Capítulo 1
Dicen que algunas vidas empiezan como maldiciones, pero la de Catrina Volkanosky fue una paradoja desde su primer aliento. Nació en el gélido frío ruso, en una Nochebuena marcada por la sangre y el llanto.
La mansión de mármol y oro de los Volkanosky, siempre tan silenciosa y hermética, esa noche se convirtió en el escenario de un drama tan antiguo como la vida misma. Cornelia Vaiden, la mujer del capo, una letal creadora de venenos, se aferraba a la vida con un grito ahogado. El aire olía a pino recién cortado, a sangre y a un perfume de lilas que se diluía en la agonía. Murió en un torbellino de gritos que nadie en aquella casa se atrevió a escuchar. Dejó tras de sí un vacío inmenso, un perfume metálico de dolor y una criatura diminuta que lloraba como si llamara a la muerte de regreso.
En el salón principal, el árbol de Navidad parpadeaba con luces doradas que se reflejaban en los ojos de un hombre roto. Can Volkanosky, el capo más temido de la mafia rusa, ese al que sus enemigos llamaban el "Tigre de Moscú", cargó por primera vez a su hija. Sus manos, que habían empuñado pistolas y destrozado vidas, temblaban. Nadie en aquella mansión de mármol lo había visto llorar jamás. Pero esa noche, bajo las luces festivas, lo escucharon desgarrarse en sollozos. Perdió al amor de su vida, a su cómplice perfecta, y ganó a una hija que, desde su nacimiento, se llevó lo más valioso que tenía.
Entre lágrimas que caían sobre el rostro diminuto de la pequeña Catrina, Can le susurró:
- Te bautizo como ella... como la Catrina, mi dulce calavera. Mi única herencia.
Su rostro se endureció, sus ojos se hincharon por el llanto, y una herida invisible se abrió en su corazón, una herida que la niña, por el resto de su vida, cargaría como una doble condena: amada como el último tesoro de su padre, odiada en silencio por haberle arrebatado a su madre.
La infancia de Catrina transcurrió entre los muros de la mansión, un palacio de cristal que se sentía como una jaula. Apenas veía a Can, siempre ausente, hundido en negocios oscuros y en el alcohol. Su vida era una sombra que se movía por los pasillos a la madrugada, volviendo de alguna trampa o de una fiesta interminable. Pero Catrina no estaba sola.
Su abuela Lucinda, elegante y frágil, la cuidaba con un amor cauteloso. En sus ojos cansados se veía la historia de una vida quebrada por obedecer siempre a los hombres de la familia. A menudo le susurraba:
- Eres la sangre de mi sangre, mi niña. Pero debes ser fuerte. Este mundo no perdona la debilidad.
Para Lucinda, Catrina era un recordatorio constante de su propia sumisión, un espejo que le devolvía el rostro de una niña que, como ella, había nacido para ser amaestrada.
Su tía Tamara, apenas tres años mayor, se convirtió en hermana y compañera de juegos. Crecieron juntas, inseparables, cómplices desde la niñez. Tamara, con su espíritu rebelde y risueño, era el único rayo de sol en la fría mansión.
- Vamos, Cat, a los jardines. Que el viejo Can no nos vea.
Solía decir. Eran sus pequeñas escapadas a la libertad, a jugar a las princesas en un mundo donde el cuento de hadas siempre terminaba en tragedia.
Can, pese a todo, nunca dejó de proveerles lo mejor: educación de élite, lujos y seguridad. Pero su amor se demostraba solo en forma de regalos caros o en la sombra de los guardaespaldas que vigilaban cada paso de la niña. Como un padre ausente, se aseguraba de que su hija tuviera todo menos su presencia.
En las noches silenciosas, cuando el eco lejano de los disparos llegaba desde alguna calle de Moscú, Lucinda solía mirar a su nieta. La observaba dormir, con la luz de la luna bañando su rostro inocente. "Esta criatura...
", pensaba para sí, "está destinada a algo más grande... o más terrible."
