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Hechicero de sirenas.
Hechicero de sirenas.

Hechicero de sirenas.

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En Hechicero de sirenas, Riley debe robar el secreto de sus enemigos para sobrevivir. Esta novela de fantasy y romance narra una misión de venganza donde Meredith, una sirena, desafía sus lealtades. Descubre esta adventure story y lee libros de ficción online llenos de acción y magia.
Capítulo 1 de Hechicero de sirenas.

Prólogo

La ciudad se vistió de gala, vista desde el cielo, se cubrió con un gran manto de lentejuelas, semejando el reflejo de las estrellas en el océano.

La luz de la luna llena se colaba por la ciudad. Los callejones se tiñeron de hilos plateados que al chocar con chimeneas y cornisas dejaban en las sombras ciertos rincones donde se camuflaban las ratas con la oscuridad. Las calles estaban vacías.

Acariciando su orilla, el océano iba y venía dando a la playa toques suaves y sensuales, y con las pequeñas olas la barca oscilaba de un lado para otro. La madera caoba estaba bastante desgastada y los remos colgaban a los lados de ésta como dos brazos acariciando el agua.

Con sus ojos azules observaba el cielo. Estaba tirado en el piso de la barca contando las estrellas que acompañaban a la luna en el escenario de la noche. De vez en cuando perdía la cuenta y comenzaba de nuevo.

Sus ropas estaban sucias y desgastadas por el trabajo, Su cabello despeinado le hacía lucir un toque rebelde y sus ojos ávidos le daban a su rostro un carisma peculiar.

Distraído miraba el titilar de una estrella, cuando una mano pequeña y fría cubrió sus ojos. Rio quitando la mano de su rostro, la giró y depositó un beso cursi sobre esta. Se incorporó despacio hasta que quedó sentado observando a su amante: el cabello rubio le caía por la espalda y dos cadejos alcanzaban a cubrir sus pechos desnudos.

El joven se acercó con sensualidad, sus rostros a centímetros de distancia percibieron el calor que producían sus cuerpos. Él acarició sus labios con su nariz y cuando ella lanzó el mordisco, se retiró haciendo que mordiera el aire.

Sin previo aviso la tomó por debajo de los brazos metiéndola en la barca, se acostó boca arriba poniéndola sobre él sin importar mojarse con su cuerpo húmedo. Su cola sobresalía por la popa de la pequeñísima embarcación.

Se miraron a los ojos por largos minutos hasta que ella depositó un beso casto sobre sus labios y luego reposó su cabeza en el pecho del joven escuchando los latidos de su corazón. Después de varios minutos de reconfortante silencio el joven acarició la espalda desnuda de la sirena.

—Huyamos — le dijo. Su voz era gruesa y apacible. Ella se removió incómoda y lo miró.

—No lo sé — contestó meneando la cabeza.

—Mi madre no me presta atención. Con eso que es científica — le dijo el muchacho —y tú estás encerrada como si estuvieras presa.

—Es la vida que nos tocó —le dijo ella mientras le acariciaba el cabello

—¿Pero no crees que ya es hora de que cambien las cosas? — le insistió el muchacho —huyamos.

—A dónde iríamos — le preguntó comenzando a animarse.

—Lejos de aquí. Lejos de tu encierro, de mi soledad.

—No lo sé — Los ojos de ella brillaron en anhelo —¿Y si pasa algo malo?

—Todo va a estar bien — dijo el chico y ella sumergió su cabeza en el hueco que formaba el hombro y su cuello —todo va a estar bien.

Y así pasaron las horas, abrazados como dos enredaderas, dejándose llevar por el amor y el deseo, y para cuando el alba tocó la ciudad, la barca de madera caoba flotaba solitaria observando el amanecer...

Capítulo 1

Los hechos aún están tan frescos en mi mente que a veces me cuesta trabajo regresar a la realidad y no perderme en el hilo de los recuerdos. Muerte, sangre, las heridas en mi alma cicatrizaron, pero el recuerdo a veces es más doloroso. Sé que pude haber hecho las cosas mejor, actuar con más madurez.

