Capítulo 1

Yo no era nadie, pero por tres años estuve enamorada de Dante, el heredero de la familia Blackwood, el apellido más importante de la mafia en Chicago.

El día que supe que estaba embarazada, me sentí muy feliz. Me moría de ganas de darle la noticia.

Pero entonces escuché a su hermano gemelo, Marco, preguntarle:

—Hermano, ¿cuándo piensas decirle a Rose que yo me hacía pasar por ti cada una de esas noches en la cama?

Dante habló con una dureza que nunca le había escuchado.

—En una semana. En nuestra boda. Voy a revelar todo y luego le pediré matrimonio a Isabella.

Isabella. La niña rica que siempre me hace la vida imposible.

Así que todo esto era una simple venganza por su adorada Isabella.

Pero lo que Dante no sabía era que esa boda que planeó con tanto esmero se quedaría sin novia.

Una semana antes de mi supuesta boda con Dante, el heredero de la familia criminal Blackwood, me enteré de que estaba embarazada.

Al mismo tiempo, descubrí la verdad sobre nuestra historia de amor: todo era una farsa para vengarse por su amada Isabella, solo porque yo le había “robado el protagonismo” cuando íbamos a la escuela.

No di ninguna pista de que ya lo sabía. Sin hacer ruido, programé una cita para abortar y envié mi solicitud para trabajar como corresponsal de guerra.

Decidí darle a Dante mi propio “regalo” el día de la boda.

La prueba de sangre era clara: Embarazada.

Me quedé mirando la palabra mientras el corazón me latía con fuerza. Tres años. Pasé tres años enteros con Dante y por fin íbamos a tener un hijo. El momento no podía ser mejor, cuando estábamos planeando nuestra boda.

La tormenta de nieve en Chicago era terrible. Casi no había taxis en la calle. Me quedé temblando bajo el viento y la nieve por más de veinte minutos hasta que por fin logré parar uno.

En el camino, no dejaba de imaginarme la reacción de Dante. Se quedaría paralizado un segundo y luego me daría esa sonrisa que siempre hacía que se me acelerara el pulso. Me daría un abrazo fuerte y me susurraría al oído:

—Te amo, Rose.

El Club BlackRose era el lugar privado de la familia Blackwood, lujoso pero con ese estilo discreto de la gente que siempre ha tenido dinero. Los guardias de la puerta me conocían y solo asintieron para dejarme pasar.

Dante seguramente estaba en un privado del piso de arriba arreglando negocios. Subí las escaleras despacio, con las manos sudorosas. Después de esta noche, todo sería diferente. Hablaríamos de nombres para el bebé y planearíamos nuestro futuro.

La puerta de la habitación estaba un poco abierta. Podía escuchar el sonido bajo de hombres hablando y riéndose. Respiré, a punto de empujar la puerta, cuando escuché una voz muy conocida.

—Esta farsa de tres años ya casi termina.

Era Dante, pero con una indiferencia que nunca le había escuchado.

Mi mano se quedó congelada. Sentí un nudo de miedo en el estómago.

—Jefe, ¿me está diciendo que ella nunca sospechó nada? —preguntó.

Dante se rio con una burla que me hizo sentir un escalofrío.

—¿Rose? Es tan ingenua que hasta me da ternura. Todavía cree que quien la abraza todas las noches soy yo.

¿Qué?

Se me cortó la respiración. Me asomé por la rendija de la puerta.

—Usted y Marco no suenan igual... —dijo otro hombre, confundido.

—Solo invento cualquier pretexto y ella se lo cree. Le digo que estoy borracho, que tengo gripe o lo que sea. Jajaja.

Escuché otra risa fuerte. Vi su cara por la rendija; era idéntica a la del hombre que amaba. Pero su expresión era cruel, de una manera que nunca antes había visto en él.

Era Marco, el hermano gemelo de Dante.

Yo nunca había conocido a Marco; solo sabía que existía. Dante me había dicho que Marco se encargaba de los negocios familiares en Europa y que casi nunca venía a Chicago. Cada vez que le preguntaba, me decía que no se llevaban bien y me pedía que no insistiera.