Porque Catrina, desde pequeña, no era como las demás. Había en ella una fuerza silenciosa, una rebeldía contenida, como si la vida y la muerte se hubieran dado la mano en su nacimiento para moldear su destino. Aunque en su sonrisa parecía frágil, en su mirada azul -grande, intensa, casi desbordante- ardía un fuego imposible de ignorar.
La hija de la Nochebuena había llegado. Y con ella, comenzaba a tejerse la telaraña de una historia que nadie podría detener. La tejedora, aún sin saberlo, ya estaba en el juego.
Catrina cumplió dieciocho años con la misma mezcla de orgullo y rebeldía que la había acompañado desde niña. Había aprendido a sonreír en cenas de gala, a comportarse como la hija de un capo temido, y a moverse con la elegancia que su abuela Lucinda le había inculcado. Pero en su interior, seguía siendo distinta. No soñaba con coronas ni alianzas que la ataran a un trono. Soñaba con ser dueña de su propio destino, de una vida donde las decisiones fueran solo suyas.
Esa ilusión de libertad se quebró la tarde en que su padre, Can Volkanosky, la llamó a su despacho. El lugar siempre había tenido un aire solemne, cargado con el humo de sus cigarros y el olor metálico de las armas que custodiaban las paredes. Catrina se sentó frente a él, sus manos entrelazadas sobre las rodillas, con la premonición de que lo que fuera a escuchar cambiaría su vida para siempre.
-Hija... ha llegado el momento -dijo Can, con la voz grave, casi apagada-. Los negocios requieren de lazos fuertes. No siempre se cierran con dinero o balas... a veces, se sellan con sangre y apellido.
Los ojos azules de Catrina brillaron, pero no de emoción, sino de una desconfianza que ya le era familiar.
-¿De qué me hablas, papá?
-De tu matrimonio -respondió él con una naturalidad pasmosa, como si hablara de un contrato cualquiera-. Te casarás con Flavio D'Arsène, el heredero de una familia francesa con la que necesitamos consolidar nuestras alianzas en Europa. Es apuesto, educado y, lo más importante, su linaje nos abrirá puertas que no podemos comprar. Será un buen socio.
La rabia le recorrió el cuerpo a Catrina como un veneno lento. El control que había aprendido a ejercer se resquebrajó por un instante.
-¿Y si yo no quiero? -preguntó con una voz tan fría que podría haber congelado el humo en el aire.
Can la miró fijamente. En sus ojos había un rastro de cariño, pero también la dureza de un hombre que no estaba dispuesto a negociar.
-No se trata de lo que quieras, Catrina. Se trata de lo que necesitamos. Así funciona este mundo. Un sacrificio por el bien de la familia.
Lucinda, que escuchaba desde un rincón, intentó suavizar la tensión, con la esperanza de que su nieta no sufriera la misma resignación que ella.
-Hija mía, el matrimonio no siempre es una condena. Quizás con el tiempo aprendas a quererlo... como yo quise a tu abuelo.
Catrina giró su rostro hacia su abuela con una mezcla de ternura y una ira contenida.
-¿Y acaso fuiste feliz, abuela? -susurró, con un tono que no buscaba una respuesta, sino que era una afirmación del dolor-. ¿O solo te acostumbraste a lo que tenías?
Lucinda bajó la mirada. Sus labios temblaron, incapaces de responder, porque la verdad de su vida estaba reflejada en la pregunta de su nieta.
El día de la boda llegó demasiado pronto. El salón estaba lleno de trajes oscuros, vestidos de alta costura, y copas de champaña que tintineaban sin cesar. Flavio, con su sonrisa arrogante y su porte elegante, parecía el esposo perfecto para cualquiera... menos para Catrina, que lo veía como un desconocido con el que estaba obligada a compartir una vida.
Cuando le tomó la mano frente al altar, ella sintió un frío profundo. No era un frío físico, sino el de una verdad que le helaba el alma: Esto no es amor. Esto es una transacción, pensó.