Cómo todas las tardes salí de la escuela y me dirigí a casa, caminé despacio entre la multitud de estudiantes que se aglomeraban en la puerta de salida esperando el ansiado momento para salir de aquel encierro semanal para empezar un fin de semana " Según ellos Excitante". Pero yo, como siempre, me quedaría en la tienda del abuelo devorando libros y atendiendo gente. Sé que no era tan malo, pero me aburría, sentía que para mí ni el cielo era el límite, quería volar, viajar, conocer. Algún día, cumpliría mi sueño, viajar a través de la inmensidad del océano, encontrarme con ancianos en los puertos para que me contaran sus historias en las que vencen temibles tormentas y se quedan siempre con la chica. Pero en el fondo sabía que era algo que no pasaría, no podría dejar nunca a mi abuelo y a mi hermano. Esa era la razón, creía yo, y era válida, pero con el pasar de los años me di cuenta que, en el fondo, no lo era, mi problema era el miedo, miedo a entrar en el mar por ellas, las causantes del principio y del fin de esta historia.

Aunque las sirenas sólo se encontraban en la costa de esa pequeña ciudad, mi miedo al mar se extendió, y más que miedo, sentía pavor a ser atacado por una de ellas. Muchas personas habían desaparecido en sus manos, siempre eran jóvenes, y en esa pequeña ciudad era inevitable no reconocer los rostros de los chicos que aparecían en los periódicos con el título "DESAPARECIÓ EN LA COSTA EL DÍA DE AYER".

Los barcos que antes navegaban cerca de la orilla transportando mercancía y pasajeros habían soltado anclas hacía tiempo y se oxidan lentamente.

Caminaba por la acera izquierda cuando sentí pasos que se acercaban corriendo y no tuve que mirar para saber quién era.

—Hola, Riley — dijo la voz. Me giré rápido y vi a mi amigo Walter correr para alcanzarme

— ¿Por qué siempre andas tan rápido? — dijo cuando me alcanzó. Su cabello negro estaba despeinado y sus ojos azules miraban por encima de mi hombro. miré disimuladamente cuando me di la vuelta para seguir caminando, veía el océano.

—No voy rápido — dije secamente, metí mis manos en los bolsillos y seguí caminando.

—Claro que sí. Pero, en fin. ¿Qué harás mañana sábado?

—Cuidar la librería — respondí de nuevo sin sacar las manos de mis bolsillos que estaban llenos de papeles de dulces y unas cuantas evaluaciones hechas picadillo

—¿De nuevo? — se quejó rascándose el cuello. Se veía ansioso y un poco más pálido de lo normal.

—Mi abuelo necesita ayuda —le dije y luego lo miré caminar a mi lado —¿si fuiste a que te hicieran los exámenes de sangre? asintió mirando al frente, y una pequeña arruga se le formó en medio de las cejas —¿aún te duele el estómago? —él negó y sacudió la cabeza.

—Sé que tu abuelo necesita ayuda — dijo poniéndose en frente mío y sujetándome por los hombros —sólo una noche y ya.

—No te apoyaré en este plan suicida — dije levantando la mirada para poder ver sus ojos azules, él era más alto que yo, un poco. Me superaba en tres años de edad completos, ya que yo había cumplido los dieciocho y él cumplía los veintiuno una semana después. Era mi único amigo, pero yo no era su único amigo, él a veces estaba con Jefferson y muy pocas veces, casi nunca, llegábamos a coincidir. En realidad, yo era un chico retraído y me costaba bastante hacer amigos, no entendí el por qué hasta después de muchos años, ya que no era tímido, nada nada de eso, solo que me aburría no poder tener con nadie una conversación en la que habláramos de libros y música, no sólo tetas, fiestas y redes sociales.

—Vamos... solo iremos las vemos y volveremos — siguió insistiendo.

—Es peligroso —le insistí, solo pensar en su idea loca me revolvía el estómago.

—Sí, lo sé, ¿vamos? — dijo poniendo una mueca dejando ver gran parte de su boca, dientes y lengua. Saqué mi mano del bolsillo apretando los papeles. Lo que haría me costaría un diente, seguro que sí. Lancé a su cara los papeles y salí corriendo y mientras huía pude escuchar como escupía papeles por todos lados, e igual que siempre sentía la necesidad de devolver el tiempo y remediar lo hecho, como siempre sucedía en mi vida, pensaba demasiado rápido y luego, ya era tarde. pero igual que siempre, lo único que me quedaba era enfrentarlo.

No quería tener esa conversación con él porque sabía que al final terminaría por convencerme. Era una idea estúpida sin contar que arriesgada.

Cuando me alcanzó me tomó por el cuello frenando secamente mi avance, caímos sentados en el pavimento, la gente que pasaba nos miraba como bichos raros, y yo, simplemente disfrutaba forcejear con él, tratar de demostrarle que no podía conmigo, aunque sabía que tenía a un chico de metro ochenta y quién sabe cuántos quilos de masa muscular tratando de manejarme.

