Capítulo 3
Al día siguiente, después de enterrar a mi abuela, llegué arrastrando los pies a la mansión de Dante, sintiéndome agotada. En cuanto puse la llave en la cerradura, escuché risas que venían del interior.
Abrí la puerta. Había tres personas en la sala: Dante, Marco e Isabella.
Se les borró la risa en cuanto me vieron. El aire, pesado por el olor a champaña y a perfume caro, hizo que se me revolviera el estómago.
—Ya regresaste —Dante se puso de pie, con esa sonrisa amable que alguna vez amé dibujada—. Ven, deja que te presente.
Me quedé pasmada junto a la puerta.
—Él es mi hermano gemelo, Marco.
Mi mirada se dirigió al hombre que ya conocía. La sonrisa salvaje que mostró en el club había desaparecido, reemplazada por una máscara de cortesía y amabilidad.
—Hola, mi querida... cuñada —me tendió la mano, viéndose de lo más acogedor.
Recordar las cosas que había hecho con él hizo que se me apretara el estómago. Luché contra las náuseas y asentí con rigidez.
—Y ella es mi... amiga, Isabella —la pausa que hizo Dante logró que la palabra “amiga” sonara como un chiste—. Ella es Rose.
Isabella se levantó con elegancia; se veía impecable en un traje blanco hecho a la medida. Caminó hacia mí con una sonrisa perfecta.
—¡Tanto tiempo! —abrió los brazos como si fuera a darme un abrazo cariñoso.
Por instinto quise retroceder, pero ya la tenía encima. Para cualquier otra persona, parecía un abrazo afectuoso, pero cuando sus labios rozaron mi oreja, su voz se volvió venenosa.
—Te ves muy bien. Supongo que extrañaste nuestra... amistad —su voz era apenas un susurro, pero la sentí como si me cayera encima una tonelada de ladrillos.
Me sentí mareada. Los recuerdos de cuando me cortaba con una navaja o de cuando me hundía la cabeza en la taza del baño me invadieron...
—¡Cállate! —la empujé con todas mis fuerzas.
Isabella tropezó hacia atrás y, “accidentalmente”, se golpeó con la esquina de la mesa de centro. Le apareció una marca roja en el brazo. Gritó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Dante y Marco corrieron a su lado, lanzándome miradas que daban miedo.
—¡¿Qué demonios te pasa?!
—Yo... ella... —Traté de decirles quién era Isabella en realidad, pero Marco me interrumpió. Su sonrisa falsa se esfumó y su mirada se volvió dura—. Parece que tu prometida no entiende las reglas de etiqueta de los Blackwood.
Dante examinó con cuidado la marca en el brazo de Isabella y luego me miró con indiferencia.
—Marco tiene razón. Necesitas que te den una lección.
Me agarró del brazo. Intenté soltarme, pero era demasiado fuerte.
—¿Qué haces? ¡Suéltame!
—Quédate en el sótano para que se te baje el coraje —dijo, arrastrándome hacia las escaleras—. Vas a salir cuando aprendas a pedir perdón.
—¡No! ¡Dante, no lo hagas! —forcejeé. El pánico me apretó el pecho. Yo era claustrofóbica, y de forma grave. Él lo sabía mejor que nadie.
Pero me ignoró y me arrastró hasta la puerta del sótano. Era un cuarto de servicio sin ventanas y solo tenía una rejilla de ventilación diminuta. La idea de quedarme encerrada en ese lugar pequeño y oscuro hacía que me costara respirar.
—Por favor, Dante, no me hagas esto... —le supliqué con la vista nublada por las lágrimas—. Sabes que le tengo miedo a la oscuridad, lo sabes...
Dudó por un segundo. Pensé que tal vez iba a ceder, pero entonces empujó la puerta con más fuerza.
—Esto es lo que pasa cuando no haces caso. Ponte a pensar en lo que hiciste.
BANG
La puerta se cerró. El sonido de la llave girando en la cerradura se sintió como una sentencia de muerte.
La oscuridad me tragó.
Golpeé la puerta con desesperación.
—¡Déjame salir! ¡Por favor! ¡Dante!
La única respuesta fue el sonido de sus risas en el piso de arriba mientras seguían con su fiesta, como si nada hubiera pasado.
Me acurruqué en una esquina, abrazando mis rodillas, tratando de controlar mis temblores.
Este sótano... Recuerdo que Dante dijo que lo había remodelado después de comprar la casa. Me había preguntado por qué instaló una puerta tan pesada y una cerradura tan complicada en una simple bodega.
Ahora lo entendía.
Este sótano lo hicieron pensando en mí desde el principio.
En medio de esa oscuridad infinita, pude escuchar cómo se me rompía el corazón.
Capítulo 4
Dos días después, la puerta del sótano por fin se abrió.
