Capítulo 3

A la mañana siguiente, presenté formalmente mi renuncia ante el consejo de sabios; ya solo esperaba que me entregaran el pasaporte para irme. Fue entonces cuando apareció Killian.

—Una última vez —ordenó mientras se abrochaba el cinturón de seguridad—. Tú has estado a cargo del nuevo desarrollo del Distrito Este. Acompáñame a una inspección final y después te puedes ir de vacaciones.

En el asiento trasero, Vivian se retocaba el maquillaje con un espejo compacto y una sonrisa fingida.

—Gracias por todo —dijo con una voz falsamente compasiva—. Supe que Killian mandó sacar tus cosas. Me siento fatal, pero ya ves cómo es él... puede ser muy posesivo cuando se le antoja.

Apreté el volante con tanta fuerza que las manos me dolieron. Era su chofer. Me habían traído solo para que viera a su futura Luna regodearse.

El auto se adentró en una solitaria carretera de montaña. De pronto, un fuerte estruendo desgarró el silencio.

La llanta delantera izquierda estalló. El auto dio un volantazo violento y empezó a dar vueltas sin control. Forcejeé con el volante, pero el impacto nos lanzó contra la barrera de contención.

—¡Cuidado!

En la fracción de segundo previa a que volcáramos, vi a Killian por el retrovisor. Ya había comenzado su transformación.

El instinto lo dominó. Se abalanzó sobre Vivian para convertirse en su escudo. ¿Y yo? Yo no era nada. Un juguete olvidado en el asiento del conductor, abandonada a mi suerte para ser aplastada.

Los cristales estallaron como una lluvia hiriente. Sentí una agonía pura. Algo afilado me atravesó el vientre.

Era un pedazo de la barrera de contención, revestido de plata. El olor metálico de la sangre inundó el auto.

—Tengo mucho miedo... —dijo Vivian con voz llorona.

Estaba ilesa, resguardada entre los brazos de Killian como si fuera una joya valiosa.

—Todo está bien. Aquí estoy —la voz de Killian era tan dulce que me resultó desconocida.

De una patada abrió la puerta y saltó hacia afuera cargando a Vivian. Yo me quedé atrapada en el destrozado asiento del conductor. La plata en mi estómago me estaba calcinando los órganos; cada vez que intentaba respirar, sentía como si tragara lava.

La sangre me escurría por los muslos, tiñendo el asiento de un rojo intenso.

—Ayúdame... por favor... —logré articular.

Killian se dio la vuelta. Me vio. Vio la espantosa herida de mi vientre, mi cara pálida y mis ojos desesperados.

A lo lejos, el eco de los aullidos de los errantes mostraba su emoción. Se trataba de una emboscada planeada. Entonces, el rugido de un helicóptero de rescate se escuchó sobre nosotros.

Una escalera de cuerda descendió. Solo tenía capacidad para dos. Killian se sujetó de ella, sosteniendo a Vivian con fuerza.

—¿Qué va a pasar con Freya? —gritó el capitán del rescate—. ¡Está muy malherida! ¡Es envenenamiento por plata!

Killian bajó la mirada hacia una Vivian temblorosa y luego volvió a mirarme a mí, cubierta de sangre. Ese único segundo de vacilación se sintió como un siglo. Entonces, tomó su decisión.

—¡Llévense a Vivian primero! —rugió con una voz implacable que cortaba el viento—. ¡Está en shock!

—¡Freya se está muriendo!

—¡Ella es una guerrera! —gritó Killian—. ¡Su factor de curación es fuerte! ¡Podrá resistir! ¡El próximo equipo vendrá por ella!

¿El próximo equipo? El sonido de las garras de los errantes rasguñando el asfalto ya se escuchaba a unos pocos metros.

El helicóptero empezó a elevarse lentamente. Yo yacía en un charco de mi propia sangre, con la vista nublándoseme. Observé a Killian abrazar a Vivian, su tesoro más preciado en el mundo.

Y yo solo era una herramienta desechable, un escudo de carne al que se podía abandonar. En ese instante, algo dentro de mí se rompió.

No fue un hueso. Fue el hilo dorado que unía mi alma a la suya. Nuestro vínculo de pareja estaba gritando. El dolor era mucho peor que la herida de mi vientre.

La garra de un errante se apoyó en el borde de la ventana rota. Cerré los ojos.

“Si sobrevivo”, le juré a la oscuridad, “te maldigo, Killian Blackwood. Esto te atormentará por siempre”.