Flavio, sintiendo el desinterés de su futura esposa, se inclinó para susurrarle al oído con una sonrisa cargada de soberbia:
-Estás preciosa, Catrina. Espero que seas tan buena esposa como lo eres luciendo este vestido.
Catrina no respondió. Se limitó a mirarlo con esos ojos azules que parecían atravesarlo, dejando en claro que su espíritu jamás sería doblegado por él.
El matrimonio fue una tormenta desde el inicio. Flavio no tardó en mostrar su verdadero rostro: celoso, infiel y con un carácter violento cuando los negocios no resultaban como quería. Catrina soportaba las noches de soledad y humillación en silencio, pero no se quebró. Se dedicó a endurecer el corazón para que ninguna de sus traiciones la hiriera.
Una tarde, tras descubrirlo en la cama con otra mujer, le habló con una voz firme y gélida:
-No soy ciega, Flavio. Tampoco soy tonta.
Él rió, encogiéndose de hombros, seguro de que su apellido y su poder la silenciarían.
-Eres mía por apellido, Catrina. No necesitas nada más.
Ella lo miró con una calma que lo desconcertó.
-Te equivocas. Yo no soy de nadie. La única dueña de mi vida soy yo.
Esa noche, por primera vez, Flavio entendió que su esposa no era la muñeca sumisa que imaginó, sino una mujer con un fuego que no podría apagar. Los meses se volvieron insoportables. Flavio acumulaba traiciones, y Catrina acumulaba cicatrices invisibles.
Capítulo 2
Las paredes de la mansión, que alguna vez soñó como un hogar, se habían vuelto una prisión. Los pocos ecos de risa habían sido sustituidos por gritos, reproches y silencios cargados de un veneno que Catrina conocía bien. El veneno de un matrimonio sin amor. La última vez lo descubrió sin margen de dudas. Flavio, con otra mujer en su propia casa, desbordando un descaro que la consumía desde hacía años.
-¿Otra vez? -susurró ella, su voz temblando más de rabia que de dolor. Un dolor que ya se había acostumbrado a esconder en lo más profundo de su ser.
Flavio, con la desfachatez que lo caracterizaba, se levantó de la cama, medio vestido, con una sonrisa arrogante.
-¿Qué esperabas, Catrina? Este matrimonio nunca fue amor. Fue un negocio. Y en los negocios, cada uno busca lo que le satisface.
Ella lo observó fijamente, con los ojos azules brillando de furia. Una furia que por fin encontraba su salida.
-Quizás para ti fue un negocio... para mí fue una condena. Y ya estoy cansada de pagar por tus deudas.
Él rió, acercándose a ella con ese gesto soberbio que tantas veces había usado para intimidarla, convencido de que un simple gesto de dominación la haría retroceder.
-Te guste o no, eres mía. Eres la esposa de Flavio D'Arsène.
Catrina no retrocedió. Se mantuvo firme, erguida, con una serenidad que lo descolocó por completo.
-Nunca lo fui. Y lo que te diré ahora, será la última cosa que escucharás de mí.
La tensión se quebró cuando lo abofeteó con una fuerza que ni él esperaba; el sonido resonó en la habitación como el disparo de un arma. Fue la primera y última vez que lo tocó con violencia. Flavio, humillado, intentó levantar la mano, pero ella lo detuvo con una mirada que lo congeló, una mirada que traía el peso de la muerte de su madre y la dureza de su padre.
-Atrévete, y te juro que no sales vivo de esta casa. El apellido que tanto te enorgullece será un recuerdo.
Esa misma noche, Catrina buscó a su padre. Can la recibió en su despacho, rodeado del humo espeso de un puro y las sombras de la madrugada. No le preguntó qué quería, porque sus ojos ya le daban la respuesta.
-Quiero el divorcio -dijo Catrina sin rodeos, la voz firme, sin lágrimas.
Can la observó en silencio, reconociendo en ella una fuerza que no había visto antes.
-¿Qué pasó ahora? ¿Se cansó el francés de su juguete?