Dante estaba parado en el umbral, como una silueta oscura recortada contra la luz. Yo estaba enterrada en el rincón, con las piernas entumecidas y la garganta tan rasposa que no podía emitir ni un sonido.
—Sal —dijo con indiferencia, como si le hablara a una mascota.
Me apoyé en la pared para levantarme; tenía las piernas tan débiles que casi me caigo. Pasar dos días sin comida ni agua me había dejado agotada.
—Hoy vamos a ir a probarte los vestidos de novia —dijo mientras me pasaba una botella de agua—. Prepárate. Nos vamos en una hora.
Elegir vestidos de novia. Como si no hubiera pasado nada.
Me aseé y me cambié de forma mecánica. La mujer en el espejo estaba pálida y con los ojos hundidos; era un fantasma.
Una hora más tarde, estábamos en la tienda de novias más exclusiva de la ciudad. El personal nos recibió con mucha amabilidad y entonces los vi: Isabella y Marco ya estaban sentados en un sofá, tomando champaña.
—¡Ya llegaste! —exclamó Isabella, levantándose de un salto con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Qué emoción! ¡Es un honor acompañarte con los preparativos de la boda!
¿Acompañarme?
—Isabella tiene muy buen gusto para la moda. Quiso ayudarte a escoger —explicó Dante—. Y Marco vino para darnos el punto de vista de un hombre.
Una empleada me llevó a la sección VIP. Las paredes estaban repletas de vestidos y cada uno costaba una fortuna.
Señalé un vestido de encaje, sencillo y elegante.
—Ese.
—¡Ay, está divino! —Isabella se acercó—. Deja que me lo pruebe yo primero, nada más para ver cómo se ve y darte mi opinión.
Antes de que pudiera decir algo, ella ya le había hecho una señal a la empleada para que lo bajara.
Veinte minutos después, Isabella salió del probador con el vestido que yo había elegido. El encaje blanco se le ajustaba al cuerpo a la perfección. Parecía una princesa de cuento de hadas.
—¿Qué tal se me ve? —preguntó mientras daba una vuelta para que la falda se abriera.
—Impresionante —dijo Dante, con un brillo en los ojos que no le veía hace mucho tiempo.
Se me revolvió el estómago.
Las siguientes dos horas fueron una pesadilla. Cada vestido que yo escogía, Isabella tenía que “probárselo para que yo viera cómo quedaba”. Desfiló frente a Dante con cada una de mis elecciones y él no paró de llenarla de halagos.
Lo peor fue cuando Isabella empezó a pedirle a Dante que entrara al probador para “ayudarla con el cierre”. Por la rendija de la puerta, vi cómo pegaba su espalda semidesnuda contra él, y la mano de él se quedó sobre su piel mucho más tiempo del debido.
Me toqué el pecho. El lugar donde solía dolerme el amor por Dante ahora estaba vacío. Solo sentía asco.
—¿Tú no te vas a probar nada? —preguntó Isabella al salir por quinta vez, ahora con un vestido clásico y muy elegante.
—Yo...
—Claro que lo hará —dijo Dante, acordándose por fin de que yo estaba ahí—. Ese te quedaría bien.
Pero era otro de los vestidos que Isabella ya se había probado y descartado.
Entré al probador. Una asistente me ayudó a ponerme el traje. En el espejo, mi cara pálida y cansada contrastaba demasiado con el vestido tan espectacular.
Cuando abrí la puerta, la sala estaba vacía.
—El caballero y las señoritas subieron a ver la joyería —explicó la empleada con pena—. Me pidieron que le dijera que escoja el que más le guste. La cuenta ya está liquidada.
Me quedé sola en la sala vacía, con un vestido de novia de cien mil dólares puesto, sintiéndome más desamparada que nunca.
Me habían dejado ahí. Como un objeto que ya no les servía.
Regresé sola a casa. No fue sino hasta muy tarde que Dante volvió con una caja de joyería muy fina.
—Perdón, tuve una llamada importante —dijo al sentarse a mi lado y abrir la caja—. Esto es para compensarte.
Adentro había un anillo de diamantes, de unos tres quilates, que brillaba muchísimo. Pero por mi experiencia trabajando en una joyería, supe que era falso. Tal vez era una buena imitación, pero no pasaba de ser una pieza de circonia de unos cincuenta dólares.
—Está bien —dije con calma, estirando la mano para que me lo pusiera—. Acepto.
“Tres días más”, conté mentalmente. “Entonces podré escapar de este hombre y de toda esta pesadilla”.
Él se quedó paralizado un segundo, desacostumbrado a que yo fuera tan dócil. Antes, me habría quejado o me habría puesto mal si me descuidaba por su trabajo. Esta vez, estaba extrañamente obediente.
—¿En serio no estás enojada?