Pero, ¿qué estaba diciendo ahora?

—Hermano, ¿en serio nunca tocaste a Rose? En serio, es increíble en la cama

Marco lo dijo con una sonrisa asquerosa que me dio ganas de vomitar. Tuve que esforzarme para soportarlo.

Dante hizo una mueca de desprecio.

—A mí no me interesan las mujeres como ella. Si no se hubiera metido con Isabella, no habría perdido ni un segundo con una interesada como esa.

Isabella.

Escuchar su nombre fue como recibir un golpe en el estómago. Isabella Morrison, la niña que me hizo la vida imposible durante tres años en la academia privada a la que fuimos. Era la princesa de la élite de Chicago; yo solo era la becada. Siempre buscaba la forma de humillarme y hacerme sentir que no valía nada.

Así que todo esto era su plan.

¿Y yo era una interesada? Me puse a pensar en cómo, durante tres años, rechacé cada regalo caro que Dante me ofreció. Incluso llegué a gastar la mitad de mi sueldo solo para comprarle una corbata que estuviera a su nivel.

Me quedé parada junto a la puerta mientras un escalofrío me recorría el cuerpo.

La conversación adentro seguía.

—El plan del jefe es perfecto. Hay que darle esperanzas a Rose, que crea que encontró al amor de su vida. Y luego, cuando esté más feliz, mandarla al infierno.

—¿Cuándo vas a decirle la verdad?

Dante se quedó callado un buen rato, tanto que por un momento pensé que sentía lástima por mí.

Entonces escuché su respuesta despiadada:

—En una semana. En nuestra boda. Voy a enseñarle lo que les pasa a las mujeres que intentan meterse con la mafia para subir de nivel. Ese hombre ideal que ella cree que encontró, Dante Blackwood, solo fue un papel que interpretamos para ella.

Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí el sabor de la sangre, tratando de no hacer ni un solo ruido.

—¿Y después de eso, jefe?

Dante hizo una pausa. Entonces escuché las palabras más crueles de toda mi vida.

—La voy a dejar y después le pediré a Isabella que se case conmigo.

Capítulo 2

Salí del club a tropezones, con el viento de la tormenta de nieve cortándome la cara como cuchillas. Las lágrimas se me congelaron en las mejillas. Me acurruqué en una banca mientras las palabras que acababa de escuchar se repetían en mi cabeza. Tres años. Todo había sido una mentira muy bien planeada.

Los recuerdos me invadieron. Hace tres años, Isabella me había echado un tazón de sopa encima en la cafetería de la escuela, burlándose de mi ropa usada. Corrí a la biblioteca llorando y ahí fue donde conocí a Dante. Fue muy tierno; me dio un pañuelo y me consoló.

—Solo tienen envidia de lo guapa y lo inteligente que eres —me dijo.

Pensé que era el destino, que había encontrado mi luz en mi peor momento. Ahora ya sabía la verdad. No había sido una coincidencia. Todo lo armaron ellos e Isabella era quien manejaba los hilos. Le había pagado a uno de sus admiradores para que me ilusionara, solo para que todos pudieran ver cómo me rompía el corazón.

Mi celular sonó y me dio un susto. Era el Hospital St. Mary.

—La salud de su abuela se complicó. Por favor, venga —dijo la enfermera con urgencia.

Sentí una punzada. Mi abuela era la única familia que me quedaba. No podía perderla. Intenté conseguir un taxi, pero las calles estaban vacías por la tormenta. Cuando perdía la esperanza, una Range Rover negra se detuvo.

La ventana bajó y apareció un hombre con la mandíbula muy marcada y una pequeña cicatriz. Se veía de unos treinta y tantos, con cabello y ojos oscuros.

—¿Necesitas que te lleve? —preguntó con voz tranquila.

—Tengo que ir al St. Mary. Mi abuela... —se me quebró la voz.