-No se trata de lo que pasó, papá. Se trata de lo que siempre fue: un error. Un hombre sin honor que no merece ni la sombra de este apellido. -Lo miró fijamente, casi suplicando por la libertad que solo él podía darle-. No me pidas que siga en esta farsa.
Lucinda entró en ese instante, con la calma de quien ya lo había visto todo y un brillo de orgullo en los ojos. Se acercó a su nieta y le tomó la mano.
-Can, déjala ir. No condenes a tu hija al mismo destino que yo. Permítele ser libre, al menos a ella.
El silencio se extendió como un manto pesado. Can, por primera vez, vio en su hija no solo el reflejo de la mujer que perdió, sino la fuerza que ella había ocultado. Finalmente, apagó su puro en el cenicero, se recostó en el sillón y asintió con gravedad.
-Está bien. Tendrás tu divorcio. Y si ese francés se atreve a tocarte, me encargaré de que no vuelva a ver la luz del día.
La batalla legal fue sucia, como todo en los bajos mundos. Abogados que eran más mafiosos que jueces, documentos falsificados, amenazas veladas. Flavio, al principio, intentó recuperarla con la desesperación de un hombre que se sabía perdedor.
-Catrina, podemos arreglarlo... -le dijo una noche, interceptándola a la salida de una reunión. Flavio se veía demacrado, con el rastro de un hombre al que el alcohol y la traición habían pasado factura.
Ella lo miró como si fuera un extraño, sin un rastro de emoción.
-Ya no hay nada que arreglar. Lo que se rompe por dentro, Flavio, no se cose con promesas. El fuego que un día hubo en mí, lo apagaste tú. Y con él, perdiste mi corazón.
Y se marchó sin mirar atrás.
Al final, cada uno recibió su parte. Flavio, furioso y vacío, comprendió que había perdido a la única mujer que jamás lo necesitó. Catrina, con apenas veintitrés años, salió de ese infierno con algo más que un divorcio: salió con la certeza de que jamás volvería a aceptar un amor por conveniencia.
Moscú la recibió con un aire distinto. Por primera vez, Catrina caminaba sin cadenas invisibles. El frío de las calles no la intimidaba; era un frío que ahora le pertenecía. Compró un apartamento en el corazón de la ciudad: paredes altas, ventanales amplios, una decoración elegante pero con un toque personal que hablaba de su independencia. Era su refugio, su espacio propio, lejos de las sombras de un matrimonio muerto.
Con Tamara a su lado, su eterna cómplice, inició lo que sería su verdadero imperio: "La Tejedora", una marca exclusiva de ropa de invierno y verano, diseñada para las mujeres más influyentes de la mafia. Su logotipo, una araña tejiendo, simbolizaba exactamente lo que era: paciente, astuta y letal si era necesario.
-¿Sabes por qué lo llamé La Tejedora? -preguntó Catrina una noche, con una copa de vino en la mano, mirando a su tía desde el balcón iluminado.
-Porque tú siempre has tejido tu destino, aunque otros intentaran cortarlo -respondió Tamara, con una sonrisa cómplice.
Catrina rió suavemente.
-Porque quiero que entiendan que no soy una marioneta en su telaraña... soy la que la construye. Y si se meten conmigo, no dudaré en convertirlos en mi alimento.
Los negocios crecieron con rapidez. Desfiles privados, ropa exclusiva para las esposas y amantes de capos poderosos, vestidos que se convirtieron en símbolos de estatus y poder. Catrina caminaba entre ellas como una reina, con la seguridad de quien había sobrevivido a la peor prisión: un matrimonio sin amor.
Las fiestas privadas se volvieron parte de su rutina. Música suave, copas de vino caro, conversaciones con políticos y mafiosos que fingían respetarla pero en realidad la temían. Siempre acompañada por Tamara, siempre observada por los guardaespaldas que Can insistía en imponerle. Pero a diferencia de su pasado, ahora Catrina sentía que esos ojos de halcón no la vigilaban, sino que la protegían.