***

En el helicóptero, una sacudida violenta recorrió a Killian. Volteó bruscamente para mirar hacia abajo a la figura frágil que yacía en el suelo.

El aroma de Freya, que aún flotaba en el aire, se estaba transformando en una desesperación asfixiante. Entró en pánico, y apenas podía respirar.

—Tus ojos... están rojos... —gimió Vivian en sus brazos.

Las manos de Killian temblaban. Su lobo estaba gritando: “Regresa. Vuelve con nuestra compañera”.

Pero un segundo después, apretó la mandíbula, reprimiendo con fuerza aquel impulso irracional. “Ella es fuerte. Estará bien. Tiene que estarlo”. Apartó la mirada y le dio un beso a Vivian en la frente.

—No tengas miedo. Vamos a casa.

Capítulo 4

Cuando desperté, estaba en un centro de curación.

Maya estaba junto a mi cama; tenía los ojos rojos e hinchados.

—Estuviste inconsciente dos días. Por fin te estás recuperando. Ya quedó lo de la visa —me puso el pasaporte en la mano—. Lyon, Francia. El vuelo sale en tres días.

Me quedé mirando mi foto en el pasaporte.

Esa chica todavía sonreía.

Yo ya no recordaba cómo se hacía eso.

—Me voy.

—Lo sé —Maya me apretó la mano—. Ya es hora.

La puerta de mi cuarto se abrió. Escondí rápido el pasaporte en cuanto alguien entró.

Era Killian.

Vivian venía colgada de su brazo, cargando un ramo de flores enorme.

—¡Bendita sea la Diosa que estás bien! —con una preocupación falsa—. Si tan solo hubiera habido más espacio en el helicóptero... Nos sentimos fatal por haberte dejado ahí.

Miré sus manos entrelazadas.

—Gracias por su preocupación.

Killian se quedó parado al pie de la cama con una actitud indiferente.

—El sanador dice que tienes que descansar unos días.

—Sí.

—Qué bueno —se aclaró la garganta—. Tengo algo que anunciar.

Vivian bajó la cara, fingiendo timidez.

—Vivian aceptó mi propuesta —dijo Killian, con gusto—. Pasado mañana celebraremos nuestra ceremonia de anuncio de unión.

La habitación se quedó en silencio.

No me dolió el corazón tanto como esperaba.

Solo se sentía... vacío.

—Felicidades —dije, con una voz tan quieta como el agua estancada—. Son la pareja ideal.

La sonrisa de Vivian se ensanchó.

—Estas son para ti —puso el ramo en mi mesa de noche—. Es Sombra de Luna, ¿verdad que son bellas? En el lenguaje de las flores significan amistad eterna.

Me quedé viendo los pétalos de un blanco plateado.

Sombra de Luna.

A lo que soy alérgica.

Hace tres años, en una cena de negocios, casi me asfixio por culpa de esas flores.

Killian me sacó cargando del salón y me llevó de urgencia al centro de curación.

Miró al sanador a los ojos y le dijo: “Ella es muy alérgica a la Sombra de Luna. Recuérdelo”.

Ahora, solo estaba ahí parado, viendo cómo Vivian ponía un ramo entero junto a mi cama.

El polen empezó a flotar en el aire.

Me empezó a picar la garganta.

Cada vez me costaba más respirar.

—Llévatelas —dije—. Por favor, saca las flores.

—¿Por qué? —Vivian parpadeó con sus ojos grandes e inocentes—. ¿No te gustan?

—Soy... alérgica...

Killian tensó la mandíbula.

—La Sombra de Luna es inofensiva para los hombres lobo. Deja de exagerar.

Lo miré totalmente sorprendida.

“¿Que estoy exagerando?”

Empecé a toser con fuerza mientras se me escapaban las lágrimas.

No era por la alergia.

Era por la desesperación.

—Se te olvidó —susurré, mientras una risa vacía escapaba de mis labios—. Tres años, Killian. Y... se te olvidó.

Killian se quedó paralizado un segundo.

Entonces Vivian lo interrumpió.

—¡Ay, no puede ser, no lo sabía! ¡Freya, lo siento tanto!

Se llevó las flores con un gesto de arrepentimiento.

Pero actuaba muy mal.

Presioné el botón de auxilio que estaba junto a mi cama.

Una enfermera entró corriendo y me puso una inyección contra la alergia.

—Para la próxima debería avisar a sus visitas sobre sus alergias —me aconsejó la enfermera.

