con la voz temblorosa mientras le tomaba la mano—. Quédate. Me prometiste que estarías conmigo esta noche.

Se soltó de mi agarre. La calidez se había esfumado, reemplazada por una autoridad que me caló los huesos. Arrugó la frente y usó un tono que no admitía réplicas.

—Ya basta. Se trata del heredero imperial. No es un juego.

¿Cómo podía estar en problemas? Hacía una hora, Jenica presumía a ese mismo heredero en internet. Al ver su actitud, sentí una punzada en el corazón. Me puse de pie y mi propia voz se volvió cortante.

—Está bien. Entonces voy contigo.

Dexter se dio la vuelta y sus ojos mostraron sospecha e irritación. Sus palabras fueron directas, desconfiadas.

—¿A qué? Te lo advierto, Noelle. No te atrevas a acercarte a Jenica.

Lo que dijo se sintió como una puñalada.

—¡Nada puede pasarle a Jenica ni a mi hijo! —exclamó con rudeza mientras se ponía el saco a toda prisa.

Para pasar a mi lado, me quitó de su camino con un empujón. Tropecé y la nuca se me estrelló contra la esquina filosa del buró. Un dolor fuerte me atravesó y sentí un líquido caliente escurriendo por mi cabello. Pero Dexter ya no estaba. Se terminó de vestir, agarró las llaves del auto y salió corriendo hacia la puerta.

Grité, retirando la mano de mi cabeza, pegajosa por la sangre.

Él se detuvo en la puerta apenas una fracción de segundo. Sin mirar atrás, dijo:

—Tengo que proteger a mi heredero.

Luego, la puerta se cerró. Me quedé escuchando hasta que el rugido de su auto deportivo se perdió en la noche. Me senté en la cama, mirando la sangre en mis manos. No era la primera vez. Cada vez que las necesidades del reino chocaban con las mías, su elección siempre era cruelmente clara.

Me levanté y me curé la herida rápido. Después, manejé hasta el Centro de Curación Imperial. El ala VIP estaba iluminada. No entré. Me quedé en el pasillo, fuera de la habitación, observando en silencio a través del cristal de la puerta.

Dexter estaba sentado junto a la cama, sosteniendo la mano de Jenica con fuerza entre las suyas. Estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una felicidad triunfal.

—¿Puedes sentirlo? —susurró ella, acariciándose el vientre—. Nuestro príncipe está conociendo a su papá.

Dexter asintió con una ternura increíble.

—Sí, lo siento. Este poder... así es como se siente un verdadero linaje imperial.

Se inclinó y le besó la frente.

—Tú y nuestro cachorro lo son todo —murmuró. Su sangre humana la hace frágil. Ella nunca podría entender nuestro mundo, ni darme un heredero perfecto como este.

Mi corazón no se rompió. Dejó de latir. No sentí rabia ni tristeza. Fue un momento de una claridad perturbadora. Entumecida, me di la vuelta, regresé a mi auto y saqué un celular desechable nuevo que no podía ser rastreado. Con pulso firme, envié un mensaje encriptado.

“Sácame de aquí en cuatro días”.

Capítulo 3

Al día siguiente, entré al comedor imperial. Era un espacio reservado para la realeza y la nobleza de alto rango, decorado con tapices antiguos y lámparas de cristal. Apenas me senté, se me revolvió el estómago.

Dexter estaba presidiendo la mesa principal. Frente a él había un plato de cristal precioso. Tenía frutos de corteza plateada. Era la fruta sagrada que solo una Luna esperando cachorros tenía permitido comer; decían que contenía energía lunar pura para fortalecer el poder alfa del heredero. Y él se los estaba dando a Jenica, uno por uno.

—Abre la boca —dijo Dexter con una ternura que me dio asco.

Jenica obedeció y dejó que él pusiera la fruta plateada y brillante en su lengua.

—¿Está dulce? —preguntó él con mirada suave.

—Mucho —respondió Jenica con voz mimosa, cerrando los ojos con felicidad—. Siento que el príncipe se hace más fuerte dentro de mí.

Solté mi taza de café, escuchando cómo la cerámica tintineaba contra el plato, y me fui. El sonido de sus voces bajas y sus risas me siguió hasta la salida. Una hora después, un asistente imperial tocó a mi puerta.

—El Consejo Imperial solicita su presencia.

Cuando entré a la sala de siempre, todos estaban esperando. Dexter estaba sentado en el trono, bajo el emblema dorado del Rey Alfa que lo hacía ver inalcanzable. Jenica estaba a su derecha, en el asiento de la Luna. La Sabia Erin y los demás estaban alrededor de la mesa. Solo la última silla, hasta el final, estaba vacía. Esperándome.

—Siéntate —ordenó la Sabia Erin, como quien le habla a una sirvienta.

Me senté sin decir nada.

—Hoy vamos a discutir la reasignación de las residencias imperiales —empezó Erin—. Después de pensarlo mucho, el consejo decidió que la suite de la Luna en el penthouse debe ser para Jenica.

—¿Con qué justificación? —pregunté con calma.

—El heredero de sangre pura debe absorber la energía lunar más potente de la ciudad —declaró otro sabio—. El penthouse es el punto más cercano a la luna y es lo mejor para que crezca el poder del cachorro.

Miré a Dexter. Él se quedó viendo la mesa, evitando mi mirada.

—Además —continuó Erin con voz cortante—, como madre del futuro príncipe, la posición de Jenica debe recibir el respeto y el reconocimiento que merece.

—¿O sea que tengo que sacar todas mis cosas? —pregunté.

—Sí. Hoy mismo.