En su intimidad, sin embargo, Catrina bailaba sola frente al espejo, dejaba caer su cabello cobrizo sobre los hombros y sonreía como si recién estuviera aprendiendo a vivir. En esas noches, con el eco de su risa resonando en las paredes, entendía lo que significaba ser libre: ser dueña de sí misma. Ser, al fin, la jefa de su propia vida.
Tres años después de su divorcio, la vida de Catrina se había vuelto casi perfecta. Tenía su apartamento en el centro de Moscú, su marca "La Tejedora" crecía con una fuerza imparable, y la libertad, la dulce libertad que tanto anheló, era por fin una realidad. Para los demás, era la imagen de una reina intocable: elegante, firme, rodeada de lujos y de la lealtad silenciosa de sus guardaespaldas. Para ella, era también la prueba viviente de que había sobrevivido a su infierno.
Esa tarde, su teléfono sonó. El nombre de su padre apareció en la pantalla. Can rara vez llamaba. Cuando lo hacía, era por costumbre: una cena, una copa de vino, algún regalo costoso para compensar su ausencia. Catrina aceptó, como siempre, sin esperar demasiado.
El encuentro fue en la mansión familiar, un lugar que ahora visitaba con una mezcla de respeto y distancia. Su abuela, Lucinda, ya estaba sentada, recta como una escultura de porcelana, Tamara sonreía con esa chispa que la hacía única, y Can los recibió con un abrazo seco, casi ceremonial.
Al principio, la cena transcurrió con la calma de siempre. Hablaron de banalidades: negocios menores, comentarios de la familia, recuerdos que parecían gastados por el tiempo. Pero la conversación cambió de golpe.
-Quiero que lo sepan de mí mismo -dijo Can, dejando el tenedor sobre el plato con un sonido abrupto-. He conocido a una mujer. Se llama Celine. Y voy a casarme con ella.
Un silencio pesado cubrió la mesa. Catrina sintió cómo su respiración se aceleraba, como si el aire le faltara.
-¿Casarte? -la abuela arqueó una ceja, sorprendida, sus ojos cansados brillando con un rastro de curiosidad.
-¿Después de tantos años? -Tamara soltó una carcajada nerviosa, su expresión de asombro-. ¡Hermano! Y ni siquiera nos habías hablado de ella. Cuéntalo todo. ¿Quién es esa afortunada que logró conquistar al "Tigre de Moscú"?
Can se acomodó en la silla, serio, como si hablara de un acuerdo comercial más que de una futura esposa.
-Es alemana. Nunca se casó. Desde que murieron sus padres, se encargó de su hermano menor, Raed. Él es el heredero de un imperio respetado en su país, una familia muy conectada en los bajos mundos. La unión es... conveniente. Una fusión que fortalece ambas familias.
Tamara lo celebró con entusiasmo, brindando con su copa, pero los ojos de Catrina se clavaron en su padre, ignorando el resto de la conversación. El aire se le hacía más pesado a cada segundo, mientras la pregunta se formaba sola en su mente. Finalmente, la lanzó:
-Papá... -su voz salió más firme de lo que esperaba, con la fragilidad de una princesa y la fuerza de una guerrera-. ¿Y aparte de los negocios? ¿La amas?
Can la miró unos segundos. Esa frialdad que siempre lo rodeaba se intensificó en sus ojos. Parecía una pregunta extraña, casi un concepto alienígena en su mundo.
-No lo sé, hija. Tal vez un poco. Es lo bastante bonita y lo bastante inteligente como para formar algo más sólido que un simple acuerdo. No te preocupes por eso.
Una respuesta seca. Concisa. Fría.
Catrina bajó la mirada al vino de su copa, el líquido oscuro parecía reflejar el vacío que sentía. Dentro de sí, un torbellino:
¿serían así todas las relaciones en su mundo? ¿Meros acuerdos disfrazados de amor? ¿Eran todos los hombres de la mafia incapaces de sentir, de verdad no había un corazón que latiera por alguien sin cálculos ni beneficios?
Yo no quiero eso, pensó con vehemencia. Nunca.
