Capítulo 7
La alta sociedad se reunió esa noche para la ceremonia donde se anunciaría a la pareja oficial. Yo me quedé en un rincón del salón, con un vestido negro sencillo. El comando de Alfa era una jaula y mi cuerpo era su prisionero. Tenía que sonreír, mantenerme erguida y cumplir con mi papel.
Vivian era la estrella de la velada. Llevaba un vestido hecho a medida en color champaña y su collar de diamantes brillaba bajo las luces. Killian estaba a su lado, como un rey imponente en su traje de corte perfecto.
—¡Amigos míos! —el viejo Alfa levantó su copa—. ¡Esta noche somos testigos de un evento trascendental!
Se escuchó un estruendoso aplauso.
—¡Mi hijo, Killian, se unirá a la encantadora señorita Vivian!
Hubo más aplausos. Vivian se recargó con timidez en los brazos de Killian. En el momento en que se besaron, sentí una daga en el corazón.
—Pareces necesitar una distracción, ¿no? —dijo una voz suave a mi lado—. ¿Me concedes esta pieza?
Me di la vuelta y vi a un Beta atractivo. Tenía el cabello castaño oscuro y una sonrisa amable.
—No soy muy buena bailando.
—No importa, yo te guío —me ofreció la mano—. Soy Marcus, de la manada de Seattle.
Miré hacia la pista. Killian y Vivian compartían el primer baile. Giraban juntos; eran la imagen de la perfección.
—Está bien.
Tomé la mano de Marcus y nos dirigimos despacio a la pista. Él era todo un caballero; se movía con ligereza y fluidez.
—Eres muy hermosa —me susurró al oído—, pero te ves muy triste.
—Es una ocasión alegre.
—Para algunos sí —respondió mientras me hacía girar—, pero tus ojos me dicen que escondes una historia aquí.
No respondí. Por alguna razón, bailar con un extraño me hacía sentir... libre. Sin presiones, sin dolor, sin emociones complicadas. De pronto, sentí una mirada ardiente sobre mí. Desde el otro lado del salón, Killian me observaba fijamente. Vivian seguía hablándole, pero él no la escuchaba. Su mirada era de puro odio.
—¿Tu ex? —preguntó Marcus al notarlo.
—Mi “exjefe”.
—No parece muy contento.
—No le gusta que sus “propiedades” tengan vida propia.
Marcus se rio.
—Entonces debería estar encantado. Esta noche no estás trabajando.
La música siguió sonando y continuamos girando. La mirada de Killian seguía cada uno de mis movimientos. Las puertas del salón estallaron hacia adentro. Se desató el caos. Una docena de lobos vestidos de negro irrumpieron en el lugar. Eran errantes.
—¡Todos al suelo! —gritó el líder.
Comenzaron los gritos y los invitados corrieron aterrorizados.
—¡Protejan al Alfa! —los guardias entraron en acción.
En medio del alboroto, una enorme columna decorativa empezó a ladearse. El candelabro de cristal que colgaba arriba se sacudió.
—¡Cuidado! —Marcus me empujó para quitarme del camino y los escombros lo golpearon a él.
La columna se desplomó donde yo había estado parada. Cerré los ojos, esperando el final. Parpadeé mientras el polvo se asentaba. Entonces lo vi. Vi la ancha espalda de Killian. Él no se había movido hacia mí; se había lanzado en la dirección opuesta para proteger a Vivian con su propio cuerpo.
Y a mí... un trozo afilado de escombro bañado en plata me cortó la espalda. La sangre brotó y un dolor punzante recorrió todo mi cuerpo. Me desplomé en el suelo mientras el ardor en mi espalda se extendía. La sangre empapó mi vestido negro.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste? —Killian ya estaba revisándola, pasando sus manos frenéticamente sobre ella.
—Es-estoy bien, solo tengo mucho miedo —sollozó ella contra su pecho.
—Tranquila, aquí estoy —le acarició el cabello—. No dejaré que nadie te haga daño.
Me obligué a caminar, dando cada paso con un dolor insoportable hacia la salida. Nadie me prestó atención; todos los ojos estaban puestos en Vivian. La sangre me corría por las piernas, dejando un rastro rojo sobre el piso.
La voz de Marcus me llamó desde atrás. Me giré hacia él. Le sangraba la frente.
—Estás herida.
—Tú también.
—Deja que te lleve a un centro de curación.
Negué con la cabeza.
—No, estaré bien.
—Gracias por el baile de esta noche —le dediqué una pequeña sonrisa—. Fue la primera vez que me sentí feliz en años.
