Capítulo 6

A la mañana siguiente, estaba en el pequeño departamento que me había comprado, con mi boleto en la mano y lista para irme al aeropuerto.

Cuando estaba por salir, tiraron la puerta de una patada.

Killian estaba parado en el umbral, empapado hasta los huesos. Sus ojos brillaban con una luz roja salvaje. Era el color de un Alfa perdiendo el control.

—¿Rompiste el vínculo? —gruñó mientras se acercaba a mí—. ¿Quién te dio permiso?

Escondí el boleto detrás de mi espalda y me obligué a sostenerle la mirada.

—Ya me fui de la manada, Killian. No te debo nada. Ya no eres mi Alfa.

—¡Dije que no! —rugió, y me apretó los hombros con fuerza—. En cinco años, nadie se ha atrevido a desafiarme.

Me solté de su agarre con un empujón.

—Pues ya viste que yo sí.

Sus ojos recorrieron todo el lugar. Vio las dos tazas de café sobre la mesa y un saco de un macho en el sofá.

—¿Quién estuvo aquí?

—Mi novio.

Esas palabras lo dejaron mudo.

—¿Qué dijiste?

—Dije que tengo un novio nuevo —respondí con voz firme mientras agarraba el saco—. Es humano. Y es amable —añadí con un tono cortante—. Él es todo lo que tú no eres.

—Es imposible. —A Killian le temblaba la voz—. Eres mi compañera, no puedes...

—Sí puedo —lo interrumpí—. Porque a diferencia de otros, él sí me quiere en serio.

—¡Estás mintiendo!

—¿Quieres saber cómo es? —le pregunté con tono burlón, acercándome a él—. Él no me humilla. No me exhibe usando el vestido de otra. Y no me deja morir.

La respiración de Killian se volvió más pesada.

—Él no me trata como si fuera un objeto en su cama.

—¡Cállate!

—Y lo más importante —lo miré fijo a los ojos—, él no está atado a mí por el destino, pero me eligió de todos modos. A eso se le llama amor en serio.

—¡ZAS!

Me dio una cachetada. El sonido resonó en la habitación silenciosa.

Sentía que la mejilla me quemaba.

—¿Ya me puedo ir? —pregunté mientras me tocaba la cara.

—¿Irte? —se burló—. ¿Crees que te puedes largar así como si nada?

—Ya no soy tu subordinada, ni alguien a quien puedas controlar...

—¡Siempre lo serás! —Me agarró del cuello—. ¡Mientras yo lo prohíba, no vas a ningún lado!

Traté de respirar con dificultad.

—Suél... tame...

—Dime quién es. —Apretó más los dedos—. ¡Lo voy a matar!

—Tú... tú me obligaste a esto...

—¿Qué?

Usé todas mis fuerzas para quitármelo de encima.

—¡Tú me obligaste a buscar a alguien más! —le grité—. ¡Tú no me querías, pero alguien más sí me quiere!

Killian perdió los estribos. Sus ojos brillaron en color dorado y le salieron los colmillos. Estaba a punto de transformarse.

—¡No hables de él!

—¿Por qué? ¿Tienes miedo? —Me rio con amargura—. ¿Miedo de que en serio ya no te pertenezca?

Se abalanzó sobre mí y me acorraló contra la pared.

—¡Tú me perteneces! ¡Siempre me vas a pertenecer!

—¿Entonces por qué te vas con Vivian?

—¡Eso es diferente!

—¿En qué es diferente?

No supo qué contestar.

Nos quedamos mirando fijamente, ambos respirando agitados. De pronto, me dio un beso. Fue un beso brusco, posesivo, como si quisiera dominarme.

Quise resistirme, pero mi cuerpo me traicionó. Maldito vínculo de pareja; la atracción física era una traidora.

Unos minutos después, se apartó.

Los dos estábamos jadeando.

—Entonces deja que te recuerde quién es tu Alfa —dijo con un tono de voz bajo y peligroso.

Una fuerza aterradora brotó de él. Era el poder antiguo de su linaje. El comando de Alfa.

—Arrodíllate.

La orden me atravesó. Mis rodillas cedieron y caí al piso. No fue mi elección. Mi cuerpo me había traicionado, forzado por un poder que aplastaba mi propia alma. Era una humillación infinita.

Las lágrimas me corrían por la cara, pero no podía moverme. Killian me miró desde arriba con desprecio. Se agachó y me agarró el mentón con fuerza para obligarme a levantar la cabeza.

—Escúchame bien, Freya. Como tu Alfa, te lo ordeno. Esta noche irás a la ceremonia. Te pondrás tu vestido más bonito. Te quedarás ahí parada y verás cómo reclamo a mi Luna.

Mi cuerpo temblaba y mi alma gritaba que no, pero mi boca se abrió en contra de mi voluntad.

—Sí... Alfa.

Killian me soltó, satisfecho al verme derrotada. Se puso de pie, se acomodó el cuello de la camisa y volvió a ser ese monarca inalcanzable.

—Nos vemos en la noche, Freya.