Ella quería un amor real. De esos que duelen, que queman, que dejan cicatrices. Algo tan dulce y trágico como Romeo y Julieta, tan intenso como el Titanic. Un amor que hiciera temblar hasta a los monstruos de la mafia. Pero en silencio se preguntaba:
¿Acaso ese hombre existe en un mundo donde las balas valen más que las promesas y los apellidos son más fuertes que el corazón? La respuesta, por ahora, le parecía un imposible.
Capítulo 3
El aire frío de Moscú tenía un sonido metálico, un eco familiar para Raed Richter, pero la melodía de su visita era la mayor de las traiciones. Aterrizó en la ciudad con una frialdad calculada, dispuesto a entregar a la mujer que más amaba en las manos de un hombre que no conocía del todo, un hombre al que solo había juzgado por su apellido. Su hermana, Celine, sonreía con una ingenuidad que Raed no había visto en ella en años, una felicidad que contrastaba con la oscuridad que él llevaba por dentro.
Mientras su chofer conducía por una de las calles más concurridas de Moscú, un chirrido de metal y un golpe seco le hicieron volver a la realidad. Raed ni se inmutó. Estaba acostumbrado a los accidentes; el dinero, en su mundo, lo solucionaba todo.
-Ocúpate de esto. No pierdas tiempo -le ordenó a su chofer sin siquiera mirar por la ventana.
Sin embargo, a los pocos segundos, una voz femenina y altiva se alzó sobre el bullicio de la calle.
-¡Usted y ese inútil van a salir de este auto y van a ver lo que han hecho!
Raed arrugó el entrecejo, extrañado. A nadie en la mafia se le hablaba así. Movido por la curiosidad, se bajó. Lo primero que vio no fue su auto, ni el pequeño choque, sino a la mujer de la voz furiosa. Su cabello, un río de cobre ondulado, enmarcado por un halo de furia, caía sobre sus hombros. Sus ojos, de un azul eléctrico, eran intensos y grandes, lanzando chispas. Llevaba un vestido elegante, pero se movía con la fuerza de un huracán.
-Señorita, no hay necesidad de tanto escándalo -intervino su chofer, ofreciendo un fajo de dinero-. El señor se encargará de los daños. Con esto bastará para el arreglo y para las molestias.
La mujer rió, una risa helada y despectiva. Sus ojos se clavaron en Raed, que se sintió estupefacto. Ninguna mujer le había hablado de esa manera. El insulto del dinero era una afrenta personal, y él, que lo tenía todo, se sintió humillado. Pero, en vez de enojarse, una extraña fascinación le recorrió el cuerpo.
-Le pido disculpas en nombre de mi chofer. Ha sido un accidente -dijo, usando una voz más suave de lo que le habría gustado.
-Claro que lo ha sido -respondió ella, sin bajar la guardia-. Pero el descaro de querer solucionarlo con dinero es un insulto. Mi auto será reparado como es debido. ¿Entendido?
Raed asintió, su mente ya no pensaba en el accidente, sino en la mujer que tenía frente a él. Su instinto de cazador, dormido por años de tedio, se despertó con una fuerza que no había sentido en mucho tiempo.
-Entendido. Le pido su contacto para que mi equipo de reparaciones se encargue de todo, señorita...
-Catrina -respondió ella, dándole un papelito con un número y su nombre-. Y espero que su equipo sea tan eficiente como usted de condescendiente.
Catrina se subió a su auto y se marchó, dejándolo con una sonrisa de lobo y el firme propósito de cazar a esa mujer.
Después del altercado, Raed se dirigió a la mansión que había alquilado. Era una construcción sobria y elegante, muy alejada de la ostentosa opulencia de la mafia rusa. Un lugar que él había elegido a propósito, como una declaración silenciosa de sus intenciones. Cuando entró, su hermana Celine lo recibió con los brazos abiertos, su rostro iluminado por una felicidad que lo hizo sentir culpable.
-¡Raed, mi niño! Has llegado -exclamó ella, abrazándolo con fuerza. Llevaba una caja envuelta en papel dorado. Un regalo de Can.
