Capítulo 2
Salí del club a tropezones, con el viento de la tormenta de nieve cortándome la cara como cuchillas. Las lágrimas se me congelaron en las mejillas. Me acurruqué en una banca mientras las palabras que acababa de escuchar se repetían en mi cabeza. Tres años. Todo había sido una mentira muy bien planeada.
Los recuerdos me invadieron. Hace tres años, Isabella me había echado un tazón de sopa encima en la cafetería de la escuela, burlándose de mi ropa usada. Corrí a la biblioteca llorando y ahí fue donde conocí a Dante. Fue muy tierno; me dio un pañuelo y me consoló.
—Solo tienen envidia de lo guapa y lo inteligente que eres —me dijo.
Pensé que era el destino, que había encontrado mi luz en mi peor momento. Ahora ya sabía la verdad. No había sido una coincidencia. Todo lo armaron ellos e Isabella era quien manejaba los hilos. Le había pagado a uno de sus admiradores para que me ilusionara, solo para que todos pudieran ver cómo me rompía el corazón.
Mi celular sonó y me dio un susto. Era el Hospital St. Mary.
—La salud de su abuela se complicó. Por favor, venga —dijo la enfermera con urgencia.
Sentí una punzada. Mi abuela era la única familia que me quedaba. No podía perderla. Intenté conseguir un taxi, pero las calles estaban vacías por la tormenta. Cuando perdía la esperanza, una Range Rover negra se detuvo.
La ventana bajó y apareció un hombre con la mandíbula muy marcada y una pequeña cicatriz. Se veía de unos treinta y tantos, con cabello y ojos oscuros.
—¿Necesitas que te lleve? —preguntó con voz tranquila.
—Tengo que ir al St. Mary. Mi abuela... —se me quebró la voz.
—Súbete —respondió sin preguntar más.
Manejó con suavidad, sin cuestionar por qué estaba llorando en medio de la nieve ni tratando de darme ánimos falsos. Me sentí segura en ese silencio.
—Gracias —le dije al bajarme.
Él asintió y me dio una tarjeta de presentación.
—Llámame si necesitas algo.
La agarré sin verla y corrí al hospital. Mi abuela estaba en la cama, con la cara muy pálida. Me vio y me apretó la mano con debilidad.
—Rose, mija...
—Abuela, aquí estoy. El doctor dice que solo estás cansada, vas a estar bien en unos días —le dije, aguantándome las ganas de llorar.
—Mija... —susurró—. Quiero ver a Dante. ¿Cuándo se casan? Quiero verte en tu vestido de novia...
Sentí un dolor tan fuerte que me costaba respirar.
—Él... está arreglando unos negocios. Vendrá pronto.
—Llámale. Dile que se apure —apretó mi mano con más fuerza—. Necesito hablar con él.
Me temblaban las manos mientras marcaba el número de siempre. Buzón de voz. Lo intenté una y otra vez, pero fue lo mismo. Mi abuela esperó toda la noche con los ojos fijos en la puerta.
Esperaba al hombre que creía que sería mi esposo, el hombre al que estaba lista para encargarle mi cuidado. Pero la puerta nunca se abrió. Ni siquiera cuando dio su último suspiro.
—Sé feliz... —fueron sus últimas palabras.
Me arrodillé junto a su cama y lloré hasta que me faltó el aire. No porque Dante no hubiera venido, sino porque ni siquiera sabía a quién se suponía que debía llamar. El hombre al que amé durante tres años no existía.
Después de arreglar lo del funeral, regresé a mi departamento como pude. Abrí redes sociales sin pensar en nada, solo para distraerme, y vi la publicación más reciente de Isabella. Era una foto de ella del brazo de un hombre bajando de un jet privado. Su perfil me resultó dolorosamente familiar.
“Le dije que no fuera por mí, pero insistió en darme la sorpresa.”