Enterró sus dedos en mis costillas y me retorcí como un gusano tratando de escapar, pero fue en vano.

—Odio que me hagas bromas — dijo desde mi espalda.

—Ya — dije tratando de respirar a causa de la risa —por favor.

—Te suelto si me acompañas mañana a ver a las sirenas.

—Igual me tendrás que soltar algún día — traté de meterle los dedos a la nariz, pero atrapó mi mano con su brazo y el torso.

—Vamos, eres mi único amigo ¿A quién más le puedo decir? — dijo enterrando más sus dedos en mis costillas —no puedo morir sin ver una.

—Díselo a Jefferson —me comenzaba a doler el estómago.

—Él no me apoyará en esto — dijo después de soltarme. Me puse de pie y acaricié mi estómago que dolía como el demonio —es igual de amargado que tú. Se la llevarían bien — añadió estirando la mano para que lo ayudara.

—No te acompañaré a hacer eso, es un suicidio. Si, sé que dicen que son hermosas, pero no dejan de ser criaturas sin conciencia, como un tiburón o una piraña — le dije sin ayudarlo a levantar. Se incorporó rápido y me miró a los ojos desafiante, una mirada penetrante y atemorizante.

—Dime Riley — su voz era ronca y su aliento me golpeó despacio —si tú me dices que nunca en la vida has sentido curiosidad de ver una sirena o de ver el agua del mar de cerca, te juro por mis padres que desistiré de la idea de ir hasta allá y ver una, se honesto Ray — fue entonces cuando tuve la oportunidad en mis manos, la oportunidad de haberlo cambiado todo, de haber evitado tanto. La tuve tan cerca que no la pude ver, la idea de conocer el mar fue superior a mi instinto de supervivencia, el simple hecho de cumplir un sueño nos metió a todos en un fango sin salida, en el que entre más forcejees más te hundes. un acto inmaduro y sobre todo egoísta.

—Lo del mar suena tentador — solté afín y la cara de Walter se iluminó.

—Mañana a las seis — afirmó como despedía. Veinticuatro horas antes de que cambiará mi vida, pero sobre todo la suya.

Esa tarde no fui directamente a casa, pasé primero por la heladería donde el señor gordo me refunfuñó por no tener el dinero completo, pero de igual forma me dio el helado. El parque estaba lleno de personas que disfrutaban del calor del sol abrasador en la piel y de la brisa marina que arremolinaba las hojas de las palmeras y de los árboles de mango que, cargados de dulces frutos, eran asaltados por niños hábiles y hambrientos.

Recuerdo claramente que me senté en la esquina de una banca a devorar mi helado mientras observaba en el horizonte como el sol se hundía en el mar. Pensé por un rato la idea de Jefferson y entre más lo hacía más me convencía que era pésima. Bajé la cabeza y entre los miles de recuerdos que se amontonan ahora en mi mente pienso que no debí haberla levantado, ¿Hubiera sido mejor? No lo sé, porque la encontré en cuanto lo hice, a mi mayor amor y mi mayor dolor, con el cabello negro ondeando al viento y la ropa holgada queriendo ser arrancada de su pálido cuerpo, el sombrero de alas grandes salió despedido de su cabeza y rodó por el suelo sucio como repelido por un imán y se enredó en mis piernas.

La muchacha comenzó a avanzar hacia mí, con paso decidido y mi corazón dio un vuelco enorme. En ese entonces no era precisamente tímido, pero la muchacha era bastante atractiva y me quedé enmudecido con el sombrero en las manos después de recogerlo.

—Lo siento —dijo cuando estuvo a un metro de mí y yo asentí con la cabeza, luego negué.

—Hace mucho viento —me aventuré a decir, y ella ladeó la cabeza. No sonreía y me miraba como desconfiada. Estiró la mano para que le entregara el sombrero, pero yo estaba nervioso y terminé estrechándola —me llamo Riley —ella asintió y se sacudió de mi agarre.

—Mi sombrero —dijo y cuando entendí la cara se me debió haber puesto tan roja como una manzana. Le entregué el sombrero y ella se alejó recorriendo el mismo camino por el que había llegado a mí y me puse de pie para hablarle, para decirle cualquier cosa, pero de la boca no me salió ni una palabra.

El helado goteaba derretido por mi mano y yo me quedé mirando la figura delgada hasta que desapareció en el horizonte como el sol entre el mar.

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