Se dio la vuelta y se fue como si nunca hubiera perdido el control. La puerta se cerró y por fin sentí que la presión de su voz desaparecía.

Me desplomé sobre la alfombra, tratando de recuperar el aire. Miré a la criatura tan patética que se veía en el espejo. Entonces, la humillación se transformó en una calma vacía.

“Esta es la última vez”, le susurré a mi reflejo. “La última vez que me das una orden”.

Capítulo 7

La alta sociedad se reunió esa noche para la ceremonia donde se anunciaría a la pareja oficial. Yo me quedé en un rincón del salón, con un vestido negro sencillo. El comando de Alfa era una jaula y mi cuerpo era su prisionero. Tenía que sonreír, mantenerme erguida y cumplir con mi papel.

Vivian era la estrella de la velada. Llevaba un vestido hecho a medida en color champaña y su collar de diamantes brillaba bajo las luces. Killian estaba a su lado, como un rey imponente en su traje de corte perfecto.

—¡Amigos míos! —el viejo Alfa levantó su copa—. ¡Esta noche somos testigos de un evento trascendental!

Se escuchó un estruendoso aplauso.

—¡Mi hijo, Killian, se unirá a la encantadora señorita Vivian!

Hubo más aplausos. Vivian se recargó con timidez en los brazos de Killian. En el momento en que se besaron, sentí una daga en el corazón.

—Pareces necesitar una distracción, ¿no? —dijo una voz suave a mi lado—. ¿Me concedes esta pieza?

Me di la vuelta y vi a un Beta atractivo. Tenía el cabello castaño oscuro y una sonrisa amable.

—No soy muy buena bailando.

—No importa, yo te guío —me ofreció la mano—. Soy Marcus, de la manada de Seattle.

Miré hacia la pista. Killian y Vivian compartían el primer baile. Giraban juntos; eran la imagen de la perfección.

—Está bien.

Tomé la mano de Marcus y nos dirigimos despacio a la pista. Él era todo un caballero; se movía con ligereza y fluidez.

—Eres muy hermosa —me susurró al oído—, pero te ves muy triste.

—Es una ocasión alegre.

—Para algunos sí —respondió mientras me hacía girar—, pero tus ojos me dicen que escondes una historia aquí.

No respondí. Por alguna razón, bailar con un extraño me hacía sentir... libre. Sin presiones, sin dolor, sin emociones complicadas. De pronto, sentí una mirada ardiente sobre mí. Desde el otro lado del salón, Killian me observaba fijamente. Vivian seguía hablándole, pero él no la escuchaba. Su mirada era de puro odio.

—¿Tu ex? —preguntó Marcus al notarlo.

—Mi “exjefe”.

—No parece muy contento.

—No le gusta que sus “propiedades” tengan vida propia.

Marcus se rio.

—Entonces debería estar encantado. Esta noche no estás trabajando.

La música siguió sonando y continuamos girando. La mirada de Killian seguía cada uno de mis movimientos. Las puertas del salón estallaron hacia adentro. Se desató el caos. Una docena de lobos vestidos de negro irrumpieron en el lugar. Eran errantes.

—¡Todos al suelo! —gritó el líder.

Comenzaron los gritos y los invitados corrieron aterrorizados.

—¡Protejan al Alfa! —los guardias entraron en acción.

En medio del alboroto, una enorme columna decorativa empezó a ladearse. El candelabro de cristal que colgaba arriba se sacudió.

—¡Cuidado! —Marcus me empujó para quitarme del camino y los escombros lo golpearon a él.

La columna se desplomó donde yo había estado parada. Cerré los ojos, esperando el final. Parpadeé mientras el polvo se asentaba. Entonces lo vi. Vi la ancha espalda de Killian. Él no se había movido hacia mí; se había lanzado en la dirección opuesta para proteger a Vivian con su propio cuerpo.

Y a mí... un trozo afilado de escombro bañado en plata me cortó la espalda. La sangre brotó y un dolor punzante recorrió todo mi cuerpo. Me desplomé en el suelo mientras el ardor en mi espalda se extendía. La sangre empapó mi vestido negro.

—¿Estás bien? ¿Te lastimaste? —Killian ya estaba revisándola, pasando sus manos frenéticamente sobre ella.

—Es-estoy bien, solo tengo mucho miedo —sollozó ella contra su pecho.

—Tranquila, aquí estoy —le acarició el cabello—. No dejaré que nadie te haga daño.

Me obligué a caminar, dando cada paso con un dolor insoportable hacia la salida. Nadie me prestó atención; todos los ojos estaban puestos en Vivian. La sangre me corría por las piernas, dejando un rastro rojo sobre el piso.

La voz de Marcus me llamó desde atrás. Me giré hacia él. Le sangraba la frente.

—Estás herida.

—Tú también.

—Deja que te lleve a un centro de curación.

Negué con la cabeza.

—No, estaré bien.

—Gracias por el baile de esta noche —le dediqué una pequeña sonrisa—. Fue la primera vez que me sentí feliz en años.