Así que por eso no tuvo tiempo de ver a mi abuela antes de que muriera. Estaba ocupado recogiendo a Isabella. Me quedé viendo la foto. Ese era el verdadero Dante. El Dante de Isabella. No la ternura fingida que me mostraba a mí, sino un cariño real y consentidor. Mi “Dante”, el hombre que me hacía el desayuno, que veía los atardeceres conmigo y me decía cosas lindas al oído, era solo una actuación.
Dejé el celular, fui al baño y vi mi cara demacrada en el espejo. Ya era suficiente. Tomé el celular y llamé a la clínica.
—Necesito programar un aborto. Lo antes posible.
Luego abrí mi computadora y envié una solicitud a la agencia de noticias para ser corresponsal de guerra. La fecha de salida era en una semana; el día de mi boda.
Con mi abuela muerta, ya no me quedaba nada que me atara a este lugar. Pero primero, para asegurarme de poder irme sin problemas, tenía que seguirles el juego. Saqué la grabación del club; gracias a Dios por mi instinto de reportera.
Dante quería revelar la verdad en la boda. Perfecto. Yo también les tenía un regalo de vuelta. Un regalo que nunca, nunca van a olvidar.
Capítulo 3
Al día siguiente, después de enterrar a mi abuela, llegué arrastrando los pies a la mansión de Dante, sintiéndome agotada. En cuanto puse la llave en la cerradura, escuché risas que venían del interior.
Abrí la puerta. Había tres personas en la sala: Dante, Marco e Isabella.
Se les borró la risa en cuanto me vieron. El aire, pesado por el olor a champaña y a perfume caro, hizo que se me revolviera el estómago.
—Ya regresaste —Dante se puso de pie, con esa sonrisa amable que alguna vez amé dibujada—. Ven, deja que te presente.
Me quedé pasmada junto a la puerta.
—Él es mi hermano gemelo, Marco.
Mi mirada se dirigió al hombre que ya conocía. La sonrisa salvaje que mostró en el club había desaparecido, reemplazada por una máscara de cortesía y amabilidad.
—Hola, mi querida... cuñada —me tendió la mano, viéndose de lo más acogedor.
Recordar las cosas que había hecho con él hizo que se me apretara el estómago. Luché contra las náuseas y asentí con rigidez.
—Y ella es mi... amiga, Isabella —la pausa que hizo Dante logró que la palabra “amiga” sonara como un chiste—. Ella es Rose.
Isabella se levantó con elegancia; se veía impecable en un traje blanco hecho a la medida. Caminó hacia mí con una sonrisa perfecta.
—¡Tanto tiempo! —abrió los brazos como si fuera a darme un abrazo cariñoso.
Por instinto quise retroceder, pero ya la tenía encima. Para cualquier otra persona, parecía un abrazo afectuoso, pero cuando sus labios rozaron mi oreja, su voz se volvió venenosa.
—Te ves muy bien. Supongo que extrañaste nuestra... amistad —su voz era apenas un susurro, pero la sentí como si me cayera encima una tonelada de ladrillos.
Me sentí mareada. Los recuerdos de cuando me cortaba con una navaja o de cuando me hundía la cabeza en la taza del baño me invadieron...
—¡Cállate! —la empujé con todas mis fuerzas.
Isabella tropezó hacia atrás y, “accidentalmente”, se golpeó con la esquina de la mesa de centro. Le apareció una marca roja en el brazo. Gritó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Dante y Marco corrieron a su lado, lanzándome miradas que daban miedo.
—¡¿Qué demonios te pasa?!
—Yo... ella... —Traté de decirles quién era Isabella en realidad, pero Marco me interrumpió. Su sonrisa falsa se esfumó y su mirada se volvió dura—. Parece que tu prometida no entiende las reglas de etiqueta de los Blackwood.
Dante examinó con cuidado la marca en el brazo de Isabella y luego me miró con indiferencia.
—Marco tiene razón. Necesitas que te den una lección.
Me agarró del brazo. Intenté soltarme, pero era demasiado fuerte.