Eché un último vistazo hacia atrás a través de las puertas destrozadas. Killian le murmuraba cosas a Vivian mientras le acariciaba el cabello. Luego le dio un beso en la frente, una muestra de ternura que jamás había tenido conmigo. Me di la vuelta y desaparecí en la noche.
Los ojos de Killian se clavaron en el rastro rojo que dejé en el suelo. Una garra de hierro le apretó el corazón. Su lobo le rugía por dentro.
“Síguela. Ve tras nuestra pareja”.
Pero no se movió. Se quedó ahí parado mientras las puertas se cerraban, borrándome de su vista.
Capítulo 8
Dos días después, la herida de mi espalda apenas empezaba a cerrar.
Maya me estaba organizando una fiesta de despedida en el club Nightfall.
—Ya cambiaste tu vuelo tres veces. Mañana te subes a ese avión para Francia —dijo mientras levantaba su copa—. ¡Por la libertad!
—Por la libertad.
Chocamos las copas y me tomé el trago de un golpe. El alcohol hizo que todo me diera vueltas.
—Voy al baño.
De camino, pasé por los privados VIP.
Una risa que conocía muy bien salió del privado 101.
Me detuve.
Era la voz de Killian.
—Por fin te escapaste —rio un macho—. ¿Ya se largó esa tal Freya?
—Debería haber entendido cuál era su lugar y haberse ido antes —intervino otra voz. Era el hermano de Vivian—. Una loba de sangre mezclada como ella no merece ser la Luna de Killian. Solo mi hermana es digna.
Entonces, escuché a Killian.
—Una loba de su linaje —dijo con una voz desagradable— solo sirve para una cosa: para calentar la cama. Convertirla en mi pareja sería envenenar la sangre de la manada.
El privado estalló en carcajadas.
—¡Ja, ja, ja! ¡Alfa, eres un bárbaro!
—Aun así, cinco años es un buen rato para un juguete, ¿no?
Me apoyé contra la pared, sintiendo que la sangre se me subía a la cara por la humillación.
Cinco años.
Durante cinco años, eso fue todo lo que significaba para él. Una herramienta. Un cuerpo para su placer. Un juguete al que podía pisotear.
Así que todos sus intentos por evitar que me fuera... ¿eran solo para poder acostarse conmigo una vez más?
Di media vuelta y me alejé. No podía escuchar ni una palabra más.
Al salir del club, el aire de la noche me dio de lleno en la cara.
Respiré.
Ya casi terminaba todo.
Mañana estaría en un avión rumbo a Francia.
—Nena. Espéranos.
Un grupo de lobos sucios y desarrapados salió de entre las sombras.
Eran errantes. Lo más bajo de nuestra especie.
—Vaya, vaya, pero si es la sobrita del Alfa Killian —dijo el líder, mostrando unos dientes amarillentos mientras jugaba con una daga—. Escuchamos que eres un premio sin marca.
Me puse tensa y retrocedí un paso.
—¿Quién los mandó?
—¿Conque querías ser una Luna? —se burló él, acercándose—. Te vamos a convertir en la ramera de unos errantes. Vamos a ver si tu preciado Alfa todavía te quiere después de que una docena de nosotros dejemos nuestro rastro en ti.
Vivian. Esto era obra suya.
El miedo me apretó el pecho, pero no tenía más opciones.
Cuando su mano mugrienta intentó agarrarme del cuello, dejé de ser la asistente sumisa.
Soy una loba. Aunque mi sangre no sea pura, no seré una presa.
—¡Suéltame!
Saqué el cuchillo de plata que siempre llevaba en el bolso y se lo clavé en el hombro.
—¡Aaaah! —Su grito desgarró el silencio de la noche.
Aproveché el caos para soltarme y corrí hacia la luz al final del callejón.
Cuando estaba por salir a la calle, alguien me bloqueó el paso.
Era Vivian.
Me vio cubierta de sangre, sosteniendo el cuchillo plateado. El pánico cruzó su cara un segundo antes de que lograra ocultarlo.
Soltó un grito de terror y se desplomó en el suelo.
—¡No! ¡Por favor! ¡No quise molestarte!
Se hizo bolita en el piso, apretándose el vientre, mientras las lágrimas le brotaban de los ojos.
Killian apareció en un parpadeo, atraído por el grito.
Sostuvo a Vivian y luego levantó la mirada hacia mí.
Vio el cuchillo ensangrentado en mi mano, mi ropa rota y mi mirada desencajada. En un solo instante fatal, eligió un bando.