—Súbete —respondió sin preguntar más.

Manejó con suavidad, sin cuestionar por qué estaba llorando en medio de la nieve ni tratando de darme ánimos falsos. Me sentí segura en ese silencio.

—Gracias —le dije al bajarme.

Él asintió y me dio una tarjeta de presentación.

—Llámame si necesitas algo.

La agarré sin verla y corrí al hospital. Mi abuela estaba en la cama, con la cara muy pálida. Me vio y me apretó la mano con debilidad.

—Rose, mija...

—Abuela, aquí estoy. El doctor dice que solo estás cansada, vas a estar bien en unos días —le dije, aguantándome las ganas de llorar.

—Mija... —susurró—. Quiero ver a Dante. ¿Cuándo se casan? Quiero verte en tu vestido de novia...

Sentí un dolor tan fuerte que me costaba respirar.

—Él... está arreglando unos negocios. Vendrá pronto.

—Llámale. Dile que se apure —apretó mi mano con más fuerza—. Necesito hablar con él.

Me temblaban las manos mientras marcaba el número de siempre. Buzón de voz. Lo intenté una y otra vez, pero fue lo mismo. Mi abuela esperó toda la noche con los ojos fijos en la puerta.

Esperaba al hombre que creía que sería mi esposo, el hombre al que estaba lista para encargarle mi cuidado. Pero la puerta nunca se abrió. Ni siquiera cuando dio su último suspiro.

—Sé feliz... —fueron sus últimas palabras.

Me arrodillé junto a su cama y lloré hasta que me faltó el aire. No porque Dante no hubiera venido, sino porque ni siquiera sabía a quién se suponía que debía llamar. El hombre al que amé durante tres años no existía.

Después de arreglar lo del funeral, regresé a mi departamento como pude. Abrí redes sociales sin pensar en nada, solo para distraerme, y vi la publicación más reciente de Isabella. Era una foto de ella del brazo de un hombre bajando de un jet privado. Su perfil me resultó dolorosamente familiar.

“Le dije que no fuera por mí, pero insistió en darme la sorpresa.”

Así que por eso no tuvo tiempo de ver a mi abuela antes de que muriera. Estaba ocupado recogiendo a Isabella. Me quedé viendo la foto. Ese era el verdadero Dante. El Dante de Isabella. No la ternura fingida que me mostraba a mí, sino un cariño real y consentidor. Mi “Dante”, el hombre que me hacía el desayuno, que veía los atardeceres conmigo y me decía cosas lindas al oído, era solo una actuación.

Dejé el celular, fui al baño y vi mi cara demacrada en el espejo. Ya era suficiente. Tomé el celular y llamé a la clínica.

—Necesito programar un aborto. Lo antes posible.

Luego abrí mi computadora y envié una solicitud a la agencia de noticias para ser corresponsal de guerra. La fecha de salida era en una semana; el día de mi boda.

Con mi abuela muerta, ya no me quedaba nada que me atara a este lugar. Pero primero, para asegurarme de poder irme sin problemas, tenía que seguirles el juego. Saqué la grabación del club; gracias a Dios por mi instinto de reportera.

Dante quería revelar la verdad en la boda. Perfecto. Yo también les tenía un regalo de vuelta. Un regalo que nunca, nunca van a olvidar.

Capítulo 3

Al día siguiente, después de enterrar a mi abuela, llegué arrastrando los pies a la mansión de Dante, sintiéndome agotada. En cuanto puse la llave en la cerradura, escuché risas que venían del interior.

Abrí la puerta. Había tres personas en la sala: Dante, Marco e Isabella.

Se les borró la risa en cuanto me vieron. El aire, pesado por el olor a champaña y a perfume caro, hizo que se me revolviera el estómago.

—Ya regresaste —Dante se puso de pie, con esa sonrisa amable que alguna vez amé dibujada—. Ven, deja que te presente.

Me quedé pasmada junto a la puerta.

—Él es mi hermano gemelo, Marco.