—¿Qué haces? ¡Suéltame!
—Quédate en el sótano para que se te baje el coraje —dijo, arrastrándome hacia las escaleras—. Vas a salir cuando aprendas a pedir perdón.
—¡No! ¡Dante, no lo hagas! —forcejeé. El pánico me apretó el pecho. Yo era claustrofóbica, y de forma grave. Él lo sabía mejor que nadie.
Pero me ignoró y me arrastró hasta la puerta del sótano. Era un cuarto de servicio sin ventanas y solo tenía una rejilla de ventilación diminuta. La idea de quedarme encerrada en ese lugar pequeño y oscuro hacía que me costara respirar.
—Por favor, Dante, no me hagas esto... —le supliqué con la vista nublada por las lágrimas—. Sabes que le tengo miedo a la oscuridad, lo sabes...
Dudó por un segundo. Pensé que tal vez iba a ceder, pero entonces empujó la puerta con más fuerza.
—Esto es lo que pasa cuando no haces caso. Ponte a pensar en lo que hiciste.
BANG
La puerta se cerró. El sonido de la llave girando en la cerradura se sintió como una sentencia de muerte.
La oscuridad me tragó.
Golpeé la puerta con desesperación.
—¡Déjame salir! ¡Por favor! ¡Dante!
La única respuesta fue el sonido de sus risas en el piso de arriba mientras seguían con su fiesta, como si nada hubiera pasado.
Me acurruqué en una esquina, abrazando mis rodillas, tratando de controlar mis temblores.
Este sótano... Recuerdo que Dante dijo que lo había remodelado después de comprar la casa. Me había preguntado por qué instaló una puerta tan pesada y una cerradura tan complicada en una simple bodega.
Ahora lo entendía.
Este sótano lo hicieron pensando en mí desde el principio.
En medio de esa oscuridad infinita, pude escuchar cómo se me rompía el corazón.
Capítulo 4
Dos días después, la puerta del sótano por fin se abrió.
Dante estaba parado en el umbral, como una silueta oscura recortada contra la luz. Yo estaba enterrada en el rincón, con las piernas entumecidas y la garganta tan rasposa que no podía emitir ni un sonido.
—Sal —dijo con indiferencia, como si le hablara a una mascota.
Me apoyé en la pared para levantarme; tenía las piernas tan débiles que casi me caigo. Pasar dos días sin comida ni agua me había dejado agotada.
—Hoy vamos a ir a probarte los vestidos de novia —dijo mientras me pasaba una botella de agua—. Prepárate. Nos vamos en una hora.
Elegir vestidos de novia. Como si no hubiera pasado nada.
Me aseé y me cambié de forma mecánica. La mujer en el espejo estaba pálida y con los ojos hundidos; era un fantasma.
Una hora más tarde, estábamos en la tienda de novias más exclusiva de la ciudad. El personal nos recibió con mucha amabilidad y entonces los vi: Isabella y Marco ya estaban sentados en un sofá, tomando champaña.
—¡Ya llegaste! —exclamó Isabella, levantándose de un salto con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Qué emoción! ¡Es un honor acompañarte con los preparativos de la boda!
¿Acompañarme?
—Isabella tiene muy buen gusto para la moda. Quiso ayudarte a escoger —explicó Dante—. Y Marco vino para darnos el punto de vista de un hombre.
Una empleada me llevó a la sección VIP. Las paredes estaban repletas de vestidos y cada uno costaba una fortuna.
Señalé un vestido de encaje, sencillo y elegante.
—Ese.
—¡Ay, está divino! —Isabella se acercó—. Deja que me lo pruebe yo primero, nada más para ver cómo se ve y darte mi opinión.
Antes de que pudiera decir algo, ella ya le había hecho una señal a la empleada para que lo bajara.
Veinte minutos después, Isabella salió del probador con el vestido que yo había elegido. El encaje blanco se le ajustaba al cuerpo a la perfección. Parecía una princesa de cuento de hadas.