Su rugido fue estruendoso.
Traté de explicarle desesperadamente.
—¡No es lo que parece! Ella los mandó a...
—¡Cállate!
No quiso escucharme. No le interesaba.
Solo confiaba en lo que veía: a su frágil prometida temblando en el suelo y a mí, con toda la facha de una asesina armada.
—¡Los celos te convirtieron en un monstruo! —rugió con furia—. ¿Te atreves a atacar a tu futura Luna? ¡¿Intentaste matarla?!
Capítulo 9
Me quedé mirando la cara que tenía tan cerca de la mía.
Era la misma cara que alguna vez amé e idolatré. Ahora estaba deformada por el gruñido de un monstruo.
Dejé de luchar.
Dejé de dar explicaciones. Dejé de llorar.
Solo lo miré fijamente, como si fuera un completo extraño.
Dije en voz baja, con una calma tan sepulcral que lo sobresaltó:
—¿En serio es esto lo que piensas de mí?
Él se estremeció y aflojó el agarre por un segundo.
Pero entonces, detrás de él, se escuchó el quejido débil de Vivian.
—Me duele mucho... siento que mi espíritu se va a romper... llama a mi hermano...
El último rastro de duda en los ojos de Killian se esfumó.
Me empujó con fuerza y caí contra el suelo.
Luego se dio la vuelta, cargó a Vivian en sus brazos y me dio la espalda.
—Lárgate —gruñó sin voltear—. Estás desterrada. Si vuelvo a ver tu cara en este territorio, yo mismo te mato.
La lluvia empezó a caer a cántaros.
El agua helada resbaló sobre la sangre y la suciedad de mi cuerpo, llevándose lo último que me quedaba de cariño por esta ciudad.
Me puse de pie y vi cómo Killian llevaba a Vivian a su limusina.
Las luces traseras desaparecieron rápido entre la lluvia.
Esta vez no miró atrás. Ni una sola vez.
***
Tres horas después, en el aeropuerto internacional, me había puesto una gabardina negra limpia y lentes de sol para ocultar mis ojos hinchados y mi cara llena de moretones.
El último llamado para abordar mi vuelo resonó por toda la terminal.
Me detuve junto a un bote de basura con un celular y un collar en la mano.
El collar era sencillo: un anillo de plata que colgaba de una cadena. Había sido un regalo cualquiera que él me dio en mi cumpleaños hace cinco años. Lo había llevado puesto como si fuera una promesa. Ahora lo veía como lo que en realidad era: una correa.
Todo fue un chiste de mal gusto.
Me quité el collar. El aroma a cedro que me había esforzado tanto en no quitarme con el baño, su olor, todavía se sentía un poco.
—Adiós.
Abrí la mano.
El anillo de plata brilló por última vez bajo las intensas luces del aeropuerto y luego desapareció entre la basura. Se fue.
Luego, el celular.
Busqué en mis contactos y mi dedo se quedó suspendido sobre el nombre que tenía fijado arriba: “Mi Alfa”.
Sin dudarlo, lo borré.
Después borré toda la lista de contactos. A cada contacto relacionado con la familia Blackwood. No dejé rastro de nadie.
Saqué la tarjeta SIM, la partí en dos y tiré los pedazos a la basura.
Después de hacer todo eso, sentí que el peso enorme que me había estado aplastando el pecho durante cinco años desapareció.
Dejó un dolor vacío, una herida abierta donde antes estaba mi corazón. Pero, por primera vez en cinco años, pude respirar. El aire era mío. Mi vida me pertenecía.
—Señorita, ya es hora de abordar —dijo una empleada de la aerolínea.
Asentí, agarré mi única maleta y caminé hacia la puerta de seguridad.
Era la entrada a una vida nueva.
El avión avanzó por la pista y despegó hacia las nubes.
Me senté junto a la ventana.
Vi cómo la ciudad resplandeciente se hacía pequeña debajo de mí, convirtiéndose en un montón de luces diminutas antes de que las nubes se la tragaran.
Mi juventud, mi amor, mi sangre y mis lágrimas se quedaron enterrados ahí.
Y también el Alfa llamado Killian Blackwood.
Unas lágrimas me rodaron por la cara en silencio, pero no me las sequé.
Esta sería la última vez que lloraría por él.
Entonces, unas palabras brotaron desde mi alma; una última promesa para romperlo todo.
“Yo, Freya, por la presente te rechazo, Killian Blackwood, como mi compañero. El vínculo entre nosotros está roto. De ahora en adelante, no eres nada para mí”.