La sala se quedó en silencio. Todos me observaban, esperando mi reacción. Tal vez querían ver lágrimas, ruegos o un ataque de nervios. Pero solo asentí. El dolor se había convertido en un entumecimiento que me servía de escudo. No iba a darles el gusto de verme derrotada. Quizá nunca fui parte de ellos, para empezar.

—Ya entendí. Empezaré a empacar.

Dexter por fin me miró y noté un rastro de confusión en sus ojos.

—¿Eso es todo? —La Sabia Erin no esperaba que cediera tan fácil.

—Eso es todo —dije poniéndome de pie—. ¿Hay algo más?

—No —respondió Erin con un tono de decepción. Seguro quería más drama.

Me di la vuelta para irme, pero Dexter habló.

—Espera.

Me detuve pero no volteé.

—Tú... ¿de verdad no tienes problema con esto? —Su voz sonaba rara, como si estuviera tanteando el terreno.

—¿Problema con qué? —preguntó sin mirarlo.

—Con mudarte de la suite de la Luna. Con perder tu posición.

Me giré para verlo a los ojos.

—¿Alguna vez tuve ese lugar en serio?

Él se puso pálido.

—Noelle... —Jenica intentó meterse en la plática, pero la interrumpí.

—Felicidades, Jenica. El penthouse es precioso. Estoy segura de que vas a ser muy feliz ahí.

Después de eso, me salí. Esa noche regresé a la suite del penthouse que estaba a punto de abandonar. La luz de la luna entraba por la ventana, bañándolo todo con un brillo tranquilo y melancólico. Metí mi vida en un par de maletas sencillas. Alguien tocó a la puerta. Dexter entró; se veía inquieto.

—Tenemos que hablar.

—¿De qué? —Seguí doblando un vestido.

—De... todo esto. —Él caminaba de un lado a otro—. Tu reacción de hoy... no fue natural.

—¿Ah, no? —Doblé otro vestido—. Pensé que estarías contento. Esto resuelve tu problema.

—¿Qué problema?

Dejé de hacer lo que estaba haciendo y lo miré.

—El problema de cómo darle a Jenica el lugar que merece sin que yo me queje. Ya quedó resuelto.

—No es eso...

—¿Entonces cómo es? —Caminé hacia él—. Quiero pedirte algo.

—Lo que quieras.

Respiré.

—Quiero que rompas nuestro vínculo de pareja.

Él abrió mucho los ojos, como si le hubiera dado una cachetada.

—¿Qué?

—Recházame, Dexter. Corta nuestro vínculo formalmente.

—¿Estás loca? —Su voz temblaba entre el enojo y la incredulidad—. ¿Tienes idea de lo que estás pidiendo?

—Estoy cuerda. Más de lo que he estado en tres años —dije con calma—. Tienes a tu nueva pareja, a tu heredero y todo lo que querías. Y yo... yo ya me cansé de ser un adorno que no sirve para nada.

Dexter perdió el control.

—¡¿Cómo puedes ser tan egoísta?! —gruñó, agarrándome de los hombros—. ¡Te estás portando como una niña humana caprichosa que no puede ver el panorama completo!

Una niña humana. Por fin dijo lo que de verdad pensaba de mí.

—Sí —dije con voz baja pero firme—. Eso es lo que soy. Una niña humana. Una mestiza que no merece un título imperial.

—No lo dije en ese sentido...

—Sí lo hiciste. —Le quité las manos de encima con suavidad—. Déjame ir. Y libérate tú también.

Él me miró con un torbellino de enojo y tristeza en los ojos.

—No te voy a rechazar —dijo con voz ronca—. Pase lo que pase, eres mi Luna.

—¿Aunque tu corazón ya se haya ido?

No tuvo respuesta. Tres días después, cuando se cumplía el aniversario del día en que nos conocimos, Dexter apareció en la puerta de mi departamento nuevo, que era tan simple que parecía de hospital. Traía una invitación muy elegante con grabados.

—Yo... quiero compensarte por lo que pasó —dijo, viéndose incómodo—. Habrá una fiesta privada en el yate esta noche. Solo nosotros dos. Como antes.

Miré la invitación. El yate imperial, La Diosa de la Luna.

—¿Solo nosotros dos? —pregunté, tratando de no mostrar ninguna emoción.

—Sí, te lo prometo. —Había algo de súplica en su mirada—. Dame una oportunidad más. Déjame demostrarte lo importante que eres para mí.

¿Una oportunidad? Me dio risa, pero solo por dentro. Fue un sentimiento amargo. Nuestro vínculo me hacía sentir todo el tiempo el afecto que él le tenía a la pareja de su hermano, cada segundo de cada día. ¿Y todavía me pedía una oportunidad? Soporté el sarcasmo y el nudo en la garganta, dudé un momento y luego asentí.

—Está bien.

“Sí”, pensé. “Una oportunidad para despedirme por última vez”.

Él suspiró de alivio y me besó la frente.

—Te veo en el muelle a las siete.

Esa noche, llegué puntual al muelle imperial privado. La Diosa de la Luna estaba ahí, con el casco brillando bajo las luces. La cubierta estaba decorada con rosas blancas y velas; era una escena romántica de película. Dexter ya me estaba esperando; se veía tan guapo con ese traje azul oscuro que podría enamorar a cualquiera.

—Ya estás aquí. —Caminó hacia mí, dándome la mano.

Cuando iba a tomarla, una voz que conocía demasiado bien y que me dio asco se escuchó detrás de nosotros.

—Quería darte una sorpresa.

Los dos volteamos. Jenica caminaba hacia nosotros, acariciando su vientre con cuidado y con una sonrisa fingida.

La Mestiza Que Terminó Con El Alfa

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