Mi mirada se dirigió al hombre que ya conocía. La sonrisa salvaje que mostró en el club había desaparecido, reemplazada por una máscara de cortesía y amabilidad.

—Hola, mi querida... cuñada —me tendió la mano, viéndose de lo más acogedor.

Recordar las cosas que había hecho con él hizo que se me apretara el estómago. Luché contra las náuseas y asentí con rigidez.

—Y ella es mi... amiga, Isabella —la pausa que hizo Dante logró que la palabra “amiga” sonara como un chiste—. Ella es Rose.

Isabella se levantó con elegancia; se veía impecable en un traje blanco hecho a la medida. Caminó hacia mí con una sonrisa perfecta.

—¡Tanto tiempo! —abrió los brazos como si fuera a darme un abrazo cariñoso.

Por instinto quise retroceder, pero ya la tenía encima. Para cualquier otra persona, parecía un abrazo afectuoso, pero cuando sus labios rozaron mi oreja, su voz se volvió venenosa.

—Te ves muy bien. Supongo que extrañaste nuestra... amistad —su voz era apenas un susurro, pero la sentí como si me cayera encima una tonelada de ladrillos.

Me sentí mareada. Los recuerdos de cuando me cortaba con una navaja o de cuando me hundía la cabeza en la taza del baño me invadieron...

—¡Cállate! —la empujé con todas mis fuerzas.

Isabella tropezó hacia atrás y, “accidentalmente”, se golpeó con la esquina de la mesa de centro. Le apareció una marca roja en el brazo. Gritó y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Dante y Marco corrieron a su lado, lanzándome miradas que daban miedo.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

—Yo... ella... —Traté de decirles quién era Isabella en realidad, pero Marco me interrumpió. Su sonrisa falsa se esfumó y su mirada se volvió dura—. Parece que tu prometida no entiende las reglas de etiqueta de los Blackwood.

Dante examinó con cuidado la marca en el brazo de Isabella y luego me miró con indiferencia.

—Marco tiene razón. Necesitas que te den una lección.

Me agarró del brazo. Intenté soltarme, pero era demasiado fuerte.

—¿Qué haces? ¡Suéltame!

—Quédate en el sótano para que se te baje el coraje —dijo, arrastrándome hacia las escaleras—. Vas a salir cuando aprendas a pedir perdón.

—¡No! ¡Dante, no lo hagas! —forcejeé. El pánico me apretó el pecho. Yo era claustrofóbica, y de forma grave. Él lo sabía mejor que nadie.

Pero me ignoró y me arrastró hasta la puerta del sótano. Era un cuarto de servicio sin ventanas y solo tenía una rejilla de ventilación diminuta. La idea de quedarme encerrada en ese lugar pequeño y oscuro hacía que me costara respirar.

—Por favor, Dante, no me hagas esto... —le supliqué con la vista nublada por las lágrimas—. Sabes que le tengo miedo a la oscuridad, lo sabes...

Dudó por un segundo. Pensé que tal vez iba a ceder, pero entonces empujó la puerta con más fuerza.

—Esto es lo que pasa cuando no haces caso. Ponte a pensar en lo que hiciste.

BANG

La puerta se cerró. El sonido de la llave girando en la cerradura se sintió como una sentencia de muerte.

La oscuridad me tragó.

Golpeé la puerta con desesperación.

—¡Déjame salir! ¡Por favor! ¡Dante!

La única respuesta fue el sonido de sus risas en el piso de arriba mientras seguían con su fiesta, como si nada hubiera pasado.

Me acurruqué en una esquina, abrazando mis rodillas, tratando de controlar mis temblores.

Este sótano... Recuerdo que Dante dijo que lo había remodelado después de comprar la casa. Me había preguntado por qué instaló una puerta tan pesada y una cerradura tan complicada en una simple bodega.

Ahora lo entendía.

Este sótano lo hicieron pensando en mí desde el principio.

En medio de esa oscuridad infinita, pude escuchar cómo se me rompía el corazón.

Fui Su Secreto Compartido

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