Puse una sonrisa perfecta, como una máscara.
—Estoy a punto de formar parte de la familia Blackwood. Claro que tengo que ser comprensiva.
Dante sonrió, satisfecho. Me besó el dorso de la mano.
—Sabía que lo entenderías. Isabella es una buena muchacha, solo quería ayudar. Estoy seguro de que vas a terminar agarrándole cariño.
—Entiendo —asentí, con expresión sumisa.
Siguió hablando de los planes de la boda, pero no escuché ni una palabra. Mis sentimientos por él estaban muertos, igual que durante esos dos días en el sótano.
A las once y media, cuando estaba por quedarme dormida, escuché que se abría la puerta de la habitación. Los pasos eran ligeros y venían acompañados de un fuerte olor a alcohol. Mantuve los ojos cerrados, fingiendo que dormía. Sentí cómo se hundía el colchón y un cuerpo caliente se pegaba al mío.
Una voz susurró en mi oído, mientras su mano empezaba a desabotonar mi pijama.
Pero no era Dante.
Abrí los ojos. La luz de la luna entraba por un hueco de las cortinas e iluminaba la cara del hombre que estaba encima de mí.
Era Marco.
Capítulo 5
Empujé a Marco con todas mis fuerzas para quitármelo de encima y corrí al baño; las arcadas no me dejaban ni respirar frente a la taza. Marco, siguiendo con su papel, se escuchaba molesto.
—¿Qué te pasa? ¿Sigues enojada? Rose, no sabía que fueras tan berrinchuda.
No tenía energía para contestar, solo me quedé ahí hincada mientras sentía que se me revolvía el estómago.
—Qué aburrida eres —lo escuché murmurar. Luego se puso a hablar por teléfono—. Rose empezó a vomitar. ¿Crees que esté embarazada?
Me desplomé en el suelo de loseta.
—¿Embarazada? —escuché la voz melosa de Isabella al otro lado de la línea—. ¿No crees que esto ya es demasiado? Se va a sentir muy mal si se entera.
Dante sonaba suave; casi podía imaginarlo abrazándola.
—No tienes que preocuparte por ella. Si en serio está embarazada...
La línea se quedó en silencio unos segundos.
—Si está embarazada —la voz de Dante volvió a escucharse, ahora más cortante—, encárgate de eso. No quiero cabos sueltos. Tú tampoco, ¿verdad, Marco?
Por alguna razón, Marco dudó.
—Sí... claro. No quiero un hijo de ella.
La llamada terminó.
Me quedé hincada en el suelo del baño con la mano sobre mi vientre plano, mientras las lágrimas rodaban en silencio por mi cara.
“Está bien. Esto hace que sea más fácil deshacerme de un niño que nadie quiere”.
A la mañana siguiente fui sola al hospital.
El procedimiento fue rápido. El médico me dijo que tuve suerte porque, al ser tan pronto, el daño físico fue mínimo. Pero yo sabía que el verdadero daño no estaba en mi cuerpo, sino en esa parte de mi corazón que ahora estaba muerta.
Solo descansé medio día antes de que Dante anunciara que me llevaría a una cena para compensar la reunión “desagradable” de la última vez.
Cuando le dije que no me sentía bien y que quería descansar, Dante solo me miró con dureza.
—No empieces con problemas.
Así que asentí.
A las siete de la noche ya estaba en un salón privado del Ritz-Carlton. Los tres ya estaban ahí, hablando y riéndose.
—¡Ya llegaste! —Isabella se levantó para abrazarme—. Te ves mucho mejor hoy.
—Gracias por preocuparte —le dije mientras me sentaba junto a Dante. Él ni siquiera me miró.
Toda la cena pareció una obra de teatro bien ensayada. Isabella no dejaba de presumir lo mucho que conocía a los hermanos: sabía qué le gustaba comer a Dante, los detalles del trabajo de Marco y hasta contaba historias de cuando eran niños.
Yo era una extraña, sentada ahí en silencio, viendo cómo ella se metía en su familia.
—Ay, Rose —dijo Isabella mientras me pasaba un vaso de jugo—. No te he felicitado. Te vas a casar con Dante y serás parte de la familia Blackwood. En serio espero que sean muy felices.
Su sonrisa era perfecta, pero vi ese destello de maldad de siempre en sus ojos.
Tomé el jugo. Al primer trago me di cuenta de que algo estaba mal: tenía mango. Soy alérgica al mango.
Al poco tiempo, me empezaron a salir ronchas rojas por todo el cuerpo y se me empezó a cerrar la garganta.
Por suerte siempre llevaba conmigo una inyección de epinefrina. Pero cuando estaba por usarla, Isabella se llevó la mano al pecho y su cara se puso pálida.
—No... no me siento bien... —Se puso de pie tambaleándose y luego se desplomó en el suelo.