Raed besó la frente de Celine, sintiendo el calor de su piel. Era la única persona en el mundo a la que permitía ese tipo de intimidad.
-He llegado. Y estoy preparado para esa cena. Espero que ese marido tuyo sea tan bueno como tú dices -le dijo, su voz un eco de acero pulido, un tono que solo ella podía suavizar-. Recuerda que eres una joya, Celine. Y una joya no se le entrega a cualquier banquero.
Celine se separó de él y le sonrió con una dulzura que le rompió el corazón.
-Esta joya tiene cincuenta y tres años, Raed, y una sola oportunidad de casarse y ser feliz. Déjame intentarlo. Ha pasado mucho tiempo desde que un hombre se interesaba en mí... sin querer algo a cambio.
Raed la miró a los ojos, sintiendo un nudo en el estómago. La urgencia en las palabras de Celine era un golpe directo a su armadura. Sabía que ella tenía razón. Su crecimiento en el bajo mundo había negado a su hermana el derecho a una vida normal. Muchos hombres le temían solo por ser la hermana de Raed Richter. Pero este ruso... este hombre había ido por ella.
-No me interpongo, Celine. Pero quiero estar seguro de que es de verdad. Quiero estar seguro de que serás feliz -le prometió, con la seriedad de un juez que dictamina un veredicto.
Celine le acarició el rostro con ternura.
-Por eso es que te llaman "el juez", Raed. Porque vives juzgando sin conocer. Por una vez, déjate llevar. Pórtate bien en la cena, ¿quieres?
La idea de ser juzgado por su hermana por su frialdad y su arrogancia era algo que Raed no había contemplado. Ella tenía razón. Él, que era dueño de la mitad de Alemania y de su bajo mundo, era un hombre que lo tenía todo, excepto la capacidad de confiar.
-Recuerda que él tiene una hija. Quiero dar una buena impresión, Raed. Quiero que vean que sí pude criar a un buen hombre, fuerte, leal y temible. Quiero que esa familia vea que sí puedo sostener un hogar.
La súplica en sus palabras era un eco de su deseo más profundo. Él se había convertido en un capo para protegerla, pero en el proceso, le había arrebatado el sueño de una vida normal.
Raed miró el número de la mujer que acababa de conocer. La mujer del altercado. La misma mujer que, en su mente, se había convertido en su próxima conquista. Mientras lo anotaba en su celular, una idea perversa se formó en su mente: tal vez esa noche, conseguiría las dos cosas que deseaba.
-Me portaré bien, Celine. No te preocupes. Serás feliz. El pronóstico dice que habrán buenos vientos -dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
El pronóstico, en su mente, era muy distinto. El pronóstico era una noche con Catrina. Por supuesto que arreglaría su auto, y tal vez, un poco más. Raed no sabía que el destino tenía sus propios planes y que la mujer a la que quería cazar, ya estaba en su telaraña.
Después de asegurar que la mansión de alquiler tenía la misma seguridad que un búnker, Raed tomó una ducha y se preparó para la noche. Se vistió con un traje oscuro de un corte impecable, una segunda piel que ocultaba las cicatrices de su mundo. Al bajar, su hermana lo esperaba, radiante, vestida como una diosa madura. Celine se veía hermosa y feliz, una visión que tranquilizó a Raed, pero que también reforzó su determinación.
Durante el trayecto, él habló poco. Su mente, un tablero de ajedrez, analizaba cada posible movimiento de Can Volkanosky. Se juró a sí mismo que ese ruso debía ser un hombre leal y bueno con Celine. Si no lo era, si se atrevía a romper el corazón de su hermana, este matrimonio le costaría la vida. Nadie, ni siquiera el capo ruso, se interpondría en el camino de la felicidad de Celine.
La noche en la mansión de los Volkanosky estaba vestida de un lujo abrumador. Lámparas de cristal de Murano colgaban del techo, las paredes respiraban historia con cuadros de maestros antiguos y el jardín parecía un escenario preparado para recibir a la élite de dos mundos: el ruso y el alemán.