—Lo haré.

Vivian y Killian se fueron poco después.

Una hora más tarde, llegaron los padres de Killian.

Aunque siempre habían sido estrictos conmigo, parecía que sabían que yo era la pareja destinada de Killian.

—¿Estás bien? —Rose se sentó a mi lado con mirada amable.

—Estoy bien, gracias por preguntar.

—Escuchamos que planeas dejar la manada.

Asentí.

—Mi salud ya no es la de antes. Quiero irme de la manada y recuperarme un tiempo en Europa.

—¿Cuánto tiempo te irás?

—No estoy segura. Tal vez mucho tiempo. Tal vez para siempre.

El antiguo Alfa suspiró.

—Si esto es por Killian...

—No lo es —lo interrumpí—. Es mi propia elección.

—Él eligió a Vivian por el bien de la manada —dijo Rose, tomándome la mano—. Sobre ustedes dos, si estás dispuesta a esperar...

—Señora —le retiré la mano con suavidad—. He esperado cinco por años. Ese... vínculo... ya está roto.

Se quedaron callados.

—Las manadas en Europa son diferentes —seguí diciendo—. Son más abiertas con alguien como yo. Una loba con la sangre equivocada.

—El linaje no lo es todo. Todos hemos visto lo mucho que has aportado a la manada...

—Mi sangre nunca será lo bastante pura para ser la Luna de la manada, ¿no?

Sus padres se miraron entre sí. No dijeron nada para contradecirme.

—No nos volveremos a ver —dije, despidiéndome de ellos—. Gracias por su amabilidad todos estos años.

En ese momento, la puerta se abrió otra vez.

Killian entró apurado con la cara oscurecida por la furia.

—¿Que te vas? —gruñó, con una mirada que me dejó clavada a la cama—. Tú perteneces a esta manada. Me perteneces a mí. Y no te vas hasta que yo diga que puedes hacerlo.

Capítulo 5

—Tu solicitud para dejar la manada fue rechazada.

Killian lanzó los documentos sobre mi cama del centro de curación.

—¿Bajo qué argumentos?

—Bajo el argumento de que yo lo digo —contestó con un tono de autoridad—. Tienes trabajo que terminar.

Miré al Alfa y a su compañera. Se levantaron con incomodidad.

—Ya nos vamos —dijo Rose, dándome unas palmaditas en la mano—. Descansa.

La habitación se quedó vacía, solo estábamos Killian y yo.

Él se sentó en la orilla de la cama con una mirada amenazante.

—No hagas que pierda la paciencia.

Dos horas después, me sacaron del centro de curación. El auto Rolls-Royce de Killian ya estaba esperando.

—Súbete.

—¿A dónde vamos?

—Ya lo verás.

El auto se detuvo frente a la boutique más exclusiva de la ciudad: Valentina Couture. Era la favorita de Vivian.

—¡Señor Blackwood! —lo saludó el gerente de la tienda, con una actitud muy servil—. Los vestidos que pidió ya están listos.

—Ve a probártelos —me ordenó Killian, señalándome.

Sentí emoción. Eran vestidos de Luna. Él quería que me los probara. ¿Iba a cancelar la unión con ella? ¿Quería que yo fuera su Luna?

—Por aquí, por favor. —El gerente nos guio al área de probadores VIP.

La lujosa habitación estaba llena de docenas de vestidos carísimos. Cada uno de ellos había sido diseñado para la coronación de una Luna.

—Empieza con este —dijo Killian, señalando un vestido blanco cubierto de diamantes.

Su voz tenía el peso del comando de Alfa. Caminé hacia el probador bajo su atenta mirada. En cuanto subí el cierre, Killian abrió la puerta y entró.

—Qué estás...

Me besó. Fue un beso fuerte, posesivo y dominante.

—Mmmm...

Intenté alejarlo, pero su mano me sujetaba con fuerza la nuca, manteniéndome en mi lugar.

—Sé que me equivoqué —susurró contra mi oído—. Mandé a alguien a buscarte en cuanto pude. Solo pórtate bien... y voy a arreglar esto.

Sus manos recorrieron mi cuerpo. Mi resistencia se desmoronó. Tal vez... tal vez sí me amaba. Tal vez solo estaba presionado por su familia. Incluso con el vínculo casi roto, la atracción de una pareja destinada era demasiado difícil de resistir.

Una hora después, todo terminó. Él se arregló la ropa y recuperó esa expresión indiferente.