—¿Qué tal se me ve? —preguntó mientras daba una vuelta para que la falda se abriera.
—Impresionante —dijo Dante, con un brillo en los ojos que no le veía hace mucho tiempo.
Se me revolvió el estómago.
Las siguientes dos horas fueron una pesadilla. Cada vestido que yo escogía, Isabella tenía que “probárselo para que yo viera cómo quedaba”. Desfiló frente a Dante con cada una de mis elecciones y él no paró de llenarla de halagos.
Lo peor fue cuando Isabella empezó a pedirle a Dante que entrara al probador para “ayudarla con el cierre”. Por la rendija de la puerta, vi cómo pegaba su espalda semidesnuda contra él, y la mano de él se quedó sobre su piel mucho más tiempo del debido.
Me toqué el pecho. El lugar donde solía dolerme el amor por Dante ahora estaba vacío. Solo sentía asco.
—¿Tú no te vas a probar nada? —preguntó Isabella al salir por quinta vez, ahora con un vestido clásico y muy elegante.
—Yo...
—Claro que lo hará —dijo Dante, acordándose por fin de que yo estaba ahí—. Ese te quedaría bien.
Pero era otro de los vestidos que Isabella ya se había probado y descartado.
Entré al probador. Una asistente me ayudó a ponerme el traje. En el espejo, mi cara pálida y cansada contrastaba demasiado con el vestido tan espectacular.
Cuando abrí la puerta, la sala estaba vacía.
—El caballero y las señoritas subieron a ver la joyería —explicó la empleada con pena—. Me pidieron que le dijera que escoja el que más le guste. La cuenta ya está liquidada.
Me quedé sola en la sala vacía, con un vestido de novia de cien mil dólares puesto, sintiéndome más desamparada que nunca.
Me habían dejado ahí. Como un objeto que ya no les servía.
Regresé sola a casa. No fue sino hasta muy tarde que Dante volvió con una caja de joyería muy fina.
—Perdón, tuve una llamada importante —dijo al sentarse a mi lado y abrir la caja—. Esto es para compensarte.
Adentro había un anillo de diamantes, de unos tres quilates, que brillaba muchísimo. Pero por mi experiencia trabajando en una joyería, supe que era falso. Tal vez era una buena imitación, pero no pasaba de ser una pieza de circonia de unos cincuenta dólares.
—Está bien —dije con calma, estirando la mano para que me lo pusiera—. Acepto.
“Tres días más”, conté mentalmente. “Entonces podré escapar de este hombre y de toda esta pesadilla”.
Él se quedó paralizado un segundo, desacostumbrado a que yo fuera tan dócil. Antes, me habría quejado o me habría puesto mal si me descuidaba por su trabajo. Esta vez, estaba extrañamente obediente.
—¿En serio no estás enojada?
Puse una sonrisa perfecta, como una máscara.
—Estoy a punto de formar parte de la familia Blackwood. Claro que tengo que ser comprensiva.
Dante sonrió, satisfecho. Me besó el dorso de la mano.
—Sabía que lo entenderías. Isabella es una buena muchacha, solo quería ayudar. Estoy seguro de que vas a terminar agarrándole cariño.
—Entiendo —asentí, con expresión sumisa.
Siguió hablando de los planes de la boda, pero no escuché ni una palabra. Mis sentimientos por él estaban muertos, igual que durante esos dos días en el sótano.
A las once y media, cuando estaba por quedarme dormida, escuché que se abría la puerta de la habitación. Los pasos eran ligeros y venían acompañados de un fuerte olor a alcohol. Mantuve los ojos cerrados, fingiendo que dormía. Sentí cómo se hundía el colchón y un cuerpo caliente se pegaba al mío.
Una voz susurró en mi oído, mientras su mano empezaba a desabotonar mi pijama.
Pero no era Dante.
Abrí los ojos. La luz de la luna entraba por un hueco de las cortinas e iluminaba la cara del hombre que estaba encima de mí.
Era Marco.