Eché un último vistazo hacia atrás a través de las puertas destrozadas. Killian le murmuraba cosas a Vivian mientras le acariciaba el cabello. Luego le dio un beso en la frente, una muestra de ternura que jamás había tenido conmigo. Me di la vuelta y desaparecí en la noche.

Los ojos de Killian se clavaron en el rastro rojo que dejé en el suelo. Una garra de hierro le apretó el corazón. Su lobo le rugía por dentro.

“Síguela. Ve tras nuestra pareja”.

Pero no se movió. Se quedó ahí parado mientras las puertas se cerraban, borrándome de su vista.

Capítulo 8

Dos días después, la herida de mi espalda apenas empezaba a cerrar.

Maya me estaba organizando una fiesta de despedida en el club Nightfall.

—Ya cambiaste tu vuelo tres veces. Mañana te subes a ese avión para Francia —dijo mientras levantaba su copa—. ¡Por la libertad!

—Por la libertad.

Chocamos las copas y me tomé el trago de un golpe. El alcohol hizo que todo me diera vueltas.

—Voy al baño.

De camino, pasé por los privados VIP.

Una risa que conocía muy bien salió del privado 101.

Me detuve.

Era la voz de Killian.

—Por fin te escapaste —rio un macho—. ¿Ya se largó esa tal Freya?

—Debería haber entendido cuál era su lugar y haberse ido antes —intervino otra voz. Era el hermano de Vivian—. Una loba de sangre mezclada como ella no merece ser la Luna de Killian. Solo mi hermana es digna.

Entonces, escuché a Killian.

—Una loba de su linaje —dijo con una voz desagradable— solo sirve para una cosa: para calentar la cama. Convertirla en mi pareja sería envenenar la sangre de la manada.

El privado estalló en carcajadas.

—¡Ja, ja, ja! ¡Alfa, eres un bárbaro!

—Aun así, cinco años es un buen rato para un juguete, ¿no?

Me apoyé contra la pared, sintiendo que la sangre se me subía a la cara por la humillación.

Cinco años.

Durante cinco años, eso fue todo lo que significaba para él. Una herramienta. Un cuerpo para su placer. Un juguete al que podía pisotear.

Así que todos sus intentos por evitar que me fuera... ¿eran solo para poder acostarse conmigo una vez más?

Di media vuelta y me alejé. No podía escuchar ni una palabra más.

Al salir del club, el aire de la noche me dio de lleno en la cara.

Respiré.

Ya casi terminaba todo.

Mañana estaría en un avión rumbo a Francia.

—Nena. Espéranos.

Un grupo de lobos sucios y desarrapados salió de entre las sombras.

Eran errantes. Lo más bajo de nuestra especie.

—Vaya, vaya, pero si es la sobrita del Alfa Killian —dijo el líder, mostrando unos dientes amarillentos mientras jugaba con una daga—. Escuchamos que eres un premio sin marca.

Me puse tensa y retrocedí un paso.

—¿Quién los mandó?

—¿Conque querías ser una Luna? —se burló él, acercándose—. Te vamos a convertir en la ramera de unos errantes. Vamos a ver si tu preciado Alfa todavía te quiere después de que una docena de nosotros dejemos nuestro rastro en ti.

Vivian. Esto era obra suya.

El miedo me apretó el pecho, pero no tenía más opciones.

Cuando su mano mugrienta intentó agarrarme del cuello, dejé de ser la asistente sumisa.

Soy una loba. Aunque mi sangre no sea pura, no seré una presa.

—¡Suéltame!

Saqué el cuchillo de plata que siempre llevaba en el bolso y se lo clavé en el hombro.

—¡Aaaah! —Su grito desgarró el silencio de la noche.

Aproveché el caos para soltarme y corrí hacia la luz al final del callejón.

Cuando estaba por salir a la calle, alguien me bloqueó el paso.

Era Vivian.

Me vio cubierta de sangre, sosteniendo el cuchillo plateado. El pánico cruzó su cara un segundo antes de que lograra ocultarlo.

Soltó un grito de terror y se desplomó en el suelo.

—¡No! ¡Por favor! ¡No quise molestarte!

Se hizo bolita en el piso, apretándose el vientre, mientras las lágrimas le brotaban de los ojos.

Killian apareció en un parpadeo, atraído por el grito.

Sostuvo a Vivian y luego levantó la mirada hacia mí.

Vio el cuchillo ensangrentado en mi mano, mi ropa rota y mi mirada desencajada. En un solo instante fatal, eligió un bando.

Su rugido fue estruendoso.

Traté de explicarle desesperadamente.

—¡No es lo que parece! Ella los mandó a...

—¡Cállate!

No quiso escucharme. No le interesaba.

Solo confiaba en lo que veía: a su frágil prometida temblando en el suelo y a mí, con toda la facha de una asesina armada.

—¡Los celos te convirtieron en un monstruo! —rugió con furia—. ¿Te atreves a atacar a tu futura Luna? ¡¿Intentaste matarla?!

La Diosa Que Durmió En Su Sombra

Capítulo 6
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