—¿Qué te parece este?

Miré hacia abajo, contemplando el vestido blanco todo arrugado.

—¿Qué?

—¿Crees que le quede bien a Vivian? —preguntó él, mientras caminaba despacio a mi alrededor—. La cintura está un poco ajustada, pero el busto es perfecto.

Me quedé helada. Sentí que la sangre se me detenía.

—¿Hiciste que me probara estos vestidos... para ella?

—Para elegir el que usará en la ceremonia donde anunciaremos nuestra unión —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo—. Tú y Vivian tienen la misma talla. Es más fácil así.

Sentí que la cabeza me iba a estallar.

—Hay una docena más. Sigue probándote los otros.

Durante las siguientes dos horas, fui un maniquí, poniéndome y quitándome vestidos. Uno de tul, uno de encaje, una túnica de terciopelo... Él inspeccionaba cada uno.

—Ese muestra demasiado el pecho de Vivian.

—Ese color no le va a su tono de piel.

Me puse un vestido blanco puro de corte sirena. Era la pieza maestra de la tienda, llamada “El Verdadero Amor del Alfa”.

Cuando salí, los ojos de Killian brillaron. Se levantó y caminó hacia mí, recorriendo mi cuerpo con una mirada ardiente. Por un momento, pensé que me estaba mirando a mí.

—Perfecto —murmuró, y sus nudillos rozaron el encaje sobre mi clavícula—. Es como si lo hubieran diseñado para ella. Vivian se verá radiante.

Levantó la mirada y sus ojos volvieron a mostrar esa indiferencia asfixiante.

—Este es el elegido —sentenció con una mirada fría—. Quítatelo ya. Y no lo vayas a ensuciar.

“No lo vayas a ensuciar”.

Todo el dolor, la humillación y la tristeza que había estado guardando explotaron. Miré mi reflejo en el espejo y me rio.

—¿Que me lo quite?

Agarré unas tijeras de costura de una mesa cercana.

Killian arrugó la frente.

—¿Qué haces? Suelta las tijeras.

—¿Quieres este vestido para Vivian? —Estaba llorando, pero mi sonrisa se hizo más grande—. Está bien. Puede quedárselo.

—¡RAAAS!

El sonido del encaje rompiéndose resonó en la habitación silenciosa. Las pupilas de Killian se hicieron pequeñas.

—¡Estás loca!

No me detuve. Rompí el vestido como una demente; las tijeras cortaban la tela y mi piel. La sangre comenzó a brotar, manchando de rojo el vestido blanco.

—¡Aquí tienes tu Verdadero Amor del Alfa! —grité, arrancándome los restos del vestido destrozado y lanzándole los pedazos a la cara—. ¡Toma! ¡Ten tu verdadero amor y dáselo a tu adorada Vivian! ¡Killian Blackwood, me das asco! ¡Como lobo, has pisoteado la dignidad más básica de una pareja!

Cerré los ojos, reuniendo toda la fuerza mental que me quedaba. Busqué en mi mente, encontré el vínculo que unía mi alma con la suya... y lo hice pedazos.

—¿Qué estás haciendo? ¡Detente! —Killian pareció darse cuenta de mis intenciones. Se puso pálido y se lanzó hacia mí para detenerme.

Fue demasiado tarde. La agonía me golpeó, pero se sintió bien.

—Adiós.

Me di la vuelta y salí corriendo de la tienda, dejándolo ahí parado, atónito y sin palabras, en medio de todo el desastre.

Luego le envié un mensaje a Maya.

“Cómprame un boleto para mañana en la mañana. No voy a esperar ni un segundo más”.

***

Esa noche, Killian caminaba por su despacho, muy alterado. Freya había desaparecido. Por instinto, intentó llamarla a través del enlace mental para ordenarle que regresara y le pidiera perdón, como todas las otras veces.

“Deja de hacer berrinches y regresa”.

Pero en el lugar donde debía estar la presencia de ella, solo había un vacío silencioso.

Volvió a llamarla. “¡Freya!”

Nada. El vínculo se había ido.

La mano de Killian apretó su vaso hasta que este se hizo añicos y los cristales se le clavaron en la palma de la mano. La que siempre respondía, la que siempre obedecía, estaba en silencio.

Por primera vez en cinco años, gritó su nombre en la oscuridad de su mente. Y solo hubo silencio.

La Diosa Que Durmió En Su Sombra

Capítulo 3
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