Raed Richter permanecía de pie junto a la entrada principal, impecable. Su mirada, de un gris tormentoso, buscaba algo en particular, como un cazador que sigue el rastro de su presa. Y entonces lo vio. Estacionado en la entrada de la majestuosa casona, bajo la luz de una farola de la calle, se encontraba el Audi con el pequeño rasguño que conocía de primera mano. Un golpe de realidad lo atravesó con la fuerza de un rayo. El estómago se le encogió al comprender la cruel ironía: la mujer con la que había fantaseado esa tarde, la arrogante y altiva que le había rechazado un billete como si fuera basura, era nada menos que una Volkanosky.
-Señor Richter -la voz del mayordomo lo sacó de sus pensamientos. Parecía que su llegada había sido prevista-. El señor Volkanosky y su hija lo esperan.
Raed asintió con una sonrisa breve y seca, un gesto que no alcanzó a sus ojos, y avanzó.
Can Volkanosky salió a recibirlos. Abrazó a Celine como si fuera su mujer, la besó en la mejilla con una familiaridad que le revolvió el estómago a Raed.
-Bienvenida, mi hermosa prometida. Mi madre y mi hija mueren por conocerte y, debo advertirte, mi hermana Tamara te matará a preguntas. Raed, es un placer tenerte aquí en Rusia. Espero que te sientas como en casa.
Celine sonrió, y Raed se recordó a sí mismo por qué estaba allí.
-El placer es nuestro, Can. Pero no estoy aquí para sentirme como en casa. Estoy aquí para hablar de matrimonio y acuerdos. Ya sabes cómo son las cosas en nuestro mundo.
El ambiente se tensó. El aire, ya frío, se volvió gélido.
Pero Can no, respondió porque en ese instante, Raed la vio.
Descendió por la escalinata con una gracia natural, envuelta en un vestido negro que dibujaba la silueta de un cuerpo que parecía frágil pero que se movía con un poder silencioso. Su cabello rojizo, vibrante, parecía incendiarse bajo las luces doradas del salón. Sus ojos, de un azul enorme, se clavaron en él con una calma calculada. Y Raed vio, en esa mirada, la misma chispa de furia que lo había desafiado en la calle.
-Ella es mi hija, Catrina -anunció Can, con un tono que oscilaba entre el orgullo y la advertencia-. Esta noche conocerá a quienes pronto serán parte de nuestra familia.
Catrina inclinó apenas la cabeza y sonrió con cortesía, pero sus ojos permanecieron fríos.
Raed devolvió el gesto con un asentimiento mínimo. No le ofreció la mano. Un silencio denso y cargado de dobles intenciones se instaló en el aire.
-Es un placer, señor Richter -dijo ella con voz serena, aunque sus ojos lanzaban chispas-. Espero que su gente repare los daños con la misma eficiencia con la que usted reparte condescendencia.
El comentario lo golpeó de lleno. La referencia a su encuentro en la calle lo desarmó por un segundo. Sus ojos de acero titilaron, revelando una vulnerabilidad que odiaba mostrar.
Can los observó con una ceja arqueada, Tamara escondió una sonrisa detrás de su copa de vino, y la abuela se acomodó en su sillón, oliendo la tensión como si fuera un perfume caro. Para ellos, era el espectáculo de dos tigres midiéndose las garras.
Raed se recompuso, su voz volviendo a su tono frío y acerado.
-No esperaba menos de una Volkanosky. Directa y sin filtros.
Catrina sostuvo su mirada sin parpadear.
-Y yo no esperaba menos de un Richter. Orgullo y hielo.
El choque estaba declarado. La cena se sirvió en medio de frases medidas, miradas calculadas y silencios largos. La diplomacia mafiosa se mezclaba con la peligrosa atracción. Raed seguía observándola, tratando de reconciliar a la mujer que había fantaseado con la que tenía frente a él. La mujer fuerte de la calle, la heredera rebelde que se negó a ser una marioneta. El hielo alemán había chocado con el fuego ruso, y la colisión prometía ser tan devastadora como apasionada.